ARTÍCULO

Stanczyk, en el mundo feliz

Quaderns Crema, Barcelona, 1997
Trad. J. M. de Sagarra
232 págs.
Quaderns Crema, Barcelona, 1998
Trad. de Zaboklick y Miravitlles
176 págs.
 

Una de las salas de la galería de pinturas de Sukiennice en Cracovia está presidida por un aparatoso cuadro de Jan Matejko titulado El homenaje prusiano (1882). Representa el hipócrita tributo de vasallaje que el gran maestre de la orden teutónica Alberto de Brandenburgo rindió a los pies del rey polaco Segismundo el Viejo en la plaza pública de Cracovia en 1525. Sin embargo, la figura que verdaderamente llama la atención de quien contempla el cuadro es la del bufón que aparece sentado pensativo en una de las gradas del estrado y que sostiene el cetro real con gesto entre irónico y escéptico. Es Stanczyk. Stanczyk es parte constituyente del espíritu polaco moderno, representa su tendencia a la meditación crítica y patriótica, encarna la reflexión distanciada y satírica con la que muchos creadores polacos se han defendido de las ironías de la historia, manifiestas en forma de servidumbres geográficas y políticas.

No es menos cierto que la sátira se ha cultivado con preferencia en todos los países del este de Europa, con una intensidad que apenas concede al comunismo la función de contrafuerte con el que, a partir de 1945, se vino a reforzar un género a todas luces premoderno. En cierto modo, los regímenes tutelados por Moscú mantuvieron a las sociedades del este de Europa en un no tiempo con respecto a la historia. Escritores «del absurdo» como el checo Bohumil Hrabal, el serbio Danilo Kis o el polaco Slawomir Mrozek difícilmente hubieran sido posibles en unas sociedades como las occidentales, cada vez más nihilistas. La dialéctica «oriente/occidente» puede formularse –según St. J. Lec– en términos de «lux/luxus» pero también mediante el binomio «esperar a Godot/esperar a la policía política». Para que la sátira se desarrolle necesita de un sistema de valores que se pretenda sólido y universal. La idea de que «ante el discurso del poder el filósofo y el poeta deben oponer con suprema eficacia los recursos del bufón» la encontramos formulada en los eslavos Mijail Bajtín y Leszek Kolakowski.

Slawomir Mrozek nació en Borzecin, cerca de Cracovia, en 1930. Sus comienzos fueron como caricaturista y autor de prosas humorísticas en semanarios populares. En 1957, con el «deshielo» de Gomulka, se revela como maestro de la narración satírica al publicar El elefante, libro que se nutre de «los caprichos de las instituciones burocráticas, así como [de] la mezcla específicamente polaca de industrialización y atraso, de sofisticación y espíritu de campanario» (Czeslaw Milosz, Historia de la literatura polaca). Poco a poco Mrozek se decanta hacia el teatro, colaborando primero en los cabarets, con parodias y esqueches satíricos, para escribir más tarde piezas en un acto cada vez más elaboradas. El teatro de Mrozek ha sido ampliamente traducido y representado en Europa y América. En España sus piezas menos desconocidas fueron Tango (1964) (Madrid, Escelicer, 1970. Traducción de Virgilio Cevello Rodríguez) y Felizacontecimiento (Madrid, Escelicer, 1973. Traducción de Violeta Beck y Jorge Segovia). También, entre otras, La policía (1958), El martirio de PiotrOhej (1959), Strip-tease (1961) o Emigrantes (1974)La bibliografía sobre Mrozek se ha visto enriquecida recientemente por la abrumadora monografía de Halina Stephan titulada Trascending the Absurd: Drama and Prose of Slawomir Mrozek (Ed. Rodopi).. Desde 1963 Mrozek reside sucesivamente en Italia, Francia y México. En el 96 regresa a Cracovia, después de 33 años. En Dziennik Powrotu («Diario del regreso») ha descrito las guardias armadas que tuvo que hacer con su mujer para preservar del bandidaje su rancho mexicano de «La Epifanía». Mrozek es un personaje ampliamente conocido en su país, en el que juega un papel excéntrico dentro de la popularidad.

Tras La vida difícil (1995. Traducción de Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles), libro en el que predomina la crítica al sistema burocrático comunista, la editorial Quaderns Crema ha continuado en el empeño de publicar las prosas de Mrozek en su colección «La caja negra». Los últimos títulos son Dos cartas (1997. Traducción de J. M. de Sagarra) y El árbol (1998. Traducción de Zaboklicka y Miravitlles), que aparecieron cuando al cumplirse treinta y cinco años de aquella pionera traducción de El elefante (Barcelona, Barral, 1963. Traducción de Margarita Fontseré). En ambos Mrozek se mantiene fiel a sus obsesiones, a ese humor negro y absurdo con el que nos hace partícipes tanto de sus angustias como de sus sátiras. La sátira de Mrozek se desempeña con especial acierto en los textos más breves, en las 42 narraciones mínimas de El árbol, en las que despliega una amplia gama de registros narrativos: de la escena grotesca al apólogo, de la fábula a la parodia maliciosa, del relato fantástico al apunte de conte philosophique. En Dos cartas encontramos a un Mrozek más metafísico y extenso. De entre las seis piezas del libro destaca poderosamente «Moniza Clavier (Historia de un romance)», un cuento sobre el exilio, el amor, y sobre la improbable coherencia de la existencia humana, que no es del todo ajeno al mundo cinematográfico de Kieslowski (aunque, por otra parte, ¿cómo podría?). Mientras que El árbol tiende a la risa franca y abierta, Doscartas conduce a la mueca melancólica. Se echa de menos una somera indicación de la fecha en que las piezas fueron escritas y publicadas.

La caída del muro ha hecho amarillear muchas páginas antes de tiempo; el cambio ha sido tan grande que ha afectado a todo el sistema de valores anteriormente vigente, incluidos los literarios. El vértigo del relativismo posmoderno se ha apoderado de Polonia, una Polonia en la que envejecen rápidamente poetas de anteayer como Puzyna (Guijarros, Huerga & Fierro, 1998. Traducción de Fernando Presa) mientras se encaraman a lo más alto de las listas de best-sellers novelas «posmodernas» como Niña Nadie (Anagrama, 1998) de Tomek Tryzna. Nadie diría que entre los libros de Puzyna y Tryzna sólo median cinco años. Un nuevo canon se abre paso a medida que las sociedades del este de Europa se transforman; las vanguardias se hacen visibles; se descubre el período de entreguerras. Son dos ejemplos. A las puertas del siglo XXI parece claro que la amenaza no tiene una sola cara y que se acerca más al mundo feliz de Huxley que al Gran Hermano de Orwell. ¿Cómo afectan estos cambios a los escritores «disidentes» del totalitarismo? ¿Qué pinta la sátira en un mundo globalizado y feliz en el que las verdades son plurales y la conciencia colectiva se diluye? Un hermano de Mrozek, el aforista St. J. Lec, en uno de sus «pensamientos despeinados» (Península, 1997) advierte: «¡Satíricos, cuidado con alumbrar ideas!». En la película de R. Clair À nous la liberté!, de 1931, el estribillo de una de las canciones irónicas decía: «Le travail c'est la liberté», y en 1940, sobre la verja del campo de Auschwitz, apareció la inscripción: «Arbeit macht frei». Hay espíritus burlones que se desvanecen al contacto con la luz; la literatura fantástica nos muestra que una simple ventana abierta puede acabar con el príncipe de los vampiros. Otro aforismo de Lec reza: «¡Ex oriente lux, ex occidente luxus!», pero, al fin y al cabo, ambas palabras comparten la misma raíz.

¿Un debate ilusorio? Es posible. La recepción intermitente (cuando no a golpe de Premio Nobel) de una literatura como la polaca, tan trabada y coherente como cualquier otra, crea el espejismo de que nos encontramos ante autores «raros», meteoritos perdidos que caen en un planeta que ha establecido sus propias jerarquías (¿alguien conoce a Boy-Zelenski o a Galczysnki?). Es cierto que el campo de referencia es más amplio (¿por qué no hablar de Gogol?); en todo caso, la terquedad del ser humano en ser quien es invalida buena parte de estas reflexiones intempestivas. Disfrutemos, pues, del genio, del humor y de la inteligencia de uno más de los clásicos polacos del siglo XX.

01/06/1999

 
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