ARTÍCULO

Inventar el puzle

Espasa Calpe, Madrid, 192 págs.
 

Dice Ramón Pernas (Lugo, 1951) en una entrevista reciente que cree que «últimamente se está haciendo mucha literatura elitista, deliberadamente obtusa, destinada casi a expertos en literatura» y que por ello está satisfecho de que sus libros también sean válidos para el lector que no lee prácticamente nada. Dice también que escribe sus novelas pensando en la gente que las va a leer, en las «reacciones de este o aquel amigo, en qué diría fulanito de este personaje o qué opinaría menganito de la historia».

Pues bien, este planteamiento que, confieso, no deja de resultarme chocante, por no decir terrible por lo que tiene de restrictivo, nos sirve para adentrarnos en la última entrega del escritor gallego. ¿Realmente, lo que se está publicando en España es literatura obtusa y elitista? Y, por otro lado, ¿puede uno escribir algo mínimamente sentido pensando lo que dirán cada uno de los cientos de personas que nos rodean?

En todo caso, creo que Libro de Actas, como otras novelas del autor (Sitú me dices ven, El pabellón azul, Paso a dos y Brumario), sí está al alcance del que no lee prácticamente nada. Y aunque esto no deja de ser un mérito (sobre todo si el que no lee se decide a comprar un libro), el problema es otro: una vez más, estamos ante una historia, unos personajes, un estilo y, en definitiva, una voz que poco aporta a la actual narrativa española.

Se trata de una novela de personajes, en la que la línea argumental quedaría en un segundo plano. Pero lo cierto es que, aunque llegamos a vislumbrar los rasgos que definen, en líneas muy generales, a algunos de estos personajes creo que no están suficientemente construidos, sobre todo si tenemos en cuenta que el lector está obligado a abrirse camino en la historia a través de ellos. Por ejemplo, ¿por qué, a pesar de que el protagonista se «enamora perdidamente, apasionadamente, de manera brutal» de la que luego será su esposa, no siente nada por ella actualmente? ¿Qué o quién es lo que ha cambiado? O, aunque el personaje Roque nunca existiera, sino que fue inventado por el protagonista para «tapar su desamparo y su tremenda fragilidad emocional», ¿qué sabemos de él?

También a este respecto podemos recoger las palabras del propio Ramón Pernas que –muy certeramente, por cierto– «corresponde al lector armar (al personaje) desde su experiencia personal», ya que la novela «es un puzle incompleto» y que le gustaría que «quien lee buscara sus propias piezas para terminarlo, porque el autor nunca las da todas». Pues bien, una cosa es que el lector «complete», vaya acabando de perfilar al personaje, y otra es que el lector tenga que «inventar» el puzle porque las piezas que tiene a su alcance no le sirven de nada. Además, si el autor tiene tan clara esta regla, ¿por qué se empeña en explicarnos todo de una manera tan evidente y machacona?

La manera en que concluye la novela redunda en esta idea; como hemos comentado, el acta final está escrita por el hijo del protagonista, ya que éste ha decidido quitarse la vida. Pues bien, si en un primer momento esa última parte nos sorprende de una manera grata (la segunda voz aparece de una manera muy natural y está perfectamente diferenciada de la otra), a medida que se avanza en la lectura, la sorpresa se convierte en desilusión. El hijo cuenta que su padre «fue quien no quiso ser» y que por ello su relato (es decir, las cuatro actas) es falso: Roque, el hermano, es pura ficción; el hijo nunca desertó del hogar; Antonia, la criada, nunca quiso a su abuela y muere mucho antes de lo que el protagonista dice en sus actas, la esposa no es traductora y la madre no habla francés. Todo lo que queda escrito es sólo la crónica de una vida que al protagonista le hubiera gustado vivir. Pero resulta que quien lee va sabiendo todo esto no precisamente porque haya ido «completando» la historia, intuyendo más allá de los datos que se le proporcionan, sino porque el hijo se lo cuenta. Y el hijo lo cuenta de la manera más directa y evidente, sin la más mínima posibilidad de que el lector eche mano de la imaginación.

El relato no sólo está construido con la vida de estos personajes sino que, además de dar cabida al ensayo, la meditación y la reflexión sobre diversos temas (la muerte, la noche, el tiempo y hasta el más allá) de un tono, por cierto, bastante paternalista, está trufado de pequeñas historietas (por ejemplo, las que cuenta el padre) que, en lugar de ayudar a avanzar en la historia, no hacen más que entorpecerla. Y frases como «la primera vez que la besé levanté catedrales en mi boca pegada a la suya», o «noté toda la furia de los océanos en mis labios», así como escenas (sobre todo las amorosas) o conclusiones a las que llega el protagonista (como que «en los libros se encuentran todas las respuestas», o que uno sueña en blanco y negro), además de incidir en la idea de que en este puzle las piezas no acaban de encajar, dejan mucho que desear en cuanto a calidad y originalidad literaria.

Para finalizar, un último comentario. Varias veces aparece en Libro de Actas el tema de la muerte: personificada, «una y múltiple, [que] nunca descansa», protagonista, amiga, consejera y hasta con funciones aleccionadoras (la muerte le explica al protagonista que «cuando en vida alguna persona ha sido notablemente ejemplar, al morir pasa a engrosar el ejército temporal de los ángeles» y que, «por el contrario, si aquella persona fallecida ha sido en vida ruin y mentirosa, si ha ejercido la usura [...], entonces esa persona será castigada a quemarse en un incendio pavoroso»). Pues bien, sabemos que el escritor huye de las novelas obtusas y elitistas pero, ¿no se podría ofrecer al lector, aunque también sea al que no lee prácticamente nada, una reflexión sobre estos temas un poco más madura y adulta?

01/12/2003

 
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