ARTÍCULO

Cómo nos vieron... y qué gafas usaron

Cátedra, Madrid
Trad. de María Luisa Burguera
360 págs. 15,03 €
A. Pareja editor, Madrid
Trad. de José Pedro Muñoz-Herrera
160 págs. 15,89 €
Univ. de Alicante, Alicante
Trad. de José Francisco Pérez Berenguel
453 págs. 21,96 €
Cátedra, Madrid
Trad. de Félix Piñero
224 págs. 13,22 €
Cátedra, Madrid
Trad. de Christina Mougoyanni
274 págs. 13,22 €
Ed. de Aguieszka Matyjaszczyk y Fernando Presa Huerga y Fierro, Madrid
284 págs. 13,22 €
Ed. de Carlos García-Romeral Miraguano, Madrid
488 págs. 22,54 €
 

Hasta hace bien poco los libros catalogados en el apartado de «literatura de viajes» gozaban, por decirlo suavemente, de escasa estimación en los ámbitos académicos, hasta el punto de que el historiador profesional los mencionaba, si llegaba el caso, con cierto desdén o explícitamente les regateaba la consideración de fuentes productivas para una «historia científica». El diagnóstico habitual, al privilegiar algunos autores vocingleros o determinadas obras escritas con premura, enfatizaba superficialidades, distorsiones o flagrantes errores para generalizar como veredicto inapelable que ante ellos nos hallábamos más cerca de la escritura fantástica que del documento veraz. En el caso español, además, se agravaba la sentencia ante las pinceladas de «color local» que habían constituido la salsa y la seña distintiva de los Irving, Gautier, Merimée, Ford o Sand, es decir, toda la hornada romántica a la que se responsabilizó en exclusiva –olvidando a veces la contribución propia– de urdir esa España de pandereta que tanto ha gravitado sobre varias generaciones de españoles.

La ampliación de la perspectiva historiográfica a lo largo de la segunda mitad del pasado siglo produjo un paulatino giro de aquellos argumentos, entre otras cosas porque se empezó a valorar, bajo los epígrafes de «historia de las mentalidades», «vida cotidiana» y otros asimilables, la conciencia colectiva, la percepción propia y ajena, la subjetividad o la expresión de las creencias, es decir, una serie de fenómenos y actitudes que habían sido ignorados desde una óptica fría y racionalista que ahora parecía empobrecedora. De este modo, el testimonio del visitante, que pronto adquirió el marchamo respetable de la «mirada del otro», adquirió relevancia y valor por sí mismo, con independencia de que el retrato resultante se adobara en mayor o menor medida con ingredientes espurios.

Nada tiene de extraño, por tanto, que el balance de esos viajes pretéritos arroje una abrumadora comparecencia de la España romántica, convertida por las mismas razones de siempre en destino favorito. No debe dejar de subrayarse, en cualquier caso, la ambivalencia de la opinión española con respecto a este pasado concreto y a los símbolos y mitos que ha generado, una relación de amor-odio (por decirlo de modo muy simplificado) que lleva alternativamente del fastidio a la complacencia bochornosa, del hartazgo de la españolada a la reiterada recreación de temas, personajes y mitos (el torero, el salteador, Carmen, Don Juan) o, para llevar el agua a nuestro molino, de la vituperación de los visitantes decimonónicos al éxito editorial de estas obras.

Basta echar un rápido vistazo a los libros que aquí consideramos para percatarse de la aludida omnipresencia de la recreación romántica, sobre todo si tenemos en cuenta que, además de los volúmenes que cronológicamente se insertan en tal período, la mayoría de los que no pertenecen en rigor a él, como el escrito por el francés Henry Lyonnet (postrimerías del XIX ), el escocés Stewart Dick (primera década del XX ) y, más aún, el del griego Kostas Uranis (años treinta del pasado siglo) no dibujan una España muy distinta, sino todo lo contrario. ¿Persistencia de una misma realidad o continuidad de la mirada?

Hoy podemos afirmar sin muchos complejos que lo que llamamos realidad es en gran parte una construcción social. De ahí la importancia de las imágenes adquiridas o, en nuestro caso, para ser más concretos, la persistencia de los estereotipos. Dicho en términos esquemáticos, es innegable que los viajeros veían en buena medida la España que querían ver, sus descubrimientos apenas traspasaban la barrera de lo que estaban predispuestos a descubrir, y hasta en no despreciable proporción la realidad española terminó acomodándose a lo que esperaban de ella los visitantes extranjeros. Pero no es menos cierto que con todo ello tenemos unos testimonios excepcionales no sólo sobre un país y una época, sino sobre la propia manera de mirar. ¿Quién osaría en último término deslindar inequívocamente la percepción y valoración de las cosas, de casi todas las cosas, de nuestra predisposición y expectativas?

Por lo que respecta al contenido concreto de los libros que aquí se comentan, empezaremos con el de Alexander Jardine, que merece ser destacado por varias razones: escrito desde la óptica ilustrada, es el único que permanece nítidamente al margen de los tópicos románticos, elude la mera recreación colorista y se dispone a comprender (en la acepción más profunda del término) la idiosincrasia hispana; más allá de actitudes y metodología, en cuanto a los resultados, el análisis del político y diplomático inglés, sin menospreciar la vertiente costumbrista, trasciende con mucho esta última, para convertirse en un meditado ensayo sobre la situación política de España, sus condicionantes, las causas de su decadencia, el estado de su agricultura, industria y comercio, la viabilidad de las reformas emprendidas, el papel de la nación en el tablero internacional, etc.; y un último factor que realza el libro, en este caso ajeno al autor pero no al posible lector, es la magnífica edición que ha realizado José Francisco Pérez Berenguel, con un extenso y completo estudio introductorio (de hecho ocupa casi la mitad del volumen), tanto de las propias Cartas de Jardine, que constituyen el texto en cuestión, como de la vida y obra del viajero inglés que, por cierto, fue uno de los pocos visitantes de la época que conoció bien el norte de España, y en particular La Coruña, ciudad donde ejerció de cónsul.

Referirnos a continuación a las impresiones personales del pintor Stewart Dick sería situarnos en las antípodas. Todo lo que tiene la obra de Jardine de análisis exhaustivo de la realidad española, de intento de comprensión global más allá de las apariencias, se convierte aquí, condicionado quizás por la propia estrechez de miras de las calles toledanas en las que el autor se pierde, en pinceladas dispersas, minimalistas, insuficientes para fraguar una visión coherente o reveladora. Reconozco que como recreación de valores e incentivos específicos (Zocodover, Catedral, Greco...) puede tener su encanto. Lo malo, sin embargo, como suele suceder en estos casos, es que Dick, sin salir de la ciudad que le subyuga («el Edimburgo ibérico»), pretende hablar en distintas ocasiones de España en su conjunto. Para ello, como era previsible, convierte a la ciudad castellana en quintaesencia de la nación –como delata el propio título–, con todos los agravantes de tópicos y simplezas, desde los inevitables «moros» trayendo su civilización al «país bárbaro» que era y en parte sigue siendo España, hasta la evocación de los curas como «descendientes de los viejos inquisidores, profesando todavía el mismo credo y poseídos de las mismas ideas».

Los Paseos por España de Joséphine de Brinckmann guardan un parecido formal con el libro de Jardine (su redacción en forma de cartas), pero sobre todo una fundamental concordancia en el fondo con el testimonio de Dick, dado que también a esta autora le interesa más el pasado que el presente, la España eterna más que la España moderna, el arte, la historia, las leyendas, los monumentos o las costumbres ancestrales incomparablemente más que los espasmódicos forcejeos de un país atrasado para asomarse a la modernidad a mediados del XIX . En este sentido, más allá de cuestiones epidérmicas (mayor énfasis en las comidas, la indumentaria o el estado de las fondas), el hecho casi insólito en su tiempo de que «el viajero» fuera mujer apenas se traduce en diferencias significativas con los clásicos visitantes románticos: apresuraos a ir a España, dice en sus páginas finales, antes de que el progreso y el liberalismo le arrebaten sus encantos; entendiendo por tales, naturalmente, todos los que conforman la excepcionalidad hispana en el contexto europeo occidental.

Los Paseos de Brinckmann forman parte de una colección de la editorial Cátedra, dirigida por Miguel Ángel Vega, titulada expresivamente «Cómo nos vieron». Se trata de un meritorio empeño por reeditar obras y autores conocidos (Madame D'Aulnoy, Humboldt, Gautier, D'Amicis...) y otros ignotos o casi insólitos (como los relatos de Lyonnet y Uranis de los que seguidamente nos vamos a ocupar), siempre en ediciones muy cuidadas, a cargo de un especialista que se responsabiliza de la traducción, prólogo, notas, bibliografía y hasta la elaboración de un mapa con el itinerario seguido por cada viajero concreto. Inevitablemente, esta autonomía comporta que no todas las ediciones estén al mismo nivel. Por ejemplo, las descripciones de Brinckmann, plagadas de errores e inexactitudes, hubieran necesitado de una auténtica edición crítica en vez de una actitud titubeante (hay yerros que son ignorados mientras que se avisa de otros con una nota al pie) y de un respeto excesivo al texto que lleva a mantener grafías poco justificables («hermitas», «bayle», «huertolanas», etc.).

Las impresiones ibéricas de Kostas Uranis atraen en principio por la nacionalidad de su autor. Al fin y al cabo, no son muchos los griegos que antes de la guerra civil española recorrieron nuestro país, y mucho menos los que dieron a la imprenta el testimonio de su deambular. La excepción más conocida es la de Nikos Kazantzakis, y por eso la responsable de esta edición hace bien en dedicar algunas páginas de su estudio introductorio a las similitudes y sobre todo diferencias entre estos dos escritores griegos que, por cierto, anduvieron por la península aproximadamente durante el mismo lapso (la década de los treinta). Uranis, en contraposición a su más célebre compatriota, no es un viajero reflexivo, buen conocedor de lo hispano, sino un vagabundo lírico, un reportero inestable y sentimental que se deja llevar por las primeras impresiones. Su desesperada búsqueda del «alma de España» –título de otros conocidos libros de la época, como los de Havelock Ellis y Rudolf Lothar– se resuelve en una serie de contrastes (la desierta y árida Castilla frente a la mágica y dulce Andalucía; el ascetismo escurialense frente a la desbordante pasión meridional; el fanatismo de Torquemada frente a la sensualidad flamenca), conformando ese país de paradojas y sobre todo brutales claroscuros de los que pretende dar cuenta el propio título.

Es posible que, ante tantos lugares comunes, el lector se sienta irremediablemente atraído por lo que pueda depararle el título que Henry Lyonnet puso a sus notas: La España desconocida . Es verdad que aquí se habla de cosas que no aparecen en los libros de viajes convencionales, desde la fabricación de perfumes al enlatado de sardinas, pasando por las vicisitudes de Colón previas al descubrimiento. Puede añadirse, en una línea complementaria, que el énfasis en determinados productos (tapones, naranjas, pimientos o vinos) produce la impresión de que su perspectiva es más la de un comerciante que la de un turista. Pero la anterior alusión a las «notas» no era casual, pues nos encontramos ante una serie de apuntes que el propio autor reconoce tomados a salto de mata, de manera que un capítulo, por ejemplo, termina abruptamente en Valencia y el siguiente, sin transición, se abre en Asturias, con anotaciones fechadas tres meses después. El resultado de ese método es que el libro resulta ameno y atractivo en un primer acercamiento, pero también muy disperso y heterogéneo y, sobre todo, no revela una intención de conjunto. Dicho en breve, terminamos de leerlo sin saber exactamente qué impresión de España nos quiere transmitir Lyonnet.

Es exactamente el mismo problema que presenta la recopilación de García-Romeral sobre los viajeros portugueses en la España del XIX . A priori el incentivo de esta selección radicaba en la cercanía, sobre el plausible supuesto de que los visitantes portugueses decimonónicos no podían llamarse al mismo engaño ni acuñar los mismos mitos que los procedentes de más lejanas tierras; o, por enfocarlo desde una óptica complementaria, era razonable suponer que muchos aspectos de la conducta hispana que impresionaban a los europeos (la religiosidad, el atraso secular, la vida campesina...) no podían llamar la atención de unos vecinos que compartían unas coordenadas sociopolíticas y culturales muy cercanas a las nuestras. Quizás resulte paradójico, pero el grueso volumen de casi quinientas páginas en letra menuda, con una antología de nueve autores y dos importantes publicaciones periódicas, nos sume en más perplejidades de las que resuelve. ¿Qué buscaban los portugueses en España? ¿Podría hablarse, no ya de una valoración común, que resultaría más que improbable, pero sí al menos de unas líneas maestras en el enjuiciamiento de la realidad hispana? ¿En qué se parecían y en qué se diferenciaban de los viajeros no ibéricos? Sinceramente, no sabemos qué responder.

Cuando el compilador, en una bienintencionada introducción, nos habla de las críticas portuguesas al viajero transpirenaico es para añadir que también nuestros vecinos se detienen en el pintoresquismo español; cuando dice que el visitante luso denuncia la ignorancia del extranjero apresurado, es para advertir seguidamente que sin embargo también «tiene una idea muy superficial» de España; en última instancia da a entender que incluso un mismo autor o una misma publicación pueden incurrir en los más dispares extremos, del análisis erudito a la frívola españolada, del iberismo a la denuncia del peligro hispano. Puede que este libro refleje nada más que una situación de discrepancia o polarización fáctica, real, pero lo cierto es que ni la antología ni el prólogo nos ayudan en el laberinto, agravado todo ello además por una redacción que pide a gritos una revisión sintáctica y ortográfica para evitar descuidos impresentables.

El último libro del que aquí vamos a dar cuenta es otra antología, en este caso de viajeros polacos a caballo entre los siglos XIX y XX . Volvemos así al polo opuesto, el atractivo de lo lejano en sentido recíproco, pues a la manifiesta fascinación que España despertaba en los centroeuropeos de hace más de un siglo hay que unir nuestra curiosidad por conocer la opinión resultante de la visita. En principio encontramos, una vez más, la dispersión de contenidos y estimaciones que resulta inevitable en una antología, desde el pastiche del novelista más conocido en estos lares, Henryk Sienkiewicz, a evocaciones de lugares concretos (Santiago, Somosierra y Toledo) por motivos muy diferentes, pasando por la pintura caricaturesca de la sociedad española que hace Stanislaw Witkowski, o las cuestiones socioculturales y costumbristas, entre las cuales las corridas de toros ocupan inevitablemente un lugar privilegiado.

Pese a tal pluralidad, creo posible establecer unos elementos comunes que podrían servir incluso como colofón de todo lo dicho hasta ahora, en la medida en que tales coincidencias no sólo afectan a los susodichos polacos, sino que alcanzarían a compendiar hasta cierto punto las impresiones de muchos de nuestros visitantes, al menos durante el período aquí considerado. El visitante constata por lo general, más que la diversidad del país, las sorprendentes discordancias, patentes tanto en el paisaje (aridez de la meseta/feracidad meridional y levantina) como en otros relevantes aspectos de la vida social, política o cultural: austeridad/hedonismo, misticismo/sensualidad, despotismo en la cúspide/democratización de las relaciones sociales, etc. La historia, mejor dicho, la fuerza del pasado, termina sin embargo imponiéndose sobre un presente desvaído, cuando no «decadente», tanto en forma de atracción tenebrosa (Felipe II y El Escorial, Torquemada y la Inquisición) como de fascinación artística y legendaria (pasado árabe, la Alhambra, Sevilla). En última instancia, ni los más fríos o sesudos viajeros logran sortear lo que para el español son tópicos inasumibles, entre los cuales el fanatismo religioso, la intolerancia política y la crueldad inserta en lo más profundo del alma hispana constituyen el trípode sobre el que se asienta esa agridulce estampa de la España romántica. El párrafo con el que Sienkiewicz cierra su descripción de la fiesta nacional, epítome por cierto de los rasgos antedichos, resume a la perfección cómo nos vieron durante varios siglos: «Sobre los españoles se puede decir que a lo largo de su historia demostraron inclinación hacia la brutalidad. Pocos pueblos hay que hayan sido tan crueles en la batalla. Ninguno cambió la religión del amor en un culto tan lúgubre y sangriento. Ninguno, finalmente, continúa divirtiéndose hoy jugando con la muerte».

01/03/2003

 
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