ARTÍCULO

Testar las islas

Círculo de Lectores/Galaxia Gutemberg, Barcelona, 989 págs.
Selección de Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, José Ángel Valente y Blanca Varela
 

A uno le viene apeteciendo ladrar con Vallejo: «Quién hace tanta bulla y ni deja / testar las islas que van quedando» (Trilce 1). Y es que la bulla ante la publicación de esta antología ha sido monumental. Un fantasma recorría los mentideros españoles: el fantasma de la vanguardia. Pues bien: ya están aquí (siempre han estado aquí). Apresúrense a la librería próxima. Testen en soledad las pocas ínsulas que van quedando. Merece la pena. El libro es una estupenda colección de versos. Se trata de una antología de poesía escrita en castellano por poetas españoles y latinoamericanos nacidos entre 1910 y 1959. Pretende ser la continuación de Laurel. Antología de la poesía moderna en lengua española (México, 1941), preparada por dos poetas mexicanos (Villaurrutia y Paz) y dos españoles (Prados y Gil-Albert). Sesenta y dos años después, el testigo lo cogen dos poetas latinoamericanos, Eduardo Milán y Blanca Varela, y dos españoles, José Ángel Valente y Andrés Sánchez Robayna. Las ínsulas extrañas recoge poemas de 99 poetas: 63 del lado de allá y 36 del lado de acá. Dos de ellos escapan al marco cronológico fijado: Pablo Neruda y Juan Ramón Jiménez. La razón: su condición de fundadores de la modernidad poética en cuyas aguas supuestamente chapotea la prole de poetas antologados. En el prólogo se nos narra una historia de la poesía española de los últimos sesenta años: tras la guerra civil sobreviene en la Península un falso realismo social que hostiga la natural continuación de la mejor modernidad, la originada en Neruda, Jiménez y la vanguardia experimental. Algunos miembros de la promoción del 50, y seguidores posteriores en los años ochenta, darán continuidad a este «pseudo-realismo naturalista», una lírica temática, convencional, prefabricada, antimoderna. Con todo, y ya desde los años cuarenta, semillas de resistencia experimental lograron mantener activo el pulso moderno. En Latinoamérica, una poderosa memoria vanguardista y la obra seminal y aglutinadora de poetas como Octavio Paz y Lezama Lima, permite una supervivencia más saneada de esta modernidad. De dichas semillas, más o menos encontradas en el Atlántico mental de varias generaciones, ha ido brotando una poesía en español de alta riqueza expresiva, desgarro experimental, subversión semántica. Ésta es más o menos la historia que nos cuentan. Las ínsulas extrañas pretende ser la cartografía de ese encuentro.

Dos aspectos reclaman el elogio: unir a poetas españoles y latinoamericanos en un proyecto único, y cubrir los últimos cincuenta años de producción lírica en castellano. Lo primero era un deber inexcusable, sentido, pero nunca del todo materializado. Hace poco reclamaba Juan Malpartida una «conciencia oceánica de la lengua», la consideración de la lengua española como «el verdadero continente de la nacionalidad», dado que «no hay nacionalismo sino el triunfo de la imaginación» Juan Malpartida, La perfección indefensa. Ensayos sobre literaturas hispánicas del siglo XX , Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1998, págs. 18-19.. Esta antología lo demuestra a las bravas. Con todo, los antólogos, en su furor oceánico, se han excedido en su valoración. Frente al «estrecho diálogo» y la unidad idiomática que descubren en el mundo hispano, sitúan el régimen diferencial (en lo literario y lo lingüístico) que hay en el mundo anglosajón. Con todos mis respetos, la comparación es absurda No existen esas «diferencias tan extremas que separan el inglés que se habla en Inglaterra y el inglés que se habla en los Estados Unidos». Ambas son variantes de una misma lengua, y su diferencia afecta casi exclusivamente a la pronunciación.. En segundo lugar, las relaciones literarias, especialmente las poéticas, entre España y Latinoamérica, han estado marcadas por la misma división que se aprecia entre Inglaterra y Estados Unidos. No nos pongamos estupendos. Apelar al impacto en España de Darío, Huidobro, o Neruda, con el fin de demostrar la existencia actual de ese estrecho diálogo es una broma, supongo. Es como mentar a Abraham para probar la bondad de las relaciones presentes entre palestinos y judíos. Es indudable que los antólogos, en particular Valente y Sánchez Robayna, son excepciones que confirman esta regla de reciente ninguneo recíproco. Que el diálogo ha sido defectuoso y fragmentario lo confirmará la probablemente desigual recepción que este libro tendrá a ambos lados del Atlántico. En España la crítica ondeará sus estampitas de iberos ausentes, los banquilleros chillarán (quizás de gusto por no estar), algunos titulares plegarán las orejas, casi pidiendo perdón. En Latinoamérica, imagino, los lectores escrutarán su quiniela (México 9-Bolivia 1, Argentina 9-Honduras 0...), y tratarán de articular su islote en este océano común. Dudo que las valoraciones tengan la panóptica contundencia que demostraba Yurkievich (uno de los incluidos) en una reseña reciente Saúl Yurkievich, «Donde la poesía concierta y mancomuna» en ABC Cultural, 557, 28 de septiembre 2002, pág. 15.. ¿Qué crítico español está capacitado para valorar el conjunto de esta selección hispana, y no meramente el sector ibero de la alineación? Lo ignoro. ¿Qué críticos de ambos lados tendrán el temple para intercambiar sus estampas? Lo ignoro. Esperemos que la mera existencia de este libro provoque, al menos aquí, un giro de atención hacia la obra de algunos poetas excelentes de la otra orilla: Vicente Gerbasi, Alberto Girri, Roberto Juarroz, Rafael Cadenas, Juan Gelman, Héctor Viel Temperley, Severo Sarduy...

Respecto de la segunda virtud potencial del libro, su aparente vocación de cubrir los últimos cincuenta años del siglo XX –el subtítulo reza «Antología de poesía en lengua española (1950-2000)»–, debo confesar mi perplejidad ante el resultado. Ya existía un intento para la poesía española de 1940-1980, estimable, de Paulino Ayuso Antología de la poesía española del sigloXX(1940-1980), edición de José Paulino Ayuso, Castalia, Madrid, 1998.. En el caso que nos ocupa, la fidelidad extrema de los antólogos a un lateral del criterio de inclusión (poetas nacidos entre 1910 y 1959) hace que queden fuera poetas tan decisivos y maduros de nuestro fin de siglo como Jorge Riechmann o Jesús Aguado. Quedan fuera, así, líneas de experimentación, inmensamente vivas, que darían una imagen mucho más cabal de lo que está siendo la supervivencia de la modernidad en España. La confusión aumenta si miramos al otro lateral: no hay nada del Aleixandre de Nacimiento último (1953) o Historia del corazón (1954), y sí está el mejor Hernández (fallecido en 1942). En resumen: el título es equívoco. Bastaba con quitar las fechas y, emulando a Laurel, inventarse un adjetivo, quizás «posmoderna».

Si lo que pretendían era no saltarse las reglas del juego, de acuerdo. Pero es que lo han hecho, y de forma insólita, en el lado primero de las fechas. Han colado un buen bocado del mejor Jiménez, y nada menos que once poemas de Residencia en la tierra (1935) de Neruda. La razón la dije antes: ofician de strong precursors (Bloom). Como lector, nada que objetar: esas 44 páginas son lo mejor de la antología. ¿Podía ser de otro modo? Y esto es arriesgado. Primero, porque no es sensato empezar con el mejor vino, y no ya de esta cata precisa, sino de las bodegas hispanas en general. Segundo, porque la elección de estos reservas no se acierta a explicar con nitidez: se nos habla de «indagación espiritual», de «pureza», de lo «esencial», lo «abisal», lo «órfico». Categorías demasiado vagas, lastradas peligrosamente en su tenaz invitación extrapoética, en su inflación de lo extracotidiano, podríamos decir con Habermas Jürgen Habermas habla de la contraria «Deflación de lo extracotidiano», Pensamiento postmetafísico (1988), Taurus, Madrid, 1990, págs. 59-63. . Idénticamente, podrían haber elegido a Vallejo, el poeta más citado en los poemas seleccionados, el más infiltrado en la dicción de muchos latinoamericanos. Y sin duda a Lorca, la tachadura más lamentable del programa trazado en el prólogo, quien, a pesar de este silencio, reverbera en tantas incidencias surrealistas del libro. Que Huidobro y Larrea, incluso Lugones, estén parcialmente ausentes de este programa moderno resulta asimismo intolerable. Hay muchas modernidades poéticas: enunciativas (Leopardi, Wordsworth), escénicas y morales (Baudelaire), poetológicas (Valéry, Pound, Apollinaire), fenomenológicas (Mallarmé), retóricas (Whitman, Rimbaud). Están relacionadas. No son necesariamente excluyentes. Aquí se opta, parece, por un «esencialismo» despragmatizado afín a posiciones de Valéry, Pound y Mallarmé, difícilmente reconciliables con Neruda.

El papel de Valente en el diseño estratégico es claro: suya es la elección del equívoco título sanjuanista las ínsulas extrañas: ¿son las «isole meravigliose» de Giorgio Agamben, las «îles étrangères» de Jacques Ancet, las «unbewohnten Inseln» de Johannes Boldt o las «strange isles in distant seas» de Allison Pears? Maravillosas, extranjeras, inhabitadas, extrañas, distantes, lo que sea. Pero extraño no significa esencial. Habría bastado con asimilar estas islas a los paysages dangereux de Breton, historizarlas, materializarlas. Abandonar de una vez esa cosmética de lo «órfico» que amenaza con colapsar a cierta historiografía reciente. Y es que este sesgo esencialista desequilibra el programa. Determina fuertemente su versión de la historia de la poesía reciente en español, ya esbozada, en la que la verdadera poesía moderna (esencial, órfica, pura, abisal) se define exclusivamente por su oposición a discursos falsamente realistas (la poesía social, el coloquialismo narrativo de los poetas del 50 y la reciente poesía de la experiencia) marcada por una tematización narrativa de lo social. Pero curiosamente se salva a cierta poesía social latinoamericana porque, en ella, lo «realista ha sido el peculiar tratamiento lingüístico del entorno social», esto es, por su uso de «un lenguaje verdaderamente realista, atento a las fluctuaciones del habla» En fin, la lectura de los poetas aducidos como auténticos realistas (Pacheco, Rojas, Lizalde) no mitiga la sorpresa que provoca este exabrupto romántico: si la lírica no abreva, como debe, en la reine Sprache (la lengua pura) que lo haga entonces en la Volksprache (la lengua del pueblo) se nos viene a decir, pues ambas emanan de las aguas abisales de la Ur-sprache (la lengua original). Uno se echa a temblar. Quizás no esté de más recordar, con Tomás Segovia, que mientras los poetas sociales (como Celaya) tematizaban lo social, buscaban decir lo social, ciertos poetas de la promoción del 50 hablaban desde lo social «Lo social ya no es el "tema" del poema, lo que sus palabras directamente nombran. Es el sistema en el que se articula y donde únicamente puede ser leído». Tomás Segovia, Contracorrientes, Universidad Nacional Autónoma de México, 1973, pág. 290.. Conviene recordar, además, que es imposible escapar a la palabra ideológica. Que no existe la palabra pura, apolítica. Que toda palabra es «territorio interindividual» (Voloshinov) y toda postura estética, incluso la más licuante o vacante, cristaliza en silueta ideológica. Decía Celan sobre su libro Schneepart (1971): «Cada palabra ha sido escrita, créame, en relación directa con la realidad. Pero no, esto no se entenderá»Citado por Carlos Ortega en el «Prólogo» a Paul Celan, Obras completas, trad. de J. L. Reina Palazón, Trotta, Madrid, 1999, pág. 33. . Y con «realidad» se refería a las erupciones sociales de finales de los sesenta. Es cierto que Sánchez Robayna reconocía en una ocasión que Brossa, Ory y Cirlot eran realistas Andrés Sánchez Robayna, «Presentación» a Juan Antonio Masoliver Ródenas, Poesía reunida, El Acantilado, Barcelona, 1999, pág. 16. , pero las consecuencias de este brillante juicio no se extraen aquí del todo y muchos versos de la antología se hacen eco parcial del conflicto.

Recientemente escribía García Montero que «el purismo estético es una consecuencia directa del mercantilismo» Luis García Montero, «Por los caminos de la palabra» en El sexto día. Historia íntima de la poesía española, Debate, Madrid, 2000, pág. 267.. Cierto. Pero también lo es su lírica presuntamente éngagé. Si la de Valente, según el poeta granadino, es una lírica manchada de «sacralización esencialista», de la lírica sentimental o experiencial cabría decir que transpira una «sacralización moralista». No hay distinción entre poesía «pura» y una poesía «participativa», como se quiere en el prólogo. La poesía más supuestamente pura es asimismo un robo (una participación) de lenguaje. Pero la poesía conscientemente «participativa» aloja también su momento esencialista: su sacralización del compromiso, su confianza ciega en la unicidad monádica del yo kantiano, racional, moral, su confianza (esencial) en la transparencia comunicativa del lenguaje y en la existencia de la realidad. No se ha liquidado, como sugiere García Montero, la escritura automática surrealista, ni el expresionismo oscuro, contradictorio, ni el simbolismo difuso. Estas criaturas modernas estan muy vivas. Pero conviene, eso sí, defenderlas con rigor. Considero que esta antología es un arranque excelente, un disolvente extraordinario para desatascar de una vez la confusión reinante en la historiografía reciente de la poesía española. Es ridículo pensar que sólo hay dos bandos en liza, y que éstos pretendan, como está ocurriendo, usurpar centralidad sociológica en el campo literario. Frente a la situación descentralizada, rizomaica, del escenario poético norteamericano, con diferentes editoriales y universidades oficiando de ganglios de poder, una situación envidiable que permite la existencia de, al menos, cinco versiones distintas de la poesía norteamericana actual, en España padecemos un penoso centralismo oficialista: una macrofísica del poder. Un ansia de protagonismo que induce a pensar que la poesía, la concepción de lo poético, sólo puede ser una. Esto es en gran medida achacable a la domesticación universitaria de la exégesis poética, obsesionada con el commentaire du texte, el historicismo, el generacionalismo. Aficionada, además, al trasiego teatral, en premios, cursos y congresos, de poetas septuagenarios. Líneas decisivas, como el surrealismo, la poesía concreta o visual, más que explicarse, se conjuran con minucioso afán taxidermista. Pienso en los daños que categorías como «irracionalismo poético» han hecho a la comprensión de la poesía reciente. Por no mentar la compulsión «generacionalista» de algunos críticos, apresados en la contabilidad nominal y el relevo escolar de estéticas. No hay visiones diacrónicas de alcance, que expliquen la supervivencia constante de la modernidad de Jiménez, Lorca, el primer Cernuda, Vallejo. El enemigo real de la modernidad poética no ha sido la poesía seudo realista. Ha sido cierta crítica literaria. Es cierto que algunos (Philip Silver, Félix Grande, Carlos Piera, Juan Malpartida, Miguel Casado) han tratado de combatir esta indigencia crítica. El empeño del último, Miguel Casado, ha servido entre otras cosas para recordarnos, por si hacía falta, la importancia de Ullán, Aníbal Núñez y Gamoneda. Esta antología no ignora a estos poetas, pero la selección de poemas les hace escasa justicia.

En definitiva, sorprende la timidez teórica de los antólogos, que no logran precisar su programa estético de manera positiva. Definen su apuesta negativamente, como lo otro del otro, en una «respectividad di-ferente» (differente Beziehung, diría Hegel). Y esa dialéctica (poesía de la experiencia-poesía esencial; poesía seudorrealista-poesía experimental) es una falsa oposición. Como afirmaba Stevens: «All poetry is experimental poetry». Renunciar a ver en «A José María Palacio» de Antonio Machado el síntoma inaugural de una línea de experimentación poética moderna en la que ingresa el conversacionalismo de los 50, se afila el cinismo coloquial de Biedma, y se perpetran las mejores impurezas sentimentales de García Montero, Wolfe o Marzal, supone un sacrificio considerable. Otra cosa es que los abundantes sucedáneos biedmanianos, tangueros y dulzones, puedan hastiar. Curiosamente Biedma está en la antología, y está el más narrativo, confesional, que es como un chorro de aire fresco a la altura de la página 573. No está el más provenzal, el más artesanal («Albada», «Apología y petición»). ¿Por qué? Acaso convenga recordar que el poeta de la promoción del 50 con mayor presencia en la aquí denostada antología de Castellet, Un cuarto de siglo de poesía española (1966), era José Ángel Valente. Acaso convenga advertir que Valente es el autor de varios libros excelentes de poemas, publicados en las décadas de los sesenta y setenta, de marcado carácter temático-social. O que Valente decía en 1968, en respuesta a un cuestionario, que las influencias más visibles en su generación eran Cernuda y Vallejo José Batló, Antología de la nueva poesíaespañola, El Bardo, Madrid, 1968, pág. 362.. Más arriba menciona a otros miembros del 27, y apuntaba tímidamente: «tampoco cabe desconocer la (influencia) de Neruda». En resumen, nada es tan claro como aquí lo pintan y la antología peca de no lograr trasladar del todo a la selección de poemas el programa estético construido en el prólogo, un programa de marcado apoyo dialéctico. En la selección domina lo bueno sobre lo malo, pero los tonos son muchos, muy variados, no contemplados en el «orfismo esencialista» ni juanramoniano ni nerudiano. Hubiera sido mejor optar: más eclecticismo y menos programa, o más programa y menos mano ancha.

Si existen los otros ocultos que se sienten damnificados, que hagan su antología, que articulen su apuesta, y que expliquen quiénes son realmente los fantasmas. Sólo desde la mostración de cartas se puede llegar a algo. Aquí han sacado cartas valientes, como Luis Rosales, un poeta extraordinario sobre el que pesan lamentables silencios. Su uso del versículo intimista fue fundamental para generaciones sucesivas (pienso en Valente), como lo fue la escritura derramada de Alonso o Aleixandre, excluidos de la antología por orden del tiempo. Han restablecido a Francisco Pino, Cirlot y Labordeta. No ocultan a Blas de Otero, aunque la selección de sus poemas no da una imagen cabal de su rara intensidad. Está Ángel Crespo, sensacionalmente representado, y no falta Costafreda. Tomás Segovia parece hecho para esta antología. Antonio Carvajal está en su sitio. Poetas más jóvenes, casi ilocalizables en las polvorientas vitrinas de nuestro historicismo, ingresan con fuerza merecida en el libro: Masoliver Ródenas, César Antonio Molina. Una poeta fascinante como Olvido García Valdés brilla en las últimas páginas. No obstante, y por no faltar a la disciplina retórica de este acto de habla, permítanme exhibir las estampas de mis ausentes. Lamento la ausencia del «Libro primero» de Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez. La de algunos grandísimos poemas de Gimferrer, no por muy antologados menos necesarios. La de Guillermo Carnero, grave. Las de Leopoldo María Panero y Alejandra Pizarnik, más graves si cabe, considerando el programa estético del libro. La fuerza innegable –confesional, surrealista, expresionista– de sus escrituras debiera primar sobre otras consideraciones, demasiado estrechas por previsibles. No entiendo la ausencia de Justo Navarro, Juan Barja y Carlos Piera. Puedo entender, a la luz del programa, las de Fonollosa, Miguel D'Ors, Luis García Montero y Javier Egea, pero no a la luz del resultado. En cualquier caso, salud y larga vida a este archipiélago.

01/11/2002

 
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