ARTÍCULO

Cuestión de elegancia

Algaida, Sevilla, 219 págs.
 

Es cierto que un estilo literario, por muy desagradable, soez y chirriante que pueda parecer, si es adecuado a la historia narrada y al género de la novela, puede, sin embargo, resultar tremendamente eficaz. Este es –y quizá radique aquí la mayor, por no decir única, gloria de esta novela– el caso de Lifting de José Luis Muñoz, ganadora del 50 Premio de Novela Café Gijón. Porque en ella, no sólo estilo sino que también personajes, diálogos, ambientes, situaciones y título, constituyen una unidad compacta que nos remite inmediatamente al mundo frívolo e inconsistente que a todas luces se pretende recrear.

Como en anteriores novelas de este autor –El cadáver bajo el jardín (1987), Barcelona negra (1987) o La casa delsueño (1989)–, estamos ante un narrador protagonista instalado en la primera persona, desencantado de la generación de los setenta, y en este caso, integrado en la sociedad de consumo. Eduardo Lampart tiene una existencia feliz que comparte con su mujer, tres hijos (no dos, por algún motivo bastante sospechoso en la sinopsis de la solapa parecen haberse olvidado de incluir a un tercero) y su perro, en un chalet adosado. Un día su mujer decide operarse los pechos y su hija pide una rinoplastia como regalo de cumpleaños. Estos hechos, desencadenantes de la historia –que no de la trama argumental porque es inexistente–, hacen que su apacible circunstancia se vea amenazada. A partir de ahí, el lector sigue de cerca la vida insustancial de este personaje: en su despacho de abogados atiende a un par de maridos embrutecidos que quieren divorciarse, discute con su mujer sobre si los pechos de ésta son más o menos bonitos que los de silicona de la vecina, escribe novelas negras, se «tira a alguna zorrona» en casa de un amigo, celebra una fiesta, ve entrar y salir a sus hijos con sus respectivos novios que poco a poco se apropian de la casa, y también hace, junto a su mujer, intercambios sexuales con una pareja de ingleses «para reforzar el deseo dentro del matrimonio». Harto de todo esto, escribe una novela existencialista que consigue publicar con éxito, hace las paces con su mujer y finalmente, presionado por la familia, se opera la nariz.

No hay nada de reprobable en escoger una historia de este tipo. A decir por la docena de novelas (de terror, eróticas, del género negro) y de los distintos premios literarios con los que ha sido galardonado a lo largo de su carrera literaria, este escritor salmantino afincado en Barcelona tiene asegurado un número importante de lectores que sin duda deben saber avocar en éstas sus propias experiencias, lectores a los que no debe importarles encontrar garrafales errores gramaticales o de sintaxis como «más mal pensada» o «abrió la luz».

Ocurre, sin embargo, que la receta para escribir un libro, digamos al menos un libro digno de un prestigioso premio literario, no es sólo un argumento de moda con un estilo consecuente. Importan otras muchas cosas, no descubro nada nuevo. Pero es que incluso en el estilo hay, por decirlo de alguna manera, unas reglas implícitas, unos cánones estéticos –quizá sea sólo una mera cuestión de elegancia– que no se deben violentar. Sería difícil citar algún buen libro –y pongámonos ante los mejores ejemplos del género erótico, si es que esta novela admite esta clasificación– en el que la palabra «follar», o la palabra «polvo» (el libro está lleno de expresiones como «el polvo más glorioso de mi historia», «un trabajito especial con la boca», «valiente calienta-braguetas» o «le metes la polla y la destrozas») hayan conseguido suscitar grandes emociones, ni tan siquiera la del rechazo más puritano.

El lector de Lifting recuerda al personaje Lirón de Alicia en el país de las maravillas: a pesar de que frente a él no dejan de sucederse cosas, duerme profundamente. De vez en cuando, quizá porque oye algo chirriante, despierta con pequeños respingos para inmediatamente volver a dormir de nuevo. Y por dormir me refiero a la imposibilidad de participar en la lectura. No existe la opción de imaginar, de aportar hipótesis o conjeturas de la propia cosecha –que es uno de los mayores placeres de la lectura– sencillamente porque no se escamotea ningún dato que pueda dar pie a ello. Sí es cierto que existe una pequeña duda, digamos la única válvula de escape del lector, en torno a si el vecino inglés se dedica a la compraventa de objetos africanos o si esto es sólo una tapadera, al menos el narrador de alguna forma nos quiere convencer de la falsedad del negocio. Pero es que incluso este dato, que en un principio parece relevante, realmente no lo es y queda sin resolver. Todo está perfectamente consignado, todo hay que entenderlo de una sola manera, las risas («ja, ja, ja»), incluso la manera de gritar de su mujer al hacer el amor con su vecino («¡oh! ¡oh! ¡oh!. ¡Ah! ¡Ah! ¡Aaaaaaaaaah!»). El narrador parece querer despertar al Lirón utilizando palabras tan grandilocuentes –al menos para este contexto– como «coprofilia» o a veces dirigiéndose a él directamente desde un yo exhibicionista con expresiones como: «me quieran creer» o «adivinan qué dijo».

Si en Barcelona negra, José Luis Muñoz recurría al humor para rebajar el tono sórdido y pesimista en que está escrita, en la obra que nos ocupa, el tono irónico-jocoso forma parte de este contexto frívolo en el que abundan escenas de sexo, los tópicos (por ejemplo, mujeres contra los hombres) y las cirugías estéticas. Sin embargo, sobre todo los diálogos marcados por este tono humorístico, son a veces poco verosímiles. La manera de hablar de los personajes ingleses es poco fiel a la realidad. Porque por muy inglés que se sea y por poco dominio que se tenga del idioma, es poco probable decir cosas como colecciono «arte africano, con fundamento», sobre todo cuando acto seguido el narrador se olvida de que son extranjeros y los pone a hablar perfectamente.

En cierto momento del libro el protagonista, en su faceta de escritor dice lo siguiente: «comencé con buen pie, escribí un par de novelas policíacas por casualidad que algún despistado catalogó como originales dentro del panorama literario español, y una novela absolutamente pornográfica e indecente que me reportó fama y dinero». Y luego: «bazofia que no me abriría nunca las puertas de la Literatura con mayúsculas, de esa que se enseña en los libros de texto y son (sic) la pesadilla de los niños».

Creo que este libro tampoco le abrirá a José Luis Muñoz las puertas de la Literatura con mayúsculas. Con todo, nunca viene mal un poco de frivolidad y para el que no tenga ganas de devanarse los sesos, Lifting es perfecta.

01/12/2000

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
1 + 4  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 187
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL