ARTÍCULO

Hacerse lenguas

Alianza, Madrid
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Alianza, Madrid
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Pocas ciencias humanas habrá más formalizadas que la Lingüística. A pesar de lo cual las cuestiones referidas a la lengua interesan a muchos profanos. La razón es muy simple: todos nos entendemos con palabras, muchos leemos y no pocos escribimos. No es que nos maraville hablar en prosa, como al hidalgo clásico, sino simplemente hablar. Antes de que el niño empiece a valerse por sí mismo, ya dice «rompido», sin que haya oído jamás esa palabra. Luego, aunque no sea innata, ya tiene metida dentro de su cabeza la estructura elemental de la lengua materna. ¿Cómo no vamos a sentir curiosidad por un suceso tan maravilloso? Así pues, somos muchos los que, al hilo de los libros de Lingüística, tejemos nuestros razonamientos. Lo que sigue es una ilustración a propósito de cuatro libros recientes, discutibles y que serán discutidos.

Juan Carlos Moreno Cabrera nos propone una idea consoladora: no hay lenguas primitivas y modernas, simples y evolucionadas. Hay lenguas diferentes, claro está, pero sin que esa variedad corresponda a ningún orden evolutivo. Reconozco que, en principio, a mí me tranquilizó mucho una conclusión tan clara. Así pues, no existe ese modo de hablar «como los indios» que se nos decía en las viejas películas del Oeste. Simplemente, los indios no hablaban bien el inglés. Por lo mismo, los «bárbaros» no farfullaban al hablar, como insinuaban los romanos con esa designación onomatopéyica, sino que no hablaban latín o no lo hablaban con fluidez. Por cierto, se me ocurre que quizá la denominación de «bereberes» y quizá la de «iberos» tengan el mismo origen. Son los que no hablan como nosotros quienes así los denominaban. Pero sigo. Es atractiva, entonces, la tesis de Moreno Cabrera: no hay lenguas superiores o inferiores. Pero, ¿por qué se imponen unas y otras quedan arrinconadas? Todavía más, ¿por qué unas son de comunicación internacional y otras se quedan sólo para la etnia respectiva? Es fácil convenir con Nebrija que «la lengua fue siempre compañera del imperio». Claro está que Nebrija se refería al latín, pero el mismo principio se puede aplicar al castellano frente a otras lenguas peninsulares o al inglés frente a las demás lenguas europeas. No me parece suficiente atribuir esa distinta capacidad expansiva al «imperio», esto es, al poder político o militar. Los imperios pasan y las lenguas quedan, como ha sucedido con el castellano, sin ir más lejos.

Teóricamente, la ciencia moderna se podría haber hecho en cientos de lenguas que por lo menos tienen literatura escrita. Pero sólo se ha vertido en una docena de idiomas, sobre poco más o menos. No hay que echar la culpa a nadie, ni es para menospreciar a la mayoría de las lenguas estrictamente «literarias». Sin embargo, pocas han pasado de ese menester literario. Tampoco está claro que la simple posesión de una lengua dominante equivalga a la capacidad de hacer ciencia. La pequeña Austria ha producido una enorme cantidad de ciencia, circunstancia que no ha acompañado a las minorías germanoparlantes del este de Europa.

El mejor argumento para la igualdad esencial de las lenguas y de las correspondientes etnias no lo señala Moreno Cabrera, quizá por obvio. Pero a mí me parece digno de tenerse en cuenta. Todos los humanos, con la lengua o la raza que sea, nos podemos reproducir si nos apareamos con la insistencia suficiente. Es decir, somos una especie no tanto sapiens como loquens. Por más que los chimpancés puedan aprender (y enseñar a las crías) el lenguaje de los signos, nunca se podrán aparear con nosotros, los «locuentes».

El asunto fundamental no es que las lenguas correspondan todas a la misma especie, sino que hay distinciones reales, basadas en los hablantes. Es como decir que todos los países del mundo son iguales porque tienen un jefe del Estado, o cosa parecida, y poseen un representante en la ONU o en la FIFA. Esa semejanza formal es tan indiscutible como poco interesante. Hace mucho tiempo que el hombre dejó de ser un bípedo implume, como decía la chanza escolástica.

Se puede aceptar provisionalmente la tesis de Moreno Cabrera sobre la equiparación entre todas las lenguas del mundo. Sin embargo, esa consideración lingüística no es la única. Cualquiera puede observar que unas lenguas son dominantes y otras subalternas. Es una cuestión de hecho, no de superioridad moral. A veces es también de derecho. El criterio distintivo es simplicísimo. Se basa en la propensión a estudiar unas u otras como segundo idioma, aunque sólo sea para entenderlo o leerlo. Visto así, el español es una lengua más dominante que el chino mandarín, por mucho que el primero lo hablen cuatrocientos millones y el segundo mil millones de personas. La clave está, como digo, en que hay muchas más personas en el mundo dispuestas a aprender español que chino mandarín. La cuestión se puede ver de forma dinámica. El español, dentro de su modestia, es una lengua cada vez más dominante en relación con el francés. El cálculo es muy sencillo. Durante la última generación ha aumentado mucho más la proporción de personas dispuestas a aprender español con relación a lo que ha sucedido con el francés. Visto el asunto de forma estática y dinámica, está claro que la lengua verdaderamente dominante en el mundo es el inglés. Prácticamente todas las personas cultas del mundo entienden algo de inglés. Este es uno de los datos fundamentales que distinguen la cultura actual. Al lado de ese pasmoso hecho, lo de la igualdad de todas las lenguas es como pedir cotufas en el golfo.

Lo característico de unas pocas lenguas del mundo (el inglés o el español de forma eminente) es que son comunes a varios pueblos o naciones. No se diga territorios o Estados, porque las lenguas no pertenecen a territorios o a Estados sino a las personas que las hablan. Esas pocas lenguas comunes se contraponen a las «comunales», las habladas por un solo pueblo o unos pocos pueblos. La distinción no es mérito de nadie, ni mucho menos permite despreciar a nadie; pero es real. Ahí reside mi oposición a la teoría de Moreno Cabrera, ardorosamente «culturalista» para mi gusto. Su libro me interesa porque es de tesis y me hace pensar, pero lo encuentro demasiado reiterativo. Además, amplía hasta la exageración el número de citas de autoridad. Ambos rasgos son típicos de los profesores bisoños, más concretamente, de los que están en trance de hacer méritos académicos. Las dos tachas las reconozco en mí mismo durante los primeros lustros de mi carrera. Lo cual me ayuda a verlas en los demás. Se suelen superar con el tiempo.

El libro de Miquel Siguán es el más sociológico de los cuatro, pero me interesa ahora menos porque viene a ser una refundición de trabajos anteriores. Es también de tesis y comparte, de forma subyacente, el axioma «culturalista» de que todas las lenguas son equiparables. Con todo, de forma expresa, al referirse al bilingüismo precisa reconocer que hay una lengua «dominante» y otra «débil». Espíritu componedor, el autor se entretiene demasiado en una maniobra de distracción, que es mejor saber varios idiomas que uno solo. La almendra de la cuestión es otra, y a esa no le hinca el diente Siguán. Se trata de averiguar si una sociedad, en la que existe más de una lengua oficial, resulta especialmente conflictiva. Me temo que así es. Otra cosa es que sea fácil superar ese conflicto. Tendría que suceder el milagro de que todos los habitantes se entendieran con el mismo esfuerzo en las varias lenguas. Vamos, tendrían que parecerse más a la Pentecostés que a la Babel. Ese ideal sólo se consigue en la comida de confraternidad que mantienen los intérpretes simultáneos de un congreso. Lo normal es que, de las dos o más lenguas oficiales, la que domina haga sufrir a la débil, quiero decir a sus respectivos hablantes. El dominio puede ser por una cuestión de hecho o de derecho. Por ejemplo, la autoridad competente (el pleonasmo no está de más) puede exigir que la enseñanza obligatoria se realice en una de las lenguas. La exigencia puede ser que la lengua doméstica sea otra para una gran parte de la población.

Sería del mayor interés precisar cuál es la lengua dominante y cuál la débil en la actual situación de bilingüismo en Cataluña. ¿No se habrá oscilado pendularmente de una pretensión de monolingüismo castellano a otra de monolingüismo catalán? Si es así, la segunda pretensión fracasará como fracasó la primera. La obsesión de los nuevos catalanoparlantes es olvidar su lengua materna de origen, el español, para, en todo caso, alternar con el inglés. No hablo a humo de pajas. Se me permitirá una ilustración reciente. Es un jugoso cruce público de cartas entre los respectivos presidentes de la Acción Cultural Miguel de Cervantes y los Amics de la Llengua Catalana. Este último se llama Sergio Vázquez. Su confesión es lacerante: «Yo mismo hablaba en castellano con mis abuelos, que eran de Cuenca. Pero soy de aquí [de Cataluña] y quiero integrarme aquí. No puedo vivir con mis abuelos, ellos se tuvieron que ir de España por culpa de la miseria». La carta termina con un ofrecimiento irónico, la de hacer de intérpretes a los socios de la Acción Cultural Miguel de Cervantes: «Sólo hace cuarenta o cincuenta años que vivís aquí y, por tanto, todavía no habéis tenido tiempo de aprender catalán». El truchimán se ofrece a hacerle la traducción del texto a su antagonista, José Miguel de Velasco: «Una traducción evidentemente en la lengua que siempre hacemos servir cuando nos dirigimos a los extranjeros, bien sean españoles, franceses o de otras nacionalidades. Nosotros en estos casos nos relacionamos siempre en inglés, que es la lengua de los señores, y no en la lengua de los criados». El texto es ejemplar para ilustrar la noción de resentimiento, de respirar por la herida, según se dice en español; expresión que veo de difícil traducción al inglés o al catalán.

¿Cómo calificaría Siguán el resentido bilingüismo de Sergio Vázquez? ¿Podrá seguir siendo dominante el castellano cuando se percibe como «la lengua de los criados»? En Barcelona he visto muchas veces cómo la conversación amistosa en una comida de profesores, en la que dominaba el catalán, pasaba automáticamente al castellano para pedir algo a los camareros.

Mi (de)formación profesional me inclina más por los trabajos de Juan Ramón Lodares, a vueltas con la lengua española, o mejor, con sus hablantes. Examinemos el primero, El paraíso políglota. El asunto es metalingüístico, o dicho de forma más clara, político. Resulta feroz su crítica de la actual política lingüística en España: la reconstitución de «un país políglota para uso y disfrute de analfabetos». Frente a esa Babel de campanario, Lodares defiende el refuerzo de la lengua común. Es el español el único idioma que pueden entender todos los españoles, no sólo los castellanos. Cierto es que el español atrae a muchos estudiantes de todo el mundo, pero Lodares atina bien con el fallo fundamental. A saber, todavía no hay institutos en el territorio Cervantes donde se aprenda el español desde niños. Esa institución existe desde hace mucho tiempo para el inglés, el francés, el alemán o el italiano. Como puede verse por ese argumento, el libro de Lodares es también de tesis, pero no es precisamente la políticamente correcta, como se dice ahora. Sus citas no son tanto de autoridad como pruebas para sus alegatos. Es un modo de proceder con el que me siento identificado. No sirve para hacer carrera, pero contribuye a la fruición intelectual. Por lo que se refiere a las lenguas habladas en España, el argumento de Lodares resulta implacable. El consenso político actual refuerza la vieja pretensión foralista de favorecer las lenguas particulares en contra de la lengua común. Es una lucha a muerte, añado yo, y nunca mejor dicho en el caso del País Vasco. Los nacionalismos españoles se apoyan en las lenguas propias porque no pueden hacerlo sobre otras bases. Lo malo es que tienen que insistir en el monolingüismo, dada la mayor capacidad de supervivencia del castellano. O quizás acuerden, como en Filipinas, pasar al bilingüismo con el inglés. Podría suceder.

El acento crítico de Lodares se pone sobre la pretensión de que las lenguas regionales «tengan derechos y los hablantes deberes para con ellos». El primer derecho es que cada lengua tiene un territorio exclusivo, con prescindencia de los hablantes. Lo curioso es que esa misma lógica no se aplica a la lengua española, quizá porque tiene tanta fuerza por sí misma que no necesita protección. Supongo que el modo de razonar de Lodares será criticado como sociologista por otros lingüistas. Por eso mismo a mí me gusta. Véase esta muestra: «Para la gente, las lenguas son una manera de entenderse, un instrumento muy útil, pero en sí mismas, y aparte de los lazos prácticos, no crean más que un vínculo sentimental que, por fuerte que sea, si no se acompaña de otros materiales, apenas tiene fuerza para unir nada». Esos «otros materiales» son los intereses, claro está. En definitiva, son los hablantes, y no las lenguas como tales, los sujetos de la acción social. La cosa parece obvia, pero, visto lo visto, no lo es tanto. La prueba es que la doctrina oficial reconoce a las lenguas como propias de los territorios, no de las personas. Lodares se irrita con esa doctrina; yo también.

El último libro de Lodares, Gentede Cervantes: Historia humana del idioma español es todavía más brillante y curioso. Lo de «curioso» lo digo en sentido ponderativo, que no está registrado en el Diccionario de la Real Academia, pero el lector me entiende. Quizás el título del libro no sea muy feliz, mas todo no se puede pedir. Alude otra vez a la tesis de que una lengua es la integral de las personas que la hablan. Es una presunción poco compartida hoy en España. El estilo de Gente de Cervantes es tan llano que uno se olvida de que su autor es lingüista. Sólo me estragan algunas frases sesquipedálicas, pero el vicio es tan corriente como hablar con el apoyo de los movimientos de las manos. ¿Qué le vamos a hacer si el español es así de retórico?

Vuelve Lodares a su conocido argumento polémico: el español se ha impuesto allí donde había otras lenguas porque a los hablantes les convenía su uso. La imposición política ha sido bastante adjetiva, una consecuencia más que una causa. Ojalá sirva esa constancia histórica para iluminar a los actuales propulsores de la «normalización» de sus correspondientes lenguas. El deseo es mío, pero Lodares da pie para justificarlo. La ventaja de una Historia del (idioma) español, frente a las que se han hecho del pueblo español, es que la primera comprende, por necesidad, a América. Esa es la frescura del trabajo de Lodares. A Miguel de Unamuno le habría gustado leer una crónica así. Resuena la vieja tesis de que la patria es la lengua, que es como decir que la patria siempre anda a la gresca.

Otra forma de hacer historia en el caso de Lodares, que a mí me atrae, es que no necesita seguir un estricto orden cronológico. Cierto es que las cosas sucedieron unas detrás de las otras, pero nuestro privilegio como observadores es el de saltarnos a la torera ese orden. Me parece muy bien. Creo que sería insincero si no concluyera diciendo que Gente de Cervantes es un libro que a mí me hubiera gustado escribir. ¿Hay mejor recomendación que ese reconocimiento de envidia? Yo lo hubiera titulado La tribu de Cervantes, para realzar aún más la sabia mezcla que tiene de conocimiento y de ironía. De ambos bálsamos andamos muy desasistidos en España.

01/06/2001

 
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