ARTÍCULO

Una interpretación de la Guerra de la Independencia

Gota a Gota, Madrid
348 pp. 23 €
 

Este libro relata la evolución política de España desde la entrada de las primeras tropas napoleónicas en la Península (finales de 1807) hasta 1814, cuando, una vez resuelta la guerra, se reimplanta la monarquía absoluta mediante un golpe de Estado. Con un estilo suelto que facilita la lectura, y siguiendo un criterio cronológico, el autor presenta los principales hechos políticos de este tiempo histórico. Esto es lo que constituye el núcleo del libro que, antes que un estudio del liberalismo y de los liberales, es propiamente una exposición general de la época de la Guerra de la Independencia. Tanto el título del volumen (Liberales de 1808) como los específicos de cada capítulo, por lo demás muy sugerentes, pueden dar a entender que su contenido es otro, pero de los liberales se ocupa realmente a partir de la página 171, es decir, superada la mitad del volumen, cuando aborda el problema de la convocatoria de Cortes. No obstante, al hilo de la narración, el autor va ofreciendo notas biográficas, siempre muy breves, sobre algunos personajes relevantes, fundamentalmente los que con el tiempo serán considerados los más genuinos representantes del llamado liberalismo gaditano.
El relato no se sustenta sobre fuentes archivísticas, sino sobre varios periódicos y textos impresos de la época (bien escogidos unos y otros) y, fundamentalmente, sobre un apreciable conjunto de monografías bastante actualizado. La base bibliográfica es notable, pero llaman la atención algunas ausencias. Consignaré dos muy significativas. Una es el gran estudio de Artola sobre la España de Fernando VII que forma el tomo XXVI de la Historia de España fundada por Menéndez Pidal, obra que sigue siendo la más completa sobre el período al que se refiere el libro que nos ocupa y de la cual se han alimentado, y siguen alimentándose, la mayoría de trabajos sobre la materia. La otra, la monografía de Manuel Moreno Alonso: La generación española de 1808 (Madrid, Alianza, 1989). Esta última ausencia es sorprendente, pues el libro de Vilches presenta muchísimos paralelismos con el de Moreno Alonso y en no pocos aspectos sigue su estela, hasta el punto de que casi todos los datos sobre los liberales contenidos en el texto de Vilches están en el otro.
Cuanto se dice en Liberales de 1808 ya se sabía. No hay datos ni aportaciones nuevas al conocimiento, cosa que probablemente no pretende el autor. Al parecer, su objetivo consiste más bien en ofrecer su interpretación de la época, a partir de la tesis siguiente: en 1808, antes del comienzo de la guerra, ya estaba formada la nación española. Esta nación se había constituido durante el Antiguo Régimen como un Estado centralizado en torno a la corona, la cual «tomó el catolicismo como instrumento de unidad y éste aquélla como instrumento de conservación y expansión» (p. 310). De esta forma, lo español y lo católico quedaron identificados. Pero esa nación (que, siguiendo el razonamiento de Vilches, podríamos calificar como la nación «histórica») era una nación de vasallos. Gracias a la Guerra de la Independencia y a la obra de los liberales de Cádiz cambió su condición política y pasó a ser nación de ciudadanos. La aportación fundamental de los liberales de 1808 –concluye Vilches– fue introducir la idea de «nación de ciudadanos, de españoles libres e iguales, cuyos derechos estarían protegidos por una Constitución» (p. 311). En definitiva, los liberales de 1808 son, en palabras de Vilches, los fundadores de la libertad en España y su legado primordial, la vinculación entre nación española y libertad.
Esta interpretación no constituye novedad, pero lo podría haber sido su demostración. Sin embargo, no veo en el libro elementos que sostengan esta impresión. Es indudable que Vilches es un escritor hábil en la presentación de los datos que maneja, pero como éstos no son otros que los ya conocidos y, además, su relato se circunscribe a la descripción externa de la evolución política, su razonamiento queda muy limitado. No obstante, en ocasiones se plantea preguntas interesantes, susceptibles de abrir nuevos derroteros, pero no las responde. Una de ellas es el carácter espontáneo o inducido del levantamiento contra Napoleón, asunto debatido últimamente por los historiadores y que puede resultar capital para explicar por qué los españoles tomaron las armas y rechazaron la nueva autoridad impuesta desde el exterior. Vilches se limita a apuntar el problema. También resalta, con acierto, que en 1808 la clave del discurso político fue el rey Fernando VII, a quien los españoles tomaron como símbolo de unidad frente a la injerencia extranjera, pero se detiene ahí, sin especificar qué esperaban del rey los habitantes de los distintos territorios de la monarquía y, tampoco, por qué atribuyeron al monarca la condición de aglutinador de la nación (sobre este asunto ha escrito páginas excelentes, muy bien fundamentadas, José Álvarez Junco, historiador, por cierto, no citado por Vilches, ni siquiera en la bibliografía, pero no ausente en el texto, pues en diferentes ocasiones se alude a alguna de sus tesis para rebatirlas).
Existen, por otra parte, determinadas afirmaciones que, cuando menos, requieren alguna explicación, pues sin ella no acaban de cuadrar exactamente con la tesis principal del libro. Sería interesante, por ejemplo, saber a qué se refiere Vilches cuando afirma que «el gran obstáculo para el desarrollo del régimen liberal provino de una parte de la Iglesia» (pp. 262-263). O cuando dice que el carácter revolucionario de las Juntas Provinciales no estuvo en su composición, sino en su actuación política (p. 57). La actuación de las Juntas –afirma– estuvo determinada por un acusado sentimiento de españolidad, pero no explica más y no resuelve el problema de la relación entre las diferentes Juntas. Lo mismo ocurre cuando trata de la obra de la Central. En este caso, resalta de nuevo el sentido unitario y español de su actividad, pero no entra en las complejas luchas políticas desarrolladas en su seno, lo cual creo que explicaría bastantes cosas. Otro tanto sucede a propósito de uno de los juicios que Vilches vierte sobre la actuación de las Cortes de Cádiz. Tras afirmar que su reformismo fue la plasmación de los proyectos ilustrados –algo bien sabido desde hace tiempo–, puntualiza que lo fue «con una moderación muy alejada de los radicalismos que los tradicionalistas le dieron» (p. 262).
En lo relativo a las noticias sobre los liberales más distinguidos y a la obra de las Cortes de Cádiz, el libro resume correctamente, por lo general, las aportaciones de una buena parte de la historiografía actual, sin que una vez más haya noticias no conocidas. Como suele suceder, se han deslizado en este libro errores de detalle, sobre todo de fechas, en los que no merece la pena detenerse. Sin embargo, no pueden pasarse por alto algunos de cierta entidad, debidos quizás al apresuramiento en la redacción. Una muestra: Vilches afirma que la libertad de imprenta se estableció el 6 de noviembre de 1810 (en realidad fue el 10 del mismo mes y año) y eliminó la censura previa y la actividad de la Inquisición y estableció los Tribunales Protectores de la Fe (p. 264), lo cual no es cierto, como el propio autor sabe, pues dos páginas más adelante constata –ahora correctamente– que la Inquisición fue abolida el 22 de febrero de 1813. Asimismo, existen afirmaciones tajantes del autor desmentidas por la historiografía actual: por ejemplo, que Carlos IV concedió el poder a Godoy «por temor a las repercusiones de la política reformista de Aranda» (p. 38), o que la rebelión contra Napoleón comenzó en Oviedo (p. 53).
Cabe reseñar, por último –y esto no es lo menos importante–, una duda suscitada por el título del libro, resaltada en el texto de la contracubierta: ¿existía ya en 1808, antes de la reunión de las Cortes, un proyecto político liberal en España?

01/12/2008

 
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