ARTÍCULO

Las orillas del río

Siruela, Madrid, 1998
96 págs.
 

Dos escenas simétricas abren y cierran este libro. En ambas (un hombre en una, una mujer en otra) encontramos a alguien subido en una barca equidistante a las orillas de un río; la izquierda, donde está la iglesia negra rodeada de zarzas, y la orilla derecha, un gran jardín en cuyo centro se erige la iglesia blanca. Tanto el hombre como la mujer (que no reciben nombre alguno) están sometidos a fuerzas de atracción que les hacen desear, respectivamente, la orilla derecha y la izquierda, aunque una fuerza misteriosa les impide colmar sus anhelos. En estas dos estampas se concentran, no sólo los elementos fundamentales que configuran el sucinto paisaje del relato, sino algunas de las claves fundamentales con las que, de algún modo, se puede intentar penetrar en el hermetismo de La tabla de las mareas. Me refiero, sobre todo, al profuso despliegue de imágenes y situaciones en las que se manifiesta un dualismo polémico (hombre y mujer, demonio y demonia, iglesia blanca e iglesia negra), la lucha entre contrarios que, sin embargo, se necesitan para ser (así el «alma de los objetos» sólo se puede aprehender bajo la acción simultánea de la luz blanca y la luz negra). En este sentido, el capítulo XXIV desarrolla una bella metáfora (que lo es, en el fondo, del deseo) en la que la «mujer joven» se enfrenta con el horror de poseer dos lenguas: dos lenguas que cada mañana ha de coser para presentarse ante el mundo como un ser coherente, unívoco.

El lector se estará preguntando, con razón, cuál es la peripecia o «el asunto» de la obra que nos ocupa. Estas son preguntas que difícilmente cuadran en la inclasificable naturaleza de esta segunda «novela» de Menchu Gutiérrez. En realidad, el libro consiste en una sucesión de breves estampas en las que se iluminan escenas, movimientos y situaciones mínimas, descritos con morosidad por una voz cercana al mundo reflejado, pero a la vez distante por su imposibilidad de acceder a determinados recovecos. Una morosidad descriptiva que, no obstante, revela las contradicciones y la angustia que envuelve a objetos y personajes. No hay «progresión dramática», y ni siquiera se puede decir que haya auténticos personajes: sólo hay figuras (hombre joven, mujer madura, niña, demonio...) de las que intuimos sus deseos y sus conflictos, sin que sea posible trazar una trayectoria exacta en términos de causas y efectos, por la sencilla razón de que el tiempo está anulado, o en todo caso, sometido al vaivén de las mareas, a la dualidad irreconciliable de las dos orillas.

La tabla de las mareas, aunque con muchas dudas, se puede adscribir a la denominada «novela lírica» y, como suele suceder en estos casos, ello lleva aparejados varios problemas. El más ostensible, a mi juicio, es el que se deriva de un notable desgarro interno: la anulación del tiempo (borrando cuidadosamente todo conato de peripecia) y la yuxtaposición de estampas estáticas que dificultan la comprensión de los personajes. El lector los contempla en un momento concreto, pero carece de referencias anteriores y posteriores que los completen como entes de ficción. Vistos así, los seres que presenta Menchu Gutiérrez se muestran despojados de significado, con lo que fracasa la ambición alegórica implícita en apelativos como «hombre mayor» y similares.

Así pues, tratar de encontrar un sentido global que dé cuenta de los personajes y de la obra en su conjunto es una tarea más que peliaguda. En todo caso, La tabla delas mareas funciona por adición de iluminaciones, breves destellos que mantienen el interés en medio de muchas páginas demasiado evanescentes, como si la exigencia de dotar de un mínimo aspecto narrativo a unas cuantas intuiciones de naturaleza poética hubiera desembocado en la simple concatenación de ocurrencias de desigual fortuna, insuficientemente trabadas por algunos motivos recurrentes. Estos son los riesgos de buscar nuevos caminos al margen de las ortodoxias de los géneros literarios. Menchu Gutiérrez está explorando este incierto camino, y a pesar de los problemas y callejones sin salida de su prosa, lo cierto es que sus puntuales hallazgos son acicates suficientes para seguir con atención su trayectoria.

01/01/1999

 
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