ARTÍCULO

El Libro de (nuestro) desasosiego

El Acantilado, Barcelona, 608 págs.
trad. de Perfecto E. Cuadrado
 

De nuevo nos llega, esta vez en la traducción de Perfecto E. Cuadrado, el Libro del desasosiego, de nuestro desasosiego y del desasosiego de Fernando Pessoa, que supo recoger en estos fragmentos que componen un libro, mil libros, el mapa espiritual del hombre moderno.

La historia textual del Libro del desasosiego es especialmente laberíntica. Lo es incluso si tenemos en cuenta los niveles de complejidad, ya habitualmente muy altos, de la obra pessoana, pero a su vez esta misma complejidad, unida al hecho de que Fernando Pessoa le dedicó toda su vida activa, desde 1912 a 1935, convierte a este libro en un eslabón esencial para intentar cualquier aproximación a lo que tantas veces se ha llamado «el caso Pessoa».

En 1912, Fernando Pessoa publicó, firmado con su propio nombre y en la revista A Águia, el órgano del movimiento saudosista que poco después abandonó, un texto titulado «En la floresta de la enajenación» con la indicación de que formaba parte de un texto en preparación llamado «Libro del desasosiego». Al año siguiente Pessoa atribuyó la autoría a un semiheterónimo llamado Vicente Guedes, y entre 1929 y 1932 aparecieron en diversas revistas nuevos fragmentos firmados ya por Bernardo Soares, ayudante de contable, que acabó por alzarse, en duro pugilato, con la autoría definitiva. A la muerte de Fernando Pessoa la mayor parte del Libro del desasosiego seguía inédita, era un conjunto de papeles de todos los tamaños y procedencias que componían un texto esencialmente fragmentario, sin orden preestablecido ni datación. Para su primera edición hubo que esperar a 1982, cuando Jacinto do Prado Coelho preparó 520 fragmentos distribuidos en dos volúmenes para la editorial Ática. Sobre esta edición Ángel Crespo llevó a cabo su traducción de 1984 para Seix Barral.

Pero la edición de Ática no satisfizo a todos los pessoanos y durante años se sucedieron las ediciones (las de Teresa Sobral Cunha, Maria Aliete Galhoz y António Quadros, por ejemplo), que intentaban cada vez una nueva organización y distribución de las piezas de este puzzle pessoano que, como en el cuento de Andersen «La reina de las nieves», parece contener una clave y la promesa de una recompensa, en este caso una recompensa trágica, puesto que lo que obtenemos es el reflejo de todos los miedos, malestares, abdicaciones y ausencias de la modernidad. Finalmente, en 1998, Richard Zenith publicó en la editorial Assírio & Alvim la que parece ser (porque cuando se trata de Pessoa nada es y todo parece) la versión más completa de este mosaico. En ella el editor añadió y eliminó fragmentos, reordenó otros, corrigió lecturas y aventuró soluciones para las palabras indescifrables. Sobre la edición de Zenith se ha hecho la versión castellana que nos ofrece ahora Perfecto E. Cuadrado. Se trata de una traducción absolutamente necesaria, porque las últimas investigaciones textuales sobre el Libro del desasosiego reclamaban urgentemente una nueva versión en castellano. La traducción de Perfecto E. Cuadrado incorpora además las últimas correcciones introducidas por el propio Zenith, con quien el traductor ha mantenido estrecho contacto. Esto nos permite afirmar que nos encontramos ante una traducción absolutamente actualizada, hecha con el rigor de quien conoce con igual profundidad la lengua de origen y la de destino y con la vibración de quien ama el texto que traduce, un texto lleno de trampas, de neologismos y de tangentes semánticas que constituye sin duda un desafío para cualquier traductor.

Este texto extraño, desasosiego de traductores y lectores, es la obra más relevante del Pessoa prosista y de su autor definitivo, Bernardo Soares, el más interesante de los semiheterónimos, teniendo en cuenta que aquí el prefijo no significa que se trate de una creación incompleta sino que, como nos indica Pessoa, «no siendo su personalidad la mía, es, no diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad». En efecto, Soares es un memorialista imposible, que construye un diario sin pormenores, sin anécdota y sin más afectos que el inmenso amor que siente por la palabra, carne viva protegida por la piel de la ortografía etimológica, ya antigua en su época, que Soares insiste en seguir utilizando y que, siendo imposible de mantener en una traducción, constituye un punto central de la «extrañeza» que el texto en portugués produce en el lector.

El Libro del desasosiego es un diario del «hombre frágil», ese motivo tan caro a la modernidad, y evoluciona desde los primeros fragmentos simbolistas y saudosistas hasta formas casi existencialistas en las que el tedio baudelairiano se aproxima a la náusea sartriana. Este «hombre frágil» –hombre moderno– es un inadaptado, sufre de una incapacidad para vivir en la vida que habría resultado impensable para el sujeto intelectual burgués de tipo kantiano. Ahora el ser «soñante» se convierte en una categoría superior al ser «viviente» y se ve abocado a lo que el propio Soares califica de «estética de la abdicación», es decir, a la inacción y al desprecio de la victoria: «Conformarse es someterse y vencer es conformarse, ser vencido. Por eso toda victoria es una grosería» [Fragmento 105].

Aislado en un mundo de sensaciones individuales y únicas, el ayudante de contable siente al otro como el extremo «extranjero». Frente a esa «extrañeza» debe, para no ser herido, ocultarse, ser un misterio: «Organizar de tal manera nuestra vida que sea para los otros un misterio, que quien mejor nos conozca sólo nos desconozca más de cerca que los otros» [Fragmento 115]. Incapaz de cualquier empatía, sólo puede retirarse con su tedio y su infelicidad a las regiones del ensueño y de la sensación para recrear allí castillos imposibles como los de Luis de Baviera, tema de uno de los fragmentos más extensos del Libro del desasosiego y cuya figura tanto fascinó, por otra parte, a Luis Cernuda, otro «hombre frágil».

A lo largo de este diario, que no lo es, en el que obviamente «el poeta es un fingidor» pero donde, tal vez de tanto fingir, acabamos por tocar la verdad pura, encontramos los grandes temas de Pessoa: la destrucción de todas las certezas, los interrogantes sobre el yo, la nostalgia de una infancia mítica o el sueño de un neopaganismo poscristiano. A través de este libro fragmentario como la propia vida Soares dialoga con los otros heterónimos pessoanos en momentos de absoluta intertextualidad: con Ricardo Reis en el fragmento 21, con Alberto Caeiro en el 46, y con Álvaro de Campos a lo largo de todo el texto hasta el punto de que el Libro del desasosiego parece un complemento en prosa a los «poemas del tedio», la otra cara de la luna del vanguardismo de Campos.

Libro que es en realidad, como he dicho, mil libros, como su autor fue mil poetas, el Libro del desasosiego es un texto que propicia tantas lecturas como lectores tenga. Afirman Richard Zenith y Perfecto E. Cuadrado: «que cada lector organice su propio libro de acuerdo con su personal lectura y con su particular desasosiego». Es cierto, pero iría aún más lejos: un mismo lector en diferentes ocasiones de su vida leerá distintos «libros del desasosiego». Esta vez mi lectura me hace elegir, para terminar, una frase que podría haber firmado en el siglo XIII el místico sufí Jalal-eDin Mevlavi Rumi: «Para comprender me destruí» [Fragmento 48].

01/05/2003

 
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