ARTÍCULO

Las preguntas del deseo

Siruela, Madrid, 144 págs.
 

Menchu Gutiérrez (Madrid, 1957) intenta en sus ficciones que la escritura se desligue de las referencias habituales de la ficción (la trama, el contexto, la secuencia temporal o los personajes), pero eso no quiere decir que sus ficciones no guardan estrechas relaciones con las ficciones de otros narradores. Leyendo Latente es fácil pensar en Edmond Jabès y su escritura fragmentada, discontinua, su búsqueda de libertad expresiva y sus lazos con las grandes tradiciones religiosas, místicas y gnósticas (quizá sea interesante apuntar que Menchu Gutiérrez tradujo para Siruela La religión gnóstica: el mensaje de dios extraño y loscomienzos del cristianismo, de Hans Jonas, y para Ediciones del Oriente y del Mediterráneo Savitri: un episodio del Mahabhárata). Y también es fácil recordar a Italo Calvino: algunos de sus libros de relatos, como Bajo el sol jaguar (Tusquets), en el que jugaba con los cinco sentidos, e incluso sus «propuestas» para el milenio al que ya hemos llegado: el deseo fundacional, la variación y la levedad. Tampoco resulta difícil evocar a André Breton, sobre todo a la atmósfera evanescente de Nadja; a Antonio Fernández Molina, uno de los poetas españoles más atípicos, y algunas de sus fábulas, como Los frutosde la noche (Mira); a Marguerite Duras, en alguno de sus textos breves, como El mal de la muerte; o al Arthur Schnitzler de las narraciones que confunden vigilia y sueño, de las que se aprovechó Kubrick.

Lo inquietante es que también a veces no se puede evitar que la memoria traiga en la lectura el recuerdo de Richard Bach o de Paulo Coelho. Menchu Gutiérrez juega en el límite: entre la literatura que aspira al conocimiento y la new age a veces hay sólo un pequeño paso.

La poética de Latente parece surgir directamente de Edmond Jabès, quien afirmaba que «no hay verdades». Frente al conocimiento controlado del deseo que ofrece la mercadotecnia, Menchu Gutiérrez propone un nuevo imaginario del «deseo»: desmaterializado y, al mismo tiempo y sin contradicción, muy físico. «La vida del deseo», el relato más largo del libro, tiene mucho que ver con su anterior libro de ficción, La mujer ensimismada (Siruela), en el que realizaba un viaje por doce casas idénticas, y al mismo tiempo diferentes, construidas en torno a un jardín; también es el texto más simbólico y tiene un carácter marcadamente creacional, telúrico, de unión pansexual con la Naturaleza (la montaña, el río, los animales, las plantas), de búsqueda (o final, quizá) del Edén. «El deseo es un astro» transcurre en un escenario más convencional, menos simbólico, de ciudad con playa y los personajes son más reales, aunque bien pudieran ser fantasmas, mudos habitantes de un espacio sin tiempo, y es el texto menos interesante de Latente. «Deseo encarnado» es un relato en el que todas las naturalezas del sexo (Él, Ella, La tercera naturaleza) copulan para ordenar de nuevo el mundo. «El deseo en la constelación de la sombra» nombra el deseo de amor y muerte, y no resulta difícil relacionarlo con el cine expresionista y con la tradición centroeuropea de los dibujos de sombras. «Deseo y sonido» urde las enigmáticas relaciones de jerarquía que se establecen entre el sonido y el silencio, y es donde más claramente se siente la escritura de Marguerite Duras. «Deseo y poder» es un exaltado relato romántico (la huella del Romanticismo se puede seguir a lo largo de todo el libro: Von Chamisso, Mary Shelley...) en el que se juega con la idea de la resurrección y de la carne. «El deseo elige sus palabras» relata una metamorfosis y una relación de zoofilia inversa. «El laboratorio del deseo», que cierra Latente, traza los vínculos entre el aroma y la pasión, y, quizá por el tema, un perfume perfecto, no se despega de su condición de guión para anuncio elegante.

Todas estas formas de otro deseo que propone Menchu Gutiérrez están directamente relacionadas con el sexo (no hay deseo de comer o deseo de poder político o deseo de dinero) y se desarrollan en escenarios (las pantallas con proyecciones abundan a lo largo de los ocho cuentos y no faltan los teatros) que parecen decorados: con una exuberancia tan pronunciada que hacen pensar en el Fellini de E la nave va y en el Bioy Casares de La invención de Morel. Rosas, jardines, perfumes, sueños, sombras, premoniciones, la muerte, silencio, nieve..., los repertorios romántico, simbolista y modernista se enseñorean en Latente; es la luz, la iluminación, la que intenta transformar los tópicos léxicos y sintácticos en guía hacia otro conocimiento (de esa combinación de Razón e Iluminación escribe Roberto Calasso en su ensayo La literatura y los dioses, recientemente publicado por Anagrama).

No es extraño que en esa voluntad de crear un camino de iniciación que Menchu Gutiérrez imprime a sus relatos, la forma (una forma rígida y predeterminada) sea tan importante: el ritmo de las estaciones en «La vida del deseo»; las fases de la luna en «El deseo es un astro»; la estructura teatral en «El laboratorio del deseo»... Una precisión en la concepción que suele vencer a la escritura, menos contenida, que se alimenta retóricamente de continuas comparaciones. Latente es un libro para entusiastas, su prosa empalaga; no todas las lecciones de Edmond Jabès han sido bien aprendidas: a veces Menchu Gutiérrez ofrece demasiadas respuestas y así consigue a menudo cambiar el sentido de las preguntas.

01/02/2003

 
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