ARTÍCULO

Las máscaras del tiempo

Alfaguara, Madrid
376 pp. 19,50 euros
 

El suizo Denis de Rougemont, de quien este año conmemoramos –algunos– su centenario, es el autor de una obra hoy clásica de la historiografía intelectual europea, El amor y Occidente (1939, ampliada en 1972), en la que apuntaba el recorrido de un mito en su viaje a la semilla y su relación con el imaginario y la realidad, ese vaivén raro, y a menudo ajeno, que marca los pasos de la vida, entre falsos sueños y ocultas vigilias. Así, en sus páginas se destacaba, como ha recordado estos días Blas Matamoro, cómo «el deseo [...] no es domesticable. Es salvaje, vuelve al origen y niega toda historia, es fundamental y, como todo fundamento sin código, propende al caos. La única manera que ha encontrado Occidente de conformarlo, de darle forma, es convertirlo en literatura». No otra cosa ha hecho Mario Vargas Llosa en su nueva entrega narrativa. Convertir el fuego, la pasión, el caos del amor, los tópicos de la educación sentimental en literatura, en historia, en máscaras y en tiempo. Consciente, a la manera de Kierkegaard, de que, como apuntara éste, «quien se pierde por su pasión pierde menos que quien pierde su pasión», ha inscrito en los vértices de la complicidad del tiempo una historia de amor loco que se prolonga más allá de ciudades y geografías íntimas, hasta convertirse en la obsesión de una vida y, ¿qué mejor obsesión que perderse por el deseo? He ahí uno de los avisos de tal relato.Y el lector está advertido, sin recato, sin pudor, porque para ello Vargas Llosa ha elegido, como si de un ejercicio retórico se tratara, un modelo deliberadamente menor, rigurosamente sencillo, la novela sentimental, pero con añadidas dosis de sabia y eficaz ironía, con elevadas dosis de tragedia contemporánea, con precisas crónicas de la circunstancia histórica que planea alrededor de los personajes, con calculadas dosis de entrañables perfiles humanos, nunca demasiado humanos, para que parezcan, y sean, humanos.
Toda novela es una biografía, y Travesuras de la niña mala se crea como un vaivén de encuentros y desencuentros, una serie de relatos, siete capítulos, hilados al ritmo de un muy original protagonismo –biografía– de ciudades y personajes, con carácter ficcionalmente autobiográfico. Los personajes y las ciudades son piezas que rompen el habitual contrapunto de la más potente y épica novelística de Vargas Llosa. Los encuentros se suceden en amplios períodos de tiempo hasta configurar las últimas décadas del pasado siglo y los comienzos del presente, la novela es la historia de dos personajes y cinco ciudades contada a través del amor. O el amor de dos seres ocultos en el tráfago de la historia, en el curso lateral de las vidas contemporáneas, inmersos en el deseo, en la desolación, insoslayable, de la quimera, que alguna vez fue la vida soñada. El propio Vargas Llosa recordaba recientemente una advertencia de Ortega muy a mano para esta novela: «La historia es la realidad del hombre, no tiene otra». Ni ganas. Lo que aquí se narra es la historia de dos personajes sin Historia que, por ello, convierten el amor, el deseo, en razón y sentido de sus vidas. Lo convierte el narrador, sin duda; y la «niña mala» lo transforma en el registro de, a la manera de la heroína sureña Scarlett O'Hara –que sirve como detonante del melodrama con exquisitos toques de humor–, estar dispuesta a no pasar hambre en ningún momento ni episodio de su desquiciada, por todo ello, vida. Una vida novelable, un personaje misterioso (esta tremenda e infeliz «niña mala»), relatada a través de una poderosa fuerza narrativa que entra y sale de los espacios, los personajes, las modulaciones; de los ritmos y de las situaciones, de las retóricas narrativas (junto a la crónica, el lenguaje sentimental) con el desparpajo estilístico de alguien como Mario Vargas Llosa, que se recrea en su fabulosa capacidad para contar, sea cual sea la historia, con un poder de atracción semejante al de quien convierte en sueño y misterio el hecho más prosaico. Cualquier vida. Cualquier amor.A eso se le llama el puro placer de contar.Y es que, además, de nuevo, aparece la pulsión, el nervio y la carne del personaje en el vaivén de la memoria, en la huella terrible de los años, en las máscaras del tiempo; aparece en los rasgos descritos por fogonazos y epifanías, en los pasos contados de una biografía descoyuntada, en ver (leer) cómo trabaja la muerte en el rostro sin contornos de la «niña mala».

Novela teñida de una elegantísima ironía (si elegante e ironía no es una redundancia), que se permite trazos de confesa «huachafería» (cursilería) al estar perfectamente incluidos, tales trazos, en el juego del amor, en la dúctil escalada de la seducción, en el obsesivo deseo de cumplir el rito sentimental y enamorarse hasta la enajenación, trazos que configuran el verdadero perfil del pobre Ricardo; un perfil, unos rasgos de una ambigüedad inquietante.Alguien –Ricardo– que se presenta ante el lector como un personaje culto y desarraigado –salvo su nueva patria parisina–, solitario, tímido, anónimo, casi invisible, rodeado de muertes prematuras; de muertes familiares, muertes de amigos (enfermos, suicidas); alguien que se describe, a sí mismo, en un viaje que va del pacato ambiente miraflorino de la Lima de los adolescentes años cincuenta del pasado siglo a los alocados guerrilleros andinos una década después en un París de postal latinoamericana, que vive el Londres del swining y del sida, y desembarca en un Japón tan digno de Blade Runner como de los jakuzas, el sexo clónico, los traductores internacionales y las falsas geishas; y comienza el epílogo de tan largo viaje en un Madrid que retorna al mestizaje de una inmigración irreversible para terminar en la sofisticada campiña francesa, en un particular, y en clave, «cementerio marino», donde se desvelan las imaginarias tristezas de una vida, como todas, vivida a trompicones del corazón y del desamparo, y, al fondo de todo, de viajes y de situaciones, al fondo como el telar, o el palimpsesto sobre el que se dibuja y se escribe la relación entre el «niño bueno» y la «niña mala», Perú, Lima, el barrio de Miraflores, las dictaduras, los terroristas, la corrupción, el populismo, la buena gente. Ricardo todo lo ve, lo mira, lo sueña, lo cuenta y lo vive, cerca o lejos, mientras la fugacidad de la vida lo lleva a, casi sin advertirlo, trazar una biografía intelectual en la que se mezcla o se une la historia de dos supervivientes (como todos) con la Historia de más de medio siglo. Fugacidad sólo compensada con la pasión y la intensidad de una vida al límite en cada instante. ¿Por qué? Pues, porque como la propia «niña mala» le confesará en el Tokio desquiciado de la novela: «Haciendo estas cosas, vivo más». Aunque uno se queme en el empeño y la vida le chamusque miserablemente, o sólo porque así el lector, leyendo estas cosas, viva más.

01/10/2006

 
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