ARTÍCULO

De crisis en crisis: ochenta años no es nada

 

Las comparaciones entre la presente crisis y la de 1929-1939 (la Gran Depresión) se han prodigado en los últimos años y han dado lugar a un torrente de literatura. Evidentemente, todas las crisis tienen características comunes y, a la vez, cada una de ellas tiene rasgos únicos. Pero esto es generalmente aplicable y avanza bien poco nuestro conocimiento. Hay que admitir, sin embargo, que la crisis presente y la de hace ochenta años tienen algo en común que justifica las comparaciones que se han hecho: ambas son de gigantescas dimensiones. Posiblemente sea mayor la actual en términos absolutos, y dependiendo, por supuesto, de las variables que tengamos en cuenta. No hay duda, sin embargo, de que, en términos relativos, fue mayor la Gran Depresión: es decir, la caída en la renta y el aumento del desempleo, medidos en tasas, fueron mayores entonces.
Pero aparte del paralelismo superficial de las dimensiones, la similitud no va más allá. La Gran Depresión fue mucho más importante en el sentido de que marcó una frontera cronológica: fue parte integrante de las extraordinarias turbulencias políticas, económicas y sociales de la primera mitad del siglo XX, que señalaron el paso de un modelo económico a otro, del liberal puro del siglo XIX al modelo socialdemócrata del Estado de bienestar (o «neoclásico mixto», como lo llamaba Paul Samuelson), característico de la segunda mitad de siglo XX y de lo que llevamos del XXI, sin que se vea su fin por ningún lado. Uno de los grandes problemas que planteó la Gran Depresión fue que casi nadie se daba entonces cuenta cabal de lo que estaba ocurriendo (los que menos, los economistas), razón por la cual fueron los políticos y los hombres de acción los que dieron soluciones prácticas a la crisis. Los economistas, entre tanto, se debatían entre una teoría y una realidad que no encajaban en absoluto. Nada tiene de raro que las lumbreras de la época predijeran la «prosperidad a la vuelta de la esquina» y se arruinaran lamentablemente apostando a la recuperación de la Bolsa, como le ocurrió al gran Irving FisherFrancisco Cabrillo, Economistas extravagantes. Retratos al aguafuerte, Madrid, Hoja Perenne, 2006, pp. 121-123.. Arruinarse nunca tiene ninguna gracia; pero hacerlo siendo economista equivocado tiene que ser aún peor. Caso parecido sería el del médico que se muriese por haberse recetado mal. En cambio, fueron políticos y economistas practicones, como Korekiyo Takahashi en Japón o Hjalmar Schacht en Alemania, los que sacaron a sus países del atolladero con poco sustento teórico –que no hubiera hecho sino estorbarles y confundirles–, pero con grandes dosis de audacia y sentido común.
El desconcierto se debía a que la economía occidental estaba entrando en una nueva fase, estructura o modelo, sin que ni los políticos, ni los economistas ni, por supuesto, el público en general, se dieran cuenta; y aplicar las recetas propias de la economía liberal a una economía en tránsito hacia el modelo socialdemócrata era algo así como recetar antibióticos a un enfermo de artritis. El único economista que advirtió que el aparato teórico clásico ya no servía para la nueva realidad económica fue John Maynard Keynes, que se veía a sí mismo como la Casandra homérica profetizando grandes desastres desde los muros de Troya sin que nadie le prestara atención. El caso es que a Keynes le costó muchos años dar forma coherente a su pensamiento: no publicó su Teoría General hasta 1936, y su mensaje tardó varios años más en ser asimilado y aceptado por los economistas, a quienes estaba especialmente dirigido, como ponía de manifiesto la primera frase de su prefacio«This book is chiefly addressed to my fellow economists»: John Maynard Keynes, The General Theory of Employment, Interest and Money, Londres, MacMillan, 1960, p. v.. A los políticos llegó aún después. En consecuencia, las recetas keynesianas apenas se aplicaron durante la Gran Depresión: la guerra mundial estalló antes. No puede decirse que el New Deal fuera propiamente keynesiano: fue concebido mucho antes de aparecer la Teoría General, y a Keynes, en principio, le inspiraba gran recelo, aunque más tarde fue viendo la política de Franklin D. Roosevelt con mayor esperanzaRobert Skidelsky, John Maynard Keynes. Volume Two. The Economist as Saviour, 1920-1937, Nueva York, Penguin Books, 1995, pp. 492-493 y 504-509. Véase también Pedro Schwartz, «La Gran Depresión (1929-1940)», Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, vol. 61 (2009), pp. 454-467.. Los únicos que aplicaron políticas keynesianas de una manera coherente durante la Gran Depresión fueron, como antes dijimos, dos personajes con escaso bagaje teórico, Takahashi y Schacht. Lo que realmente puso fin a la Gran Depresión fue la Segunda Guerra Mundial. Pero la teoría keynesiana era un intento de comprender las causas de la depresión y de proponer políticas anticíclicas, y terminó prevaleciendo, especialmente tras la guerra mundial, aunque la creación del Fondo Monetario Internacional antes del fin de las hostilidades fue ya una aplicación de las ideas keynesianas a la esfera de las relaciones monetarias internacionales.
La situación es completamente diversa hoy, ya que comprendemos perfectamente las causas de la crisis presente. La crisis actual no es sistémica, como lo fue la Gran Depresión, sino que es el resultado de una serie de graves errores de política económica que no tenían por qué haberse producido. Aunque la teoría keynesiana brindó una caja de herramientas para amortiguar las fluctuaciones económicas, esas fluctuaciones nunca van a desaparecer completamente, y los errores de política económica pueden contribuir a magnificarlas. En realidad, algunos de los problemas monetarios actuales no son tan diferentes de los que se daban con el patrón oro, al que se ha atribuido, en gran parte con razón, la gravedad de la Gran Depresión. Uno de los obstáculos al funcionamiento del modelo liberal fue la creciente rigidez de precios y salarios, cosa que Keynes puso de relieve. Al ser rígidos precios y salarios, y ser rígidos también los tipos de cambio, lo cual era inherente al patrón oro, los ajustes debían hacerse (no había más remedio) en términos de empleo: si en un país poco competitivo no bajaban salarios y precios y la moneda no se devaluaba (algo contradictorio con el régimen de patrón oro), el país perdería oro y generaría desempleo. (La situación era parecida a lo que ocurre ahora dentro de la «zona euro».) Para evitar esta situación, los bancos centrales «esterilizaban» el oro: los países deficitarios recurrían a préstamos y a toda clase de triquiñuelas para minimizar sus exportaciones de oro; los países excedentarios restringían su oferta monetaria por debajo de lo que sus stocks de oro permitían para evitar tendencias inflacionistas. Los mecanismos de mercado, por tanto, no funcionaban: los países deficitarios (no competitivos) evitaban las medidas que hubieran abaratado sus precios, mientras que los excedentarios (competitivos) evitaban la política que los hubiera hecho menos competitivos, encareciendo sus productos. El mantenimiento de esta situación iba creando un ambiente de malestar y tensión social crecientes en los países no competitivos hasta que de un modo u otro se tomaba una medida desesperada. En el caso de la Gran Depresión, el país no competitivo por excelencia, Inglaterra (en los años veinte), terminó por verse obligado a devaluar la libra y abandonar el patrón oro en 1931, en lo que fue imitado por el resto del mundo en los años siguientes. Por lo tanto, en aquel tiempo, la aplicación de políticas de corte liberal, que presuponían flexibilidad de precios y salarios, a economías donde esta flexibilidad había desaparecido, magnificó los efectos del ciclo.
En la actualidad ha ocurrido algo parecido, mutatis mutandis. En los comienzos del siglo XXI, China es el país competitivo, Estados Unidos el deficitario. Lo lógico en esta situación hubiera sido que Estados Unidos hubiera subido sus tipos de interés y hubiera devaluado su moneda, y que China hubiera hecho exactamente lo contrario. Pero ambos temían que estas políticas causaran desempleo en sus respectivos países y se negaron a ponerlas en práctica: China acumuló dólares, Estados Unidos acumuló déficits; pero el boom continuado, aunque artificial, de la economía norteamericana produjo una burbuja inmobiliaria y una especulación financiera basada en gran parte en esa burbuja. En Europa, esa distribución de papeles se dio dentro de los países que comparten una misma moneda: el euro. España, Grecia, Portugal o Italia incrementaron su déficit, público y privado en distinta combinación, gracias a la disponibilidad crediticia de Alemania o Francia. Cuando el globo se pinchó –la burbuja no podía crecer indefinidamente–, la pirámide especulativa se vino abajo con estruendo y el temido aumento del desempleo se produjo al fin y al cabo. Se recurrió entonces a los remedios keynesianos: se inyectó más dinero en la economía, se redujeron aún más los tipos de interés: esto es algo así como administrar oxígeno a un atleta agotado. En esas estamos. Los bajos tipos de interés no sólo habían provocado una burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, sino también en varios países europeos como Inglaterra, Irlanda y España, donde la crisis más se ha hecho sentir. En todos los países que han acusado la crisis de manera algo contundente se han puesto en marcha programas de recuperación que han consistido, de un modo u otro, en inyectar grandes cantidades de dinero en la economía, lo cual ha obligado a los Estados a endeudarse, ocasionando fuertes crecimientos de su deuda pública.
Las consecuencias de esta situación no pueden ser tranquilizadoras: los aumentos de la deuda pública permiten augurar largos años de mayor presión fiscal que permitan enjugar las grandes masas de deuda pública acumuladas. Esta perspectiva de altos impuestos hace esperar futuros niveles de crecimiento muy moderados, lo cual no permite contar con que los altos niveles de desempleo actuales vayan a reducirse significativamente en mucho tiempo; pero estos altos niveles de desempleo, al exigir grandes transferencias sociales (por compensación del desempleo y otras atenciones) requerirán aún mayores niveles de impuestos o frenarán la reducción de la deuda, lo cual contribuirá aún más a perpetuar el estancamiento. Hay aquí un alarmante círculo vicioso que explica la lentitud en la recuperación que podemos observar ahora mismo.
Pero hay más problemas serios. La crisis ha sido en parte considerable consecuencia de imprudencias del sector financiero que han provocado su derrumbe parcial en varios países, en especial Estados Unidos y Gran Bretaña (por no hablar de la debacle islandesa), pero que ha afectado también a los de muchos otros. Esto ha provocado una brutal contracción del crédito y un brusco aumento de la preferencia de liquidez. Aunque las catástrofes bancarias parecen de momento haberse terminado, nadie está seguro de que no haya bancos que, aun permaneciendo en pie, no estén muy gravemente afectados, y esto causa un alto nivel de desconfianza y, por tanto, contribuye a la contracción del crédito. La restricción crediticia repercute muy negativamente en los mercados y las empresas, tanto por la reducción del consumo que conlleva como por su negativo efecto sobre la operatividad de los negocios, que se encuentran atrapados entre la espada de la caída de la demanda y la pared de la restricción del crédito. Y ello se debe a que, aunque los tipos de interés nominales permanezcan muy bajos, los bancos recurren al «racionamiento del crédito», porque su aversión al riesgo ha aumentado repentinamente. El fuerte aumento del gasto público, en un momento de caída de la recaudación de impuestos debida a la menor actividad económica, ha tenido un efecto de crowding-out (expulsión) del crédito privado que hace aún más difícil la financiación de las empresas. En último término, esta paralización del negocio redunda en una tendencia al aumento del desempleo, con las consecuencias que conocemos.
Las crisis representan oportunidades de cambio. Es el momento de hacer inventario de los activos con que se cuenta y de determinar cuáles sustentarán la recuperación y, muy probablemente, una nueva etapa de crecimiento económico. A la crisis de los años treinta, tras la Segunda Guerra Mundial, siguieron algunas de las décadas de mayor crecimiento económico conocidas en el mundo moderno. Y, como antes señalamos, la teoría económica se vio profundamente alterada, como resultado de los estudios de Keynes, en los años veinte y treinta, y más tarde de Milton Friedman, crítico con algunos supuestos keynesianos. También hoy el debate se ha agudizado entre los economistas, como ha recogido recientemente The Economist, y es posible que dé lugar a nuevos avances en esta disciplina. La crisis también ha provocado la proliferación de libros y artículos sobre el tema, entre los que un lector preocupado por la situación actual puede muy bien sentirse perdido. Los hay de todo tipo: largos y breves, dotados de gran aparato cuantitativo o meramente descriptivos, con pretensión de exhaustividad o muy selectivos en los temas a dilucidar; los hay mejor y peor escritos, para el gran público –ciertamente los menos– o dirigidos a los especialistas. Lo cierto es que ninguno da una receta mágica que nos permita superar con éxito la crisis, aunque sí parece haber coincidencia en algunos de los principales problemas a los que se enfrenta la salida de la crisis, y a los cuales nos hemos referido en estas páginas: riesgo de inestabilidad bancaria y financiera, crecimiento incontrolado del déficit o excesiva deuda que plantean.
Uno de los temas que más se ha debatido desde que estalló la burbuja es el de quién o qué tiene la responsabilidad de la catástrofe. El tema tiene su importancia, porque agrupa de un lado a los críticos con el «sistema capitalista-liberal» y, de otro, a los críticos del intervencionismo. Los primeros han venido diciendo que la crisis es la demostración de que el «capitalismo» no funciona (las comillas se deben a que la definición de «capitalismo» que ofrecen estos críticos es nebulosa, se parece un poco a lo que nuestros abuelos llamaban «lo existente», y nuestros padres «el orden establecido»). Simplificando mucho, los antiliberales afirman que los mercados funcionan mal y necesitan una fuerte regulación, mientras los liberales sostienen que los mercados necesitan muy poca regulación y, además, que esa regulación debe ser predecible y sujeta a normas fijas. ¿Qué mejor ejemplo de la postura liberal que el libro de John B. Taylor, autor de la famosa «regla» relativa a cómo deben los bancos centrales fijar los tipos de interés? La regla de Taylor es un ejemplo típico de receta liberal de política económica: nos dice que los bancos centrales deben fijar los tipos de manera contracíclica, teniendo en cuenta la inflación y el crecimiento del PIB. Cuando ambos suben, los tipos deben subir también; cuando bajan, bajar, y cuando uno baje y la otra suba, debe seguirse una simple ecuación algebraica que dará al tipo de interés un valor intermedio entre el alza y la baja de las variables. El libro de Taylor se pregunta quién tuvo la culpa de la burbuja y su contestación es clara: las autoridades monetarias, básicamente porque mantuvieron los tipos de interés ente 2002 y 2007 muy por debajo de lo que la regla de Taylor recomendaba. En sus propias palabras, «las acciones e intervenciones del sector público han causado, prolongado y empeorado la crisis financiera» (p. 97). El libro es breve, se lee muy fácilmente y razona por medio de numerosos gráficos que a su vez están basados en cálculos econométricos que el autor ahorra misericordiosamente al lector. La traducción es buena: el título en inglés, Getting Off Track, está correcta y concisamente traducido por Sin rumbo, pero también pudo haberse utilizado la expresión Descarrilando, ya que eso es literalmente lo que implica el título inglés: salirse del buen camino.
El libro de Milne es menos analítico y más narrativo, tiene algo de periodístico aunque su autor sea profesor y ex funcionario del Tesoro y del Banco de Inglaterra. La camisa del libro ofrece la imagen de un castillo de naipes hecho con tarjetas de crédito; por otra parte, el título es una referencia al de un famoso cuento de Edgar Allan Poe, La caída de la mansión de Usher. Pese al título (ya que el cuento de Poe es, naturalmente, un relato de terror) y a lo deprimente de la narración, que describe con pormenor cómo se vino abajo buena parte del sistema bancario en Estados Unidos y Gran Bretaña, Milne intenta transmitir un mensaje optimista: «Este libro previene contra el excesivo pesimismo acerca de los bancos del mundo y la calidad de sus activos», nos dice (p. 314) al inicio de sus conclusiones que, significativamente, se titulan «Reparando el edificio crediticio». Como explicación descriptiva de lo que fue la crisis bancaria en Inglaterra y Estados Unidos, con abundantes referencias a la Europa continental, el libro de Milne es excelente, denso y riguroso. Sus intenciones son también buenas, tratando de convencer a sus lectores de que el desaguisado tiene remedio si los Estados llevan a cabo una política keynesiana y de contención del pánico. Para ello los gobiernos deben «dejar claro su compromiso de arrostrar las peores pérdidas potenciales de los bancos. Esta política está sujeta a controversia política, [pero] sólo los gobiernos pueden ofrecer contra la catástrofe el aseguramiento necesario para restaurar la estabilidad del sistema financiero global» (pp. 320-321).
Tal defensa de una política de corte keynesiano probablemente no agradará a Taylor. Pero lo que con toda seguridad no le satisfará, ni a nosotros tampoco, es el análisis de las causas últimas de la crisis que Milne promete, pero que no lleva a cabo. Para él, la responsabilidad última parece recaer en ciertos banqueros que utilizaron «toda clase de fondos a corto plazo para financiar carteras de títulos hipotecarios y estructurados» (p. 32). Esto, desde luego, significa violar el primer mandamiento del banquero, que es organizar su balance de modo que los plazos de sus pasivos se equilibren con los de sus activos. La razón de que esos banqueros cometieran tan grave pecado mortal es que los pasivos a corto son baratos y en la euforia anterior a 2007 cualquier locura se justificaba con tal de aumentar la cuenta de resultados. De manera poco convincente, Milne exonera a las agencias de rating o calificación y ni siquiera se plantea que hubieran fallado las autoridades monetarias en su política económica (la tesis de Taylor) o en su papel de supervisores. En definitiva, para Milne los gobiernos son inocentes, pero deben pagar los platos rotos: la justicia distributiva brilla por su ausencia.
Mucho más ambicioso por su ámbito geográfico es el libro de Tamames, autor consagrado cuyas múltiples ocupaciones sin duda le han impedido supervisar adecuadamente la versión final. Esto da lugar a errores absurdos, como cuando afirma que los tan traídos y llevados bancos estadounidenses Fanny Mae y Freddy Mac significan, respectivamente, madre e hija (p. 23), o cuando nos dice que «el doctor Samuel Johnson [...] informó a J. M. Keynes de una visita que hizo a la isla escocesa de Skye» (p. 26). Teniendo en cuenta que Keynes nació noventa y nueve años después de morir Samuel Johnson, tal información resulta cuando menos sorprendente, como no fuera en una sesión de espiritismo.
Con todo, la capacidad de Tamames para acometer vastos temas y pintar grandes cuadros es proverbial y aquí ha reunido y sistematizado una cantidad notable de material sobre la economía internacional, al que, por si fuera poco, añade un capítulo sobre Latinoamérica, sin duda con un ojo al mercado transatlántico, pero que se despega un poco del conjunto. La descripción de los orígenes de la crisis es correcta, pero nada original, y en la cuestión de los remedios el libro se circunscribe a España. Se dicen cosas muy sensatas, denunciando el despilfarro del Estado, el derroche de las autonomías, la falta de un plan coherente por parte del Gobierno y su tendencia a la improvisación; se agradece también que se entre un poco en los problemas de largo plazo, como la educación y la investigación (p. 242). Sobre la incoherencia de la política económica, nos dice Tamames en la página 248 que «Rodríguez Zapatero no tiene un proyecto de España y no dispone de esquema de soluciones ni de diagnóstico»; y el hecho de que el 12 de mayo de 2010, tras las reprimendas de Merkel y Obama, el presidente repentinamente anunciara un plan radical de austeridad cuya necesidad había negado pocos días antes no hace sino confirmar el diagnóstico de Tamames. El autor ve la solución a la crisis española en unos nuevos Pactos de la Moncloa; a nuestro juicio, por deseable que esta solución fuera, resulta políticamente irrealizable sin nuevas elecciones.
Una crisis y cinco errores, de Rodríguez Braun y Rallo, es un libro breve, intenso y claro sobre los efectos perniciosos de la intervención política en la actividad económica. En opinión de los autores, la intervención del Estado en los mercados, lejos de ser necesariamente positiva o neutra como frecuentemente se afirma, puede ser terriblemente dañina. Hay, nos dicen, unos efectos «colaterales» negativos de la intervención estatal que se han producido al mismo tiempo que se hablaba de una retirada del Estado vinculada a la privatización de empresas estatales en las últimas décadas. «Probablemente el lugar más asombroso del planeta para sostener que la política se ha reducido es España [...] El Estado español se descentralizó dando lugar a unas comunidades autónomas cuyo peso aumentó sin cesar, mientras que el del Estado central se redujo en términos relativos. Pero en esta mutación la partida general no quedó en tablas, sino que ganó claramente el poder, porque el peso conjunto de las Administraciones Públicas creció proporcionalmente más en España que en ningún otro país» (p. 25). Esto se demuestra pintoresca pero elocuentemente en el gráfico 1.2 sobre la publicación de páginas de los Boletines Oficiales nacional y autonómicos. Se ha pasado de menos de cien mil páginas en 1978 a más de setecientas mil en 2008. Pero el fenómeno del «Estado mutante y creciente» se dio igualmente «en el resto del mundo».
Esta intervención subrepticia, según los autores, está tanto en el origen de la actual crisis financiera, como ocurre con el papel que tuvieron los bancos centrales –en especial, pero no exclusivamente, la Reserva Federal estadounidense–, en la expansión del crédito barato que alimentó la burbuja inmobiliaria, como en algunas de las recetas que se han llevado a la práctica, para salir de ella, lo que los autores denominan el modelo irlandés, español-estadounidense e inglés. En opinión de Rodríguez Braun y Rallo, confundir el papel del ahorro con el del crédito como clave del crecimiento económico, que ha llevado a los gobiernos a sostener con fondos públicos –en realidad, con deuda– un sistema financiero con problemas de solvencia, y no sólo de liquidez, ha impedido que el mercado actuara, como en cualquier otro sector, favoreciendo una reorganización en la que sólo las empresas «bancarias» más eficientes deberían sobrevivir. Intervención estatal sí, nos dicen (p. 116), pero no para subvencionar sectores poco eficientes, como los bancos o las inmobiliarias, ni para fomentar el consumo, sino para establecer las condiciones para que se produzca un ajuste de los precios relativos, de bienes y salarios, una recolocación de los factores productivos y un aumento del ahorro; en definitiva, afrontando los cambios estructurales necesarios para retomar la senda del crecimiento económico. Como vemos, estamos en la ortodoxia liberal: poca intervención, y claramente reglada.
Por último está el libro de Niño Becerra, del que poco hay que decir sino que es todo fuego de artificio sin sustancia: citas variopintas (de Carla Bruni y Charles Aznavour a la «Oda al Dos de Mayo» de Bernardo López García: «Oigo, patria, tu aflicción»), imágenes, metáforas, galopadas históricas (de la caída del imperio romano a la Gran Depresión de 1929-1939, más una «Historia decisiva del sistema capitalista» en el Anexo II), anuncios apocalípticos, gráficos confusos, en fin, todo lo que el lector aficionado a las emociones fuertes en ciencia social pueda apetecer. ¿Mensaje? Para helar la sangre en las venas: «La crisis, la verdadera crisis, cuando estalle, a mediados de 2010, será tremenda, paralizante, una auténtica caída a plomo; será deflación, depresión, nada comparable a pasadas recesiones que usted haya vivido» (p. 178). ¿Y en qué se basa tan acongojante profecía? Muy sencillo: en la ley histórica de que hay una de estas crisis apocalípticas cada doscientos cincuenta años, y ahora toca: «Desde hace 2009 años, tan solo se han producido dieciocho crisis sistémicas; como hemos señalado, la de 2010 será la decimonovena, una crisis sistémica; por tanto, se trata de un suceso sumamente raro» (p. 68). Desde luego, rarísimo, porque ni siquiera salen las cuentas: «desde los inicios de nuestra era los sistemas han tenido una duración media de doscientos cincuenta años» y cada uno ha sucumbido a una de estas crisis sistémicas. Lo malo es que 2009 entre 18 da 111,6. Por tanto, o sobran años o faltan crisis sistémicas. Y no pregunten ustedes qué son esos «sistemas» ni por qué aparecen esas crisis cada dos siglos y medio (o cada 111,6 años, según creamos al autor o a la calculadora), porque la explicación incomprensible está en unos gráficos surrealistas contenidos en el AnexoI (especialmente en las páginas 180-181).
Como puede verse, el torrente de literatura al que ha dado lugar la crisis ha traído consigo algunas perlas, pero también algunos cantos rodados.

01/07/2010

 
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