ARTÍCULO

Locura de amor en tiempos de guerra

Seix Barral, Barcelona
Trad. de Ana María Bejarano
444 pp. 20 €
 

El libro de David Grossman no se parece a nada escrito hasta ahora. Es un meteoro, una extraña joya en medio de una literatura demasiado previsible, la expresión de una locura múltiple en un mismo cerebro y en dos cuerpos. Podría ser una novela epistolar entre seres extraños, un hombre y una mujer, que no se conocen. Pero no lo es. La escritura de David Grossman no obedece a ningún género, a ninguna norma. La escritura esbozada al principio se diluye, degenera en otra cosa, en un diario redactado durante jornadas sin fin, o en un monólogo interior, sin interlocutor, o con un interlocutor que se integra en el monólogo. Aquí lo que importa es el borbotón de palabras, o de sentimientos. Se trata en realidad de una declaración de amor absoluta y resueltamente inédita.
¿La historia, la trama? Pues no la hay, o es tan tenue, tan débil, que ni siquiera es un pretexto para lo que va a seguir. Un hombre, Yair, ve a una mujer, Miriam, en una reunión, en medio de otra gente. Ella ni siquiera se ha fijado en él. Pero el hombre empieza a escribirle, con la intensidad de alguien que tiene un mundo interior que estalla por todos los costados y que no le puede contar a nadie, menos aún a su mujer. Porque ambos están casados, y tienen cada uno un hijo. Es como un juego de espejos, en que todo es intercambiable, su propia identidad, la de sus parejas, la de sus hijos, la de los mundos en que se desenvuelven. Él es librero, encargado de llevarles libros raros, de esos que se leen durante la infancia o la juventud, a sus clientes. Ella es profesora de instituto. El lenguaje es el mismo, de una intensidad poética sin antecedentes: «Sí, eso es lo que deseo, que tú seas mi cuchillo, y entonces el tuyo lo seré yo, te lo prometo, un cuchillo afilado pero que actúe con clemencia, que es una palabra tuya, porque lo que es yo ni siquiera sabía que estuviera permitida».
Esas palabras, y otras tan bellas como ésas, son las que le escribe Yair a esa desconocida, sin esperar respuesta al principio, aguardándola con ansiedad después, cuando Miriam se ha dejado arrastrar hacia el juego, un juego dulce y violento, como todos los juegos de amor y de guerra que se dan en tierra de Israel.
¿La guerra? Está casi ausente, excepto en un recuerdo, terrible, de Yair: el de su amigo atrozmente herido en una de las batallas de Israel, la del Líbano, en 1982. David Grossman, una de las voces más poderosas a la hora de abogar por un reglamento pacífico con todos los vecinos árabes, hace una crítica acerba y rápida de esa «hazaña» militar: «Pero he aquí que en una de las gloriosas operaciones de nuestras fuerzas armadas en el Líbano, Shai resultó gravemente herido». No hay ninguna denuncia en la novela de Grossman, simplemente una constatación: «Y aunque por entonces militábamos en las filas del pacifismo y nos manifestábamos en contra de la ocupación y todo eso, cuando llegó la orden de reclutamiento nos sentimos muy felices».
Toda la obra transcurre por una ambigüedad parecida, en los sentimientos, en la entrega total y en la ruptura repentina. Es la sinrazón la que forja el hilo conductor de los relatos y de las cartas, que arrancan como el Diario de un seductor de Soren Kierkegaard hasta desembocar en reminiscencias de la correspondencia de Franz Kafka con Milena Jesenska, muerta en un campo de concentración, una de las obsesiones apenas subrayadas de Grossman en este libro. Es una ducha, simplemente, lo que desencadena los mecanismos de la memoria inherente a los judíos, de Israel o de la diáspora: «Siempre me ha angustiado leer cómo los nazis desnudaban a familias enteras juntas, porque me pongo a pensar, no en la inmensa y terrible muerte que llegaría unos minutos después, sino en la turbación y la vergüenza de las personas que de repente debían desnudarse juntas, hombres y mujeres desconocidos, padres ante los ojos de sus niños y adultos ante los ojos de sus padres (o lo que dijiste de Kafka y el Holocausto. Qué horror, realmente, imagina, alguien como él allí. Resulta insoportable sólo el hecho de pensarlo)».
El marco de la novela es Jerusalén la sagrada, con una incursión alucinante por Tel Aviv la pecadora, la urbe de todos los excesos, donde todo el mundo se puede perder y perder hasta su alma.Yair se va allí unos días para escapar al contagio de una extraña enfermedad, la de su hijo. Su estancia en un hotel donde se encuentran parejas por horas es fermento exclusivo de escritura.Ya no es un diario sino una sucesión ininterrumpida de palabras lanzadas a diestra y a siniestra, sin destinatario preciso, un hundimiento en lo más profundo, sin interlocutor. Luego, inmediatamente después, sobreviene la ruptura epistolar, sin razón alguna. Pero Miriam continúa, sin resignarse a perder ese extraño vínculo que la sacó de su propio ambiente, con su hijo, aquejado de una enfermedad mental.
Son los hijos los que toman, entonces, el relevo, los que se encuentran en medio de ese torbellino verbal sin fin, sin objetivo. La memoria de la relación, rápida y abrupta pero intensa, se transmite a través de ellos. Son a la vez el receptáculo y la causa del desarreglo de los sentidos.
En un final apocalíptico, el inicio de la lluvia que podría transformarse en un diluvio,Yair pasa de la escritura a la realidad, de la carta o diario a la conversación telefónica y, al mismo tiempo, revela todas sus contradicciones en un enfrentamiento absurdo con su propio hijo, mientras Miriam, quien atiende al suyo con una paciencia y una dulzura infinitas, se niega a quebrar el hechizo, intentando descubrir al hombre detrás de la fachada de lo escrito.Y lo que ve ya no es el deseo fulgurante que la había atraído en las cartas de un desconocido, sino la locura incomprensible que surge brutalmente, como para ponerle fin a un amor de antemano imposible, resultado de un sueño o de una pesadilla escritural.
David Grossman, en este libro, reinventa una literatura que llega a lo más hondo, sin sentimentalismos inútiles, sin brújula. Ni siquiera él parece entender hasta dónde lleva a sus personajes en medio de ese torrente de amor que sólo espera a que desaparezcan las convenciones sociales para expresarse con infinita violencia, en toda su verdad.

 

01/01/2006

 
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