ARTÍCULO

Patología social en Hanoi

 

El Museo de las Mujeres Vietnamitas (Bao Tang Phu Nu Viet Nam) está en el número 37 de Ly Thuong Kiet, una gran avenida en el distrito de Hai Ba Trung en Hanoi. El museo abrió sus puertas en 1995 y, como decía su directora en algún sitio, es una lección sobre lo que espera Vietnam de sus mujeres o, en traducción directa del funcionarés, un resumen de lo que el gobierno socialista (o comunista, o social de mercado, o capitalcomunista, o movimiento nacional leninista, lo que quiera que sea, porque desde la introducción de la doi moi, o política de renovación en 1986, eso es una especie animal de difícil clasificación) desea que haga la parte de la sociedad que sostiene la otra mitad del cielo. En dos palabras: ser madres.

No tiene el gobierno de qué quejarse. Vietnam acaba de superar los 80 millones de habitantes y tiene una población jovencísima que va llenando con rapidez los huecos dejados en la pirámide demográfica por los muertos de las generaciones que hicieron la guerra entre 1939 y 1975. Pero las nuevas cohortes necesitan loables ejemplos para perseverar en la reconstrucción nacional y el museo los ofrece a raudales, aunque, al parecer, no acierta a dar con los grupos sociales que las autoridades desearían atraer. En mis dos visitas, el público estaba compuesto por grupos de mujeres de mediana edad, campesinas en su mayoría a juzgar por sus ropas y por su comportamiento, que venían de sus aldeas para un día de fiesta en autobuses fletados por la municipalidad o por las organizaciones de masas del partido. Por su parte, las muchachas de la capital, que son el blanco principal al que se apunta, pasan de largo en sus motocicletas.

Reparen en el museo o no, de las vietnamitas buenas se espera que cumplan con su deber de ser madres, como la estatua –La Madre Vietnamita se llama– que abruma el vestíbulo principal con brillo criselefantino sucedáneo a la luz de unos globos blancos que la guía compara con gotas de leche que brotan del seno materno. Sólo la llamada de la patria puede excusar la participación en esa leva general. El segundo y el tercer piso narran admirables gestas femeninas desde la de las hermanas Trung o la señora Trieu, que hace siglos combatieron la dominación china, hasta las de la resistencia anticolonial, cuando tantas mujeres fueron torturadas y ejecutadas o murieron en combate antes de ser madres. Pero, con la vuelta a la normalidad, aquella excepción no debe modificar la regla. La planta cuarta explica cómo ser mujer en una sociedad de raíces campesinas que respete la familia tradicional, nutra al país de trabajadores y soldados, imponga, en especial a las mujeres, la castidad prematrimonial y la fidelidad conyugal y, si acaso, se abra con cautela a la modernidad, como esas muchachas de los concursos de belleza cuyas fotos pueblan las paredes.

No es de extrañar que las chicas de Hanoi no se detengan a visitar el museo, porque todo eso tiene poco que ver con los asuntos que les preocupan. El primero, como es lógico, es el del empleo. En una sociedad en vertiginoso crecimiento desde la introducción de la doi moi (hasta la mitad de los noventa, la tasa de crecimiento real se colocó en el ocho por ciento anual Según datos del banco estadounidense J. P. Morgan (Vietnam News, «Doi Moi has produced a Sanguine Economic Outlook», 7 de octubre de 2002).), el desarrollo de la economía de mercado está cambiando desigualmente las oportunidades laborales de las mujeres sobre el fondo de un rápido proceso de urbanización.

Los escasos datos estadísticos sobre la situación del empleo femenino dejan poco espacio para cuadros idílicos. Las mujeres de Vietnam tienen una alta tasa de participación en la población activa que, según el censo de 1989, se repartía en un 48% masculino y un 52% de mujeres Tran Thi Van Anh y Le Ngoc Hung, Women and doi moi in Vietnam, Hanoi, Women's Publishing House, 2000, pág. 96.. Sin embargo, tres cuartas partes trabajan en el campo Vu Duc Khahn y otros, «Labor and Employment», en Dominique Haughton, Jonathan Haughton y Nguyen Phong, Living Standards During an Economic Boom. The Case of Vietnam, Hanoi, Statistical Publishing House, 2001, pág. 148., con escasas oportunidades, baja cualificación laboral y salarios ínfimos (unos 45 dólares mensuales de media en comparación con los 110 de las obreras fabriles) Tran Thi Van Anh y Le Ngoc Hung, op. cit., pág. 108.. A resultas de eso, Vietnam ha conocido una fuerte emigración a las ciudades. Entre 1994 y 1999, según el censo nacional, dos millones de personas, la mitad mujeres, pasaron a residir en áreas urbanas, especialmente en Ho Chi Minh City (HCMC, antes Saigón), Hanoi y Da Nang, pero los datos de las policías locales apuntan a un crecimiento bastante superior Ha Thi Phuong Tien y Ha Quang Ngoc, Female Labour Immigration Rural-Urban, Hanoi, Women's Publishing House, 2001, pág. 35.. HCMC, por ejemplo, recibió 800.000 inmigrantes entre 1976 y 1997, aunque otras fuentes anotan 700.000 en sólo cuatro años (1996-1999) Le Van Thanh, Emigrants and the problems of development in a large city such asHCMC, Project VIE 95/004, sin fecha ni lugar de publicación.. El campo ofrece pocos puestos de trabajo y la vida rural es muy dura. Pero cuando las emigrantes llegan a la ciudad los empleos ni son buenos, ni son estables, ni están bien pagados. La mayoría se convierten en vendedoras ambulantes, camareras, porteadoras, chatarreras o criadas. En Hanoi (septiembre de 1999) sus salarios variaban entre 15 y 50 dólares al mes Ha Thi Phuong Tien y Ha Quang Ngoc, op. cit., pág. 42.. En esas condiciones, el programa de ser madres que proponen a palo seco las autoridades del país a las mujeres de Vietnam tiene poca verosimilitud y es de difícil ejecución para aquellas que lo aceptan. Si llegan a encontrar quien les proponga matrimonio, la maternidad no hace sino aumentar su carga de trabajo, pues ahora tienen además que cuidarse del hogar.

En una sociedad que se define como revolucionaria, la antigua divisa de Hijos sí,maridos no podría ser una de las soluciones del problema para ambas partes (mujeres y gobierno). Pero la fórmula parece en desuso. Si hubo un tiempo en que evocaba un feminismo revolucionario, hoy las madres solteras ya no epatan a nadie. En Estados Unidos, dos tercios de los hijos de mujeres negras nacen fuera del matrimonio y entre las blancas ya son más de uno por cada cinco. Muchos de ellos nacen así porque los hombres no aceptan casarse, pero en algunos casos son fruto de una decisión planeada. Hay mujeres, sobre todo entre las profesionales que se lo pueden permitir, que quieren ser madres sin tener que aguantar a un hombre en casa. Obviamente, no es ese el programa que el gobierno vietnamita favorece. Como en China, los comunistas de Vietnam consideran que las mujeres tienen que participar, como lo han hecho durante siglos, en actividades productivas y, al tiempo, servir de anclaje para la familia, cuidando del hogar, trayendo al mundo hijos preferentemente varones y sometiéndose a los hombres. Pero ese programa, que no es sino una ratificación de su papel en la sociedad agraria anterior al socialismo, o lo que quiera que sea eso que se traen entre manos, difícilmente puede ser de obligado cumplimiento en otra sometida a una rápida urbanización.

La familia extensa de épocas pasadas va en declive, reemplazada con rapidez por familias nucleares (65-75% de los hogares) y por hogares de mujeres solteras (un 33,7% de las mujeres mayores de doce años en 1993 Le Thi Nham Tuyet, The Role of the Family in the Formation of Vietnamese Personality, Hanoi, The Gioi Publishers, 1999, págs. 58-78.). Las autoridades se confiesan preocupadas. «Hay nuevos estilos de vida que minan la cultura tradicional de Vietnam. Cada vez hay más parejas que conviven sin casarse; la tasa de nacimientos ilegítimos aumenta; no es raro encontrar gente que se declara abiertamente homosexual. El divorcio se ha hecho común [...]. La delincuencia juvenil aumenta al mismo paso que el uso de las drogas, la prostitución y la trata de blancas Vietnam News, entrevista con Dinh Van Quoc, subdirector del Comité de Población, Familia e Infancia, 10 de octubre de 2003.». Pero la propuesta gubernamental no es otra que transferir a la familia nuclear patriarcal el papel de la familia extensa tradicional Neil L. Jamieson, Understanding Vietnam, Berkeley, University of California Press, págs. 318-338., usando en la defensa de ese programa un lenguaje muy parecido al de los republicanos americanos con sus valores familiares, lo que despierta escaso entusiasmo en una población urbana mayoritariamente femenina Mark W. McLeod y Nguyen Thi Dieu, Culture and Customs of Vietnam, Westport, Greenwood Press, 2001, págs. 135-151. con muchas dificultades para encontrar un buen trabajo. Como en todo el sureste asiático, muchas chicas, y algunos chicos, se buscan la vida en la prostitución.

Para el forastero, tal vez sea este último el fenómeno más visible. Una noche en Hanoi, sigo el luminoso que anuncia un karaoke en la planta sótano por la curiosidad de saber cómo se habrá adaptado a Vietnam esa institución tan japonesa. Un largo vestíbulo (unos treinta metros) con bancos corridos a cada lado lleva hasta el bar. En los bancos se apiñan chicas de tiros largos que se levantan con respeto cada vez que pasa un hombre y luego se vuelven a sentar como la ola de los estadios. A tres chicas por metro lineal, esa noche habría allí unas ciento ochenta, cada una de ellas identificable por un número prendido en el escote. Si cabían dudas, la carta las despeja. «Botella de whisky: 160 dólares. Botella de whisky y una acompañante: 180 dólares. Botella de whisky y dos acompañantes: 200 dólares». La mama-san de turno se encarga de informar que el precio incluye el paso a un reservado en el que no debe haber intercambio de favores sexuales, pero que las chicas pueden subir a la habitación por sesenta dólares por dos horas y ochenta por toda la noche, casi el doble de lo que muchas de ellas ganarían en un mes en cualquier otro trabajo.

Algunos sociólogos que se han ocupado de la prostitución en el sureste asiático tienen sus propias teorías. Su crecimiento –otros concluyen que su existencia misma– se debe a las tropas estadounidenses que combatieron en Vietnam, luego relevadas por el turismo sexual de los occidentales Chris Ryan y Colin Michael Hall, Sex Tourism: Marginal People and Liminalities, Londres y Nueva York, Routledge, 2001.; o es una fórmula impuesta por el FMI y la OMC para facilitar un desarrollo rápido Ryan Bishop y Lilian Robinson, Night Market: Sexual Cultures and the Trai Economic Miracle, Londres y Nueva York, Routledge, 1998.; o el dominio representacional, sea ello lo que fuere, de la cultura del Norte sobre la del Sur Leslie Ann Jeffrey, Sex and Borders. Gender, National Identity and Prostitution Policy in Thailand, Honolulu, The University of Hawaii Press, 2002..

Las autoridades vietnamitas no se apuntan a ninguna porque la prostitución, dicen, no es un problema real. «El número de prostitutas es ínfimo», alecciona la Sra. Nguyen, del departamento de Asuntos Sociales del Comité Popular de Hanoi: «Esas chicas, como los alcohólicos o los drogadictos, no son más que vestigios de una patología social que acabaremos por erradicar». Sin embargo, el gran número de karaokes que se ven en el trayecto hasta su oficina parece contar otra historia. («No todos son bares de alterne», me había hecho notar una compañera de la universidad. «Mucha gente va a karaokes normales, pero los hay de todas clases y muchos son lo que tú piensas».) Si la prostitución es tan escasa, uno se pregunta por qué los burócratas culturales se han gastado tanto dinero en promocionar Gai Nhay (Chicas de Barra), una película del director local Le Hoang. En ese cuento ejemplarizante, Hoa, una de las protagonistas, muere de sobredosis y Hanh, la otra, se entera de que ha contraído sida justo después de que un hombre de bien le haya propuesto matrimonio.

A veces las autoridades largan. Hace poco, el Ministerio de Trabajo decía que en Haiphong, una ciudad portuaria de 1,7 millones de habitantes, hay unos 560 karaokes, trece discotecas y unos mil hoteles y moteles Khanh Chi, «Lady of the Night Fights Prostitution», Vietnam News, 11 de octubre de 2003. 16 Neil L. Jamieson, op. cit., págs. 11-40.. Muchos de ellos, se dejaba entender, participan en el negocio de la prostitución. Así que, por pocas que sean las profesionales, su cifra sólo en Haiphong habría que contarla por bastantes cientos, con lo que el número ínfimo del que hablaba la Sra. Nguyen debe de ser cosa de la matemática borrosa.

Tampoco los sociólogos occidentales que dicen haber encontrado una relación entre ética capitalista y prostitución, entre el lenocinio y los torvos proyectos globalizadores del FMI y la OMC nos iluminan mucho. Por muchas que fueran y por mucho que trabajasen, las chicas malas de Vietnam no podrían sostener el rápido desarrollo económico del país. Si, pongamos, son cien mil en total; si todas trabajan todas las noches; y si sacan una media de 25 dólares diarios, estaríamos hablando de unos 900 millones de dólares anuales, una fruslería en comparación con el PNB de Vietnam (35.000 millones de dólares en 2002). Si, según lo creen esos sociólogos occidentales, de verdad el FMI y la OMC defendiesen que la prostitución es un atajo hacia el crecimiento económico y la modernidad, ambas instituciones no estarían haciendo sino añadir una equivocación más a las muchas que ya se les imputan.

¿Será, pues, el turismo sexual al que se entregan tantos turistas occidentales la causa del aumento de la prostitución? Puede que fuera casualidad, pero en el karaoke del hotel de Hanoi no había muchos. Al fin y al cabo, el SARS ha hecho caer el turismo a Vietnam casi en un 40% en 2003. Ya, pero las chicas no estaban paradas. Había un montón de clientes asiáticos –posiblemente vietnamitas en su mayoría– en la activa noche de aquel hotel.

En cuanto al dominio representacional de Occidente como generador de la prostitución, más parece que muchas chicas de barra opten por ella, como se ha apuntado, ante la falta de oportunidades en la economía local. Si a ello se añade la rigidez moral de la familia tradicional 16, reforzada de consuno por el budismo y el confucianismo, a lo mejor teníamos ahí una hipótesis más apropiada para entender su crecimiento. Claro, pero en ese caso se hace muy difícil cargar la prostitución en la cuenta del colonialismo y del imperialismo, sospechosos habituales de cuanto malo sucede en los países en desarrollo.

Queda lo de los soldados estadounidenses. Si las otras explicaciones no funcionan, seguro que ésta vale. Pero lo malo es que ésos nunca llegaron a Hanoi. Y mira que lo intentaron.

01/02/2004

 
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