ARTÍCULO

Prosa y lírica errantes

Alfaguara, Madrid
598 pp. 24,50 €
 

A semejanza de los anteriores libros de viaje de Julio Llamazares (El río del olvido (1990), en el que relataba un recorrido de 1981 a lo largo de todo el curso del río Curueño; Tras-os-Montes (1998), donde recogía la plural experiencia vivida en esa peculiar zona del norte portugués, y Cuaderno del Duero (1999), cuyo título me exime de la glosa), ceñidos todos ellos a un espacio preciso que necesariamente acotaba –en más de un sentido– las peripecias del viajero, este nuevo y voluminoso libro –y que aún está por completar–, Las rosas de piedra, tiene un eje vertebral muy preciso –las catedrales–, pero ya no es el espacio, sino el tiempo, lo que articula estas páginas: «Las catedrales, por más que algunos pretendan –afirma el autor en el preámbulo–, no son ya más que espejismos, reliquias de un tiempo ido que quedó aprisionado en ellas».
Y a diferencia de los anteriores libros, estas nuevas páginas transcurren por una vasta y plural geografía –España– que el autor fragmenta y agrupa de un modo enteramente personal, dado que nuestro viajero no se fía demasiado de fronteras religiosas o políticas, «no cree en otras fronteras que las que forjó la historia y éstas no siempre coinciden con lo que dicen los mapas». Lo cual en principio está muy bien pero, como asturiana, dudo mucho de que Salamanca pertenezca al «reino perdido» de la segunda parte del libro, integrado por Asturias, León y Zamora; de igual modo que tampoco se acepta fácilmente que Santander (hoy Cantabria) sea la ciudad costera de Castilla, que eso fue un escandaloso (por artificioso) apaño de la época franquista.
De manera que esta peculiar creencia del viajero arroja un no menos peculiar mapa físico de los seis viajes aquí reunidos. El primero de ellos lo realiza en septiembre de 2001 y arranca en lo que para tantísimos viajeros de todos los tiempos fue meta del peregrinaje, Santiago de Compostela, para luego desplegarse por tierras de Galicia. El último, «Las seos de Cataluña», lo hizo durante el puente de diciembre de 2003. Entre medias, el mencionado viaje al reino perdido, otro por la vieja Castilla y el dedicado a «vascos, navarros y riojanos», al que le sigue «Aragón de norte a sur».
En lo que apenas varía Las rosas de piedra respecto de los anteriores libros nómadas de Llamazares es en su factura literaria, con una equilibrada alternancia entre prosaísmo y lirismo. Es decir, por un lado, apunte del natural y crónica del presente, que incluye un abundante anecdotario de mayor o menor interés según los casos, además de una vasta galería de tipos con perfil muy diverso y en ocasiones chocante: desde los clásicos mendigos apostados a las puertas de los templos, las gitanas pedigüeñas o los curas, los sacristanes y beatas, a otros personajes más singularizados, con nombre y apellidos propios y que suelen compartir con el viajero un tramo de su recorrido (normalmente las visitas) o una parte de su tiempo (una comida, un paseo, un café).
Por otro lado, encontramos aquí el habitual registro lírico de este escritor, que brilla más en las descripciones paisajísticas (que en nada defraudan a quienes apreciaron este rasgo en los poemarios del autor y en las novelas Luna de lobos (1985), La lluvia amarilla (1988) y Escenas de cine mudo (1994), cuyo capítulo «Huérfano en la catedral», por cierto, relata la temprana fascinación que en el niño de diez años ejerció la catedral leonesa) que en las descripciones artísticas, donde el narrador se apoya en exceso en las guías que va adquiriendo a lo largo de sus viajes (algunas de escasa calidad, las típicas guías locales), hasta el punto de, en aquellas catedrales excepcionales como la de Burgos, convertir la narración en una árida enumeración más deudora del inventario catastral que de la crónica o el relato. Quien esto firma ha leído un buen número de libros de viaje (por ahí andan unas docenas de artículos que así lo corroboran) y a menudo, cuando veía al viajero Llamazares merodear por alguno de estos espacios, a su mente acudían otras referencias que le hubieran dado más juego a nuestro narrador. Lógicamente, no me atrevería a sugerir nada así (nunca me identifiqué con los críticos a quienes Juan Benet calificaba de policías de tráfico, es decir, los aficionados a darles instrucciones a los autores y dirigir su escritura) de no ser porque en ocasiones Llamazares acude a otros autores: por ejemplo, en Mondoñedo es inevitable despegarse de Álvaro Cunqueiro, en Zamora de Claudio Rodríguez y en Oviedo de Clarín, pero también cita a Ortega por tierras palentinas y a Unamuno en Ávila, donde, al divisar la ciudad, «comprende cómo y dónde se le ocurrió a santa Teresa la imagen del castillo interior y de las moradas», recordando las palabras de Unamuno que, por supuesto, refrenda nuestro viajero.
En este sentido, antes que las mencionadas descripciones –por lo general ampulosas y aburridas, pues tienden a la acumulación sin jerarquizar o discriminar–, suelen interesarme bastante más las breves líneas donde el autor capta el ambiente o la atmósfera de las catedrales o traza la primera impresión que le producen al ir acercándose a ellas o al penetrar en su interior, cuando, por ejemplo, habla del aire clerical y pueblerino de la de Astorga o cuando en Santander, donde descubre una iglesia independiente dentro del propio espacio de la catedral, se detiene a «contemplar en silencio la aplastada oquedad que sostienen con esfuerzo unas pesadas columnas tan bajas como robustas», o cuando en la de Ávila advierte el cambio de luz, al regresar por la tarde: «La luz que entra por las vidrieras la hace más tamizada, lo que le da a todo el templo un aspecto entre irreal y abandonado».
Otro valioso aspecto del libro –y aquí coincide de nuevo con los anteriores– es el autorretrato intermitente del viajero que se va pintando a lo largo de estas páginas, incluida la faceta de narrador, aludiendo al proceso de anotación y redacción de su experiencia. Asimismo, nos habla de sus gustos y preferencias artísticas y estéticas, rescata fragmentos de su autobiografía (en León, en Oviedo, en Vitoria o en Barcelona), expresa sensaciones y sentimientos, no oculta su malestar o desacuerdo (casi siempre ligado a cuestiones crematísticas u organizativas), se distancia de las masas o riadas de turistas (en Barcelona y en Santiago), se deja acompañar por cicerones espontáneos o conocidos, y da cuenta también del resto de sus jornadas, que siempre siguen un mismo esquema: visita matutina a los templos y museos anexos, de haberlos; breve paseo por las calles de la localidad previo al almuerzo (con detalles de estos locales y sus dueños, más otros paisanos o comensales con quienes coincide); regreso posterior al templo y final del día.
Esta estructura, el peculiar estilo de Llamazares (con la reiteración de una serie de recursos que supongo pretenden operar como leitmotiv, aunque no siempre rinden o funcionan bien) y el esforzado empeño por resultar, si no gracioso, sí ameno y divertido sin siempre conseguirlo (son sosas bastantes minucias de las que incluye en el relato y, en la acidez anticlerical, o uno es un Baroja o sabe a poco), me llevan a recomendar a los lectores de Las rosas de piedra que no precipiten su lectura y que dejen pasar un tiempo entre unas y otras partes del libro.

01/11/2008

 
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