ARTÍCULO

Inconformismo

Anagrama, Barcelona, 288 págs.
Trad. de Thomas Kauf
 

Pierre Bourdieu, hasta su reciente muerte, fue, para empezar, uno de los sociólogos más productivos de la segunda mitad del siglo XX . Da vértigo, en efecto, la cifra de publicaciones –en torno a 1.800– que adornan su historial académico. Ha sido también uno de los sociólogos más creativos: a él debemos nociones tan interesantes y hoy ya tan corrientes como las de capital cultural o capital social, habitus o campo, producción simbólica o bien simbólico. Y ha sido también un intelectual de inquietudes múltiples y de conocimientos de amplio espectro: desde la estética a la política, desde la crítica del arte y la cultura hasta la sociología del conocimiento y la filosofía, desde la etnografía hasta la sociología de la educación. Murió, finalmente, siendo uno de los sociólogos más populares, popularidad la suya –académica y extra académica– que no dejó de crecer desde que allá por 1995 adquiriera un tan decidido compromiso con la izquierda política y con la lucha contra la ideología y la praxis neoliberales. Huelga decir que ese compromiso no supuso ninguna caída de ningún caballo en ningún camino de Damasco. La sociología de Bourdieu siempre estuvo animada por un afilado sentido crítico y por un inteligente inconformismo. Igualmente influido por Sartre y Lévi-Strauss, en su polémica de posguerra, pero intentando superar los peligros de sendos subjetivismo y objetivismo, buscando luego la síntesis –en su teoría de la producción y consumo de los bienes simbólicos– entre Durkheim y Marx, nunca dejó de buscar la conexión sistemática, de la mano de Weber –de sus nociones de carisma y legitimidad–, entre el poder material, anclado en la estructura de clase, y el poder simbólico fijado en el status y en los estilos de vidaVéase Rogers Brubaker, "Rethinking social theory: the sociological vision of Pierre Bourdieu", Theory and Society, vol. 14, nº 6 (noviembre de 1985), págs.745-775) . Mas, siempre escéptico con la ilusión durkheiminana del consenso, supo poner de relieve los aspectos de dominación social (no de integración) ocultos en la «economía de las formas simbólicas».

En Las estructuras sociales de la economía, Bourdieu vuelca prácticamente toda la batería conceptual que ha ido desarrollando a lo largo de los años –y técnicas de análisis, que van desde el análisis de las correspondencias múltiples, que ya usara en La distinción, hasta las entrevistas en profundidad– sobre el análisis de un bien específico y concreto, el de la vivienda unifamiliar en Francia, pero en toda su complejidad sociológica. Bien simbólico donde los haya, la casa en propiedad y el entramado de su venta (el mercado inmobiliario) incorporan tal cantidad de elementos –desde las regulaciones burocráticas del «campo» hasta las técnicas de marketing (que explotan las preferencias propietaristas pero socialmente construidas de los individuos); desde las ilusiones y autoengaños de los compradores hasta las políticas estatales en el ámbito financiero, crediticio e inmobiliario; desde las consecuencias imprevistas y las trampas y sacrificios y decepciones implicadas en su compra hasta los procesos de identificación personal, de construcción de status, etc.–, que el análisis –y el libro-acaban siendo de una riqueza y una complejidad insospechadas.

Tiene razón Bourdieu cuando, ya en la breve introducción del libro, advierte –y convence– de que el mercado y los bienes que en él se distribuyen no sólo son realidades históricas –y tienen, por lo tanto, una génesis que no conviene olvidar– sino que, por ello mismo, son realidades socialmente construidas y, en grandísima medida, sostenidas por la intervención públicoestatal. Todo ello hace que, a menudo, los asépticos análisis estrictamente económicos, basados en las asunciones motivacionales del homo economicus y en la teoría de la decisión racional, dejen tantos elementos fuera –elementos sociológicos y politológicos– que resultan, cuando no superficiales, casi siempre insuficientemente explicativos. Si nos detenemos en el bien «casa», tan cargado de contenido simbólico, tan determinado por factores históricos, tan dependiente de políticas públicas y tan incierto (pues la gente no sólo se embarca –llena de ilusión y de miedos– en una dilatada aventura financiera y vital, proyectando su subjetividad entera en ese espacio doméstico, sino que verá cómo esa decisión de compra cambiará su vida, sus hábitos de conducta, tendrá costes –por ejemplo, de transporte y tiempo– imprevistos, modificará sus preferencias y le obligará a racionalizaciones a veces imposibles y a sacrificios sobrehumanos), entonces uno no puede más que darle la razón a Bourdieu respecto de su insatisfacción con el análisis económico y la teoría económica estándar. Hay muchas cosas interesantes en este atípico libro, pero a mi entender lo más interesante es su dimensión política . Por evidentes razones de espacio destacaré sólo los dos siguientes pasos:

1. Cuando en los años setenta del pasado siglo se impone en Francia, en el seno de la alta función pública, una nueva política de vivienda, orientada a la vivienda unifamiliar en propiedad, tras duras luchas dentro de la propia burocracia, se estaba a la vez poniendo en práctica una filosofía social de corte neoliberal. Esa nueva política de vivienda que impulsaba el acceso a la propiedad «estaba concebida –escribe Bourdieu después de un análisis preciso y documentado de las distintas posiciones en los distintos ministerios– como un arma contra lo «colectivo», contra lo «social»... Como el huerto obrero de antaño, el «chalé» unifamiliar, y el crédito a largo plazo que daba acceso al mismo, tenían que atar duramente a los «beneficiarios» a un orden económico y social que consistía en sí mismo la garantía máxima que los propietarios duramente endeudados podían ofrecer a la banca. Y ello, además, ofreciendo a las instituciones bancarias la posibilidad de movilizar con mayor amplitud el «ahorro dormido» (págs. 148-149). Sobran los comentarios y nadie ignora el espectacular boom inmobiliario que tiene lugar en España desde hace algunos años. Tampoco ignorará la mayoría de los compradores las servidumbres laterales que la hipoteca de su casa les obliga a asumir: en el mundo del trabajo, por ejemplo, la deuda hipotecaria aumenta la dependencia del trabajor con respecto a su puesto de trabajo, pues perderlo podría significar no poder hacer frente al pago de un bien –su propia casa– donde está implicada su vida entera. Y con esa dependencia aumenta también el sometimiento del trabajador, otra dimensión política de este oneroso bien simbólico.

2. La despolitización de las clases trabajadoras urbanas: «Bastaría con evocar –escribe Bourdieu en la pág. 227– el caso estadísticamente corriente, de todos esos habitantes de chalés prefabricados de los barrios llamados residenciales que, seducidos por el espejismo de un hábitat falsamente unifamiliar [...], no disfrutan de la solidaridad de los antiguos barrios obreros ni del aislamiento de los barrios ricos: separados de sus lugares de trabajo por horas de desplazamiento diario, están privados de las relaciones que se tejían en su barrio –particularmente por y para la reivindicación sindical-y no están en disposición de crear, en un lugar de residencia que agrupa a individuos socialmente muy homogéneos, pero que carecen de la comunidad de intereses y de afinidades asociados a la pertenencia a un mismo universo de trabajo, las relaciones electivas de una comunidad de ocio».

La casa en propiedad, el chalé, el adosado se convierte así en el «mito de la casita» (pág. 224) que no sólo frustra al individuo y lo atrapa, pese a todas sus compensaciones, sino que lo desmoviliza políticamente. El libro de Bourdieu tiene muchas facetas que atraerán la atención no sólo del sociólogo profesional –por sus brillantes análisis de la burocracia, de las técnicas publicitarias, de las psicologías y las «disposiciones» de los compradores, de la competencia entre constructoras–, sino de todo aquel que esté pensando en tomar la decisión (o la haya tomado ya) de dar un giro a su vida comprando a crédito su casita con jardín en las afueras de la ciudad. Un libro inteligente, riguroso y profundo. Sin duda alguna.

01/09/2003

 
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