ARTÍCULO

Poesía con nombre propio

 

Con la publicación de su obra poética completa, Jesús Lizano se ha desquitado, y en abundancia (como demuestra el grosor del volumen), de los años de silenciamiento oficial y persecución literaria a que hace referencia en su introducción y que había venido denunciando durante años en sucesivas «cartas abiertas al poder literario». Sin embargo, el lector no debe dejarse llevar a engaño por estas quejas, pues no están del todo justificadas. Jesús Lizano no sólo recibió al principio de su carrera el prestigioso Premio Boscán, sino que además fue incluido en la decisiva antología de la poesía social que hizo Leopoldo de Luis en 1965. Y aunque bien es verdad que en ocasiones tuvo que costearse la edición de sus propias obras, también lo es que ha visto salir algunas de ellas en editoriales tan destacadas como Lumen (Lo unitario y lo diverso, 1989; Sonetos, 1992) y Adonais (La palabra del hombre, 1990). Por lo que toca a su recepción crítica, el propio autor se encarga de recoger al final de su libro palabras sumamente elogiosas sobre su obra. Así, pues, debemos entender estas protestas de marginalismo como una ficción, la primera en el largo camino de ficciones que llevarán a formar el personaje que nos habla desde los poemas, y que Lizano acaba confundiendo consigo mismo. En efecto, Lizania está cruzada de parte a parte por las diversas figuraciones que el autor ha ido forjando de sí mismo a lo largo de los años para hacer emerger ese territorio poético, esa tierra mítica de la liberación de la mente en que lo personal y lo real pasan a convertirse en palabra. «Esta aventura poética es la transformación de Jesús Lizano en Lizania», nos dice él mismo.

El orden seguido en este relato metamórfico es el cronológico. El poeta ha estructurado su obra respetando la fecha de aparición de los poemarios originales, pero agrupándolos por ciclos que reciben el título de las obras que él considera claves. Los sonetos, sin embargo, aparecen agrupados todos al principio del libro, independientemente de su fecha de publicación, aunque respetan el orden del volumen de 1992, con la diferencia de que se insertan dos más en la serie y se completan los 139 de entonces hasta llegar al número final de 212. Estos sonetos son quizá lo mejor del libro. Con mano firme, como su admirado Picasso, el autor nos demuestra ser un perfecto dibujante y dominador de la técnica antes de entregarse a la ruptura de las formas clásicas. Lizano maneja con flexibilidad el soneto: sin dejar de atender a la tradición, hace entrar en el molde del soneto la disonancia de la anarquía. Quizá le surja al lector, al hilo de su lectura, la duda de si ha leído el mismo soneto dos veces. Pues sí, en efecto, lo ha hecho. Con muy ligeras (ligerísimas, me atrevería a decir) variantes, Lizano repite sus poemas. He aquí la lista de equivalencias: 155 = 183; 148 = 184; 152 = 186; 189 = 9; 154 = 31; 187 = 55; 149 = 70; 185 = 156; 169 = 74; 177 = 119; 196 = 146; 204 = 120; 207 = 175. Aunque el poeta está en su derecho de no decidirse por una u otra versión, hubiera sido una muestra de gentileza para el lector agrupar las repeticiones, para paliar en algo la perplejidad. Con todo, la repetición de poemas (cuando no ocurre por errata como en «Fábula de las aves migrantes», págs. 467-470, que se repite dentro de sí mismo) es una característica de este «poeta obsesivo», como bien lo definió Lorenzo Gomis.

El resto del libro consiste casi exclusivamente en una larguísima paráfrasis del primer verso: «He descubierto tierra», que, como se ve, inaugura la aventura por su final, haciendo así que sea inevitable un desarrollo cíclico de la obra. También se hacen paráfrasis constantes del poema inicial e iniciático, según propia confesión del autor, «Los picapedreros». Poeta torrencial, Lizano, adoptando distintas personalidades (el vendedor de globos, el payaso, Lizano Berceo, Lizano el Bueno, Lizanote de la Mancha...), se nos da en un verso normalmente breve pero formando poemas extensos, que organizan casi todo su material en torno a las técnicas de la asonancia y de las enumeraciones, repeticiones y paralelismos extensibles ad infinitum. Estas composiciones, por la asunción de la locura como principio y de la disgregación del personaje como estrategia, con sus disfraces quijotescos, nos recuerdan a León Felipe, pero con menos carga imaginativa. Eso sí, se trata de un verso que sólo podemos imaginar en la voz del propio poeta, un verso para ser actuado y recitado, casi histriónicamente, por su propio autor, ya que las largas y obsesivas tiradas paralelísticas sólo alcanzan plenitud moduladas por una voz espectacular, no en la lectura silenciosa. Y en fin, junto al poema largo encontramos la pequeña forma, epigramática, basada en el «proverbio» de Antonio Machado que Lizano, en otra de sus transformaciones, denomina franciscanamente «florecillas».

Cierra el volumen una extensa explicación de las bases filosóficas sobre las que se asienta su propia creación, porque hay que decir que la poesía de Jesús Lizano es una poesía más de ideas que de palabras: la rebeldía, la ironía, la ternura a veces, se precipitan demasiado pronto hacia el mundo real, dejando apenas sin tocar el material lingüístico. Se trata, creo, de una rebeldía y una ironía tomadas demasiado en serio como para descansar en algo tan ambiguo como la palabra poética. Se completa, con esta disquisición filosófica, el relato de la salvación de «una» mente, la del poeta, que en esta última transformación adopta el papel de gurú o adelantado de un futuro y utópico mundo real poético. Una obra tan personal y personalista sólo puede tener un nombre propio: el de Lizano, lector de sí mismo.

01/01/2002

 
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