ARTÍCULO

Las palabras de un universo

 

Uno de los rasgos que definen los períodos históricos es su forma de enfrentarse con la antigüedad, el modo de comprenderla y de medirse con ella. Esta respuesta tan variada incluye la interpretación de los mitos. Al estudio de esta clase de relatos y de sus continuas recreaciones se han dedicado estudiosos de diversas tendencias y especialidades, porque el mito es una clase de saber que no puede encerrarse en una única disciplina. El mito atraviesa las fronteras entre las distintas áreas de las humanidades, sea filosofía, antropología o literatura, e invade y fecunda sus territorios. Los mitos han inspirado celebraciones y cultos y han estado unidos a un estricto sentido religioso. Al perderlo, el poder del mito persiste secularizado en el campo del arte y el pensamiento (es el caso de la mitología clásica en la Europa cristiana: recuérdese, por ejemplo, la General Estoria de Alfonso X o la Divina Commedia de Dante) y encontró, como señalaba Northop Frye, una segunda inspiración. Es sintomático que las recopilaciones de mitos hayan sido concebidas y formadas casi siempre a partir de una óptica puramente literaria, como es el caso de las Metamorfosis de Ovidio; tampoco puede olvidarse la estrecha relación entre el mito y la poesía: no faltan quienes sostienen que los creadores originarios de los mitos fueron los poetas. La profundidad arquetípica de los mitos y sus amplias redes alegóricas han permitido a los artistas recrear estos relatos: de Milton a Shelley, de Racine a Cocteau o de Sófocles a Anouilh. A estos y otros autores les atraen los mitos porque iluminan aspectos de la naturaleza humana, pero también de la sociedad. Por eso no es de extrañar que parte de la más temprana literatura (piénsese en Gilgamensh) sea expresión escrita de la mitología. El estudio de la relación entre los mitos y la literatura es muy antiguo, y entre sus frutos se encuentran algunos trabajos de excepcional altura, como los de Lévi Strauss, Séznec o Roland Barthes, pero no existe una única metodología para enfrentarse con unos relatos tan ricos y variados, relatos de los que se han servido antropólogos, filósofos, narratólogos o historiadores de la literatura. A dar cuenta de estos múltiples saberes se orienta el Diccionario de mitos de C. García Gual. Como muy bien explica el autor en el prólogo, el lector no debe buscar en este libro un repertorio exhaustivo de todos los mitos, ni hallará en él una metodología exclusiva que lo explique todo desde un solo punto de vista. Ni es este el objetivo del Diccionario ni creo que sea tarea de un humanista la de aplicar una falsilla a todos y cada uno de los relatos míticos. Antes al contrario, la riqueza de esta obra viene de la pluralidad de enfoques de cada una de las entradas. García Gual se refiere a representaciones artísticas (por ejemplo, las representaciones pictóricas y escultóricas del nacimiento de Medea), a mitos que han sido aprovechados por músicos (Carmen), pero también por el cine (Frankenstein), a distintas versiones de los mitos a lo largo de la historia (como los múltiples Don Juan, o los dragones, que van desde la antigua Grecia a la obra de Tolkien), relaciona mitos entre sí (Atenea, la diosa más próxima a Zeus, tiene «un aire de walkiria, y recuerda en su aspecto a Brunhilda, la preferida del dios germánico Wotan») y evoca recreaciones, desde las más profundas Antígonas a los centauros dibujados por Walt Disney. Me parece que una de las riquezas mayores del libro es precisamente esta de no tratar de manera homogénea cada uno de los relatos. Por una lado, la variedad de la materia tratada lo impediría. Además, en cada mito o conjunto de mitos pueden aprenderse y tratarse cosas diferentes: en Alcmeón comprobaremos que la estructura del mito revela de un modo simbólico un dilema social que impresionó «la imaginación colectiva de la sociedad antigua»; en algunos, como en las Amazonas, se indaga en las razones que sostienen la difusión y mantenimiento del mito; en otros se apela a versiones del mito realizadas en otros períodos (por ejemplo, en el romanticismo). En ocasiones se recrea García Gual en contar con todo detalle el mito («en los detalles está su gracia singular», pág. 70) y en otros casos incluye entradas más amplias que un solo mito o relaciona varios entre sí. Junto a la peculiaridad con que cada época se enfrenta al pasado, debe tenerse en cuenta que cada período inventa sus mitos. El espíritu creador de estos relatos no ha muerto ni languidecido nunca. El comunismo logró crear nuevos mitos sobre la base de viejos temas escatológicos asiáticos; Mahler acude a Fausto y Karl Kerényi descubre cómo la producción de Thomas Mann está condicionada por mitos griegos (Ifigenia, Hipólito, etc.). Uno de los grandes aciertos de este Diccionario consiste en haber incluido relatos que no son de raíz clásica: Fausto, Frankenstein, Carmen o Superman. Alguno ha surgido en nuestra época y responde directamente a sus necesidades espirituales. Por lo demás, el orden alfabético provoca no pocas sorpresas. De todos los códigos que existen, no creo que haya otro más arbitrario y más necesario que el alfabético. El mito de los Arimaspos aparece junto a Arturo, rey de Camelot; el dios Pan junto a Perceval; Salomé al lado de Robinson; Lanzarote junto a Job, Merlín junto a las Musas, Tántalo junto a Superman... Estas coincidencias permiten crear insospechadas relaciones entre los relatos y revelar sorprendentes semejanzas. El Diccionario de mitos de García Gual servirá, sin duda, como libro de consulta e incitará la curiosidad de los lectores para acercarse a los mitos. Sin embargo, podrá también ser leído como un conjunto de relatos. Son dos lecturas distintas de las que nacen ideas diferentes pero igualmente enriquecedoras.

01/10/1998

 
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