ARTÍCULO

Las prevaricaciones del lenguaje

Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 1997
757 págs.
 

El polígrafo venezolano Andrés Bello, autor de una extraordinaria gramática castellana, escribió a principios del siglo pasado que «uno de los estudios que más interesan al hombre es el del idioma que se habla en su país natal. Su cultivo y perfección constituyen la base de todos los adelantamientos intelectuales». Estas palabras, inspiradas en la filosofía de la Ilustración, y que para dichas en 1823 podían haber actuado como una máxima para la reforma del entendimiento humano, hoy son sólo un recuerdo de otro tiempo. Pero lo que sobresale en esta tesis de Bello es que el idioma que habla una persona puede ser cultivado y perfeccionado, es decir, que puede ser objeto de intervención consciente por los hablantes. El idioma es así como un jardín en el que crecen flores si el jardinero planta las semillas, las riega y las abona. De lo contrario, las hierbas salvajes y el pulgón hacen que los rosales florezcan con defectos. Un jardín sin cultivar se convierte en inhóspito erial.

La lingüística moderna omite, sin embargo, esta clase de consideracionesCon alguna notable excepción, como el libro de Renate Bartsch, Sprachnormen: Theorie und Praxis, Tübingen, Niemeyer, 1985.. Entre algunos lingüistas se ha establecido la idea de que el lenguaje es innato. El jardín contiene las semillas y, en consecuencia, su lenguaje surge espontáneamente en el individuo. El infante habla sua sponte y poco o nada puede hacerse para injertar, encañar o podar el número y la calidad de las plantas del jardín de que dispone. Steven PinkerS. Pinker, El instinto del lenguaje, Madrid, Alianza, 1995., del MIT, afirma que «una persona puede hablar a la vez gramaticalmente (es decir, de forma sistemática) y agramaticalmente (esto es, sin ajustarse a normas prescriptivas)»El innatismo del lenguaje es sometido a una fuerte revisión por varios psicólogos y lingüistas en el libro preparado por Jeffrey Elman, Elizabeth Bates y Mark Johnson, Rethinking innateness, Cambridge, Mass., MIT Press, 1996. También es objeto de crítica en el reciente artículo de Mark Seidenberg «Language Acquisition and Use», en Science, vol. 275, 1997, págs. 1599-1603.. Esta contradicción aparentemente inofensiva da por supuesto que en un individuo hay, por un lado, un hablar sistemático y, por otro, un hablar prescriptivo de acuerdo con normas, pero que no hay relación entre ellos. No me parece tan inocuo el supuesto. Bastaría prestar atención a la tesis sobre el lenguaje de Wittgenstein en las Philosophische Untersuchungen. En éstas, Wittgenstein apuntala la tesis de que hablar (sistemáticamente) una lengua no es una actividad solipsista, sino que requiere de otro hablante. Para saber que mis expresiones pueden circular en el tráfico lingüístico, los otros me guían. Esta actividad de guía es normativa, y entra como un rejón en el espinazo del hablante. ¿Puede, entonces, abrirse en canal al hablante y decirle «a este lado está tu hablar sistemático» y «a este otro está tu hablar normativo»? Un modicum de simplicidad nos llevaría a eliminar esa brecha que se le hace al hablante. Así, las reglas del hablar sistemático, que son constitutivas del hablar, lo son en la medida en que se establecen públicamente por una comunidad de hablantes. Las reglas del «juego del lenguaje» son públicas (y no privadas); es aquí donde lo normativo hace su aparición. Algunos, como el filósofo Saul KripkeEn Wittgenstein on Rules and Private Language, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1982. , van más lejos, y argumentan sólidamente a favor del carácter normativo del saber o competencia lingüística del hablanteJohn Searle, en The Construction of SocialReality (Nueva York, Simon and Schuster, 1995) argumenta (como F. de Saussure a principios de este siglo) que el lenguaje es la institución social básica, diseñado como una categoría autoidentificadora de otros hechos institucionales..

Fernando Lázaro Carreter, director de la Real Academia Española de la Lengua, ha mostrado siempre una preocupación profunda por el uso normativo razonado del español. Detrás de esta preocupación, se vislumbra, creo, la idea de cultivo y perfección de un idioma. En este libro se recogen las reflexiones del autor acerca del uso del español en los últimos veinte años. Lázaro Carreter se fija sobre todo en usos lingüísticos que aparecen en la prensa, en la radio y en la televisión. Según el autor, estos usos contravienen unas veces la «lógica del idioma», otras engendran pequeños seres monstruosos, y, en fin, otras reflejan la memez del que habla. Son muchos los usos anómalos que trata el libro. Algunos ejemplos bastan para que el lector tenga una idea de estos usos aberrantes. Así, el adjetivo peatonal infringe el patrón de formación de los adjetivos terminados en -al, porque este sufijo sólo se añade a los sustantivos acabados en -ión, como nacional, regional, etc. El verbo especular («reflexionar, meditar, teorizar») adquiere en boca de algunos el sentido que ya tienen otras palabras como conjeturar o suponer, y la especulación se torna en conjetura, cábalas, suposiciones. La expresión en detrimento de es empleada por algunos periodistas con el significado de «en lugar de» («Juega Rodríguez en detrimento de Raúl»), deformando así el significado de detrimento («daño moral»). Como dice con ingenio el autor, podríamos acabar diciendo en un restaurante: «Póngame un consomé, en detrimento de unas ostras».

Junto a estas críticas concretas del léxico y la gramática que aparecen en los medios de comunicación, Lázaro Carreter esboza en este libro una melodía de fondo, como el bajo continuo de una orquesta, y es que la conciencia idiomática de los hablantes interviene decisivamente en la constitución del idioma. Esta conciencia idiomática no surge, sin embargo, por generación espontánea. Es una conciencia que hay que educar explícitamente. Por eso es fundamental el conocimiento del idioma, tan desatendido hoy en las escuelas.

Una sociedad democrática, se dice con frecuencia, está establecida por la palabra. Un parlamento es una cámara legislativa, pero también es un razonamiento. Las palabras no resultan inofensivas y tienen consecuencias, apelan siempre a nuestro interlocutor para que haga o deje de hacer algo. Y también por la palabra se alza el engaño y el camelo. Por estas características, el lenguaje es un instrumento de poder, como señala con perspicacia Lázaro Carreter. La deformación del lenguaje puede ser deliberada y buscada por quien habla, en especial, por políticos y periodistas. La ambigüedad y la oscuridad en la forma de hablar o de escribir sirven para ocultar las intenciones del hablante y hacerse así inmune a la réplica. Por eso, la crítica normativa del lenguaje no es sólo un ejercicio de interés filológico. Es una actividad que acarrea consecuencias para la vida de la comunidad.

01/06/1997

 
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