ARTÍCULO

Arsénico sin amor

Acantilado, Barcelona
Trad.de Joan Fontcuberta
118 pp. 14 €
 

Cuando, en el Berlín dorado y miserable de 1922, la joven peluquera Elli Klein envenenó a su marido con la ayuda de su amante Margarete Nebbe, las mujeres transgredieron tres normas sociales: la ley, el papel de la mujer pasiva sometida al hombre, así como la moral sexual dominante. La triple infracción, junto con la aparente crueldad del crimen, alborotó la ciudad, cuyas revistas y gacetillas informaron detalladamente del juicio. El caso parecía ofrecer todos los ingredientes de una sabrosa novela negra. Sin embargo, el sucinto relato documental Die beiden Freundinnen und ihr Giftmord de Alfred Döblin (Stettin, 1878-Emmendingen, 1957), que Joan Fontcuberta tradujo con su habitual capacidad de recrear el tono característico de un texto, no cumple con la intriga que promete el título, es decir, una historia de «mujeres asesinas». Ostentosamente, el autor se abstiene de cualquier pretensión estilística, de cualquier tipo de adorno, de cualquier recurso narrativo que genere suspenso. Prescinde, además, de cualquier punto de vista moralizante y se aproxima a los hechos con la pura y sobria intención de comprender la complejidad de las relaciones humanas y los procesos malignos que pueden causar. Mediante un estilo paratáctico, propio de una historia clínica, se limita a relatar lo que pudo extraer de la abundante documentación. La interpretación, el diagnóstico, se desprende del conjunto de los datos: la biografía de los implicados, el contenido y la caligrafía de la correspondencia de las imputadas, el diario de sueños de Elli, los reportajes periodísticos, las actas del proceso, así como los informes psiquiátricos y sexológicos de los peritos, entre ellos el conocido sexólogo Magnus Hirschfeld.
Por una parte, esta falta de subjetividad corresponde al planteamiento estético de la llamada Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad), a la que Döblin se adhirió públicamente en el «Programa Berlinés» de 1913, donde acuñó el concepto de «estilo pétreo», exigiendo que el autor se fundiera con los objetos y que renunciara a su hegemonía. Por otra parte, pone de manifiesto una actitud científica muy propia de un escritor que, especializado en el sistema nervioso, ejerció como médico hasta que el nacionalsocialismo truncara su existencia profesional.
Fue perseguido en su condición de judío, socialista y vanguardista experimental. Cuando los libros del gran modernizador de la novela del siglo XX y candidato al premio Nobel del 1929 (que finalmente ganó Thomas Mann, su oponente en todos los sentidos) se quemaron en la hoguera, su autor se refugió primero en Francia, y, a partir de 1940, en California. En 1946 estuvo entre los primeros exiliados que volvieron a Alemania con la intención de restituir al país destrozado la cultura democrática. Pero siete años más tarde se resignó ante la indiferencia reinante y se retiró de nuevo a Francia, cuya nacionalidad había obtenido durante el exilio. «Yo sobro en este país donde nací y donde nacieron mis padres», comunicó a Theodor Heuss, el entonces presidente de la República Federal de Alemania. Debido a una recepción tardía, desfasada y fragmentaria, cincuenta años después de la muerte de Alfred Döblin aún no hemos sabido ponderar su verdadera dimensión literaria. La mayor parte de la dilatada y variada producción de novelas, glosas políticas, piezas teatrales y obras memorialísticas publicadas antes y después de la obra magna Berlin Alexanderplatz (1929) ha permanecido en una especie de exilio. El más empeñado en el rescate ha sido Günter Grass, que en 1975 fundó un premio literario con el nombre del autor, al que sigue llamando maestro. Acaso Döblin escribió «demasiados libros buenos», como sospechó recientemente un crítico alemán. Una insaciable búsqueda espiritual lo llevó a cultivar una multitud de estilos y argumentos que escapan a la clasificación. Cada uno de sus libros se adentra en un universo geográfico, histórico y filosófico particular, como puede ilustrar una pequeña selección de títulos: Los tres saltos de Wang-lun (1915) trata del taoísmo chino; Montañas, mares y gigantes (1924) plasma la visión de un mundo técnicamente deshumanizado en el siglo XXVII; la trilogía Amazonas (1938) narra los horrores de la colonización de Sudamérica; Noviembre 1918 (1939-1950) despliega en cuatro partes los acontecimientos de la revolución alemana al final de la Primera Guerra Mundial; Hamlet o la larga noche llega a su fin (1956) expone los virulentos problemas de la posguerra mediante la historia de un soldado inglés que vuelve a casa y no soporta la hipócrita paz familiar.
En el transcurso de su impresionante actividad literaria, Döblin se acercó a las ideas del expresionismo, del futurismo italiano, del marxismo y del judaísmo para finalmente convertirse al catolicismo. Su personalidad compleja y su vida difícil, llena de golpes trágicos, sería materia para una apasionante biografía que todavía no se ha escrito. Sin embargo, lo suyo no era solamente la exploración de grandes universos, sino también la del microcosmos emocional y social de los individuos, como demuestra el relato del envenenamiento. Este texto de 1924 inauguró una serie de publicaciones titulada Marginados de la sociedad. Los crímenes de nuestro tiempo, muy a tono con el interés por la patología del delito en la República de Weimar, a la cual contribuiría también Ernst Weiss con El caso Vukobrancowics. Sin embargo, Döblin no sitúa la historia del crimen al margen de la sociedad, sino en su seno, en la pareja y la familia pequeñoburguesa. Desde el principio, el autor se manifiesta en contra de la criminología biologista que intenta definir la tipología psicofísica de los delincuentes, especialmente de la mujer homicida, aclarando que la protagonista «era un tanto especial sin llegar a ser rara». A continuación reconstruye minuciosamente las escenas de un matrimonio infeliz, basado en expectativas mutuamente frustradas. Describe cómo esta lucha de poder de los sexos genera una sexualidad violenta y desemboca en el alcoholismo y maltratos por parte del marido. No deja duda de que el amor lésbico entre Elli y Grete con sus propios altibajos no nace de una patología sexual, sino de la necesidad de ternura y apoyo que los hombres no pueden darles. Resalta la corresponsabilidad del entorno social, especialmente la del padre que, en conformidad con los valores patriarcales dominantes, obliga a su hija a volver con su marido cuando ésta ya había recurrido a una separación legal. Sólo entonces se desencadena una dinámica mortal que hubiera podido detenerse. Al crimen precede «el envenenamiento psíquico» de Elli. Finalmente, Döblin busca una explicación psicoanalítica de los motivos de la delincuente que, paradójicamente, mata a su marido con arsénico mientras lo salva de varios intentos de suicidio, una explicación que profundiza mediante el análisis de los sueños y las cartas de la homicida. Todo ello relativiza la utilidad del veredicto judicial a los efectos de combatir las causas del delito: «No instruía a los padres, a los profesores ni a los curas a estar atentos, a no unir lo que Dios había separado. Era como el trabajo de un jardinero que arranca malas hierbas a diestro y siniestro mientras las semillas vuelan y se esparcen». Contra el reduccionismo del principio de causalidad, Döblin defiende, en un epílogo teñido de escepticismo ante el alcance de sus propias explicaciones, la necesidad de una visión orgánica: «Sólo tenía una cosa clara: que no se puede comprender la vida o un capítulo de la vida de un individuo fuera de su contexto. [...] Esta simbiosis con los otros y también con las habitaciones, las casas, las calles y las plazas es una realidad». En Berlin Alexanderplatz el autor desarrolla esta idea a una escala mayor. Hoy en día, precisamente cuando el número de las víctimas de la violencia doméstica –en su mayoría mujeres– se dispara, las reflexiones de Döblin cobran actualidad y nos proponen interpretar este hecho como síntoma de nuestra sociedad en su conjunto.

 

01/08/2008

 
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