ARTÍCULO

Siempre Auschwitz

Acantilado, Barcelona.
Trad. de Adán Kovacsics
278 págs. 16,50 €
Alfaguara, Madrid
Trad. de Adán Kovacsics
149 págs. 16,50 €
 

Imre Kertész recibió el Nobel de Literatura hace dos años. Al margen de su pericia y originalidad como narrador, el «tema» de su obra era y sigue siendo el Holocausto. Por eso, el galardón se interpretó entonces por algunos como el tributo que la cultura de Occidente paga de vez en cuando a las víctimas de la barbarie nazi. Kertész sobrevivió a Buchenwald y a Auschwitz-Birkenau. Fue uno de los adolescentes que consiguió atravesar la locura de los campos y que, más difícil todavía, supo soportar la libertad, o más bien el sucedáneo de libertad que le tocó vivir. Su vida posterior a Auschwitz no fue en absoluto un camino de rosas. A tenor de algunas entradas de Diario de la galera , Kertész malvivió como periodista, traductor y escritor lento de novelas silenciadas. Sin destino (1975), la novela que finalmente lo lanzó a la fama y en la que cuenta la médula de lo que sintió antes, durante y después de Auschwitz un chico que puede ser él, le llevó más de seis años. Sigue siendo hoy su mejor novela, no tanto por el «tema» («allí se reúne todo lo que se necesita para un buen libro», escribe el 28 de junio de 1985) como por el tono, la mirada y el efecto de resonancia que esta obra deja en el lector.

En unas interesantes páginas de su diario, el húngaro explica la dificultad técnica y emocional que supuso para él escribir Sin destino. No fue un arranque de «sinceridad» ni la necesidad de dar testimonio, ni un homenaje a los que dejó atrás. Fue el ansia por transmitir la sustancia de la vida en una de las condiciones más difíciles en que puede vivir un ser humano. De ahí que esta novela esté narrada sin énfasis ni lágrimas. Es una maravilla de contención y de estructura basada en lo que el propio Kertész llama «composición atonal». Incluso el poco brillante desenlace para tan enorme tarea es el que necesitaba. En el ánimo de la voz que narra no se desprende perplejidad ni odio frente a la injusticia, sino desapego. Se trata de un testimonio de afirmación individual y de negación de cualquier destino colectivo. Como dice el propio Kertész en Diario de la galera, «Sólo la victoria es más humillante que la derrota». Lo importante es que hay una carga profunda de sentimiento en Sin destino que es ante todo un logro del escritor antes que del hombre. Mediado el libro, el novelista de Budapest tensa algunas fibras de su mente, extiende su mano y nos toca el nervio.

«Dios es Auschwitz, pero también aquel que me sacó de Auschwitz. Y que me obliga y hasta me fuerza a dar cuenta de todo, puesto que quiere oír y saber lo que hizo.» Kertész, el hombre que sonríe en las fotos como si su sonrisa fuese un poste tras el que se esconde, escribió también en su diario, en los años malos: «El aburrimiento es la sal de la vida». Sus diarios nos ayudan a comprender por qué tras la dureza de su caparazón hay una carne blanda, intacta. En algún momento dice que él se salvó del suicidio porque al ser liberado del campo entró en otro mucho más grande y más complejo que Auschwitz. Hombres como Améry, Levy o Celan no pudieron soportar cómo la libertad negaba continuamente lo que sucedió en Auschwitz. Y mientras éstos arrojaban la toalla, Kertész resistía en la pesadilla que vino a continuación, simplemente había sido trasladado a otro campo y lo que aprendió a los catorce años le ayudaba a preocuparse de la rutina de sobrevivir. Y sobrevivir no deja tiempo para nada más. Resulta terrible, pero al final, como a veces en Auschwitz, uno «es feliz», ha cumplido la tarea que se le encomendó, no importa cuál.

«Sólo conocemos a quien nos hace sufrir», escribió Goethe en su gabinete de Weimar, a las afueras de Buchenwald, donde otros menos compasivos que él mandaron forjar la inscripción «Jedem das seine» a la entrada. El Nobel húngaro suscribe por completo la frase del gran romántico y la hace suya en Liquidación, la primera obra que escribe tras el desplome del Estado comunista. Se trata de una novela en apariencia sencilla pero que encierra un gran calado literario y una honda reflexión sobre la vida. «Liquidación» es el título de una obra de teatro que escribió un suicida, huérfano en Auschwitz, otra vez, en la que reflejaba la situación de un grupo de personas en el Budapest posterior a la caída del muro. Keserü es el narrador de la novela y a la vez personaje de la obra teatral. Un escritor carente de entusiasmo, un hombre, como sus compañeros, que acusa la disolución del régimen y con ella el imprevisto adiós a una manera de vivir «a la contra», bajo el código de señales de la desgracia, y el verse arrojado a «las engañosas consignas de una engañosa libertad». Salir del terror cotidiano del estado policial no es tan grave como salir de Auschwitz, pero se le parece; en ambos casos hay un orden, una lógica perversa pero tangible que se desmorona. ¿Cómo sustituirla? ¿Se puede volver a empezar?

Vemos a Keserü mirando por la ventana los bancos donde se refocilan los sin techo entre bolsas de plástico, botellas y un exceso de ropas anónimas. Keserü observa que esos hombres sucios jamás tienen una expresión triste (carecen de pasado), a lo sumo, cuando no ríen, en sus ojos relampaguea la cólera. Keserü busca la novela que B, el escritor suicidado, dejó sin duda acabada. Esa novela no aparece, no está entre sus papeles porque alguien la quemó obedeciendo sus últimas voluntades. Auschwitz es aquí una presencia fantasmal, sin rostro; basta el nombre para despertar la imaginación del lector. Pero la novela que busca Keserü no tiene que ver con el campo de los condenados sino con sus consecuencias imborrables, es decir, con la vergüenza. «Vivir la vergüenza de la vida y callar» es lo que B hubiera querido hacer y no pudo hacer porque necesitaba escribir, como el mismo Kertész, inspirado por la humillación, la desesperanza y la muerte.

«El mundo es un mundo de asesinos» le dice B a Judit, la mujer que lo dejó y que ahora le facilita morfina, y ella le responde que tiene razón pero que prefiere verlo «como un lugar donde se pueda vivir». Liquidación es una novela breve pero intensa, radical e inspirada. Como afirma el escritor húngaro en Diario de la galera, la verdad está en la inspiración y ella en las víctimas. En su última novela, Imre Kertész vuelve a narrar la misma experiencia que en Sin destino, y lo hace esta vez con un envidiable despliegue de recursos expresivos y simbólicos, y la misma semilla inexplicable de esperanza. Sin olvidar el humor, ese estilo del pensamiento que nos permite ir tirando después de Auschwitz.

01/03/2005

 
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