ARTÍCULO

Lo que queda del Año Gaudí

El Acantilado, Barcelona, 336 págs.
Nuevas Ediciones de Bolsillo, Barcelona, 352 págs.
Trad. de Patricia Antón de Vez Ayala-Duarte
 

SÍSTOLE

Ha terminado 2002, un año que, en Cataluña, ha adquirido nombre propio: el Año Gaudí, dedicado a la celebración del 150 aniversario del nacimiento del arquitecto de Reus. Han acabado exposiciones, conferencias, simposios, declaraciones, artículos de prensa, mesas redondas, inauguraciones, menús, conciertos, encuentros y manifestaciones de todo tipo. Otro tipo de Operación Triunfo, aunque más perverso, porque hacer famoso a Gaudí a estas alturas es jugar con las cartas marcadas.

Ahora es tiempo de balance, de observar lo que nos queda, lo que es sedimento de todo ello, aquello que se constituirá en legado bibliográfico importante: los libros y catálogos que hayan colaborado a ofrecer más luz, a avanzar en el conocimiento de Gaudí. Conocer más a Gaudí: de eso han querido hablar todos, ése era el objetivo de comisarios, organizadores e, incluso, de algún político.

Así las cosas, vislumbramos que el Año Gaudí no pudo empezar peor: el último libro que ha visto la luz debería haber sido el primero en publicarse, aquel con el cual necesitaban haber contado los implicados en tanto evento. Me refiero a Antoni Gaudí 1852-1926. Antología contemporánea, publicado por Alianza Editorial cuando el famoso Año Gaudí emitía sus postreros suspiros. Se trata de un texto que recoge las interpretaciones que de Gaudí ofrecieron tanto sus sucesivos contemporáneos que observaron, con más o menos curiosidad, adoración o desagrado, cómo se levantaban sus edificios (Rahola, Maragall, Pijoan, Carner, Sellés, Rubió), como quienes, inmediatamente después de su muerte, continuaron construyendo su fortuna crítica (Pujols, Zervos, Dalí, Cassou).

El libro recoge, con documentos de época, los dos caminos por los que ha circulado la interpretación del trabajo de Gaudí: la de quienes buscaron una lectura desde la lógica constructiva y estructural, racionalizadas por la ideología noucentista, y la de aquellos que promocionaron sus excentricidades, cercanas, decían, a la pastelería para adaptarlas al lirismo contemporáneo y al ideario surrealista. Un Gaudí «racional» y otro «fantasioso» emergieron y se asentaron como primer paso necesario de la historiografía moderna. Una división oportunista, necesaria, que el propio Dalí hacía peligrar cuando escribió: «Grandiosas columnas y columnas medianas, inclinadas, incapaces de sostenerse a sí mismas, como el cuello fatigado de las pesadas cabezas hidrocéfalas [...] columnas de carne febril [...] destinadas a [...] acentuar, agravar y complicar perversamente el sentimiento sublime de infinita y glacial esterilidad, volver más comprensible y lamentable el dinamismo irracional de la columna [...]». Dalí, admirador de Raffaello Sanzio quien, ya en 1519, había entendido que la arquitectura puede analizarse en términos de huesos y carne, elementos que la constituyen, inseparables, indisociables.

De eso había que partir, y, claro, de lo aprovechable de tantos otros libros a la deriva, que aquí no caben y que vieron la luz entre 1948 y 1992. Lo hicieron con más o menos fortuna, pero con una voluntad común, alejada de los textos e intenciones antes mencionados: hacer una lectura hagiográfica del arquitecto de Reus, exagerando sus cualidades y virtudes, para auparlo a los altares de una genialidad indiscutible. Vidas de santos para una futura canonización, lectura única que pretendía construir un Gaudí sin tiempo.

Ése era el Gaudí que conocíamos, un constructor racionalista, un moldeador de formas delicuescentes o un genio intocable, predecesor de todas las vanguardias posibles, disperso por entre artículos y manuales de distinto valor hasta que, en 1992, la editorial Electa publicó en lengua italiana Antoni Gaudí 1852-1926. Architettura, ideologia e politica, un texto ignorado por casi todos, arquitectos y estudiosos que habían construido con atención aquel mito necesario, únicamente, para mantener trabajo y poder. No es casualidad que el texto de Alianza Editorial esté producido por Juan José Lahuerta, autor del libro de 1992. Lahuerta, arquitecto y profesor de Historia del Arte y la Arquitectura en la ETSAB, construyó, con este movimiento contractivo de sístole, una resituación crítica de Gaudí. Un libro necesario para poner orden a la dispersión y las desviaciones a las que debía enfrentarse.

Y lo hacía con los métodos del historiador, sin anacronismos, repasando circunstancias y contextos por los que transcurrió Gaudí, mostrando un mundo de formas simbólicas, necesarias para construir las fortunas políticas y representativas de sus clientes. En el texto de Lahuerta, arché y téchne, inseparables en toda arquitectura, venían de la mano, sin sus dislocaciones previas, para ofrecer la lectura de la obra de un ser que levantaba, al dictado, el programa ideológico que los deseos de sus clientes y su imaginación reclamaban, sin límite de medios y con una total libertad. Un Gaudí, pues, sometido a las necesidades y los avatares del tiempo, a sus circunstancias irrepetibles y sus contenidos políticos, que construía, con su arquitectura, la forma del mundo de sus aspirantes a gestores del mismo y, a la vez, un doble mito: el que necesitaban sus clientes y el que precisaba el mismo arquitecto.

Después de esta operación de limpieza, cabía esperar un año Gaudí rutilante, máxime teniendo en cuenta que pronto llegaron dos textos básicos: el que editó Laura Mercader, Antonio Gaudí. Escritos y documentos, otro texto inicial del que partir, y la biografía de Gijs van Hensbergen, Antoni Gaudí (2002), como lugar en el que buscar datos personales.

DIÁSTOLE

Pero las cosas no han transcurrido siempre por esos cauces. Dejemos los que no merecen ni comentario, por insistir en tópicos, repetir anécdotas sin significado o buscar un éxito mediático irresponsable. En vez de recorrer caminos expansivos desde el estado de la cuestión de 1992, la mayoría de nuestros esforzados comisarios se han obsesionado con deshuesar algunos aspectos de la obra de Gaudí, hurgando en aquel Gaudí racional que tantas conciencias biempensantes tranquiliza. Mostrando sus geometrías y algunos de sus aspectos constructivos. Seguramente todo se deba a la necesidad de encontrar formas para construir los encofrados de las obras de la Sagrada Familia o para justificar las intervenciones en la restauración de la obra de Gaudí, nunca a un afán de profundizar en el conocimiento de la obra del arquitecto de Reus.

Tal es el contenido que se recoge en Gaudí. La recerca de la forma o en Gaudí y la razón constructiva. Seleccionemos sólo una frase de cada uno de ellos para entender sus intereses operativos. Del primero: «De la maclación de estas formas, surgen geniales soluciones arquitectónicas u objetos escultóricos que, convenientemente decorados, tienen capacidades evocadoras naturales, simbólicas y religiosas». O sea, que parece posible separar los momentos de la arquitectura de Gaudí y reducir su presencia a decoración. O ignorancia o anacronismo, escoja el lector. Del segundo: «El estudio arquitectónico de los edificios del pasado se debe abordar mediante una secuencia de descomposición [...] que recorra las relaciones espacio-estructura, ambiente-cerramientos, integridad-eficiencia-proceso constructivo [...] y finalizar con una visión de síntesis que ponga en relación todo lo anterior con el edificio como totalidad». Aparte de las dificultades para calibrar parejas de términos como las descritas, este modo de hacer llega hasta averiguar por qué la cripta de la colonia Güell no tiene humedades o saber lo bien que desagua la casa de los Botines. No está mal, sólo que manifiesta unas limitaciones preocupantes al intentar reducir la arquitectura al oficio del constructor, o, también con igual desenfoque, una ambición desmedida al pretender extrapolar a otras consecuencias la bondad del trabajo manual.

Pero no todo ha sido así, afortunadamente. En los libros dedicados al diseño de muebles, Gaudí, art i disseny, y Gaudí, encontramos aportaciones interesantes de Giralt-Miracle, Teresa Sala y David Ferrer. Igualmente en el libro de Marisa García, El Park Güell, y en el de Juan José Lahuerta, Pere Vivas y Ricard Pla, Casa Batlló, observamos contribuciones de agudo talante crítico, que contribuyen inestimablemente a este movimiento de diástole necesario. Vivas y Pla son responsables de la editorial Triangle Postals y los que más han hecho por elevar el nivel del Año Gaudí. Promueven libros extraños, en los que encontramos unida una impecable calidad fotográfica y un alto rigor en el contenido de los textos. Ellos son los principales responsables del libro Gaudí i Verdaguer, cuyo contenido profundiza en las relaciones entre los dos personajes, desde escritos esclarecedores de Castellanos –que nos describe el camino de Verdaguer a Torres y Bages que Gaudí recorrió sin problemas–, Gabriel, Nicolau y Torrents, junto con la aportación de González y la parte dedicada a presentar un paralelismo entre escritos e imágenes de ambos artistas, firmados por Nicolau, Ubero y Vivas. El libro Los arquitectos de Gaudí es el catálogo de la exposición organizada por el COAC y su aportación al Año Gaudí. Editado por los mismos comisarios de la exposición, David Ferrer y Josep Gómez, está dedicado a aquellos que trabajaron con el maestro o intentaron continuar su trabajo y donde observamos los resquicios necesarios para entender la obra de todo creador, imposible sin un buen número de colaboradores y con los necesarios nexos que el tiempo exigió. Para volver a un personaje citado antes: el esplendor de Raffaello no sería tal sin el trabajo de Giulio Romano, Giovanni da Udine, Sebastiano del Piombo o Perin del Vaga.

En esta diástole expansiva, dejemos los dos extremos, lo mejor y lo peor del Año Gaudí, para el final. La exposición Universo Gaudí, que pudo verse en el CCCB de Barcelona y en el MNCARS de Madrid generó el libro de igual nombre, Universo Gaudí, y se erige en la mejor aportación a su conocimiento. En sucesivas estancias, el comisario y autor del libro, Juan José Lahuerta, nos invitaba a pasar por los mundos por los que transitó Gaudí, que supo tener los ojos bien abiertos y no depender tan sólo de una extraña inspiración divina. De modo que Ruskin, Viollet, Rodin, Wagner, Fortuny o el uso de los libros de la ETSAB, los moldeados y la fotografía, se nos ofrecen como lugares necesarios, mecanismos y técnicas interactuantes con la experiencia gaudiniana. Ayudan a entenderlo, a verlo como alguien de su tiempo, que construye su tiempo mientras se construye a sí mismo. Contra los hagiógrafos, Universo Gaudí propone lecturas que permitirían ulteriores desarrollos monográficos que, sin duda, llegarán.

La peor parte, en fin, la ha protagonizado la ETSAB, publicando el libro Hotel Attraction: una catedral laica. El rascacielos de Gaudí en New York. De la escuela donde estudió Gaudí esperábamos algo más que no una absurda actividad dedicada a un proyecto que el arquitecto nunca realizó. Un análisis de los dibujos, que el avispado de Matamala le atribuyó, basta para entender que no son del maestro de Reus. De modo que la de la ETSAB fue una actividad para ni deleitarse ni aprender, impropia de una institución universitaria, que sigue protegiendo el lugar de trabajo y la arrogancia de un catedrático jubilado que se ha ocupado de Gaudí toda su vida sin dar una a derechas, a pesar de transitar por la parte más decantada de esta tendencia.

Pero si eso de mantener funcionarios ociosos es común a tantas instituciones, algo peor son las frases sin contenido, de una vulgaridad cultural vergonzante, como las que Josep Maria Montaner, subdirector de la ETSAB y catedrático de la misma, vierte en este libro y de las que entresaco la siguiente perla: «La obra de Gaudí, por su carácter de síntesis, puede ser relacionada con muchas referencias [...] con la tradición del Baukunst, de Semper, Loos y Mies van der Rohe. En esta posibilidad, no tan remota, de síntesis en Barcelona entre Gaudí y Mies van der Rohe, se pueden incluir tanto la obra de Jose Antonio Coderch, especialmente la casa Ugalde, que es tan gaudiniana como miesiana, como la obra contemporánea de Josep Llinás».

Así que ya lo saben. Aunque, si quieren seguir lo que Montaner les propone, se arriesgan a romperse la crisma y los zapatos en ese largo itinerario, precipitado y sin sentido, entre Dresde y Caldes de Estrach, pasando por Viena y la Travesera de Gracia de Barcelona, desde el año 1834 hasta 2002. Feliz Año Gaudí.

01/06/2003

 
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