ARTÍCULO

Lo que se lleva el Levante

Tusquets, Barcelona, 600 págs.
 

Manuel Altolaguirre se hace muy presente en la lectura de Los aires difíciles, no sólo porque el título procede de uno de sus poemas de Soledadesjuntas («Haberme muerto antes / para sentir tu ausencia / en los aires difíciles»), también por el detonante de la trama de la novela, un accidente de tráfico, como en el que murió el poeta en 1959, y, sobre todo, porque los dos personajes principales viven de una forma que se parece mucho al exilio. (No es la primera vez que una ficción de Almudena Grandes se nutre de un poema o de un poeta, ya sucedía en su relato «Malena, una vida hervida», que se apoyaba en Cesare Pavese). Almudena Grandes (Madrid, 1960) cuenta en su quinta novela las vidas en paralelo de Juan y Sara, vecinos en una urbanización de la costa de Cádiz: la historia que les ha llevado desde Madrid al mar, y la historia de la España contemporánea –la guerra de Marruecos, la República, Casas Viejas, la guerra civil, el franquismo, la transición, la corrupción.

El eco de Lope de Vega quizá resulte más extraño en una novela que transcurre en el siglo XX y en el recién comenzado XXI, pero que Juan se apellide Olmedo no parece casual: el argumento de la obra de teatro, en la que dos hombres se enamoran de la misma mujer y uno de ellos muere de forma trágica, se va transparentando a lo largo de Los aires difíciles.

Estas huellas literarias, que suman para quien las conoce pero que nada restan a quien las ignore, son un adorno dentro de un vendaval de vida: amores, rencores, matrimonios, trabajos, hijos, enfermedades, padres, engaños, amigos, sexo, dependencias... Almudena Grandes siempre ha tomado de la experiencia el cuerpo de sus ficciones: desde Las edades de Lulú hasta Atlas de geografía humana. No resulta difícil encontrar vínculos entre la relación que mantiene Juan con su asistenta, Maribel, en Los aires difíciles, con la que mantenían Benito y Manuela en Te llamaré Viernes. Y Tamara, la sobrina de la que tiene que hacerse cargo Juan, tras la muerte de sus padres, comparte algo con la protagonista de Malena es un nombre de tango, aunque el secreto que cada una de ellas posee es de naturaleza muy distinta. Y la historia de Sara Gómez, un gran personaje, que por sí sola es una estupenda novela, podría haber sido uno de los relatos de Modelos de mujer: de hecho, uno de esos cuentos, «La buena hija», relataba la vida de una mujer con dos madres, muy cercana a la que le tocó llevar a Sara con su madre y su madrina.

No es el tema central, pero el surgimiento de un nuevo tipo de familia articula lo que sucede en Los aires difíciles, y en buena medida toda la novela está compuesta por dos historias familiares: abuelos, padres, hijos, padrinos, hermanos, herencias, celos..., de las que Sara y Juan han salido huyendo. Sara, una mujer mayor, adinerada y sola, y Juan, un médico soltero y atractivo, que tiene a su cargo a su sobrina y a su hermano discapacitado, organizan junto con Maribel, su asistenta, una mujer separada, y Andrés, su niño, una nueva familia, nada clásica, y más feliz que las convencionales, las que en las series de televisión siempre funcionan y sonríen pese a los pequeños problemas domésticos, que en la novela aparecen todas descompuestas, o en cualquier caso grises, aplastadas por un tiempo demasiado violento y pobre. (Una película muy reciente, El hada ignorante, del turcoitaliano Ferzan Ozpetek, contaba también la ruptura de la familia clásica y su sustitución por una familia casual que ofrece más felicidad, más amparo.) Una búsqueda de la felicidad que viene precedida por pasiones oscuras, cuyo origen señala hacia Cumbresborrascosas, aunque la novela de Emily Brontë estaba escrita en primera persona y Los aires difíciles tiene en su narrador omnisciente uno de sus mayores logros.

Y es que Almudena Grandes elabora una novela por capas, en la que las verdades incuestionables acaban siendo mentiras sociales o certezas impuestas por la costumbre. Los aires difíciles se construye con una especie de amplificatio, donde lo que parecen estribillos de una canción conocida son sólo aberturas consecutivas, rendijas de luz, que finalmente consiguen iluminar toda la escena y mostrar los hechos como realmente sucedieron: como si en una muñeca rusa, la muñeca exterior fuera la más pequeña y la muñeca interior la más grande. No es la única paradoja: Juan, médico, es incapaz de resolver ninguna de las dolencias que padece la gente que ama (la de su hermano Alfonso, que se estranguló en el parto, o la de la mujer de la que se enamoró, cuando sufre un violento accidente, o la de su otro hermano, Damián, cuando cae por las escaleras delante de él, o la de Maribel, apuñalada por su ex marido), y Sara, educada para el triunfo social de manos blancas, ha tenido que navegar siempre en los subterráneos para salir adelante.

Para que estos círculos concéntricos de la historia funcionen con mayor contundencia, Almudena Grandes utiliza un registro lingüístico que insiste también en las repeticiones, y que va adquiriendo a medida que avanzan, hacia atrás y hacia adelante, las historias de Juan, de Sara y de Maribel, un aspecto muy poético, como si la prosa se fuera ajustando al ciclo del viento, siempre igual y siempre diferente, a menudo refrescante y a veces enloquecedor.

Un viento que también tiene que ver con la constitución de la moral, nada estándar, de Los aires difíciles, cuyo destino parece ser una promesa de felicidad (que acaba venciendo al «no querer complicarse la vida», en el caso de Juan, y al aislamiento, en el caso de Sara) y para la que no sirven las reglas antiguas, cimentadas en la resignación. Los personajes de Almudena Grandes van dinamitando una tras otra todas las reglas, cuando no las rompen todas de golpe, como sucede con las de la vida sexual: las barreras de las clases sociales, los roles del hombre y de la mujer, el abismo entre personas de distinta edad, la enfermedad o la autoridad.

Almudena Grandes prescinde del corte generacional, que había preferido en otras de sus novelas, como en la anterior, Atlas de geografía humana, para ofrecer una panorámica más amplia, para capturar con mayor fidelidad el curso de la vida. Con dos escritores americanos se puede explicar: entre la desolación de Raymond Carver y el optimismo de William Saroyan. O con una película como GrandCanyon, de Lawrence Kasdan, donde la Naturaleza purifica a quienes se detienen ante ella. O con unas palabras de Natalia Ginzburg: «Mirar al prójimo con una mirada justa y libre, no con la mirada temerosa o despreciativa de quien se pregunta si será su amo o su siervo». Losaires difíciles es una buena novela sobre las pisadas que parece borrar el viento.

01/04/2002

 
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