ARTÍCULO

La historia en la fronda hemerográfica

 

Pronto hará medio siglo que Geoffrey W. Ribbans alertó sobre la «riqueza inagotada de las revistas literarias modernas» y el hontanar que señalaba, a cuya explotación se dedicaron unos cuantos historiadores de la literatura, sigue surtiendo todavía hoy, menos inagotado pero aún fecundo. De aquella riqueza sabían bien quienes habían combatido antes de la guerra en las batallas menos cruentas libradas en el campo artístico del primer tercio del siglo XX , como Dámaso Alonso o Gerardo Diego o Guillermo de Torre, pero era menester que llegara una generación de estudiosos más jóvenes, ajenos a la militancia literaria y al testimonio directo, para que se prestara una atención minuciosa y, digamos, desapasionada a las revistas literarias.
Tras los pasos pioneros de Rafael Santos Torroella en 1952 ( Medio siglo depublicaciones de poesía en España) vinieron los de Gloria Videla (El ultraísmo, 1963) o Víctor García de la ConchaEntre sus diversos trabajos sobre revistas, «Espadaña (1944-1951). Biografía de una revista de poesía y crítica»,Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 236 (1969), pp. 380-397, o «Alfar: Historia de dos revistas literarias, 1920-1927», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 255 (1971), pp. 500-534., Jean Bécarud (Cruz y Raya (1933-1936),1969) y,ya en los años setenta, los de Domingo Paniagua ( Revistas culturales contemporáneas, 1970), José-Carlos Mainer (Literatura y pequeña burguesía en España, 1972), Evelyne López Campillo (La «Revista de Occidente» y la formación de minorías, 1972), Francisco Javier Díez de Revenga (Revistas murcianas relacionadas con la generación del 27, 1975), Juan Manuel Rozas (El 27 como generación, 1978) o Fanny Rubio, con el libro de cuya reedición se da noticia aquí.A partir de 1975, además, a la curiosidad académica se agregó la recuperación facsimilar de muchas de las grandes revistas de la Edad de Plata: Litoral en 1975, Verso y Prosa en 1976,Revista de Occidente y Hora de España en 1977, La Gaceta Literaria en 1980, Alfar en 1983 y así, una tras otra, hasta Mediodía en 1999, Grecia en 2000 o Manantial en 2003. Estas reimpresiones facilitaban a muchos investigadores el acceso a unos yacimientos literarios poco conocidos que aguardaban aletargados en las hemerotecas, lo que vino a dar un nuevo impulso al estudio de las revistas culturales desde una perspectiva amplia que va desde el mero inventario de títulos y vaciado de contenidos hasta la valoración de las corrientes estéticas que afloraban en sus páginas antes de fructificar en obras de mayor alcance o permanencia.
En las décadas de los ochenta y noventa, la mina hemerográfica ha continuado siendo explorada en libros como los de Anthony Leo Geist, Rafael Osuna, Andrés Soria, César Antonio Molina o Manuel J. Ramos Ortega, por no mencionar los cuantiosos artículos dedicados a tal o cual publicaciónDoy los títulos de los libros más destacados: Anthony Leo Geist, La poética de la generacióndel 27 y las revistas literarias: de la vanguardia alcompromiso (1918-1936), Madrid, Guadarrama, 1980; Rafael Osuna, Las revistas españolasentre dos dictaduras 1931-1939,Valencia, PreTextos, 1986; Las revistas del 27,Valencia, PreTextos, 1993; Tiempo, materia y texto. Una reflexión sobre la revista literaria, Kassel, Reichenberger, 1998;Andrés Soria Olmedo,Vanguardismoy crítica literaria en España (1910-1930), Madrid, Istmo, 1988; César Antonio Molina, Medio siglo de prensa literaria española (1900-1950), Madrid, Endymion, 1990; Manuel J. Ramos Ortega, Las revistas literarias en España entre la«edad de plata» y el medio siglo, Madrid, Ediciones de la Torre, 2001.. La magnífica exposición Arte moderno y revistas españolas1898-1936 celebrada en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en 1996 ofrecía, en fin, la posibilidad de comprobar de modo ostensible la riqueza y pluralidad de las revistas consagradas al arte y las letras en el primer tercio del siglo XXEl catálogo, Arte moderno y revistas españolas1898-1936, Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1996, ofrece, junto a un espléndido conjunto de artículos sobre el tema, un «Catálogo de revistas» (pp. 233-254) elaborado por Antonio Majado Martínez en el que brinda útiles fichas sobre cada título.. En la actualidad ya no es posible plantear una historia de la literatura de base exclusivamente bibliográfica. Las revistas transmiten, con un lenguaje más diáfano y elocuente que los libros, las fases de tentativa y balbuceo de un autor, un grupo o una tendencia,abren una mirilla al obrador del poeta a través de las versiones provisionales (que probablemente no lo fueron en el momento de darlas a la estampa) de textos luego establecidos, confieren audibilidad a las diferencias y afinidades, querellas y alianzas dentro de la sociedad literaria, a menudo capitales para contextualizar adecuadamente un cambio de código estético o la fidelidad a un modelo. Sin el dinamismo y capacidad de aglutinamiento y difusión que introducen las revistas literarias en la modernidad no se entenderían muchos fenómenos de ésta. La revista permite dotar de identidad a un grupo de creadores o, más bien, que éste configure unos rasgos comunes en su presentación pública, lo que significa que en ciertos casos actúa como un órgano de selección y exclusión, tanto de nombres propios como de modas o corrientes (se puede pensar en la Nouvelle Revue Française de los años veinte o en la Granta de los ochenta, o en La Estafeta Literaria de Juan Aparicio).
Los autores de los dos libros que comento pertenecen al grupo de estudiosos que en los años setenta ofrecieron algunas de las mejores contribuciones al conocimiento de las revistas literarias españolas, pero se trata de dos obras muy distintas. La de Fanny Rubio es la (feliz) reedición de su clásica monografía de 1976 Las revistas poéticas españolas, 19391975, tantos años agotada y tan imprescindible como todavía insustituible por el colosal acopio documental que proporciona. Hay que celebrar, pues, esta recuperación. La de Francisco Javier Díez de Revenga es una novedad que viene avalada por el premio «Beca Emilio Alarcos» de Investigación en Filología Hispánica de la Fundación Príncipe de Asturias y tiene el atractivo de estudiar la narrativa breve en las revistas del período 1918-1936, en el que el autor es un reconocido especialista. Ambos ensayos convierten a las revistas en objeto de análisis, pero lo hacen desde enfoques metodológicos y objetivos de partida distintos, amén de que a Rubio le interesó únicamente la poesía (y no la ficción ni el ensayo) en las revistas de posguerra peninsulares (omitiendo, por la necesidad de acotar su campo, las revistas de la diáspora republicana), mientras que Díez de Revenga se ha fijado en la prosa creativa de las revistas de entreguerras.
Fanny Rubio organizó su trabajo de acuerdo con un criterio geográfico, comenzando por Madrid, «Hemeroteca poética centralista», a la que dedica los tres primeros capítulos, y continuando por Cataluña, Castilla y Extremadura, León y Asturias,Aragón,Andalucía, Galicia, País Vasco y Navarra y, finalmente, Canarias, para cerrar con un breve «Apunte final sobre las revistas poéticas» que, en realidad, es un apresurado repaso por las revistas surgidas en el quinquenio 1970-1975.Aunque la ingente cantidad de información manejada otorgaba un cierto aire de inventario al libro, en el que prevalece el propósito documental sobre el valorativo o jerarquizador (hubo en su momento algún reproche en este sentido), no puede negarse que la autora fue más allá del mero archivo de revistas y consiguió describir los movimientos éticos que, durante muchos años, se hicieron inseparables de los estéticos. El hecho, por ejemplo, de que la poesía se convirtiera en una suerte de albergue para los escritores jóvenes durante el período de mayor control censorial del Régimen no es un dato inane y no pasa inadvertido. La polisemia del lenguaje poético, que permitía a los poetas cifrar mensajes dirigidos a lectores avisados, y la relativa menor rigidez de la censura ante un género que presumiblemente contaba con una audiencia minoritaria, favorecieron que ésta se convirtiera en un cauce óptimo para la expresión del descontento o la denuncia.Y es una virtud de este libro el no soslayar esa dimensión moral fundamental en las revistas publicadas bajo el franquismo.
El libro se publica tal como apareció en 1976, sin aggiornamento ni en el texto ni en las notas y es una decisión muy respetable, puesto que brinda la posibilidad de acceder a una obra que hacía demasiado tiempo sólo circulaba en fotocopias entre los estudiantes. Pero es precisamente para éstos para quienes la presente reedición (limpia, desde luego, de las erratas de la edición original) resulta de un valor informativo muy alto, sin duda, pero ya incompleto. En los treinta años transcurridos se han estudiado bastantes de las revistas de la posguerra y el panorama global se ha modificado un tanto. Pondré sólo un par de ejemplos: en el mismo año 1976, Guillermo Carnero resaltó la importancia de la revista cordobesa Cántico y del grupo poético arracimado en torno a ellaGuillermo Carnero (ed.), El grupo Cántico deCórdoba. Un episodio clave en la historia de la poesía española de la posguerra, Madrid, Editora Nacional, 1976., una aportación que Rubio no pudo tener en cuenta; menos pudo valerse, por ser muy posterior, de la que Manuel J. Ramos Ortega ha hecho sobre la revista gaditana PlateroMe refiero a la reedición de Platero, prologada por Manuel J. Ramos Ortega, Sevilla, Fundación El Monte, 2000, 2 vols.. Quizá la tarea de actualizar la bibliografía secundaria hubiera sido laboriosa e ingrata, pero no puedo dejar de señalar lo que, a mi juicio, hubiera supuesto un sensible aumento de la utilidad práctica de esta obra imprescindible.
Si el libro de Fanny Rubio estaba regido por un criterio geográfico y una ambición catalográfica, el ensayo Poetas y narradores de Díez de Revenga, sin dejar de aspirar a una exhaustividad semejante, opta por una articulación distinta de sus materiales. Está compuesto por diecisiete capítulos que funcionan como artículos independientes en torno al tema de la narración breve en las revistas del intervalo 1918-1936, a pesar de que en algún caso desborde ese marco por el lado del género, como cuando trata sobre la novela La bomba increíble (1950) de Pedro Salinas, o de la época, como sucede con los cuentos de El desnudo impecable (1951), del mismo Salinas.Tales capítulos, excepto el primero, que constituye una introducción general al volumen, se reparten en dos grupos: el de los que se centran en una revista literaria y el de los que enfocan a un solo autor. Hay que decir que unos y otros se alternan acertadamente a lo largo del ensayo. Las revistas que merecen un apartado propio son Grecia, Vltra, Índice, Revista de Occidente y Los Cuatro Vientos. El espléndido Suplemento Literario de La Verdad junto a las revistas murcianas Verso y Prosa y Sureste se examinan en capítulo aparte, y lo mismo ocurre con «otras revistas de la Vanguardia y del 27», tal como se titula un capítulo en el que se recorren Reflector, Horizonte, Ambos, Ronsel, Alfar, Favorables-París-Poema, Litoral, La Gaceta Literaria (que tal vez hubiera requerido un tratamiento diferenciado),Papel de Aleluyas, La Rosa de los Vientos, las vallisoletanas Meseta, DDOOSS y A la Nueva Ventura, la granadina Gallo y Noreste. En cuanto a los autores estudiados monográficamente, encontramos a Ramón Gómez de la Serna, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Rafael Alberti y Francisco Ayala. Como se ve, predominan los poetas canónicos del grupo del 27 sobre los prosistas, lo que es congruente con el que parece ser uno de los propósitos del autor: demostrar que los poetas fueron también narradores, e incluso notables prosistas experimentales, como Dámaso Alonso o Pedro Salinas.Y si es así, alcanza su objetivo con creces. Esto no implica que los prosistas de la generación o, mejor dicho, quienes cultivaron de preferencia la prosa, como Antonio Espina, Rosa Chacel, Mauricio Bacarisse, Corpus Barga, Claudio de la Torre o Juan Chabás, estén ausentes.Al contrario, aparecen a menudo como colaboradores en las revistas generacionales (en especial el omnipresente Jarnés), pero no reciben la atención demorada que sí tienen los antes citados.Y no se entienda esto como un reproche sino como una mera constatación. Del rastreo minucioso que Díez de Revenga lleva a cabo se deriva una amplísimo censo de creadores que probaron suerte como narradores y que ilustran entre todos la multiplicidad de direcciones que emprendió simultáneamente la renovación narrativa en la España de entreguerras. Pero sobre todo se evidencia que la atracción de la prosa como laboratorio literario fue, si no más intensa, sí más extensa y contagiosa que la del verso. Entre 1918 y 1936 todos los escritores se aventuraron más o menos en la empresa de narrar la experiencia o describir la realidad por cauces distintos de los tradicionales, lejos del canon realista, y con un lenguaje desintoxicado del sentimentalismo posromántico, de las volutas modernistas y de la oratoria campanuda que venía del siglo XIX . Si lo lograron o no es cuestión que queda al margen de este libro, que no persigue aquilatar el resultado de aquella aventura estética. Lo que sí pone muy de manifiesto es el interés y el tino con que los grandes poetas del 27 se involucraron en ella.Y, a propósito de esto, no hubiera estado de más un capítulo dedicado a García Lorca, el cual, en 1936, daba por terminados sus «Poemas en prosa», que incluían, por lo menos, el relato «Santa Lucía y San Lázaro», aparecido en Revista de Occidente en respuesta al «San Sebastián» de Dalí, «Nadadora sumergida» y «Suicidio en Alejandría», publicados en L'Amic de les Arts en 1928, y las degollaciones, «de los inocentes» y «del Bautista».
En los capítulos dedicados a las revistas, Díez de Revenga procede a espigar las narraciones breves, de las que ofrece un sumario argumental y una sucinta caracterización de su estética, suficiente para ubicar cada texto en las coordenadas que le corresponden, entre el simbolismo modernista que se prolongó hasta los albores de los años veinte y las del vanguardismo fragmentario y dinámico que se impuso a lo largo de esa década. Es curioso que no aparezcan las narraciones movidas por una intención testimonial o política, como las de José Díaz Fernández o Andrés Carranque de Ríos, tan abundantes entre 1930 y 1936. Una falta que no es imputable en absoluto al autor, sino a sus fuentes, y que revela cómo la narrativa social circuló, por regla general, por plataformas distintas de las revistas de la joven literatura.
Muy interesantes son los apartados que se dedican a las prosas de Dámaso Alonso y Gerardo Diego, así como los de Luis Cernuda y Pedro Salinas. El primero de los citados, filólogo eminente, fue, como se sabe, al mismo tiempo, hacia 1925, dilucidador de la poesía oscura de Góngora y traductor embozado (se cubrió con el seudónimo Alfonso Donado) del Retrato del artista adolescente de James Joyce. De uno y otro estímulo nacieron unas cuantas narraciones, dadas aquí y allá, que hubieran conformado un relevante e innovador tomito de relatos. No fue así y hoy hay que acudir al volumen X de sus Obras completas para leerlos. Con una salvedad que Díez de Revenga lleva años aireando: el tan audaz como logrado cuento erótico-dramático «Acuario en Virgo», tan subido de temperatura que el propio Alonso quiso prohibir su reimpresión cuando en 1976 se recuperó facsimilarmente la revista Verso y Prosa, en cuyo número 3 (1927) se había publicado. Dada su brevedad, Díez de Revenga lo reproduce íntegroTambién puede leerse en dos antologías: la Antología de Verso y Prosa que preparó Ramón Gaya en 1994 (Murcia, Museo Ramón Gaya), pp. 31-36, y Prosa del 27, Madrid, Espasa Calpe, 2000, pp. 155-158. Paradójicamente, el texto que don Dámaso tanto se empecinó en enterrar es hoy, entre los suyos de creación, uno de los más visibles.y lo descompone en toda su compleja red de metáforas sobre el cuerpo femenino, pero, claro, la magia que emerge del juego verbal, la celebración sexual y la ironía metaliteraria escapa a cualquier tentativa de apresamiento.Tampoco Gerardo Diego quedó al margen de la experimentación con la prosa creativa. Díez de Revenga, uno de los primeros especialistas en la obra dieguina, destaca dos piezas en verdad singulares, «Cuadrante (noveloide)» y «Ajedrez», que habría que leer al sesgo de la Fábula de Equis y Zeda, pero no se limita a ellas sino que recorre los flirteos del poeta con la narrativa breve y el poema en prosa desde 1918 hasta las postrimerías de los años cincuenta. Más allá de estas incursiones, el capítulo que se le dedica en el libro sirve a la vindicación de Diego como gran prosista de ideas, algo que encuentra un copioso aval en los tres magníficos volúmenes de su Prosa completa editados por José Luis Bernal en 2000.
De Luis Cernuda se destaca el relato «El indolente» y algunas viñetas poéticas que marcan el inicio de un itinerario que iba a culminar en los esplendorosos treinta y dos poemas en prosa de Ocnos (1942). Por lo que hace a Salinas, la atención se reparte entre las siete narraciones de Víspera del gozo (1926), cuatro de ellas publicadas con anterioridad en Revista de Occidente y en Sí (Boletín Bello Español), y, como más arriba he señalado, La bomba increíble (1950) y El desnudo impecable (1951). Las narraciones de 1926 constituyen todas ellas ejercicios de prosa regenerada a la par que de una nueva sensibilidad literaria, educada tanto en la lectura de Proust, Reverdy o Max Jacob como en la de Bécquer. En ellas se encuentra ya la confrontación, suavemente irónica, de una realidad imaginada (la víspera) con la realidad realizada, que puede ser gozosa o amarga, una dualidad que cobrará intensa fuerza lírica en La voz a ti debida (1933). Al margen de esto, es menester corregir un error que, siguiendo a algún crítico, desorienta un par de páginas la reflexión de Díez de Revenga: el creer que el libro «de relatos llevaba el subtítulo de "Novela"», puesto que esto no fue así. Víspera del gozo salió como primer título de la colección «Nova Novorum» a finales de mayo de 1926 sin ningún subtítulo y si Salinas concibió los siete textos como partes de una unidad narrativa superior no lo reflejó mediante indicación explícita alguna.Pero este desliz no menoscaba la solidez del capítulo, aunque sirva de síntoma (lo he advertido en otros lugares) de que en el conocimiento de la prosa española de entreguerras siguen pesando lugares comunes, prejuicios y algunos errores obstinadamente resistentes. En conjunto, Poetas y narradores es una muy valiosa aportación a la mejora de ese conocimiento, un filón de datos útiles extraídos de las revistas, que fueron a menudo cuna y sepultura de tanto fervor innovador que luego no prosperó ni fue redimido por un libro.Y es asimismo nueva demostración de que la prensa ­las revistas, por supuesto, pero también los periódicos­ continúa siendo un depósito de sorpresas inagotado y una constante exhortación a reescribir la historia literaria de nuestra modernidad.

 

01/08/2005

 
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