ARTÍCULO

Memorias de egotismo

Páginas de Espuma, Madrid
Trad. de Mauro Armiño
428 pp. 25 €
 

En la biografía de Philippe Sollers existe un punto de inflexión que se sitúa aproximadamente en torno a 1983, año de publicación de la altamente inflamable novela Mujeres; tal inflexión, dice la crítica francesa, consiste en su desplazamiento desde l’avant-garde intelectual y artística hasta l’avant-scène mediática. Y el malicioso juego de palabras sugiere que al predicamento creciente de Sollers en los platós televisivos corresponde un predicamento menguante en la avanzadilla de la reflexión teórica y artística.
Sollers es hombre de verbo ágil, torrencial, vehemente y expeditivo cuyo caudal ha sido encauzado en novelas y ensayos de muy diferente cepa. Del lado de las novelas, en un principio fueron Nombres, Paradis o Lois, con sus avalanchas de imágenes, su liberación del inconsciente de la lengua, su activación enunciadora de la droga y su exhibición multiforme de la sexualidad. Más tarde fueron las lujurias platónicas de Le lys d’or, los decadentes deleites de La fête à Venise, o la alternancia de elipsis y exuberancia informativa de El secreto. Y, ya en los últimos tiempos, han sido el erotismo intimista y cultivado de L’étoile des amants, la búsqueda filosófico-estética de la felicidad en Une vie divine, o la transparencia autobiográfica de Pasión fija.
Por otra parte, el antiguo maoísta –hoy taoísta y «papista», «de un catolicismo barroco infinito», según propia definición– que en los años sesenta y setenta orquestara la revolución teórica en torno al lenguaje desde la revista Tel Quel –y en los años ochenta desde L’Infini– parece haber perdido fuelle en materia de reflexión ensayística, y confiar su nombradía teórica a una obra amenizada en tiempos recientes por estudios que suelen introducir el atractivo del nombre propio: Sade, Casanova, Mozart, Ponge, Proust... El pulso biográfico se evoca en esa escritura ensayística hasta el punto de que también Una verdadera novela. Memorias se sitúa en el listado de ensayos que propone la bibliografía final del libro –y que procede de la edición francesa presumiblemente bendecida por el autor–. Sin embargo, no hay más que leer la nota de cubierta para saber que el título de este libro quiere decir exactamente lo que dice: «Toda mi vida me han reprochado escribir novelas que no eran verdaderas novelas. Aquí hay una por fin. “Pero si se trata de su vida”, me dirán. Desde luego, pero ¿dónde está la diferencia? Seguro que van ustedes a explicármela».
Ya en 1972 Sollers expresaba su convicción de que la naturaleza de la novela era, quizás, el nudo de conflicto esencial de la literatura. La convivencia durante los últimos treinta años de dos tendencias contrarias –disolución y reconstrucción de los géneros– bien pudiera darle la razón; pero el título de Sollers no reclama tales avales, y se basta y se sobra para afirmarse al tiempo que tienta la paradoja: por un lado, se describe con énfasis a sí mismo como novela; por otro, se define performativamente con el nombre de un género ligeramente obsoleto: «memorias». O lo que es lo mismo: lanza un hueso para que se entretengan royendo esos perros de la crítica literaria que tanto le irritan y zahieren.
Entretengámonos. El título del libro opina sobre sí mismo de un modo que quiere ser provocador –y uno recuerda el mucho más comedido que Pennac diera a su ensayo sobre la lectura: Como una novela–; en realidad, el título no es más que un aperitivo del hartazgo de egotismo que va a procurarnos la lectura de esta –quizá– novela. Naturalmente, no es cosa de reprocharle la ausencia de elementos novelescos, pues quizá la vida no da para muchas peripecias novelables por mucho que se sea libertino confeso. Pero lo que sí sería de esperar en unas memorias de quien ha estado en el centro de la inteligencia literaria y filosófica de varias décadas es, por lo menos, un anecdotario cultural. Sin embargo, de anécdotas, prácticamente nada. Antes bien opiniones contundentes y apresuradas (y a menudo recurrentes) sobre diversos personajes públicos que el autor no se molesta en argumentar ni por vía teórica ni por vía ejemplificadora. En un par de páginas salda así su memoria: «¿Blanchot? Visto dos veces. Espectral. Flechazo de antipatía inmediata y, supongo, recíproca. Gran estima anterior de pronto desmoronada. Extraño. ¿Robbe-Grillet? Divertido, decidido, simpático, cáustico, pero cada vez más cine y erotismo de hortera. [...] ¿Klossowski? Increíble voz precisa y preciosa. Conferencia sobre Sade, organizada por Tel Quel en Saint-Germain-des-Près. Multitud. Lacan, puro en boca, va a plantarse, burlón, delante de él». La promesa de hablar más tarde de aquellos que ha conocido mejor se echa en saco roto. Sollers no tiene nunca tiempo más que para dedicarles otro par de adjetivos.
¿De qué habla, pues, Sollers en estas cuatrocientas y pico páginas? Sollers habla de Sollers, pero sin que exista intimidad entre ambos. Sollers se deja parlotear, se refiere a sí mismo en segunda persona, teatraliza con dolorida ironía la mortificación de la que se siente objeto por parte de un público que paga su espectáculo: el sobrino de Rameau no lo hace mejor en los monólogos donde se autorrepresenta como excluido de la sociedad. Y eso que Sollers se cree a sí mismo más voltairiano que pariente de Diderot.
Ha de reconocerse que el primer tranco del volumen tenía otras perspectivas: asistimos al retrato de los ancestros, a la justificación de su extracción burguesa pero concienciada. Parece incluso que va a contarnos su educación erótica en brazos de una criada (pero le ataca el pudor), o que va a descubrirnos la intensidad de su relación con la novelista Dominique Rolin (pero caemos en arrobamientos estilizados). Y del «matrimonio considerado como una de las bellas artes» cuyo modelo es su unión con su actual esposa, Julia Kristeva, no llegaremos a conocer las líneas maestras. No es que el lector pida tal cosa y se duela de que se la hurten: es más bien que percibe el extravío del autor respecto de lo que parecía su proyecto. Tan grande es la facundia sollersiana, que se le van las memorias con las glorias. A los tres cuartos del volumen parece caer en la cuenta del despiste irremediable y nos socorre con un precipitado resumen de su vida que zanja en diez páginas de tono vagamente poético. Mas el impulso digresivo ya no tiene freno: ésta no es una novela honrosamente fragmentaria, es un patchwork deshilachado. A tales labores costureras se entrega el antaño experto en work in progress.
Pero insistamos: ¿de qué habla en fin de cuentas Sollers? La verdad es que a veces ni se sabe, de tanta elipsis y desparpajo como maneja. Y la traducción al castellano, sembrada de precarios calcos del francés que a veces dan en el sinsentido, no ayuda a la comprensión. Aun así, se distinguen dos tonalidades unificadoras en la labor de costura: la una es de un rojo –como veremos enseguida– que incita al sonrojo, la otra de un verde acusadamente bilioso. A la primera pertenece, por ejemplo, el relato de cómo eligió su nombre de escritor, derivándolo «de sollus y ars: totalmente industrioso, hábil, diestro, ingenioso. [...] Sollus es lo mismo que el holos griego, es decir, por entero, intacto. [...] Todo entero arte: todo un arte». Pertenece también a ese tono su visión admirativa de sí mismo como niño excepcionalmente dotado para el deporte al tiempo que martirizado por otitis y fiebres; su sorpresa porque ningún crítico o universitario haya hecho el catálogo de sus numerosas compañías femeninas; su empeño en colarnos de rondón las dedicatorias de libros que le han hecho ilustres personajes y lo que sobre él han dicho figuras como Barthes, Breton o Debord; su insistencia en reproducir los exergos y los principios de casi todos libros, a modo de promoción quizá; su obstinación en recordarnos que a su iniciativa se debe la edición en La Pléiade de Sade, de Artaud, de Ponge y Bataille. Pretencioso, se aplica a sí mismo citas de Voltaire, Céline o Claudel, o prefigura la sorpresa de sus estudiosos futuros frente a la abundancia de sus manuscritos. Con vacuidad grandilocuente y soez nos presenta su estatus metafísico: «Ha menudo [sic] he jodido con la nada, y muchas veces me he acostado con la muerte». O diagnostica urbi et orbe con tono y contenido ya escuchados en boca de Houellebecq: «La obsesión sexual fracasada, la “sexinitis”, como la he llamado, es el rasgo dominante de nuestra insípida época». La exégesis del sexo hace extraños compañeros de cama mediática: Sollers enarbolando la bandera liberadora de mayo del 68, Houellebecq escupiendo sobre ella.
La pulsión de autodefinición que usualmente alimenta el ejercicio autobiográfico tiene en Sollers una marcada tendencia a la expresión sintética, y ello expulsa del libro cualquier ejercicio de introspección al tiempo que lo inclina hacia maximalismos y generalizaciones; así pues, el autor se encuentra «atípico en todo», «outsider» o capaz de haber dado la vuelta a todos los prejuicios que sobre él se tienen. Su conciencia de excepcionalidad se combina, además, con declaraciones de poca tolerancia: «De ordinario soy más bien moderado, hasta laxista, e incluso jesuita. Pero si me buscan me encuentran, y puedo ser igual de terrorista, áspero, desagradable, obstinado, insolente y odioso». Quien lee sus memorias no tiene ninguna duda de ello; es más: le parece que Sollers sale belicosamente al encuentro sin necesidad de que lo busquen. Y aquí es donde aparece el tono verdoso de la bilis.
Es verdad que no le han faltado ni le faltan a Sollers críticos y detractores (algunos se encuentran grotescamente evocados en el capítulo «Pesadillas»), pero uno juraría que tales envites y embates han sido siempre bienvenidos en el desafiante espectáculo que ha orquestado durante decenios. Por eso extraña en este libro no lo despectivo sino lo enrabietado de sus jeremiadas: ¿acaso le empieza a temblar ya el pulso insolente a este Sollers de setenta y dos años? ¿Tal vez comienza a preocuparse por la memoria que de él tendrán quienes no asistan en presente a sus exhibiciones de logomaquia? Es penoso percibirle sensible a la comparación: «Hay un Guapo, un Bueno, un Virtuoso exótico, Le Clézio, y un Malvado, yo». O ver crecer su orgullo en una supuesta condición de mártir: «No sé de qué soy culpable: de no serlo. Más exactamente: de haber resistido a todas las tentativas de intimidación y de culpabilización». La ironía apenas vela el despecho que anima muchas de sus páginas: «Dejándome a mí a un lado, no veo a nadie que en este país haya sido tan insultado [como Bernard Henri-Lévy]. Cosa que me inquieta, porque mi mayor empeño es conservar el primer puesto en ese terreno».
Pero Sollers no es ningún escritor menesteroso, ni estas memorias piden simpatía o compasión. En sus últimas páginas, un Sollers recrecido convoca en torno suyo citas de clásicos, el evangelio de san Juan, las memorias de Saint-Simon y hasta el tono sublime de las de Chateaubriand. ¿Quién dijo prudencia? Un par de máximas –una propia y otra de Mao– alimentan a Sollers; la primera está cumplida a rajatabla: «¿Que os critican, que os vapulean? Aumentad la dosis». La segunda, sólo a medias: «Si se comete un error, hay que agravarlo, porque si no lo agravamos no podemos rectificarlo». ¿Rectificar? ¿Quién? ¿Sollers?

 

01/04/2009

 
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