ARTÍCULO

Ambiciones colmadas

Alfaguara, Madrid
464 pp. 20,50 €
 

Una cosa y puede agradecérsele al narrador y protagonista de Las manos cortadas, quien comparte nombre e identidad con su autor, Luisgé Martín: su honestidad para reconocer explícitamente algunas características de su relato ante las que muchos lectores pueden adoptar reacciones que oscilan entre la reticencia y el franco bochorno. No es poca cosa que a uno se le ahorre el tiempo que la cortesía estipula como tregua, antes justo de decidir que le están tomando el pelo.
La gratitud se acrecienta cuando, en sus periódicos balances autocríticos, el narrador reconoce que lo «deslumbraba ese laberinto de entresijos solemnes y de grandes hechos históricos», y con estas palabras ratifica la impresión de que Las manos cortadas sucumbe a las mismas seducciones que tantas novelas históricas de éxito, en las que el prestigio de los fogones donde se cuece la Historia se entremezcla con los entresijos que suministran oscuras intrigas, camarillas de protervos conspiradores y teorías heterodoxas que el narrador regala a sus lectores como quien entrega la clave que desvelará arcanos nunca imaginados por los tediosos historiógrafos. Que el terreno elegido por Luisgé Martín no esté frecuentado por oscuros templarios o por nazis en busca del Santo Grial, sino por los protagonistas de la historia reciente de Chile (con Salvador Allende a la cabeza) es una contingencia que no debe distraernos de sus verdaderas intenciones.
Pero las revelaciones no acaban aquí, porque aún queda la que sin duda es la mayor de todas, pues concierne al propósito fundamental de su relato. «Yo –confiesa el narrador–, que tengo desde hace muchos años el convencimiento de que existen personas que aspiran al Bien y personas que representan el Mal, quería escribir un relato maniqueo» (p. 252). Cuando uno lee esto, franqueado el ecuador del libro, no puede más que sentirse aliviado al recibir, negro sobre blanco, la confirmación oficial de lo que está pensando desde hace demasiadas páginas. Pero como la declaración le parece excesiva, desconfía, y se pregunta si no se tratará de una sutil ironía, o si en realidad el autor maneja una acepción de maniqueísmo diferente a la suya. Por suerte, Martín tarda poco en disipar estas dudas con unas jugosas declaraciones: «Había tomado la decisión, como he dicho, de hacer una presentación maniquea en la que Salvador Allende pudiera emparentarse figuradamente con John Wayne, con el hobbit Frodo o con Obi-Wan Kenobi, y los hombres de la oligarquía chilena que promovieron el golpe de Augusto Pinochet con el malvado Lee Marvin, con Sauron o con Darth Vader» (p. 255). Y añade: «Quise construir caracteres puros, sin dudas morales ni contradicciones. Quise ser edificante y pedagógico».
¿Qué mayor elogio se le puede tributar a quien así se expresa más que decir que ha satisfecho plenamente esas aspiraciones? Las manos cortadas es (siempre según su autor-narrador) una novela política que se postula como contestación a esa desnaturalizada narrativa del siglo XX obsesionada por «poner todo el empeño literario en mostrar la complejidad de la conducta de los hombres». Pues bien, tal ambición se ve colmada con creces gracias a la pericia para borrar cualquier sombra de duda sobre el estatuto moral de sus personajes. No se arredra ante las dificultades que entraña trasladar al tiempo histórico el enfrentamiento entre el Bien y el Mal, que en los referentes que él aduce suele preferir los predios de la ucronía o –caso del western– una fabulación que disfraza con estilizado localismo los arquetipos de la épica clásica. Antes bien, preocupado por la proliferación de ciertas supercherías revisionistas que prosperan en nuestra sociedad relativista, el autor parece convencido de que esta simbiosis entre novela histórica y fábula ejemplarizante puede actuar como revulsivo para descarriados.
El maniqueísmo de la novela no se detiene en la consabida segregación de buenísimos y abyectos en escuadras opuestas. También explica la identificación entre autor, narrador y protagonista como una forma –algo rudimentaria, eso sí– de subsanar la falta de verosimilitud que entraña la simplificación pedagógica de los caracteres, como si la implicación autobiográfica (aunque apócrifa) fuera garante de la credibilidad que no se granjean los personajes por sí mismos. Este recurso, además, favorece la presencia tutelar del autor, permitiéndole actuar como censor de cada personaje y acontecimiento, explicando motivaciones, antecedentes y consecuencias con el fin de que el lector cuente en todo momento con la interpretación correcta.
A diferencia de lo que sucede en otras manifestaciones de la llamada autoficción, nuestro narrador no renuncia a comportamientos propios de la omnisciencia tradicional. La participación de un autor-personaje no comporta limitaciones, antes bien, parece ampliar sus facultades. De este modo pueden convivir largas digresiones de carácter historiográfico con el relato de la intriga a la que da pie el conocimiento por parte del autor de unas cartas que supuestamente revelarían unos siniestros proyectos represivos de Salvador Allende. Pero no acaba ahí la cosa, pues tal intriga (que no desdeña los preceptivos asesinatos, mentiras y giros inesperados) es a su vez el marco donde se inserta un prolijo relato centrado en una familia de la oligarquía chilena, los Savonarola. Esa narración sintoniza con el modo épico-folletinesco con que Isabel Allende entendió la lección de García Márquez, y permite la desenfadada convivencia de los chismes de alcoba con las ambiciones políticas, las transacciones mercantiles con las pasiones íntimas, los protagonistas de la historia de Chile con seres tan novelescos como una prostituta ciega a quien redimen el amor y el comunismo. Nadie podrá acusar al autor de no haber acometido un proyecto narrativo ambicioso, aunque sí tal vez de que lo haya hecho mediante un acarreo poco selectivo, como si la búsqueda del éxito literario no fuera muy diferente a jugar en una tómbola donde la posesión del mayor número de papeletas (relato histórico, compromiso político, melodrama, metaliteratura, autobiografía...) asegurase la obtención del premio.
Pero volvamos al maniqueísmo confeso de la novela. Sería excesivo consignar todas las facetas del relato que responden con coherencia a ese punto de partida, aunque no me resisto a mencionar dos de ellas. Una es, por supuesto, el lenguaje, que refleja sin complejos los grandes claroscuros morales de los protagonistas. Para ello es inevitable que se revista de solemnidad, que se busque la imagen colosal y totalizadora, y que la sintaxis y el léxico revelen las trascendentales peripecias que se ventilan en la narración: «La iniquidad de los acaudalados y los atropellos de la justicia [...] empujaban a los desamparados a emplear la fuerza para sacudirse la esclavitud y la humillación» (p. 50). El arraigo de esta grandilocuencia es tal que se infiltra incluso en el nivel morfológico, como se infiere del gusto por derivados como «nerviosidad», «superfluidades», «concienciosidad» o «perspicuidad».
La otra incidencia del maniqueísmo es, más bien, su corolario natural. Me estoy refiriendo a la justicia poética, que se manifiesta al final de la novela mediante ciertas restauraciones, castigos y revelaciones que mantendremos en secreto, pero que en todo caso constituyen el broche adecuado de una fábula que, a fuer de ejemplar, mantiene una fe firme en el triunfo de la verdad y la justicia. En aras de esta ambición se sacrifican la verosimilitud, la complejidad de los personajes, la naturalidad del estilo, el equilibrio del relato, aunque lo más notable es la conversión de la historia de un país y sus horrores en un reportaje apto para lectura veraniega. No importa. ¿Acaso le incumbe a la literatura, en estos tiempos que corren, una aspiración más noble que transcribir las respuestas que el público quiere escuchar?

01/05/2009

 
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