ARTÍCULO

Para no pasarse con el pasado

 

Hay libros que se escriben desde la urgencia del presente. No tanto desde la urgencia de lo que pasa como de lo que en el presente se dice que pasa, o hasta debe pasar; lo cual, como es sabido, suele entremezclarse con lo que pasa de maneras muy enrevesadas. Y la urgencia nace entonces de la necesidad de aclarar, desenmascarar o desmontar algunos discursos, por honorable que sea su alcurnia y respetable que haya llegado a ser su uso, cuando precisamente esa respetabilidad se convierte en la coartada, a menudo inconsciente –culpablemente inconsciente– para entrar abusivamente en lo que pasa. El pensamiento crítico funciona como una fina sensibilidad que literalmente salta, a la manera de un movimiento reflejo, cuando tales discursos se crecen. Los que hacen reaccionar en este libro la percepción intelectual e histórica de Manuel Cruz vienen cabalmente anunciados en el subtítulo.
Pues pocos tópicos disfrutan en nuestro tiempo de unas credenciales tan indiscutibles como el de la identidad, la memoria o nuestros deberes ineludibles para con el pasado. De modo que cualquier causa –buena o mala, ya da igual–, parece convertirse en inobjetable con sólo apelar a alguna memoria (los titulares de suplemento dominical son ya abusivos en este sentido); cualquier reivindicación se hace justa si lo es de una identidad (el ina­lie­na­ble derecho a ser tal o cual idem), sobre todo si dicha identidad se presenta con una historia (no digamos una memoria) que le ha sido robada o amenaza serlo; y la más fácil acusación que podemos lanzarle al presente es la de precipitarse hacia el futuro destruyendo todo lo pasado. Desde luego, estos manidos tópicos han sobrepasado ampliamente los círculos de discusión intelectuales: recuerdo a un peluquero trabajando mientras justificaba vehementemente la guerra de Irak en nombre de la «memoria histórica» (lo pronunciaba con una solemnidad que no desmentían sus ágiles tijeretazos); pero es verosímil que otro argumentara lo contrario en nombre de lo mismo, o en defensa de una identidad musulmana, u otra que no lo fuera. Lo llamativo es además que, por esta vez, esos tópicos tienen una recia raigambre filosófica, y han sido los filósofos quienes, en los últimos decenios, al ejercer la crítica del presente y de su propia historia, han ido armando con pertinacia los argumentos de la identidad y la memoria: estaban más afinados con su tiempo de lo que creían; y quizá, más de lo que debe estar un filósofo. En cambio, se han mostrado más perplejos frente a la noción de responsabilidad; la cual, sin embargo, sí se ha convertido en una de las apelaciones más hueras y frecuentes de hoy, sobre todo en el discurso político diario. Todo eso hace que este libro, a la vez, obedezca a la urgencia que dicta el presente y a un movimiento de alarma ante ciertas construcciones filosóficas muy bien establecidas, pero sin dejar de hacer algunas propuestas estratégicas para corregir el rumbo.
Es una escritura que no está exenta de riesgos, porque ese doble plano en el que se mueve todo el ensayo, a la vez que le da más profundidad a sus diagnósticos, puede desdibujar, también, sus momentos más constructivos. A veces, el grito de alarma oculta los propios esfuerzos para mejorar la perspectiva. No obstante, el autor sortea muy bien esos riesgos en las dos primeras partes del libro. La primera, dedicada a la cuestión de la identidad, lidia muy nítidamente con la inflación de la noción de identidad y de pertenencia, desde la que especulan hoy día, con sobrada fortuna, las ideologías nacionalistas y los esencialismos religiosos, étnicos, civilizatorios o del tipo que sea, cuando no las reivindicaciones lanzadas por alguna supuesta especificidad individual. Frente a ello, Cruz sugiere cómo esa inflación obedece a un achicamiento del espacio de la política y de nuestra capacidad de construir un mundo común; no es, como a veces se sugiere en otros ámbitos, un mecanismo compensatorio con el que subsanar los déficits inherentes a la modernidad. La identidad es más que necesaria, desde luego, porque sin ella, literalmente, nadie es nada. Pero, justo por eso, no es una esencia inalienable, sino una tarea de construcción ligada al mundo social y a la responsabilidad por ella. Es algo de lo que respondemos, no algo que se nos deba otorgar como un derecho fundamental. Crece así, en una segunda parte, la noción de responsabilidad –un concepto que Manuel Cruz ha trabajado ya a fondo en varios libros– como el pivote desde el que se denuncian los referidos discursos del presente, pero también como una verdadera categoría ontológica, de mucho más calado que un simple apelativo de moda o un tema de nuestro tiempo.
El riesgo a que me refería se hace más manifiesto en la tercera parte. Ocurre a menudo en los ensayos de filosofía que el movimiento más sólido, una vez iniciado, da paso a otro que es más brillante, más sugerente, más prometedor y... más inacabado. Tal vez algo así sea inherente a toda crítica y toda denuncia, también a la enseñan­za que este libro transmite, donde la crítica del presente, aguda y necesaria, ensombrece en cierta medida las propuestas que en esa misma crítica despuntan, y las deja como tarea a proseguir. Tras la identidad y la responsabilidad, le to­ca el turno a la historia, que además ocupa el protagonismo del ingenioso título del libro. Éste se centra ahora en una labor de destrucción del que es quizás el mayor tópico del presente: el de que se pierde la memoria. A pesar de tanta machacona reivindicación, argumenta Cruz, no es verdad que éstos sean tiempos de olvido. Más bien, el pasado nunca ha estado tan abrumadoramente presente: en la proliferación de aniversarios, en la repetición agotadora de las imágenes y relatos de cada acontecimiento –¿quién dijo que la técnica rompe con el pasado, cuando más bien nos lo impone cada minuto, en al menos un canal de televisión, delante de los ojos?–, en la obsesión del ciudadano globalizado por las genea­logías, por las antigüedades, las tradi­ciones y los recuerdos. Ahora nada de­saparece, y más bien puede decirse que nos hemos pasado con el pasado. Puede, entonces, que esta sobresaturación de los recuerdos –o de las imágenes literales del pasado, si es que es lo mismo– tenga que ver con una sensación de atascamiento del presente, de obturación de la historia: y es bien interesante la tesis de que la historia, más que acabada, se halla obturada por este «pasadismo» que nos aqueja y que no es, en el fondo, sino una falta real de sentido histórico.
La denuncia de este secuestro de la memoria por nuestro tiempo como una irresponsable coartada para no ver el presente y afrontar de veras el futuro permite abrir unos huecos de pensamiento a lo largo del libro: la apelación al historiador como un afinado crítico del presente, capaz de percibirlo en todo su espesor, y no como el amontonador de historias y argumentos reivindicativos que muchos le reclaman que sea; la propuesta de entender la política como plasticidad y maleabilidad del presente, justo lo que al nuestro le falta; la necesidad de drenar la historia, para que el presente vuelva a respirar; el ­reen­cuen­tro con una noción de voluntad, perpleja, pero libre de las ataduras obsesivas a acontecimientos y traumas pasados. Todo esto, que se sobrepone a la urgencia del presente, apunta a muchas vías inacabadas que están todavía por construir. En ellas, seguramente, tendrá cabida una noción de memoria como trabajo sobre el pasado inevitable, como una elaboración de la experiencia histórica distinta de la actual acumulación de recuerdos simultáneos, pero parte ine­lu­di­ble de la dinámica del presente, o de la política posible.
Uno de los tópicos que desmonta este libro es el de que vivimos en tiempos de incertidumbre. Lo cierto es que, para bien y para mal, estamos demasiado seguros de demasiadas cosas. Hay certezas, sin embargo, que olvidamos, como la de que este atascamiento del presente –esta sensación continua de que no hay salida– tiene fecha de caducidad y que, de un modo u otro, las densas apelaciones a la identidad y la memoria que ahora sufrimos acabarán disolviéndose como una costra del tiempo, con un efecto liberador. El potencial crítico de este libro nos redescubre esa certeza, a la vez que va lanzando muchas buenas intuiciones –sobre la política, sobre el tiempo, sobre la historia– que deberán seguir desarrollándose cuando llegue la hora del desatasco. 

 

01/01/2007

 
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