ARTÍCULO

Vienen del futuro

Akal, Madrid, 96 págs.
Tusquets, Barcelona, 217 págs.
Mondadori, Barcelona, 224 págs.
 

Érase una vez una gran isla rodeada de cayos donde otra vida parecía posible. Al sur de Cuba, cerca de Cienfuegos, existen multitudes de esos cayos, algunos de ellos explotados desde hace un tiempo por la industria turística. Minúsculos paraísos, al margen del tiempo y de la historia. En esos reductos aún se puede soñar. Andy Simons se pasa la vida soñando. Conoce como nadie los fondos marinos. Ha conocido, también, otros mundos. Pero ahora ya es viejo. ¿Cómo ha ido a parar a Cuba, a un cayo perdido, y por qué? No se sabe. La referencia a Hemingway es evidente.

Andy Simons es pescador y, como el viejo de Papa, busca en el mar una quimera, igual que los marineros de Conrad o Melville. Pero no se trata de la misma época. Andy Simons está en Cuba cuando ya todos los locos bohemios, americanos o no, en busca de algún lugar para olvidar su pasado al sol, han abandonado el país porque allí ya no tenían ningún sitio concebido para ellos solos.

Su quimera es construir un puente para juntar el cayo con la isla. Si no, el islote acabará por desaparecer de la memoria de los hombres porque se hunde como la Atlántida en medio del mar. Pero, ¿a quién le importa su sueño? Las obras maestras de ingeniería se encuentran, en realidad, del otro lado del estrecho de la Florida, uniendo la península con la multitud de cayos de nombres míticos, Key Largo, Key West... El plan de Simons nunca se llegará a realizar. Para ello se necesitaría mucha mano de obra y Simons es un solitario. Por momentos, sin embargo, parece que su locura se fuera a llevar a cabo. Pero surgen acontecimientos que superan al americano, como a cualquiera. Primero la revolución y, luego, el final de una era, la que concluye con la desaparición de la Unión Soviética y, por consiguiente, de la base submarina que los soviéticos tenían en Cienfuegos y de la central nuclear que quedó para siempre (esperémoslo) inacabada.

Entre esos dos hechos han transcurrido más de treinta años. Andy Simons ya no es un viejo, sino un anciano. Los sueños se desploman, excepto el que queda grabado dentro, el de una muchacha que se ha dejado rozar los pechos a cambio de que él le enseñara a bucear. La vida se le va sin haber realizado nada y Andy Simons se acerca cada día más a su propia verdad, a Dios.

El relato de Atilio J. Caballero, La última playa (un título equívoco, que no deja vislumbrar una atmósfera de medias tintas), es una bonita fábula. Algo así como un libro hecho de fragmentos recuperados del lado de la literatura universal, escrito a destiempo, que pretende ser eterno, fuera de la revolución, lejos de la furia y de la realidad. La realidad, ¿es la que describe Arturo Arango? Aquí no hay poesía, no hay sueño, no hay quimera. O sí, a condición de que se quiera ver en la gesta revolucionaria la quintaesencia del romanticismo. Arango parte de un guión cinematográfico, de una película que nunca se llegó a realizar. Se trata de la preparación de un grupo de jóvenes «elegidos» para ir a luchar en una guerrilla de algún país sudamericano. Esos jóvenes tienen que seguir la huella de Él. Él es el Che Guevara, el modelo, el «hombre nuevo», el icono revolucionario por excelencia. Su retrato, cuando muerto, se alza glorioso en la Plaza, allí donde confluyen centenares de miles de hombres y mujeres para rendirle homenaje o para cualquier cosa, para escuchar algún discurso del Líder vivo (es curioso que «Él», en el libro de Arturo Arango, designe al «guerrillero heroico»: en Cuba se designa por ese pronombre, con mayúsculas siempre, al innombrable, al Jefe supremo). El retrato que hace el autor del Che es un boceto iconoclasta. Guevara resulta monstruoso, un fanático cuyas sentencias respiran el culto a la violencia y a la muerte. Parece como si el autor, bastante integrado, por cierto, en las altas esferas de la cultura oficial, quisiera torcerle el cuello al mentor de tantos jóvenes y niños, que han tenido que repetir, cada mañana, el lema a la vez ridículo y grandioso de «¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!».

La aventura de esos jóvenes no es nada envidiable. Es un entrenamiento intensivo, moral y físico, durante el cual tienen que demostrar sus dotes, su fortaleza espiritual, su desapego de los valores tradicionales como la familia, el amor, la amistad, todo lo que, antes, tenía algún sentido. Pero los tiempos cambian y hasta los mitos más anclados desaparecen con el tiempo, mueren. El futuro radiante otrora anunciado se ha convertido en una triste y feroz utopía. La aventura revolucionaria fracasa desde sus inicios, en el mismo lugar en que había empezado. Mientras tanto han desaparecido los sentimientos, las ilusiones. La realidad (no estoy muy seguro de que sea ésa la realidad de que habla Arturo Arango) acaba por alcanzarlos. Mucho más tarde, el jefe de la expedición fallida, un tal Gonzalo, dirá: «Todos estábamos un poco chiflados», atribuyendo los errores a la «locura de (esos) años». Pero nadie asume ninguna responsabilidad. Todo era posible entonces, incluso matar o enviar a jóvenes a la muerte, sin el menor arrepentimiento. Arango no juzga. Cuenta sólo un pedazo de la vida de tantos cubanos, hoy día sin sentido. ¿Y en aquel entonces? ¿Tenía algún valor fuera de una buena dosis de fanatismo? El libro de la realidad desprende, a pesar de las buenas intenciones de su autor, a quien le falta distancia, poesía y, seguramente, valor de llegar hasta el final de sus conclusiones, cierto olor nauseabundo.

La náusea es la clave de la novela de Juan Abreu, Garbageland. Abreu, con sus dos hermanos, ha sido uno de los pocos amigos que se atrevieron a brindarle ayuda a Reinaldo Arenas cuando éste, durante los años setenta, se encontraba escondido en el Parque Lenin de La Habana, emborronando cuartillas y escondiéndose de la policía. Como Arenas, lograron salir de Cuba en 1980. Es una familia de escritores y artistas. Nicolás Abreu Felippe publicó hace poco una novela, Miami en brumas (Universal, Miami), llena de nostalgia y de rabia por la separación entre la isla y el exilio de las familias y del amor. La generación de los Abreu (llamada «generación del Mariel»), que es también la de Reinaldo Arenas, es la única en Cuba (incluyendo en el vocablo «Cuba» al exilio) que puede hacer alarde de cierta coherencia espiritual y de cierta hermandad intelectual. Arenas solía decir: «Nosotros venimos del futuro. Por eso nadie nos entiende».

En Garbageland, Juan Abreu intenta, precisamente, contarnos el futuro. El de la isla, por supuesto, pero también el que nos rodea, aquí o en Estados Unidos (el autor vive actualmente entre Miami y Barcelona). Y ese futuro da miedo. Es un gigantesco basurero, en el que hombres y mujeres robotizados persiguen a otros hombres y mujeres un poco menos robotizados. Es también un universo de violencia y de muerte pero que poco tiene que ver con el de la «realidad» imaginada por Arango. El universo de Juan Abreu se inspira en los comics, en las películas y en los libros de ciencia-ficción. Aquí se dan cita Ray Bradbury, George Orwell, Dino Buzzatti y hasta Stephen King. Los personajes surgen de las pesadillas políticas de todos los líderes políticos, desde el Líder Máximo hasta los presidentes que se han sucedido a la cabeza de la primera potencia mundial. El futuro que todos ellos proponen es siniestro. Juan Abreu sólo encuentra una tabla de salvación: el retorno a las leyendas y a los ritos afrocubanos, recogidos por Lydia Cabrera en esa biblia de la «santería» titulada El monte, y en una «suavidad» paradisíaca hallada (durante breves instantes) por José Martí, el héroe de la independencia cubana, en las páginas de su Diario de campaña, redactado en los días que precedieron a su muerte en tierra cubana, transformada en campo de batalla. Garbageland forma parte de una trilogía en que volverán a aparecer los mismos personajes, sobrevivientes o resucitados de una isla (de un mundo) a la deriva.

Estos tres libros poco tienen en común, fuera del hecho de haber sido escritos por autores cubanos, de dentro o de fuera. Sin embargo, todos demuestran que se puede escribir desde o sobre la isla sin recurrir a los tópicos que han hecho el éxito de la literatura cubana más reciente. En ellos hay poco erotismo, escasas visiones exótico-turísticas, ningún atisbo de romanticismo nostálgico. Lo que permite pensar que del basurero surgirá algún diamante, escondido hasta ahora en el fondo del mar o en medio de los escombros, lejos, lo más lejos posible, de aquella realidad.

01/11/2001

 
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