ARTÍCULO

Podrido amor

Akal, Madrid, 84 págs.
Trad. de Daniel Sarasola
 

Linda Lê (Vietnam, 1963) tiene a sus espaldas doce libros escritos en francés y una biografía donde se entrecruzan el exilio, el desamor, la locura y el acecho de la muerte. La crítica califica sus novelas de diabólicas, monstruosas, tenebrosas, violentas o de ultratumba; y no hay duda de que merecen tales adjetivos, pero, acostumbrados como estamos a las ficciones crueles y espantosas, cabe pensar que, más que la materia temática en sí, es su raíz autobiográfica lo que verdaderamente produce escalofríos; aunque estemos de vuelta de imaginarios viajes al horror, nos sigue impresionando la escritura que frecuenta en primera persona la zona extrema de la intimidad donde se destruye la integridad del sujeto. Por eso el malditismo aureola esta obra («no se escribe sin odio hacia uno mismo», dice Linda Lê), y entre sus inspiradores se cuentan crueles, místicos, sarcásticos y suicidas: Cioran, Ingeborg Bachmann, Nerval, Artaud, Teresa de Ávila, Thomas Bernhard o la encendida surrealista Joyce Mansour.

Letra muerta es el título que cierra una trilogía basada en hechos que se resumen así: a los catorce años la narradora se traslada a vivir a Francia con su madre, dejando en Vietnam a un padre que le escribe cartas añorantes y que morirá sin volver a verla; esta muerte coincide con el final de la destructiva relación que ella mantiene con un siniestro amante, y ambas pérdidas la sumen en la culpabilidad y la locura. La trilogía saja las heridas infectadas de este torturado espíritu y deja correr sus purulentos humores. Si en Les trois Parques se da a la muerte del padre la resonancia de un mito, en Voix es el sueño en su brutalidad inconexa el que toma la palabra, y en Letra muerta se abre paso la vigilia, a ratos razonable y a ratos fantasmagórica. En los tres libros, la vehemencia elegíaca está acompañada de un sarcasmo cruel y de una delectación en la desesperación que despiden olor a degradación. En este sentido, Letra muerta se abre con una imagen que es al tiempo alucinación y metáfora: «Llevo el cadáver de mi padre a mis espaldas», dice la protagonista, y el hedor físico que se adivina deviene, a lo largo del monólogo, en hedor del espíritu: el de Morgue, ese amante cuyo nombre, en francés, remite al depósito de cadáveres y a la arrogancia despectiva, y que alegoriza en sí mismo el destino de podredumbre que en este libro tiene el amor.

La entraña del texto –y lo que remueve las entrañas– no es el discurso que deplora la muerte paterna exhibiendo culpabilidad y remordimiento hasta resultar irritante, ni tampoco la diatriba rencorosa y escabrosa contra el nefasto amante, que termina por hastiar a pesar de su despliegue de ironía y de ingeniosa máxima (Morgue «reinaba en el purgatorio de la mediocridad, el justo medio donde confluían el amor de sí mismo y el de las posesiones»); la trama interna de la escritura se fabrica con hilos menos controlados y que, frente a la fluidez y la claridad de la sintaxis, se enmarañan en confusa red. La lectura más simple de la historia permite suponer que la hija se identifica con el padre, puesto que ambos son víctimas de abandono, y que el dolor que ella siente le revela el que le infligió a él en el pasado. Pero ya desde la primera página Letra muerta sugiere también la confusión del padre y el amante, y presenta el sentimiento amoroso como experiencia mortal vivida por el cuerpo y el alma: «Es el suplicio de Mecencio, atada a un muerto, mano con mano, boca con boca, en ese triste beso», un beso en el que el padre muerto aspira vida y entrega muerte: «me posee, chupa mi sangre, roe mis huesos, se nutre de mis pensamientos». Atada y poseída: el duelo del padre se escenifica como imaginaria unión erótica y sadomasoquista detrás de la cual se transparenta la recientemente liquidada relación con el destructivo amante. Ausente ya Morgue, es el cuerpo del padre moribundo el que aparece en los delirios, «yacente, entre mis sábanas, las paredes rezuman sangre suya, sus gemidos retumban en mi oído».

Liberarse de Morgue ha tenido como precio el aceptar la presencia culpabilizadora del padre: hay un momento en el que la narradora apunta que su amante la trataba «como un padre que abandona a su hija y la ve luego ir errante, rodando», y la comparación deja bien clara la imagen que calca e invierte: la del padre abandonado por la hija. Así de explícitamente acercados por el libro los dos abandonos, las cuentas se plantean con el siguiente saldo: si Morgue es culpable, ella también lo es respecto del padre. Y, en este punto, el duelo añade otra identificación a las anteriores: la del amante y la narradora.

Librarse de Morgue no es librarse del sufrimiento, pero es que no se pretendía tanto; la culpabilidad aceptada es también una forma de autocastigo vagamente redentora, y que, además, viene a alimentar el muy trabajado mecanismo masoquista al que el final de la relación con el amante ha dejado sin materia prima. Ya se sabe en qué adicciones pueden desembocar ciertas dependencias amorosas, y la de la narradora no era de las más leves: «En mi obcecada obstinación por saciar mi sed de sufrimiento, había una porción de desafío; quería ver a qué grado de ignominia me sería posible rebajarme, con qué inapelable resignación me dejaba humillar, y asistía al espectáculo de mi hundimiento con un gesto de hastío. Morgue no era sino instrumento de una larga caída, era el ángel negro cuyas alas batían el cielo de mi melancolía, el verdugo que había dado con la víctima consentidora y cómplice». Un tenebroso misticismo alienta en esta sumisión al sufrimiento que cree en «la imposibilidad de alcanzar la plenitud si no es abrazando la desgracia». No se sale de estas infernales esferas fácilmente; y se diría que el padre muerto es reclamado como nuevo y negro ángel guardián que con acusadoras alas cubra y desgarre las espaldas de esta hija necesitada de crueldad.

La narradora sabe que «suponemos llorar por lo perdido, pero sólo lloramos por nosotros», y que en nosotros redundará el beneficio del llanto, pues es mortificación que, en su extremo, alcanza poder sublimatorio; como lo alcanzaban el sufrimiento y la humillación frente a Morgue. Letra muerta es título que, tocado por esa pasión que en lo abyecto destila lo grandioso, reclama una escritura que sea cadáver; un cadáver que, en la profundidad de su podredumbre, engendre la palabra purificada capaz de hacer llegar al otro lado de la muerte la respuesta amorosa que la hija siempre negó al padre; Letra muerta quiere así ser carta debida: lettre. Pero junto a esta reparadora y honorable intención, se han urdido otras utilidades que han metido al padre en fantasmales ajetreos; en la última página parece que éste se apacigua, y que se dice adiós definitivamente a Morgue. Pues que sean echados al olvido los amores corrompidos, y que se pudran también en paz los muertos.

01/09/2002

 
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