ARTÍCULO

Leyendo el horror Lenin y Stalin

 

Gran polémica en Francia con motivo de la publicación del impresionante (¿pero es ese el adjetivo adecuado?) Livre noir du communisme. Dos de sus colaboradores, Nicolas Werth y Jean-Louis Margolin, responsables de las secciones correspondientes al comunismo soviético y al asiático, no se han mostrado de acuerdo con la totalidad de opiniones que se vierten ni en el prefacio («Les crimes du communisme»), ni en las conclusiones («Pourquoi?») que Stéphane Courtois, otro de los autores, ha incluido en el enorme volumen, y en los que se establecen paralelismos con la práctica político-criminal del nazismo. Tampoco les ha gustado la faja publicitaria con que se distribuyó el libro y en la que se establecía una igualdad matemática entre el comunismo y los cien millones de muertos que, a lo largo de este siglo que termina, habría producido la implantación de la utopía leninista. La faja fue retirada, pero el libro, convertido en un best-seller en Francia, no deja de suscitar comentarios encontrados, como los producirá, sin ninguna duda, en todas las áreas idiomáticas, incluida la española, en las que se anuncia su próxima publicación. Probablemente, Le livre noir du communisme, redactado por algunos de los más prestigiosos historiadores del comunismo –algunos, antiguos militantes–, y fundamentado en un profundo estudio y análisis de materiales existentes en archivos que hasta fechas muy recientes habían permanecido sellados, esté destinado a convertirse en una referencia de primer orden a la hora de entender la historia y la cultura del siglo XX, el papel de los intelectuales ante la Revolución y, lo que es aún más importante, uno de los elementos decisivos en la cristalización del clima de violencia física y moral que ha presidido los grandes enfrentamientos ideológicos que han tenido lugar desde el final de la Gran Guerra hasta este mismo momento. Y para entender los mecanismos por los que, indefectiblemente, cualquier utopía que pretenda remodelar la sociedad de acuerdo con una teoría exclusivista se convierte, cuando consigue el poder, en utopía asesina. Pol Pot no fue un accidente. Bienvenido, por tanto, este libro; como bienvenidos serán siempre –escribo esto cuando se confirma la participación de sectores oficiales en la espantosa matanza de campesinos de Chiapas y cuando los periódicos se hacen eco a diario de las terribles y oscuras carnicerías de Argelia– posibles libros negros del islam, del cristianismo, del colonialismo, de los nacionalismos de toda laya. Sólo con el conocimiento del horror se conjura el horror.

Una lectura la de este libro que puede complementarse perfectamente con la de Le manuel du Goulag, de Jacques Rossi, un estudio repleto de erudición escrito por un antiguo agente polaco del Komintern y zek (prisionero) en una de las aldeas del universo concentracionario soviético, cuya traducción francesa ha aparecido recientemente. Por sus páginas terribles desfila la estrategia de esa pedagogía del horror puesta en marcha por los herederos estalinistas de aquel visionario Netchaev que tan magistralmente retrató Dostoyevski en el Stavrogin de Demonios.

Pertenezco, como probablemente muchos de los lectores de esta revista, a una generación que, de un modo u otro y bajo muy diversas circunstancias y niveles de compromiso, experimentó la fascinación de la utopía totalizadora que pretendió fundar la Revolución de Octubre. No es extraño que ocurriera, sobre todo si se tiene en cuenta el paisaje social y moral en el que transcurrió nuestra juventud; me permitirán que no me extienda en ello. Como le sucedió a muchos de nosotros, la lectura de determinados testimonios producidos por gentes que habían estado de lleno dentro de la maquinaria política y burocrática del estalinismo fue determinante en el afianzamiento de recelos cuya semilla ya había germinado por la mera confrontación entre la realidad y lo que la utopía prometía. En lo que concierne a mi limitada experiencia personal de «pequeñoburgués» –así se decía entonces–, recuerdo de aquellas lecturas –las Memorias, de Koestler, Salida de urgencia, de Silone, La confesión, de London, The God that Failed, de Crossman, Mi vida de rebelde, de Angelica Balabanov y, sobre todo, los estremecedores libros de Margarete Buber-Neumann y Evguenia Guinzburg– una mezcla de sentimiento de transgresión –miedo a saber– y de, digamos, «iluminación» culposa: así se perdía la «inocencia». No había experimentado lo mismo –porque todavía proporcionaban coartadas parciales y mantenían firme la esperanza en una utopía «sin desviaciones»– ante las magníficas biografías de Isaac Deutscher ni, desde luego, ante la crítica antiburocrática al estalinismo formulada por Trotsky en numerosos libros y panfletos.

Además de los testimonios, determinadas obras de ficción han sido fundamentales en el conocimiento del horror. Si tuviera que citar –más allá de Un día en la vida de Iván Denisovich, de Solzhenitsyn– una única obra de «imaginación» que contuviera en sí misma toda la atrocidad de la civilización concentracionaria, no lo dudaría ni un momento: los Relatos de Kolymá, de Varlam Shalámov (19071982), cuya traducción española ha aparecido recientemente, casi veinte años más tarde de que François Masperó –un legendario personaje de la época gloriosa de la edición de izquierdas europea– la publicara en francés. Shalámov, antiguo militante trotskista, fue detenido durante las grandes purgas de los años treinta y enviado a una pavorosa aldea de la Kolymá, en el extremo oriental de Siberia. Allí vivió durante los siguientes diecisiete años, si se puede llamar vivir a una existencia casi vegetal en la que el frío, el hambre, las palizas arbitrarias y «ejemplares», la absoluta brutalidad y la muerte indigna eran el único horizonte de los zek. De regreso a casa, en 1954, se encontró con el repudio de su mujer y de su hija, que no quisieron convivir con un enemigo del régimen soviético. Abandonado y enfermo –murió enloquecido en 1982, entre tremendas convulsiones provocadas por la enfermedad de Huntington– comenzó entonces la redacción de este conjunto de relatos terribles y hermosos que, en mi opinión, constituyen una de las más estremecedoras aportaciones rusas a la literatura del siglo XX . Construidos como viñetas realistas y autobiográficas, cada uno presenta un aspecto de ese color local –permítaseme el sarcasmo– que proporcionaba la existencia concentracionaria. Amargos hasta la angustia, escritos con distanciamiento calculado y con una economía de medios que supera los límites de la austeridad narrativa, los Relatos de Kolymá ofrecen una imagen devastadora de la condición humana, logrando que –al contrario de lo que sucede con otras obras literarias que han tratado de los campos– el lector no se identifique con el narrador que lo sabe todo, sino con el detenido, con la víctima embrutecida. Por eso su lectura es dolorosa y, en la medida en que la literatura puede conseguirlo, catártica. Por eso, también, su publicación no obtuvo ni el éxito ni la popularidad que consiguieron otros textos de «regresados»: la obra de Shalámov no era muy oportuna para los aires de reconciliación y olvido que se respiraban en la época del «deshielo». Y es que, como señaló expresivamente Andrei Siniavski, Shalámov escribía como si ya estuviera muerto.

REFERENCIAS

S. COURTOIS, N. WERTH, J.-L. PANNÉ, A. PACZKOWSKI, K. BARTOSEK Y J. L. MARGO - LIN: Le livre noir du communisme. Crimes, terreur, répresion. Robert Laffont. París, 1997, 846 pp., 189 francos.

JACQUES ROSSI: Le manuel du Goulag (versión francesa del autor en colaboración con S. Benech y V. Patte). Cherche Midi. París, 1997, 334 pp., 145 francos.

VARLAM SHALÁMOV: Relatos de Kolymá. Trad. de Ricardo San Vicente. Mondadori, 1997, 510 pp.

01/02/1998

 
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