ARTÍCULO

Singularidades magiares

Emecé, Barcelona, 192 págs.
Trad. Judit Xantus
Emecé, Barcelona, 166 págs.
Trad. Judit Xantus
Muchnik Editores, Barcelona, 185 págs.
Trad. de Adan Kovacsics
Alfaguara, Madrid, 136 págs.
Trad. de Judit Xantus
 

Dicen que fue en una feria de libros, la de Francfort, donde se gestó el gozoso hecho de que se nos ofrezca el poco frecuente placer de leer en una misma temporada varias piezas narrativas de la literatura húngara. Tres libros (más uno posterior), por otra parte, bien distintos, aunque remitan a un mismo territorio lingüístico y literario, de escasa presencia en nuestro país. Tres autores, quede bien claro, de acreditada calidad y solidez literaria. La condición prácticamente insular de Hungría, en el universo eslavo y germánico, las vicisitudes de su devenir histórico, el hecho de que su lengua resulte condenadamente difícil para otros, han determinado tal vez que, pese a la apabullante vitalidad de su mundo intelectual y creativo, sean relativamente escasas las voces individuales que alcancen a traspasar esas barreras para llegar a expresarse en castellano y quedar a disposición de los lectores de por acá.

Bienvenido sea, en todo caso, el fenómeno que, junto con otros semejantes, parece poner coto a cierto grado de abandono de las literaturas de Europa central y del este en los últimos años.

De Péter Esterházy (Budapest, 1950) ya disponíamos de otros dos títulos anteriores (Pequeña pornografía húngara y El libro de Hrabal) e incluso el autor asistió a un Encuentro de novela europea celebrado en Madrid en 1993 bajo los auspicios de la difunta revista El Urogallo. El actual volumen constituye la última entrega de su Introducción a las Bellas Letras, serie a la que pertenecen otras cuatro, una suerte de experimento literario, en alguna medida pariente de los relatos oulipianos inspirados por Queneau, fundado en la farsa y el collage, en la apropiación de otras voces, infinitas voces que se amalgaman con la propia para acabar constituyendo otra diferente, tal vez a salvo, según quiere el autor, de la degradación de las capacidades expresivas del lenguaje por su sometimiento a los medios de comunicación y al discurso oficial. Así, la trama argumental, también aquí, queda limitada al mínimo, aunque en este caso se arme en torno a un hecho tan grave como la muerte de la propia madre, con la que, ya difunta, el autor establece un imposible diálogo que nunca consiguió ni conseguirá sostener... Su propuesta es decididamente radical, lo que la vuelve en ocasiones incomprensible; sin embargo, la popularidad de que goza pese a ello (en Hungría, pero también en otros países) obliga a un momento de reflexión: usurpados como están todos los lenguajes, Esterházy, este matemático de origen aristocrático, burlón y adorador del checo Hrabal, pretende encontrar el modo de contar su mundo mediante la apropiación «caótica» de las palabras de otros... y el hecho es que consigue involucrar al lector e incorporarlo al proceso de reconocimiento de la realidad, a su expresión.

En cuanto a Péter Nádas (Budapest, 1942), del que conocíamos ya su inmenso Libro del recuerdo, pertenece al grupo de escritores que transformaron la narrativa húngara a partir de los años setenta, como todos los demás, rechazando las imposiciones del realismo socialista y al propio régimen, pero en su caso sin pretensión de chocar de forma abierta con el segundo. Su subversión se remite sobre todo a las categorías estéticas y a los procedimientos narrativos, la ruptura del discurso cronológico, las voces... Así sucede en El final de una saga, publicada en 1977, que tendría gran resonancia. Se trata de la crónica de una familia judía en proceso de extinción, en plena represión estalinista, vista y contada por tres personajes distintos: el abuelo poseedor y transmisor de la tradición, el padre involucrado en un proceso judicial en el que actúa como agente de la policía secreta (por tanto, en cierto sentido, como destructor de la memoria), y el niño cuya mirada aterrada y solitaria determina tanto el conjunto del texto como la historia misma. Aquí es donde se rompen todas las convenciones narrativas; la voz del niño acaba convirtiéndose en el único medio de reconocimiento de una realidad caótica, absurda, terrible, que, además de dar cuenta del fin de una forma de vivir, del desecamiento de las raíces familiares, se constituye en vehículo para la condena angustiada del mundo circundante.

Pero ha sido la aparición de El último encuentro, de Sándor Márai (19001989), lo que ha constituido toda una sorpresa conmovedora. Alguna de sus novelas ya había sido publicada en español hace décadas, sin embargo continuaba siendo un perfecto desconocido aquí y en casi toda Europa; y ello pese a que, antes de abandonar su país en 1948, Márai, nacido en una familia de la minoría sajona de Hungría, gozaba de gran fama literaria, tanto la crítica como los lectores lo consideraban un maestro y su obra, que abarcaba prácticamente todos los géneros, se componía de varias decenas de volúmenes. Abandonó Hungría por desconfianza en el nuevo régimen «popular» y, tras un recorrido por diversas ciudades europeas, se instaló en California (San Diego), donde puso fin a su vida de forma voluntaria poco antes del derrumbamiento del muro de Berlín. Roto el vínculo con sus lectores, continuó sin embargo escribiendo en húngaro, pero prohibió la publicación de sus obras en el único país donde podía ser leído, y acabó por ser para muchos húngaros un personaje del pasado, del que se ignoraba incluso si vivía.

Podría pensarse que El último encuentro es una novela de la destrucción del Imperio austro-húngaro, de la sociedad y la mentalidad que se vinculan a él. De hecho, la escasísima trama que le sirve de argumento se concentra en los recuerdos de un anciano general que, tras recibir en el castillo donde vive retirado, en 1940, una carta de su más estrecho compañero de armas y amigo de la juventud, al que no ve hace cuarenta y un años y que le anuncia su próxima visita, se dispone a preparar una cena que deberá ser escenario de un encuentro largamente esperado y al que ha consagrado media vida. Pero no hay asomo de nostalgia en esa evocación, ni la más leve complacencia con el recuerdo de los brillos de la milicia o las glorias de la vida cortesana. De lo que se trata aquí es de la búsqueda de la lucidez, de la indagación en las raíces de la existencia humana individual, en busca de confirmación o desmentido del carácter efímero de todo lo que la conforma. La amistad, la fidelidad a los compromisos adquiridos, las propias convicciones, ¿están condenadas también ellas a extinguirse, a desvanecerse en el camino del hombre hacia la muerte?

Sin más espacio aquí para comentar esta narración espléndida y de efectos perdurables en la conciencia de quien se implique en su lectura, es preciso saludar el nuevo triunfo póstumo de Sándor Márai, un escritor cuya obra (de grandes dimensiones, por otra parte) deberemos continuar leyendo y comentando en el futuro. Es el momento, por otra parte, de congratularnos con el desarrollo de una tradición de traducciones directas y solventes del húngaro prácticamente inexistente hasta ahora, cuando habíamos debido conformarnos con algunas incursiones desafortunadas, que nos permita continuar ampliando nuestra visión de ese universo intelectual tan ignorado como atrayente.

Tras seis ediciones de la obra anterior y siguiendo su estela, sale a la luz La herencia de Eszter, escrita tres años antes por Márai, que parece haber formado parte de una misma obsesión: la de la ausencia prolongada y la duda de si, con el paso del tiempo, las pasiones, los compromisos y el amor se extinguen o se transforman, pierden su fuerza de seducción o bien si, desde la distancia, su irradiación se extravía o se difumina. Como en el caso anterior, el relato se construye a partir de la llegada de una carta que anuncia el próximo cumplimiento de un encuentro pendiente y largamente esperado, y asimismo este hecho provoca el aguzamiento de la memoria, la recomposición de los vínculos del pasado incluso cuando ya se daban por concluidos esos episodios, o el descubrimiento de que siempre se estuvo esperando su retorno a la vigencia, la reanudación de la vida suspendida por una interrupción. Eszter es en este caso la voz que recuerda y recompone, y a su alrededor se teje o se desteje la maraña de unas relaciones en las que Lajos, un avispado seductor y parásito consagrado a la política (y fracasado), parece ser el personaje principal, aunque en definitiva no lo sea, y pudiera quedar reducido en realidad al papel de marioneta del tiempo y del resto de las personas, de sus propias flaquezas... En todo caso, este relato también sobresaliente e intenso confirma el empeño de su autor en indagar en las trampas del tiempo y de la memoria, su aspiración a la lucidez por medio de la creación literaria. De igual modo que revalida la gran talla de este escritor desaparecido, su sorprendente capacidad para insuflar intensidad y tensión a peripecias aparentemente triviales y convencionales, y ello gracias a esa extraña facultad suya, deslumbrante en estos dos relatos, para fijar siempre la mirada en las cosas que más importan.

01/01/2001

 
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