ARTÍCULO

Descendiente del Génesis

Pre-Textos, Valencia
226 pp. 18 €
 

Reeditado una y otra vez, publicado en México y en Londres, Las genealogías de Margo Glantz es un libro que peregrina de un mundo a otro, estableciendo siempre un nuevo principio de significación y recuperando una renovada vigencia con una sorprendente vitalidad. Es peculiar esta errancia, por lo menos en sus ediciones en español, que semeja de alguna manera lo que se cuenta dentro del libro. Publicado por Martín Casillas en Ciudad de México en 1981, había ido apareciendo previamente y por entregas en el diario mexicano Uno más uno. Después de eso, Las genealogías han sido publicadas en Lecturas Mexicanas por el Estado mexicano en 1987, en Alfaguara en 1990 y 1997, hasta recalar finalmente en Pre-Textos, probablemente su lugar más adecuado, en una bella edición, con nuevas fotografías familiares, con la fotografía en la portada de un niño judío ortodoxo por delante de una multitud, que señala su indudable procedencia y sentido.
Las genealogías es la relación de los hechos de una pareja judía que emigra a la ciudad de México y vive en ella a lo largo de tres generaciones, es decir, durante la mayor parte del siglo XX. «Todos, seamos nobles o no, tenemos nuestras genealogías», escribe Margo Glantz al inicio de su libro, y sigue: «Yo desciendo del Génesis, no por soberbia sino por necesidad. Mis padres nacieron en una Ucrania judía muy diferente del México donde tuve suerte de ver la vida entre los gritos de los marchantes de la Merced». V. S. Naipaul, que pertenece a una estirpe parecida, la de los brahmanes, en cuanto a su calculada continuidad y su remontarse a equivalentes orígenes, le diría que no, que ellos son la excepción, y que la historia demuestra que son los colonizadores los que tienen genealogías, pues los colonizados, sean éstos descendientes de esclavos negros llevados a América o indígenas aborígenes en una sociedad nueva, no remontan su historia más allá de la tercera generación.
Margo Glantz, y su libro lo soba y repasa, tiene el privilegio de pertenecer a una genealogía que, como ella dice, se remonta al Génesis, pero que, como le sucede también a Naipaul, al tener el valor de inscribirse e integrarse progresivamente en una sociedad más amplia y también más moderna y abierta, inaugura y continúa una pertenencia a varias genealogías, que en el caso de Margo Glantz se despliega por México, Estados Unidos y Rusia. El rastro, por usar un título caro a Margo Glantz, de esa progresiva laicización, es quizás una de las cosas más interesantes que suceden en Las genealogías, y probablemente lo que permite, como a Naipaul, que ese ejercicio genealógico de sus comunidades siempre referido a una historia mítica y colectiva, se refunda en una historia familiar y se reconstruya en narración personal. Porque no todas las familias no colonizadas tienen el privilegio de reconstruir una historia familiar. Se necesita el ejercicio, el placer y la disciplina de la escritura, en varias generaciones, para que esto suceda.
Una de las fuentes documentales, por ejemplo, más maravillosas de la historia inglesa proviene de las cartas que una sola familia fue escribiéndose durante varias generaciones, hasta que dejó de ser necesario o la costumbre se perdió. Que Margo Glantz o V. S. Naipaul se hayan convertido en escritores proviene de movimientos parecidos, en los padres de ambos, en un esfuerzo por inscribirse en sus sociedades y, esto es importante, por convertirse, dentro de ella, en escritores. Naipaul cuenta esto con detallada hermosura en Una casa para el Sr. Biswas y, más documentalmente, en las cartas que se escribe con su padre a su llegada a Londres, y Margo Glantz lo va desarrollando en la progresiva narración de la vida de su padre, desde el pueblo de campesinos judíos de Ucrania, amenazados y atacados continuamente por los pogromos: «Estamos en 1917. Entro a casa del tío y por poco me vuelvo loco, el tío tenía una larga barba, rizada y roja totalmente tinta en sangre, y él mismo estaba sentado en un río de sangre, con los ojos abiertos, con el miedo de la muerte aún no apagado, tal vez hasta respiraba; junto a él, envueltos en una sábana, todos los utensilios de la casa, todo lo que había de plata o de cobre, los candelabros sabáticos, el samovar. Entonces yo, muerto de miedo, sin saber qué hacer, corrí fuera de la colonia como demente. El pogromo duró varios días, Salí al campo profundo, pero sin agua, y encontré un pozo abandonado, y me aferré a los peldaños y ahí estuve varios días. Cuando oí que estaba todo calmado, salí. Antes, oía los gritos tremendos de las muchachas y los nov». A lo cual Glantz responde, mostrando el camino al que su padre la llevó: «Me parece conocido –intervengo–, es como esas bolas que contaban nuestros novelistas del siglo XIX y como algunas de las que contaban los que escribieron la novela de la revolución mexicana; las bolas y las levas, la confusión, el saqueo, la muerte». Lo que me parece interesantísimo en este diálogo es la marca de apropiación inconscientemente puesta por Glantz cuando dice «nuestros novelistas», refiriéndose a los pertenecientes a la historia literaria de México, que ella misma ha sido una de las principales en formar, impulsar y estudiar. Por supuesto, no es mi intención, ni remotamente, cuestionar las pertenencias de Margo Glantz, y aclaro esto porque no sería la primera vez que se le cuestionan a una persona sus pertenencias, elegidas o no. Creo que cada uno es de las patrias que se merece o inventa, y en el plano personal, no todas tienen la misma dignidad. Lo señalo porque esa frase marca el progresivo distanciamiento que dándose en la familia de Margo Glantz de la ortodoxia religiosa a la afirmación individual y familiar de un, llamémoslo así, liberalismo. Al mismo tiempo, como contrapartida, están también las presiones exteriores o sociales que marcan al individuo de regreso en una fijación que bien ya había abandonado, bien simplemente no consideraba pública. Como espejo de esa escena en Novo Vitebsk, Ucrania, antes de la Segunda Guerra Mundial el padre de Margo Glantz fue atacado en su tienda de bolsos. «En enero de 1939 mi padre fue atacado por un grupo fascista de Camisas Doradas que se reunieron en la calle Dieciséis de Septiembre, donde mis padres tenían una pequeña boutique de bolsas y guantes llamada Lisette. La barba, el tipo de judío y quizá su parecido con Trotsky hicieron de Jacobo Glantz el blanco perfecto para una especie de pogromo o linchamiento. Trataron de colocar a mi padre sobre la vía del tren para que éste le pasara encima, mientras otros arrojaban piedras y gritaban insultos tradicionales [¿qué querrá decir Margo Glantz con lo de «insultos tradicionales»?]. Mi padre pudo escapar, ayudado por algunos transeúntes asombrados, entrar a la boutique y subir al tapanco. El hermano de Sequeiros, que pasaba por ahí y entraba a saludar a mis padres, se colocó en la puerta con los brazos extendidos y gritó: Péguenme a mí». La historia continúa y Jacobo Glantz se salva. La historia tiene algo chusco, y todavía más si la ubicamos en México, donde probablemente fue uno de los pocos actos abiertamente antisemitas (el término me molesta, pero es el que se usa) que se dieron, pero es un ejemplo de cómo una misma escena puede disolverse en el anecdotario o convertirse en el principio de un acabose.
Lo que el libro de Margo Glantz va narrando es, repito, esa progresiva laicización. Es interesante, en ese sentido, la narración del viaje del padre de Margo Glantz a Moscú y su acercamiento, dado que era poeta, a los poetas revolucionarios y comunistas. Por el lado de su madre, a su vez, la narración de sus estudios de medicina, que es lo que quiere ser. El viaje a México cancela realidades y abre otras, la madre de Glantz no puede continuar sus estudios ni ejercer, pues una amiga le robó sus papeles. Entonces empieza a hacer otras cosas. Lo mismo el padre, que de escribir en ruso pasa a escribir en iris. Pero es sintomático que una vez en México no decida ponerle a sus hijas nombres judíos. Sólo a la menor de las cuatro, ya quizás en medio de un resensibilizacion de la cuestión judía, la llaman Shulamis. Margo Glantz estudia en la Universidad de México, donde enseña hasta la actualidad, y su libro es el notable ejemplo y ejercicio de esta laicización. Lo que demuestra que la educación laica es necesaria e indispensable. Una muestra de esto se da en la parte gráfica del libro, donde el padre de Margo Glantz aparece en compañía de su madre, vestidos ambos de carnaval, de mexicano, muy joven, probablemente recién llegado, de poeta serio, siempre en pose y por lo mismo siempre festivo. Lo que se nota es que su padre tenía sentido del humor, como lo tiene Glantz, con las bromas que va intercalando en su texto.

01/05/2009

 
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