ARTÍCULO

Peligros religiosos

Turner, Madrid
Trad. de Carmen García Cela
118 pp. 12 €
 

Este perspicaz panfleto está integrado por nueve «tesis» que intentan proporcionar un marco para comprender el terrorismo del siglo XXI. Su autor, de origen rumano, es persona de múltiples talentos: historiador de las guerras de religión francesas del siglo XVI, embajador israelí en Francia de 2000 a 2002 y, actualmente, director del Museo de Europa en Bruselas. Su libro, de poco más de un centenar de páginas, es una llamada de atención para unos europeos a los que ve intelectual y moralmente afectados, «reblandecidos por una civilización del bienestar en la que el individuo es todo y la colectividad poca cosa, habituado por una pereza intelectual erigida en norma a ignorar lo que perturba sus certezas» (p. 15). El relativismo cultural ha permitido que los occidentales reconozcamos nuestra humanidad común pero, advierte Barnavi, el relativismo moral nos volverá indefensos contra el extremismo.
Mientras que las utopías profanas se han venido abajo, la religión persiste. El cristianismo es la mayor religión del mundo, pero el compromiso (prácticas religiosas) de los cristianos varía enormemente. El 97% de los rumanos y el 89% de los griegos son creyentes, en comparación con el 37% de los checos y el 47% de los holandeses (p. 14). El país más religioso es Estados Unidos, donde el 84% de sus habitantes se declaran cristianos y el 82% cree que Jesús es el hijo de Dios. El mundo musulmán es aún más fiel, dificultando que la Europa secularizada comprenda el terrorismo que ha surgido recientemente como su subproducto. Hijos de la Ilustración, entendemos el terrorismo de Frantz Fanon y Serge Netchaiev, pero no el de Osama Bin Laden.
Aunque todas las civilizaciones diferencian entre lo sagrado y lo profano, el Occidente cristiano realiza una distinción fundamental entre la religión y el Estado, algo que otras culturas (judaísmo e islam) no comparten. Ni el árabe ni el hebreo cuentan con una palabra para «laico» y el turco (laik) ha adoptado el término directamente del francés. Excepto en el recientemente secularizado Occidente, la obligación del Estado ha sido conducir al díscolo de vuelta al camino de la verdadera fe. «Toda religión revelada es una religión de combate» (p. 26).
El fundamentalismo acompaña a todas las religiones reveladas desde sus comienzos mismos. Su origen es más colectivo que individual. Al contrario que Martin Lutero, Desiderio Erasmo no inició nunca su propia Iglesia. Las democracias pueden tolerar pequeños grupos de fundamentalistas pacíficos: la secta protestante antimoderna de los Amish en Estados Unidos y los judíos antisionistas de Naturei Carta en Israel. Sin embargo, en gran número y proclives a la violencia, los fundamentalistas suponen una amenaza «revolucionaria», ya que llevan a cabo una lectura «totalitaria» de sus textos sagrados y están dispuestos a imponer su lectura a los demás por todos los medios. Al igual que el fascismo y el comunismo, Barnavi afirma que el fundamentalismo religioso es una forma de totalitarismo. Es cierto que las ideologías totalitarias del siglo XX fueron religiones de relevo. Los textos de una religión no la hacen más o menos fundamentalista; es su interpretación lo que cuenta: «Todas las religiones, hasta las más irenistas, acarrean la violencia igual que la nube acarrea la tormenta» (p. 46).
El peligro del fundamentalismo es especialmente serio en el judaísmo, el cristianismo y el islam que, al contrario que el budismo, se ven como expresiones de una verdad trascendental, aunque de maneras algo diferentes. En la tradición neoplatónica, el cristianismo se preocupa especialmente de reflejar y descubrir una verdad (ortodoxia) que es independiente de nuestros propios yoes. El islam y el judaísmo también postulan una verdad objetiva, pero se preocupan más de seguir los rituales y las prácticas tradicionales (ortopraxia). La teórica política Hannah Arendt recordaba cómo, siendo una niña, intentó provocar a su profesor en una escuela religiosa judía diciéndole agresivamente que no creía en Dios. El viejo rabino contestó: «Pero..., ¿alguien te lo ha pedido?» (p. 50). Por contraste, Lutero y la tradición protestante luchan constantemente con el conflicto potencial entre la fe y la conciencia individual. El Renacimiento –especialmente Niccolò Machiavelli– articuló la autonomía de lo político. El Estado moderno pasó a secularizarse cada vez más, culminando en la separación entre Iglesia y Estado por todo Occidente, cuyos orígenes Barnavi –al igual que muchos otros historiadores antes que él– hace remontar a las rupturas entre papas y emperadores durante la Edad Media. Por contraste, el «cesaropapismo», que combinaba los dos poderes, reinó en el mundo bizantino: «En términos generales, Occidente, y sólo él, se ha librado del monismo judío y musulmán [...]. La suerte de Occidente fue el laicismo» (p. 62).
A pesar de ser igualmente monistas, los judíos evitaron el «fundamentalismo revolucionario» de los musulmanes porque, hasta fechas muy recientes, no poseían su propio Estado. Pero en cuanto el Estado pasó a ser más seguro tras su victoria en la Guerra de los Seis Días de 1967 contra una coalición de Estados árabes que amenazaban con eliminarlo, nació un «sionismo neomesiánico». «Contra la propia tradición rabínica, para la cual el país de Israel únicamente es santo porque permite el cumplimiento de los mitzvot, mandamientos divinos», los fundamentalistas judíos revolucionarios «afirmaban que el país es en sí mismo santo» (p. 69). Su orientación teocrática se oponía al normal funcionamiento de la democracia israelí. Su visión de una tierra de Israel sagrada e inalienable inspiró en 1995 el asesinato del primer ministro Itzak Rabin, que osó negociar con la tierra santa a cambio de paz. La decisión de Ariel Sharon en 2005 de ignorar las objeciones de los fundamentalistas judíos revolucionarios y ordenar la evacuación de los colonos israelíes de Gaza mostró las limitaciones del poder de aquéllos.
Barnavi afirma que «el islamismo es hoy la forma más nociva de fundamentalismo revolucionario» (p. 73). Con las excepciones de Sri Lanka e Irlanda del Norte, todos los conflictos religiosos actuales en el mundo están relacionados con el islam. Los fundamentalistas islámicos están en guerra con Estados que comparten su propia religión. El origen de este fundamentalismo es el fracaso a la hora de distinguir entre lo religioso y lo profano. «De entrada, Mahoma es profeta y jefe del ejército, fundador religioso y legislador, dirigente de una comunidad de creyentes (uma) que es al mismo tiempo el primer Estado musulmán» (p. 76). Después de que murieran el Profeta y sus sucesores inmediatos, el Estado perdió gran parte de su legitimidad, una situación que perdura hasta el presente. Los islamistas «moderados», como el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, aún no han sido capaces de lograr una síntesis de democracia liberal y tradición religiosa.
Barnavi diferencia entre el wahabismo integrista de Arabia Saudí, que persigue un regreso al islam de sus propios súbditos, y el «fundamentalismo revolucionario» de los Hermanos Musulmanes egipcios, el Frente Islámico de Salvación de Argelia, Hezbolá en Líbano y Hamás en Palestina. Este último constituye «el único caso de conquista islámica del poder gracias a las urnas que se haya producido» (p. 88). Para evitar ser dominados por sus islamistas, los Estados corruptos y deslegitimizados de todo el mundo islámico han llegado a un acuerdo tácito para permitir que su oposición islámica controle amplios sectores de la sociedad civil (organizaciones profesionales, educación, sanidad, bancos) y su vida cotidiana (cierre de bares, imposición de velos y barbas). Desde la década de 1970, la sharía se ha convertido en la ley fundamental en gran parte del mundo islámico. Las minorías religiosas –cristianos et altera– son perseguidas regularmente. Lo que la mayoría de los occidentalistas considerarían un asunto menor –un concurso de belleza, la confiscación de un Corán a un estudiante, la publicación de caricaturas que retratan al Profeta– resulta suficiente para provocar algaradas que se traducen en docenas de muertos. En el nombre de una indignada y verdadera fe, los dirigentes políticos del mundo islámico prestan apoyo a los alborotadores y se oponen a las personas que defienden la tolerancia en sus propios países.
Los políticos occidentales suelen responder defendiendo a regañadientes la libertad de expresión y advirtiendo a los artistas que no ofendan las sensibilidades religiosas. En Europa, algunos musulmanes jóvenes desorientados vuelven violentamente a la fe y lanzan ataques contra los propios países que los acogen. Son auténticos internacionalistas que pretenden establecer un califato mundial. Cuentan con el apoyo tácito de muchos en el mundo islámico, donde Bin Laden –afirma Barnavi– tiene el honor de ser la persona más popular. Dentro de la comunidad musulmana británica, más del 10% (doscientas mil personas) aprobaron las bombas colocadas en el metro de Londres el 7 de julio de 2005, cuando fueron asesinadas cincuenta y dos personas y hubo más de setecientos setenta heridos. Un tercio (seiscientas mil personas) de los musulmanes británicos preferirían vivir bajo la sharía.
Barnavi sugiere que nos tomemos en serio a los extremistas islámicos. Quieren establecer realmente el califato y, por supuesto, destruir a Israel: «Un largo trato con estos agitadores me ha convencido de que había que tomarles la palabra. Ése es el principio de la sabiduría. El cinismo es patrimonio de la gente razonable; los fanáticos, por desgracia, son gente sincera» (p. 104). El autor plantea una serie de sugerencias para derrotar al «fundamentalismo revolucionario»: la resolución del conflicto árabe-israelí, la unidad diplomática euroestadounidense, la ayuda al desarrollo y, si es necesario, una fuerza militar con un objetivo claro pero abrumadora contra los regímenes que acogen a terroristas. Dentro de la propia Europa, dados los «fracasos» tanto del modelo de asimilación francés como del modelo de multiculturalismo británico, deben encontrarse nuevos modos para integrar a las grandes comunidades musulmanas. Los colegios deberían enseñar el valor de la democracia, y las autoridades deberían prohibir todas las prácticas que abusen de las mujeres –asesinatos por honor, ablación, imposición del velo– y que conducen a la violencia, tanto contra los musulmanes como contra los no musulmanes. En suma, la libertad religiosa tiene sus límites y los valores de la Ilustración –lo que el autor llama «laicismo»– deben imponerse a aquellas personas reticentes a aceptarlos. La imposición de los valores de libertad y tolerancia es inevitablemente contradictoria. Así, el autor se opone al llamado «diálogo de civilizaciones», porque «existe la civilización y existe la barbarie y, entre las dos, no hay diálogo posible» (p. 123). En otras palabras, él sólo hablará a un «musulmán ilustrado».
Barnavi ha identificado un problema real: la realidad y la percepción de atraso y humillación en el mundo árabe-musulmán. A partir del siglo XIV, el dogma islámico destruyó su curiosidad científica e intelectual. Según un estudio de 2003 realizado por intelectuales árabes para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el mundo árabe-islámico ha traducido menos obras extranjeras en diez siglos que España durante un año. Al contrario que grandes y pequeños países asiáticos, que se han adaptado a la modernidad a pesar de (¿o debido a?) la colonización, «los musulmanes han elegido lo peor: aferrarse a un pasado idealizado, arrojando sobre los demás la culpa» de su relativa impotencia.
El estudio de Barnavi constituye un útil recordatorio de que buena voluntad y buenas intenciones no son suficientes para comprender y enfrentarse al extremismo islámico. El «islam» es, por supuesto, un fenómeno complejo y polifacético pero, desgraciadamente, no es simplemente la «religión de paz» que retratan sus defensores. Sin embargo, el autor debería haber profundizado en su análisis del fundamentalismo islámico que, al contrario de lo que piensa Barnavi, no es «totalitario» a la manera del nazismo o el comunismoMarcel Gauchet, «Autour de Les Religions meurtrières d’Elie Barnavi: Combattre et comprendre», Le Débat, núm. 150, mayo-agosto de 2008, pp. 35-40.. Estos últimos se basaban en la raza o la clase, pero los revolucionarios islámicos se ven a sí mismos como religiosos. Al contrario que los nacionalsocialistas y los soviéticos que tomaron el poder durante el caos imperante en la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial para construir una futura utopía, los revolucionarios islámicos tienen la vista puesta en las glorias pasadas. El extremismo islámico ha surgido en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial como reacción a la incapacidad de la civilización islámica para competir cultural, económica y militarmente con Europa, Norteamérica y, más recientemente, la Asia no musulmana. Se basa, por tanto, no en la fuerza militar convencional o la atracción ideológica, sino en el terrorismo y en la intimidación. Se beneficia del fracaso de la sociedad europea a la hora de integrar a amplios sectores de la población inmigrante.
De acuerdo con este análisis, las operaciones militares a gran escala –como la invasión estadounidense de Irak– serán contraproductivas. Occidente debería trabajar con firmeza para solucionar determinados conflictos, como el contencioso árabe-israelí, y debe también hacer grandes esfuerzos para poner fin al injusto tratamiento de los inmigrantes. Pero la solución a la crisis de modernidad del islam puede llegar únicamente de la mano de reformas –inspiradas a ser posible por los valores de la Ilustración– iniciadas dentro de la propia civilización islámica. Para que dé comienzo ese proceso, los intelectuales y otros –ya sean occidentales u orientales– podrían querer dejar de culpar al imperialismo, el colonialismo y el sionismo de los problemas del mundo islámicoPara una crítica hostil de Barnavi, que se basa en este tipo de análisis inculpatorio, véase Antoine Sfeir, «L’Empire du préjugé», en ibid., pp. 40-45.. Deberían centrarse, en cambio, no sólo en la relación entre mezquita y Estado, sino también en las prácticas y actitudes islámicas hacia el trabajo y su tratamiento de las minorías y de las mujeresBernard Lewis, What Went Wrong: The Clash Between Islam and Modernity in the Middle East, Nueva York, Oxford University Press, 2002; David S. Landes, The Wealth and Poverty of Nations: Why Some are so Rich and Some so Poor, Nueva York, Norton, 1999..

Traducción de Luis Gago

01/04/2009

 
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