ARTÍCULO

Abrir los ojos a la mañana siguiente

Ediciones B, Barcelona, 1998
240 págs.
 

Cuando estuve hace meses en Santa Fe de Bogotá, al cabo de pocos días le comenté a los amigos que las agencias turísticas de la ciudad se estaban perdiendo un pingüe negocio: el de los trancones, como llaman allí a los embotellamientos del tráfico. Cualquier agencia con visión del negocio podría ofrecer a los turistas una gira titulada «No se pierda el trancón de la Carrera Séptima a la 1 p.m.». Durante esa gira, en autobuses climatizados y con canapés y buenos tragos, el turista tendría ocasión de conocer, a velocidad de caracol suizo del cantón de Berna, el centro de la ciudad; y cuando el tránsito dejase de reptar centímetro a centímetro, desde el lugar donde ultimaron a Jorge Eliecer Gaitán hasta «la esquina del encanto con lo moderno» (¡todo un programa!), el autocar aparcaría en esa esquina, calle 19, para dejar salir a la horda de turistas en busca de aventuras mucho menos excitantes en la sabana santafereña.

Las ventanas y las voces es una premonición de lo que podría ser ese tour. Juan Carlos Botero ha conseguido el milagro de hacernos deambular pasito a pasito por su mundo de sueños y pesadillas, nos lo ha mostrado sin omitir pormenores, algunos de ellos bastante peligrosos y de los que cortan el aliento, y nos ha dejado, sin embargo, en un puerto seguro. Nos ha ciceroneado a través de cada uno de los cuentos de ese libro por un mundo también suyo hasta por vinculación familiar, el de los descomunales gordos y gordas de Fernando Botero, pero lo ha hecho llevando en las manos, y poniéndolo ante nosotros, sus indefensores lectores, precautoriamente, un espejo adelgazador, en una especie de esperpento al revés. Gracias a lo cual podemos abrir los ojos, con una cierta esperanza, a la mañana siguiente. Aunque ello significa, por supuesto, el siguiente trancón, o sea, el siguiente cuento. (El «aunque» no es, que conste, un «aunque» rechazante, todo lo contrario: más bien es el síntoma de una adicción.)

Y lo que son las casualidades: tenía ya escrito los dos párrafos anteriores de esta reseña cuando me llegó desde Santa Fe de Bogotá un texto de Juan Carlos Botero, autor de Las ventanas y las voces, y en él hallé estas palabras: «Durante un invierno desolador, en una ciudad extraña, una de esas bofetadas del destino que deshacen de un soplo el castillo de naipes de nuestra estabilidad, me hizo perder la brújula de mi existencia. Duré días cayendo en un pozo sin saber que estaba a punto de tocar fondo, pero una noche, mientras nevaba en las calles desiertas, de pronto el deseo de abrir los ojos a la mañana siguiente empezó a resbalar entre mis dedos hasta que sólo quedó el vacío, y el anhelo de terminarlo todo de un tajo. Perdí el sentido de la vida».

Pocos días antes, conversando por teléfono hasta Roma con otro joven novelista colombiano, Sant Yago Gamboa, le había dicho que lo que más me gustaba de Las ventanas y lasvoces era encontrarme con un autor tan joven y que tenía ya una conciencia tan clara de la fragilidad de la vida y la caducidad de los sentimientos. Muy a mi pesar, reflexionando en la experiencia vital del autor, la cita de ese texto llegado desde Santa Fe de Bogotá confirmaba mi juicio. Es como cuando lees a Dostoiewski, ¡y no cometeré la infamia de añadir el consabido «salvadas las distancias»!: te das cuenta de que quien escribió Memoriade la casa de los muertos ha sentido a las Parcas rondando muy cerca de su persona.

Las ventanas y las voces se compone formalmente de siete cuentos, todos los cuales tienen un narrador y/o protagonista idénticos, Alejandro (¿homenaje subliminal a Sábato en el nombre de la protagonista de Sobre héroesy tumbas?): un Alejandro que a lo largo de distintas épocas de su vida, desde la infancia rica en minuciosas observaciones de La fiesta, pasando por la cínica madurez de una joya de los quilates de La conversación, llega a la definición catártica del cuento que da título al volumen. Dos de esos cuentos han ganado galardones internacionales de campanillas, como por ejemplo Elencuentro, que obtuvo el Premio Juan Rulfo de Radio France International. Pero eso es lo de menos, porque los premios literarios pertenecen al reino de lo aleatorio. Lo que aquí nos importa es algo distinto. Y es que no acierto a descifrar si Juan Carlos Botero reunió en un libro siete cuentos que le fueron saliendo a lo largo de la vida, o bien se propuso escribir una novela en forma de siete cuentos, cosa que a veces me lo parece. Y no es sólo que me lo parezca, es que cuando llegas al final del libro, al final del séptimo cuento, te preguntas si será posible alguna vez otro libro con ese protagonista, destinado ahí, como diría Thomas Mann, «a la anatomía de la tumba»: o de algo peor, mucho peor, algo cuyo hedor insidioso llena de oprobio las últimas décadas de la historia de América Latina.

En cualquier caso, lo que me impresionó de la lectura de Las ventanas ylas voces, amén de esa noción angustiosa y angustiante de lo perecedero, fue la seguridad en el manejo del idioma (con un lunar del que hablaré enseguida) y una ironía no por velada menos presente y actuante. Una ironía que se trasluce con mucha nitidez en los diálogos, y se trasluce sin ninguna necesidad de subrayados, esos subrayados tan del gusto de quienes no saben ser irónicos si no es gracias precisamente al hecho de subrayar. Que no se me olvide: el lunar. Juan Carlos Botero perpetra la calumnia de llamar nada menos que «licor» a un vino chileno blanco y muy seco. Pero claro está que semejante abominación puede ser tan sólo peccata minuta, perdonable –pues– en alguien nacido en un país donde le llaman «tinto» a lo que todo el mundo llama café.

01/10/1998

 
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