ARTÍCULO

Las cuentas claras

OCDE, París
Trad. de Rafael Álvarez
558 pp. 24 €
 

Una de las razones que explicaron la desconfianza de los mercados financieros hacia Grecia fueron los intentos del país heleno de ocultar cifras reveladores de la auténtica situación de sus finanzas públicas. Este es uno de los motivos que justifican el interés y la oportunidad de un libro que, como éste, explica claramente la elaboración, limitaciones y significado de los datos que reflejan la situación de una economía. La contabilidad nacional es un empeño que tiene tras de sí una larga historia resumida por los autores básicamente en el capítulo final –el 15– del libro y completada con el epígrafe 1 del 12, dedicado al marco de las cuentas nacionales de Estados UnidosLos epígrafes 1, 2 y 3 del capítulo 15 resumen acertadamente la historia inicial de las cuentas nacionales, cuyos antecedentes se remontan, a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, a Francia e Inglaterra gracias a los esfuerzos de Pierre Le Pesant de Boisguilbert –también conocido como Vauban–, William Petty y Gregory King para ofrecer una base fiable a la recaudación de impuestos, así como los elementos que permitieran comparar la riqueza de sus respectivos países, enfrentados –junto con Holanda– en los escenarios bélicos del Viejo Continente y en sus nacientes imperios ultramarinos. Pero, tal y como se conocen hoy en día, las cuentas nacionales son obra del siglo XX y, más concretamente, de la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y el período de recuperación y crecimiento posteriores, a la par que del empeño personal de economistas y estadísticos, como Simon Kuznets, Wassily Leontieff, James Meade y Richard Stone, sin olvidar a John Maynard Keynes, cuyos análisis aceleraron la preparación de datos macroeconómicos fiables que permitiesen estimaciones precisas de su modelo teórico. En lo que a España se refiere, la «Nota del Traductor» ofrece en las páginas 6 y 7 algunos antecedentes al respecto..
Como se advierte en el prólogo, las cuentas nacionales ofrecen el marco conceptual y estadístico que asegura la coherencia de los numerosos datos disponibles en una economía; pero ello no empece que sus usuarios estén advertidos de sus limitaciones o de los peligros, por ejemplo, de una utilización interesada de la comparabilidad de sus datos a la hora de sacar «conclusiones analíticas relevantes» (p. 3). Hechas estas observaciones, pasemos ya a una descripción del contenido de la obra para concluir con una breve referencia a sus méritos más destacados y sus escasísimas deficiencias.
Los primeros capítulos sientan los conceptos referentes a los principales agregados macroeconómicos, tanto del lado de la producción como de la demanda, y explican la conciliación entre producción total y demanda, así como entre aquélla y la renta, subrayando en qué medida la exactitud de esos datos depende de la calidad de las estadísticas de cada país, mientras que en el capítulo 2 se aclara la distinción entre incrementos de precio y de volúmenes y los rasgos esenciales de los índices utilizados por los estadísticos y manoseados por políticos y comentaristas. Pasan después los autores a examinar los problemas inherentes a las comparaciones internacionales –¡el lector acaso recuerde los años triunfales en que España superaba la renta por habitante de Italia y se aproximaba a Francia!–, y la lectura del epígrafe 3, completado por el apartado «Fondos de pensiones y sistemas de seguridad social», que forma parte del capítulo 6 (pp. 209-211), le aclarará cómo influyen en la comparación de las tasas de ahorro los dos grandes sistemas de financiación de las pensiones de jubilación –el de reparto y el de capitalización–, al igual que despejará el error, habitual en España, de creer que las deducciones que nuestros jubilados han experimentado a lo largo de su vida activa les dan «derecho» a recibir una prestación económica predeterminada indefinidamente.
En el capítulo dedicado al ámbito de la producción, destacan los autores varios aspectos interesantes: el carácter convencional de este concepto –generador de puestos de trabajo y de rentas–, la importancia de la denominada «brecha de producción» como explicación de la diferencia entre lo que se produce y lo que podría obtenerse con la adecuada utilización del trabajo y el capital disponibles –tan de actualidad en la deprimida economía española– y los conceptos de economía ilegal y sumergida –epígrafe 2–, muy diferentes conceptualmente y tan dispares en porcentajes del PIB de cada país. Los capítulos 5 a 9 conforman un bloque dedicado al examen de los empleos finales del PIB, esto es, el consumo, la formación bruta de capital fijo, la variación de existencias y las exportaciones e importaciones de bienes y servicios, detallando las cuentas de los grandes agentes económicos: hogares, empresas y administraciones públicas. El repaso de esos agregados económicos y las cuentas de cada uno de los agentes constituye el mejor ejemplo de la imprescindible coherencia que debe existir entre las informaciones disponibles y los principios teóricos a la hora de formular recomendaciones eficaces de política económica.
El capítulo 8 requiere, quizás, un comentario adicional, pues el propósito confesado es destacar la relevancia del enlace entre lo que podríamos calificar de contabilidad no financiera (que de forma imprecisa se suele denominar contabilidad real) y la contabilidad financiera y el engarce entre el sistema de cuentas de los sectores y las cuentas de los agregados económicos que, tradicionalmente, ha constituido el nudo gordiano de las cuentas nacionales, si bien, en mi opinión, la solución ofrecida no está a la altura de los restantes capítulos y se salva gracias a la inclusión en el apartado final («Precisiones adicionales») de un recuadro sobre el Sistema Integrado de Cuentas Financieras de España que, elaborado por el traductor-adaptador, recoge una síntesis de las cuentas que periódicamente difunde nuestro banco central. La lectura del capítulo 9 («Las cuentas de las Administraciones Públicas») vuelve a plantear al lector cuestiones de palpitante actualidad: por ejemplo, ¿es posible que un país como España pase en cuatro años de un déficit público del 11,2% al 3% del PIB sin corregir su componente estructural? O, ¿cómo modificar los llamados «criterios de Maastricht» (pp. 331-332)? El libro se completa stricto sensu con los capítulos 10 y 11. El primero explica cómo las tablas que recogen los equilibrios entre recursos y empleos, y las de empleos intermedios, de las distintas ramas de actividad forman la tabla input-output que, además de su utilidad analítica, permiten calcular los agregados de las ramas en el marco del sistema de cuentas; el segundo revela cómo se compilan en la práctica las cuentas nacionales y la forma en que los estadísticos resuelven los propósitos encontrados de proporcionar información actualizada (verbigracia, datos trimestrales) que encaje en las cuentas anuales, al tiempo que se desgranan los principios y los métodos prácticos rectores de sus revisiones periódicas. Finalmente, los capítulos 12, 13 y 14 son ajenos al propósito central del libro y no han sido preparados por sus autores, sino por expertos de los tres países (véanse los agradecimientos, p. 16) a requerimiento de la OCDE.
Esos lunares no empañan ni la calidad del libro ni su interésDos pequeñas objeciones: la primera se refiere al tratamiento del sector «Resto del Mundo», que los autores mencionan brevemente en el capítulo 10, pero cuyo análisis descomponen en el repaso efectuado en el capítulo 5 a las exportaciones e importaciones de bienes y servicios; la segunda concierne a la parquedad de la descripción (página 537) del Sistema Europeo de Cuentas (SEC).. La primera gana considerablemente por la inclusión de «recuadros» aclaratorios de cuestiones relevantes del texto y el segundo por la utilización de estadísticas familiares al lector español, complementadas por los enlaces a las bases de datos de cuentas nacionales de la OCDE o la inclusión al final de cada capítulo tanto de resúmenes de «lo que conviene retener» como de «precisiones adicionales», que inciden en aquellos aspectos más especializados de entre los discutidos en el capítulo, así como de unos «ejercicios» que ayudarán al interesado a familiarizarse con los conceptos claves de cada capítulo y la forma en que se han «cocinado» las respectivas cuentas y agregados.
Mi comentario final se refiere a un aspecto poco frecuente como es la casi total ausencia de erratas y la extrema pulcritud de la traducción. Ha corrido ésta a cargo de Rafael Álvarez –quien, hasta su reciente jubilación, fue jefe de la Oficina de Estadística y Central de Balances del Banco de España–, pero es más de agradecer, si cabe, la adaptación que ha llevado a cabo, que hace más accesible la obra y aclara las diferencias terminológicas existentes entre los contables españoles y los latinoamericanos. No es, por tanto, exagerado afirmar que sin su colaboración la versión española del texto original en inglés no hubiera alcanzado el sobresaliente nivel logrado por el libro que los lectores de habla española tienen ahora entre sus manos.

01/07/2010

 
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