ARTÍCULO

Verso fiel

Visor, Madrid
635 págs. 15
 

Lo que m�s llama la atenci�n al hojear los dos extensos vol�menes de este sobreviviente de la Generaci�n del 36 y recient�simo Premio Nacional de las Letras, acaso sea la paciente continuidad y dedicaci�n, como de esforzado artesano, a la pr�ctica del oficio (y esta figura del obrero que se aplica y vuelca en su tarea, aparece, a modo casi de no s� si autocomplaciente autorretrato en algunos de estos poemas, sobre todo en aquellos incluidos con m�s asiduidad en antolog�as), la fidelidad a una visi�n del mundo que estaba en lo esencial formada en sus primeros libros y no ha hecho sino acrecentarse con los a�os, ganando sin duda en profundidad y extensi�n, pero sin librarse –parece inevitable en una obra tan dilatada: una treintena de libros en m�s de cincuenta a�os de escritura– de cierta dosis de repeticiones, innecesarias insistencias y alg�n que otro merodeo por los despe�aderos de lo banal.

Es la poes�a de este autor de tono eleg�aco y dicci�n grave y reposada, con ese aire �existencial� tan de posguerra y esa sordina moral (y a veces moralizante) que no resulta dif�cil percibir y que abarca todos sus registros tem�ticos y sentimentales, desde la luminosa ternura de su primeriza Alba del hijo, hasta el sombr�o rumiar de la segunda parte de Los horizontes o de Eleg�a en oto�o, desde el nada gesticulante testimonialismo de sus poemarios de los cincuenta-sesenta, los m�s �sociales�, como Teatro real o Juego limpio, hasta el seco y l�mpido estoicismo, te�ido de resignaci�n y desenga�o, de La sencillezde las f�bulas o de los sonetos de Cuaderno de San Bernardo, muy recientes, tono que parece compadecerse bien con el reiterado cultivo del estrofismo y la versificaci�n tradicionales y la visible herencia de algunos cl�sicos (San Juan, Quevedo y Fray Luis) y contempor�neos (Machado, Miguel Hern�ndez, cuya huella podr�a rastrearse un peu partout).

Lenguaje en general muy �literario� y marcadamente �poetizado�, ajeno por tanto a las modulaciones del habla viva, aunque no desde�a el uso de alg�n coloquialismo o refr�n entreverado. A los mecanismos igualmente tradicionales de la met�fora, de matriz a�n simbolista, corresponde la mayor parte de la imaginer�a del poeta. �Oigo la diminuta cascada de la risa� (I, 541) o tambi�n (I, 81); otras veces aparece m�s abierta a los par�metros modernos, as� en el poema Desolaci�n por la ciudad, II, 20), esos �Bronquios con terciopelo de residuos / quemados del mon�xido lit�rgico, / votivo de carbono�; muy repetida es, en fin, la imagen que va de lo abstracto a lo concreto, del tipo de: �La m�sica es un p�jaro huido de su jaula� (I, 543).

S�mbolos tradicionales de la l�rica de tipo eleg�aco, como la asimilaci�n de vida humana y r�o, se utilizan profusamente. Pero hay otras formaciones simb�licas espec�ficas de esta lengua po�tica y que act�an recurrentemente, tal la que podr�a designarse como de la casapuerta-ventana-ciudad sitiada (a veces acompa�ada de una imaginer�a b�lica y en relaci�n compleja con las ideas del intruso que invade un espacio privado), donde se juega, con el primero de los elementos, como recinto cerrado-hogar�tero-c�rcel, etc., que informa la parte inicial de un libro como Entre ca�onesme miro y que se manifiesta muchas veces, o la del fusilado, que aparece expl�cita en m�ltiples contextos y que responde veros�milmente a un resto semiinconsciente y larvado en el poeta, de la Guerra Civil; o la de los centauros (el flechador de la mitolog�a, y en menor medida los caballos), que parecen remiten a la idea de instinto o vitalidad; v�anse, por ejemplo, II, 22, o II, 240.

Es Leopoldo de Luis poeta de rica y ce�ida adjetivaci�n, y casi nunca suena en �l esta palabra t�pica, o incolora, o excesivamente gen�rica o demasiado conceptual, aunque apenas se atreva a violentar el significado e intenci�n del ep�teto tradicional, aplic�ndolo a contextos ins�litos –de ah� que resulte en no pocas ocasiones previsible–, o haci�ndolo deslizarse m�s all� de sus l�mites sem�nticamente normales, y es dif�cil tambi�n encontrar combinaciones sint�cticas de t�rminos de significados distantes; con todo, precisos en su especificidad son esos �riscos cabrales� o esa �rechinante noria� (I, 170) y precioso en su ce�ida imaginer�a se nos antoja nombrar, de entre los dones que dan la luz de los ojos, a esos �seres aurorales, nadadores felices / en tu l�quida c�pula� (I, 254). Feliz se revela asimismo aqu� y all� nuestro autor al saber sacar todas las posibilidades expresivas al hip�rbaton y a los encabalgamientos, como en el final de Las paredes (II, 43) donde hallamos adem�s los aderezos adicionales de la aliteraci�n, la paronomasia y la rima interna.

La composici�n-tipo parece ser en esta l�rica la serie de cuartetos endecasil�bicos rimados en serventesios, aunque hay tambi�n silvas asonantadas, romances heptasil�bicos y enasil�bicos, alejandrinos, liras –como las tres, muy conseguidas, Como la luz, Como el alegre rayo y Abril (I, 53-58), de Alba delhijo –: en la primera se oyen con claridad los ecos de Fray Luis: �Como el dorado ung�ento / del sol sobre el paisaje, de tal modo / que viste de portento / la miseria y el lodo / y ba�a de ilusi�n el mundo todo�, d�cimas, canciones de base octosil�bica y rimas en aguda (as� las dos, tambi�n del libro antecitado, que principian: �La luna bajo al balc�n / para cantarle a la madre / su s�ptima anunciaci�n�) y sonetos (v�anse los del Tr�ptico de la materia humana, II, 297-299, de lo mejor de su producci�n, donde resuena la ret�rica quevediana: �Inevitablemente ser�s caja, / ata�d de mi cuerpo y de mi muerte. / No hay otra realidad, no hay otra suerte: / en quien nos sigue est� nuestra mortaja�), que ocupan libros enteros; mucho menos ha empleado el verso blanco, que predomina en su libro m�s extenso, Del temor y dela miseria, y muy poco ha tentado el vers�culo. El m�s usado, sin duda, es el endecas�labo, habitualmente el considerado m�s �melodioso�, con acentos en 4. a , 6. a y 8. a s�labas (�Un hombre en lo remoto de los siglos / debi� de ver alguna noche el miedo. / Yo lo he sabido porque entre las sombras / de mi cuarto a�n fulgir sus ojos siento�); otras veces (II, 273, y II, 147) consigue De Luis verdaderos versos r�tmicos: en el primer caso, el poema inicial de Eleg�as de Struga, dodecas�labos y eneas�labos de pie anap�stico, a la manera de tantas composiciones de Dar�o: �El tiempo adher�a colores y rostros / y escenas de sacros alardes. / La furia y la guerra injuriaban / la p�tina ingenua del arte. / Fragor de conquista y asalto, / color de martirio y de sangre�; en el segundo, con alejandrinos del mismo pie –que recuerdan, hasta en el fraseo, al Jos� Hierro de Alegr�a–: �Yo no s� proclamar la esperanza en el mundo. / Lo he intentado, os lo juro. He mirado la aurora / y he quemado en la altura�.

Por lo dem�s, el didactismo, esa man�a de imponer al lector una univocidad de sentido, de ahogar o desdibujar toda ambig�edad mediante la reiteraci�n en la �explicaci�n� del poema hacia un �fin� que a la postre le es por definici�n ajeno –congruente por lo dem�s con la pretensi�n de �cerrar� la composici�n de manera rotunda y conclusiva–, lastra parte de esta poes�a, en todo caso m�s de la que debiera. As� sucede en Las cosas (II, 190), donde el af�n explicativo fuerza el s�mbolo hasta casi vaciarlo: tras haber dejado sentado que �las cosas nos imponen sus im�genes / se instalan hacia adentro, por detr�s de los ojos�, y aclarar luego: �Somos cosa tambi�n, somos el marco / por el que el mundo es mundo�, se cierra el poema diciendo: �Depredador y depredado somos. / Por eso toleramos el ultraje�, y en muchos sitios m�s (I, 145; II, 142) sobrecarga de ejemplaridad y serm�n que creo funcionales tanto a esa sordina que no s� si llamar, con cierto pie forzado, �neorrom�ntica�, cuanto a la radical incapacidad para la iron�a en De Luis –de ah� lo falto de gracia e indisimulado que resulta su uso de la intertextualidad o de la cita propia o ajena (II, 189; por ejemplo)–, que puede venir a dar en casos extremos en una mezcla de trivialidad e ingenuismo, como en el poema de II, 225, o en llegar a escribir cosas tan por lo menos exageradas (I, 367-368) como �Los �rboles son patria en pie. Los veo / trabajadores forestales, vivos�.

Entre las cosas que hay que agradecer a Leopoldo de Luis se cuenta la al fin y al cabo m�s importante: habernos ofrecido –l�gico en una poes�a cuyo asunto se�ero es la caducidad– una imagen de la vida: algo no por elemental menos olvidado con frecuencia, que puede tomarse por la quintaesencia de cualquier Lebensweisheit que se precie –la de una persona razonablemente inteligente–, y que �l supo condensar en un solo verso: a la pregunta por la �verdad� de la vida lo m�s certero es responderse: �teatro hoy, ceniza en el futuro�.

01/09/2004

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
2 + 2  =  
ENVIAR
 
 
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL