ARTÍCULO

Yankee, go home

 

Sabía el general Franco de la importancia política que para el régimen tenía la relación defensiva bilateral establecida con Estados Unidos a partir de 1953. Ello no le impidió, cuando llegaba el momento de renovar los acuerdos, suscitar en los controlados medios de comunicación españoles la noticia de unos amagos de resistencia regularmente basados en un argumento comprensible: damos mucho y nos dan muy poco. Las fintas negociadoras desplegadas arrancaban alguna concesión, aunque el ejercicio tenía un final preestablecido: los acuerdos se firmaban. Ya se encargarían luego los servicios del régimen de la presentación del resultado negociador como un éxito para el gobierno. Y, de paso, de esparcir un poso añadido de antiamericanismo.
Con Fernando María Castiella, la lógica del antiamericanismo estuvo a punto de llegar hasta sus últimas consecuencias. Castiella condujo una política exterior robusta y, en el marco de las limitaciones de que adolecía el sistema autoritario, eficaz. Y, en su afán por conseguir una España que tuviera la misma capacidad internacional que la desplegada por nuestros vecinos de la Europa democrática, fue descubriendo y adquiriendo ciertas convicciones: que convenía mejorar las relaciones con Estados Unidos; que convenía entrar en la OTAN y en la Comunidad Europea; que convenía liberalizar el tratamiento otorgado en España a las religiones no católicas. Pero también que urgía hacer todo lo posible para recuperar Gibraltar, considerado como un insultante anacronismo.
Castiella logró un gran éxito diplomático en la Asamblea General de las Naciones Unidas cuando, en 1967, el foro internacional endosó la tesis de que, en el caso concreto del Peñón, el derecho a la integridad territorial española primaba sobre la autodeterminación de los locales. Pero el éxito se vio pronto empañado por la constatación de que el Reino Unido, apoyado por estadounidenses y otros occidentales, consideraba papel mojado la decisión onusiana. El enojado Castiella, que había conseguido el voto en Naciones Unidas con el masivo apoyo de neutrales y no alineados, descubrió las posibilidades de relaciones preferenciales con los nuevos amigos mientras que imaginaba su capacidad de retorsión. Tardó poco en encontrarla: la renovación de los acuerdos con Estados Unidos debía producirse a finales de los años sesenta y el ministro español se preparó para una pelea que sólo tenía una salida: la denuncia de los acuerdos. Franco no lo permitió y Castiella fue cesado. Su sucesor, Gregorio López Bravo, llegó al puesto con el explícito encargo de recomponer los platos cuasi rotos y proceder a la firma de los convenios. Entre tanto, los españoles habían recibido otra dosis importante de antiamericanismo, reforzando el difuso neutralismo de la España diferente.
Es esa noción de una España tercermundista, no alineada, neutral y, por supuesto, antiamericana la que permea el pensamiento de la izquierda española al morir el general Franco. En ella le acompañaba la derecha tardo- o veterofranquista: Suárez y González tenían a mediados de los setenta una visión bastante parecida de lo que debía ser la proyección exterior española. Claro que a Suárez nunca se le hubiera ocurrido convertir a su partido, la UCD, como hizo González con el PSOE, en un interlocutor privilegiado del Partido Comunista de la Unión Soviética.
Son de esos barros de los que proceden los lodos de «OTAN no, bases fuera», «OTAN, de entrada no» y «Sesenta razones para no entrar en la OTAN». Pero cuando el PSOE llega al gobierno en 1982 con una plataforma electoral que incluía la salida de España de la Alianza Atlántica, tarda poco González en comprender la necesidad de una rectificación, presentada bajo la fórmula de un referéndum que admitía la continuidad en la Alianza sometida a varias condiciones. Una de ellas era la reducción sustancial de la presencia de contingentes militares norteamericanos en nuestro territorio. Creyeron los estadounidenses que se trataba de una cláusula de estilo destinada sólo al consumo local y se mostraron dispuestos a ofrecer gestos de buena voluntad mientras hacían todo lo posible para garantizar una respuesta positiva al referéndum. Aprobado éste con un resultado pírrico en 1986 y ganadas las elecciones ese mismo año, el gobierno socialista llevó la renegociación de los acuerdos con Estados Unidos en 1988 hasta el borde del precipicio. Como hubiera querido hacer Castiella. Pero González, con Fernández Ordóñez como ministro de Asuntos Exteriores, consiguió «echar» a los estadounidenses de Torrejón: los setenta y dos cazabombarderos F-16 allí estacionados, parte importante de una eventual respuesta aliada en un conflicto con la Unión Soviética, fueron desplazados a la base italiana de Aviano.
Máximo Cajal dedica una parte central de sus memorias a esos meandros de la política exterior española y lo hace con el minucioso conocimiento que le otorga el haber sido parte de algunas de esas incidencias –fue el negociador principal en la renovación de los acuerdos con Estados Unidos entre 1987 y 1989– y en el marco más estricto de lo que ha llegado a convertirse en el canon socialista para la narración de los acontecimientos. Así, fue Calvo-Sotelo quien nos «metió» en la OTAN –aunque reconozca Cajal que por medio hubo una decisión del Congreso de los Diputados tomada por mayoría absoluta de sus miembros–, la decisión de entrar en la Alianza habría roto el consenso previamente establecido entre la izquierda y la derecha –sin apuntar exactamente dónde se encontraba ese consenso–, el proceso fue precipitado –el tema estaba introducido en la discusión pública española desde el año 1977, cuando la UCD ya lo incluía en su programa electoral– y las negociaciones para la integración militar de España en la Alianza se habían encontrado con dificultades insalvables –cuando la única existente fue la llegada de los socialistas al gobierno–. La posterior negociación, que se prolongó hasta el breve período en que Cajal fue embajador ante la OTAN, de los llamados «acuerdos de coordinación», como la descripción de sus contactos con los negociadores norteamericanos para la renovación de los acuerdos defensivos bilaterales, cobran en las memorias del diplomático un carácter épico, reproducción de la lucha entre el David español y el Goliat estadounidense. Los acuerdos tan trabajosamente discutidos nunca llegaron a ponerse en funcionamiento y, como reconoce con desilusión el propio Cajal, España acabó por integrarse en el esquema militar. El homenaje que Cajal rinde al libro de Morán titulado España en su sitio tiene una resonancia involuntariamente irónica: España no está en el que Morán hubiera querido.
No oculta Cajal el carácter traumático que para su vida ha tenido la matanza en la embajada española en Guatemala, donde él estaba acreditado como embajador, a principios del año 1980. Dudas existenciales, de las que da puntualmente cuenta, le han perseguido desde entonces y dispara con amargura contra los que dudaron de él o de su capacidad profesional o de su prudencia. Fue el de los guatemaltecos un acto de una infinita barbarie, sin precedentes en la historia diplomática mundial, que no ha encontrado reparación ni reconocimiento. Cajal, cronista de lo que entonces sucedió y de lo ocurrido posteriormente, lamenta con razón que el restablecimiento de relaciones entre los dos países no se viera acompañado de ningún gesto por parte guatemalteca. Lo cierto es que la tragedia parece haber marcado un antes y un después en la vida del diplomático español, en lo que ha sido un progresivo proceso de radicalización política. El Cajal que adelanta su retiro para no tener que seguir prestando sus servicios profesionales bajo los gobiernos del PP no es el mismo que el joven diplomático de tendencias vagamente progresistas, admirador de Castiella, colaborador de López Bravo e intérprete de la conversación mantenida entre Franco y De Gaulle (uno de los pasajes más interesantes y mejor conseguidos del libro).
A medio camino entre la memoria, la autobiografía, la monografía académica o el memorial de agravios, Cajal ha compuesto un texto a menudo malhumorado y poco ecuánime. En su fervorosa toma de partido se pierden otras calidades de su relato: su experiencia como subsecretario del departamento, sus arranques líricos, incluso su ilimitado amor por la «douce France». Pero tiene Cajal pluma fácil y, obviando las páginas dedicadas a reproducir notas informativas o listas de compañeros caracterizados por la «convicción ideológica», su testimonio quedará como una aportación no por militante menos apreciable de un tiempo y una época.
Sueños y pesadillas está pulcramente editado. Extraña por ello que las vueltas del libro se presten a la exageración hiperbólica. En la contracubierta se afirma que Cajal «fue uno de los principales negociadores de la entrada de España en la OTAN», afirmación incierta. Y en la solapa donde se encuentra su bio-bibliografía se hace referencia al penúltimo de sus libros, Ceuta. Melilla. Olivenza y Gibraltar. ¿Dónde acaba España? (Madrid, Siglo XXI, 2003), añadiendo que Cajal, «conocido por sus posiciones progresistas, nunca ha temido exponer sus polémicos puntos de vista acerca de Gibraltar, Ceuta o Melilla, lo que le ha valido enconados ataques de los sectores más reaccionarios». El Ministerio de Asuntos Exteriores dirigido por el socialista Moratinos precisó en su momento que las opiniones del diplomático no son las oficiales del Gobierno.
No hacen falta desmesuras para comprender, e incluso compartir, la melancolía cajaliana: los tiempos de «marginación» y de «autoexclusión», incluso de «exilio interior», no son patrimonio de nadie.

01/10/2010

 
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