ARTÍCULO

Un clásico y un moderno magiares

Ediciones B, Barcelona, 264 págs.
Trad. de Judit Xantus
Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 832 págs.
Trad. de Judit Xantus
 

Sendas dictaduras de posguerra dilatadas a lo largo de cuatro décadas, el aislamiento del pequeño país magiar tras el telón de acero y la subrayada extrañeza de un idioma minoritario se sumaron, contribuyendo así a nuestro alejamiento de la literatura húngara del siglo XX, roto tan sólo por algún best seller añejo de kiosco, a menudo llegado a través de lenguas interpuestas. El exitoso descubrimiento entre los lectores de la obra de Sándor Márai y el Nobel de 2002 a Imre Kertész han tirado de otros autores, que han ido siendo recibidos con interés por el mercado editorial. A ello ha contribuido no poco la labor profesional de Judit Xantus, recientemente fallecida, que con su traducción directa del original e impulso constante al intercambio cultural entre ambas naciones ha vertido al español una veintena de títulos durante los últimos cinco años. Su ojo avizor y su sensibilidad le permitieron alertar a Ediciones B sobre el nombre de Dezsö Kosztolányi (Szabadka, 1885-Budapest, 1936), el clásico por excelencia de la Hungría del primer tercio del siglo XX, país que gozó de una riqueza intelectual con evidentes paralelismos con la España de esa edad de plata. Que el órgano de su incorporación plena a la vibrante Europa del momento se llamase Nyugat (Occidente), que Kosztolányi –que es coetáneo de Ortega o Juan Ramón– fuese un hombre de letras total en su triple labor de periodista, poeta y narrador (además de traductor de Baudelaire, Wilde o de la Alicia de Carroll, ¡y de españoles como Unamuno, Machado o los poetas del 27!), su propia consideración de Homoaestheticus en la órbita del simbolismo, nos lo inscribe en el agitado período de entreguerras previo al brusco desmoronamiento de un mundo y de unos valores humanistas que se consideraban intocables.

Si Alondra (1924), publicada por la misma editorial en 2002, era una suerte de pieza íntima y trágica de cámara con un marcado tinte chejoviano, como un estallido interior no exento de humor, Anna la dulce (1926) sería una explosión violenta, un descenso a los infiernos más cercano a Strindberg o Schnitzler, con el latido impactante de «la incomprensible demencia de la vida». Sobre un telón de fondo de turbulencia política (la acción transcurre entre 1919 y 1920), la conflictiva relación entre la criada protagonista, sus señores y el entorno budapestino expresa, como muy bien ha sabido ver Mihály Dés en su introducción, más una injusticia espiritual que social. Se adivina la huella del Joyce de Dublineses y de Freud. La mención de orquestas de jazz, cámaras Kodak, películas mudas o esculturas cubistas se encarna en imágenes que nos recuerdan al gran Ramón español: «El sonido de los tambores de la orquesta era tan salvaje como al alba los redobles del pelotón de fusilamiento». La presencia del propio Kosztolányi como personaje en el capítulo final da una vuelta de tuerca reflexiva a la narración, elevando la anécdota de la crónica de sucesos al territorio del enigma y de la revelación.

Péter Esterházy (Budapest, 1950) ha escrito que los libros de Kosztolányi «tratan sobre la identidad, sobre la confusión del hombre del siglo XX, para quien la vida es un juego, todo el mundo es un juego y este mundo es la muerte». Y él, que nació bajo el totalitarismo de Rákosi, creció con el «comunismo gulasch» de Kádár y en su madurez es un intelectual fascinado por la Mitteleuropa danubiana, se considera heredero, con su constante ironía, de la melancolía tan húngara («¡Ya no hay nieve, no queda más que muerte!») que cada primavera ríe maliciosa tras el largo invierno magiar. Se define a sí mismo como un Esterházy europaeus sumido desde niño en el universo de la lectura, y embriagado por la escritura, que toca todo cuanto mira. Unas veces hacia su intimidad, como en Los verbos auxiliares del corazón (Alfaguara, 1999), donde la enfermedad terminal de su madre se alía con su pasión por la Beatriz Elena Viterbo del cuento borgiano «El Aleph»; en otras ocasiones observa su entorno, como en La mirada de la condesa Hahn-Hahn (Alianza, 2001), en la que un descenso descacharrante e irreverente por el Danubio le sirve para contrastar su orbe personal con el de Calvino, Handke o Magris. Y es que las invenciones de la memoria («Existir consiste en fabricarnos un pasado»), y la fagocitación de la biblioteca de Babel son sus señas literarias. En esta su opera magna (el título de la edición original está en latín: Harmonia caelestis) desmonta el género de la novela familiar para volverlo a encajar, como si se tratase del puzzle de la rama paterna que ha vertebrado los desplazamientos de la historia de Hungría a lo largo de varios siglos. Pero su investigación nace del no saber; más de la sugerencia y la recreación que del documento firme. En la primera parte, «Frases numeradas de la vida de la familia E.», se arma un texto misceláneo donde «mi querido padre» es un ser proteico y lúdico (obispo, Gargantúa, hombre sin atributos, el vivo retrato de Lady Di o Simon Templar, el Santo...). La segunda parte, «Las confesiones de una familia E.», se centra en los Esterházy del siglo XX y en sus fortunas y adversidades bajo la invocación del Testamento de Gombrowicz: «Quizá no recuerdo tanto el pasado, sino que más bien lo devoro, para alimentar con él lo que ahora soy». Vulnerabilidad y fortaleza se conjugan en el cofre familiar con sus caricias y sus arañazos. Corresponde al lector internarse en tales recovecos para encontrar las piedras preciosas que en ellos se esconden.

Mencionaremos, por último, la cuidadosa y ajustada labor de la traductora; por lo que respecta a Kosztolányi, está plenamente conseguida la oscilación rítmica de una atmósfera opresiva que se balancea entre la vehemencia contenida de una histeria latente y el lujo cromático del artificio expresionista de época: «Sus botines crujían al andar y brillaban bajo la luz del sol como dos granadas de mano que, arrojadas delante de él, salpicaran su cuerpo con un alegre fuego dorado». El esfuerzo con Esterházy salva escollos más abruptos, dada la afición del autor por los juegos de citas ajenas, que en este grueso díptico van de El collar dela paloma de Ibn Hazm de Córdoba a John Updike, el propio Kosztolányi o su admirado Bohumil Hrabal, quien admitiría gustoso el guiño de que «la taberna es el único sitio donde el valor supremo es el ser humano» como cierre divertido de esta compleja mirada sobre la cultura húngara.

01/04/2004

 
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