ARTÍCULO

Patologías partidistas y terapias revitalizadoras

 

Los partidos políticos desempeñan un papel absolutamente imprescindible en las democracias representativas, ya que conectan mutuamente a la sociedad con el Estado, es decir, organizan y articulan los distintos intereses sociales y hacen llegar las demandas de la sociedad a las instituciones de gobierno, asegurando de esta forma que las decisiones de éstas reflejarán el sentir mayoritario de los ciudadanos que se verán afectados por ellas. Como reconoce el artículo 6 de nuestra Constitución, los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Los partidos son, por tanto, unas organizaciones situadas a caballo entre el Estado y la sociedad. Necesitan que sus dos extremidades, la que los conecta con la sociedad y la que lo hace con el Estado, funcionen adecuadamente.

Pero desde el surgimiento de los primeros regímenes políticos representativos hasta nuestros días, los partidos han ido atravesando cambios trascendentales, aunque mantengamos la misma etiqueta para referirnos a organizaciones tan diversas. El último de estos importantes procesos de transformación ha venido produciéndose desde el final de la Segunda Guerra Mundial y ha dado lugar a un reforzamiento sin precedentes de la relación de los partidos con el Estado, al tiempo que ha ido debilitándose su relación con la sociedad. Por un lado, el reconocimiento constitucional de los partidos, la extensión de los sistemas de financiación pública de los mismos, la racionalización del parlamentarismo como reacción a la caótica experiencia del período de entreguerras y la propia expansión del Estado en las sociedades democráticas y, por otro, las transformaciones económicas y sociales que han hecho más difusas las divisiones ideológicas o la forma en la que el desarrollo de los medios de comunicación de masas ha cambiado la manera de hacer política y de llevar el mensaje de los partidos a los ciudadanos, todos estos procesos han transformado la relación entre las dos extremidades de los partidos. Mientras que la conexión con el Estado se ha fortalecido hasta el punto de que nuestros partidos políticos –sobre todo en Europa– son hoy día dependientes de aquél, la pata que los une a la sociedad se ha ido esclerotizando (el número de militantes de los partidos ha descendido en todos los tipos de organizaciones partidistas y en todos los países, y la presencia de los partidos en ámbitos sociales –como el lugar de trabajo o el vecindario– donde antes era común es hoy, si acaso, testimonial), aunque aún contenga una arteria vital sin la que ni los partidos ni la democracia sería posible: el voto de los ciudadanos.

Esta transformación de los partidos no ha estado exenta de ciertas derivaciones patológicas, entre las que destacan dos procesos no desconectados del todo entre sí. Probablemente, el más llamativo haya sido la oleada de escándalos de corrupción relacionados con la financiación ilegal que han eclipsado la vida política en casi todas las democracias durante la década pasada. Pero este fenómeno no ha sido ajeno por completo al segundo proceso patológico asociado a esta mayor dependencia de los partidos del Estado: la falta de transparencia y de democracia en los procesos de toma de decisiones en el interior de los partidos.

El desarrollo de estas patologías partidistas se ha visto acompañado, a su vez, de la creciente difusión en todos los países democráticos –tanto en jóvenes como en viejas democracias– de una actitud claramente mayoritaria entre sus ciudadanos, que se ha venido en tildar de cinismo democrático. Esto es, una combinación de, por un lado, un amplísimo apoyo a la legitimidad de los ideales del sistema político democrático y, por otro, un no menos extendido recelo hacia las diversas instituciones de gobierno, los actores y los instrumentos que permiten el funcionamiento en la práctica del tal sistema, especialmente en lo que se refiere a los políticos y a los partidos Es muy recomendable consultar la investigación colectiva dirigida por Pipa Norris: Critical Citizens: Global Support for Democratic Governance (Nueva York, Oxford University Press, 1999). .

Es complicado determinar el umbral a partir del cual la insatisfacción ciudadana con las prácticas democráticas deja de reflejar un sano escepticismo hacia las instituciones de gobierno para convertirse en una desafección cínica que pueda socavar la legitimidad democrática. Pero el hecho de que en las sociedades democráticas se vaya extendiendo el número de ciudadanos críticos que desconfían –sin importar tanto que lo hagan justificada o injustificadamente– de sus líderes y sus partidos políticos, no tiene por qué dar lugar, por sí mismo, a una degradación de la democracia. Muy al contrario, puede suponer un acicate para que políticos y partidos actúen con mayor responsabilidad hacia la sociedad a la que representan De hecho, la preocupación por las posibilidades que los ciudadanos tienen para controlar a los políticos está generando una interesante literatura bajo la etiqueta común del término inglés de accountability. Dos títulos destacados de ésta son Andrea Schedler, Larry Diamond y Marc F. Plattner (comps.), The SelfRestraining State. Power and Accountability in New Democracies (Boulder, Lynne Rienner, Co. 1999), y Adam Przeworski, Susan Stokes y Bernard Manin (comps.), Democracy, Accountability and Representation (Nueva York, Cambridge University Press, 1999). , aunque para ello no es necesario –y mucho menos probable– que transformen la sospecha y el recelo en respeto por la política y los políticos. De no ser así, se corre el riesgo cierto de que la insatisfacción ciudadana acabe por extenderse también a la valoración del sistema democrático como tal.

En el contexto de la preocupación suscitada por esta encrucijada en que se encuentran actualmente los partidos políticos en las sociedades democráticas, Las conexiones políticas de Roberto Blanco supone una contribución oportuna e imprescindible. Sin perder de vista lo que ha ido aconteciendo en este terreno en los países de nuestro entorno, Las conexiones políticas está centrado sobre todo en el análisis y en la propuesta y discusión de posibles soluciones para el caso español. Este foco de atención principal sobre España es uno de los principales atractivos de este libro, y no sólo para los lectores interesados en la política española. Aunque la inquietud que generan las patologías partidistas de estas últimas décadas afecta a prácticamente todas las democracias occidentales, el caso español presenta algunas singularidades que lo convierten en un objeto privilegiado de análisis, dado el carácter especialmente agudo con que se han presentado aquí algunos de los rasgos con que se describe la crisis de las organizaciones partidistas. Basta con recordar dos datos contundentes: por un lado, las cifras de afiliación a los partidos en nuestro país están muy por debajo de las de los países de nuestra órbita, y su volumen total no ha superado nunca el dos por ciento del total del electorado; por otro, las encuestas de opinión arrojan siempre en nuestro país los menores porcentajes de entrevistados que dicen sentirse más o menos cercanos a algún partido Algunos de estos datos en Richard Gunther y José Ramón Montero, The Anchors of Partisanship: A Comparative Analysis of Voting Behavior in Four Southern European Democracies . Estudio/Working Paper del CEACS del Instituto Juan March, n. o 2000/150 (marzo 2000). Véanse, por ejemplo, los cuadros 3 y 4..

Partiendo del hecho de que el papel de los partidos es absolutamente imprescindible para el funcionamiento de las democracias representativas, Roberto Blanco se propone en este libro «luchar por reducir a su mínima expresión las múltiples patologías partidistas» (pág. 14) con el objetivo de evitar la degradación de la democracia. Para ello recupera y reescribe parcialmente siete ensayos anteriores que habían sido publicados por separado. La estructura del libro gira en torno a las dos extremidades con las que los partidos conectan con la sociedad y con el Estado, pudiéndose agrupar los siete capítulos del libro en tres partes. Los tres primeros capítulos repasan algunos de los principales problemas que ha generado la creciente atrofia de la relación de los partidos con la sociedad a la que representan, mientras que los tres últimos se centran en el análisis y las posibles vías de solución de algunas de las patologías a que ha dado lugar el reforzamiento de la conexión de las organizaciones partidistas con el Estado. Entre medias, el capítulo 4 sobre las negativas consecuencias para el proceso de construcción europea de la inexistencia de verdaderos partidos políticos europeos, aunque en apariencia muy distinto al resto del libro, sirve como contrapunto para resaltar el importante papel que desempeñan los partidos en un sistema político auténticamente representativo.
 

PARTIDOS Y SOCIEDAD

En la primera parte del libro, Roberto Blanco examina los síntomas que pueden llevar a pensar que la relación de los partidos con la sociedad ha entrado en crisis y se detiene en el análisis de las dos patologías, ya citadas, que el autor cree más amenazantes para el futuro de la legitimidad de la democracia. Pero el autor, tanto en esta parte como en el resto del libro, no sólo se limita a diagnosticar los problemas y a señalar su relevancia para la futura legitimidad y estabilidad de los regímenes democráticos, sino que propone y discute algunas posibles vías de solución para estos problemas. Así, por ejemplo, en el capítulo 2, después de un muy informativo repaso a los sistemas de financiación de los partidos, Roberto Blanco recoge y comenta las modificaciones al actual sistema de propuestas por los principales partidos españoles y presenta su propia alternativa personal. Como parece querer insinuar el autor, lo más triste de esta discusión entre diferentes propuestas es que parece estar a día de hoy completamente fuera de la agenda política. Tras algunos intensos debates sobre la financiación de los partidos a mediados de la década pasada, parece que la calma que ha seguido a los escándalos de entonces ha arrumbado la preocupación de nuestra clase política por este problema. A diferencia de otros países cercanos como Italia o Francia, donde el vendaval de escándalos ha dado lugar a importantísimas modificaciones de sus sistemas de financiación partidista, en España sigue vigente un sistema que ha evidenciado sus profundas limitaciones, sin que esto parezca producir hoy día mucha inquietud.

Por lo que se refiere a los problemas de falta de democracia interna en los partidos, tras adelantar su planteamiento en el capítulo 1, Roberto Blanco se detiene a analizar en el capítulo 3 la reciente experiencia de la celebración de elecciones primarias para la designación de candidatos en el Partido Socialista. Para el autor, esta experiencia, con todas sus sombras, constituye «la más importante novedad producida en el funcionamiento interno de los partidos españoles desde la restauración del Estado democrático» (pág. 85). De acuerdo con el autor, sería oportuna la apertura de las primarias a un universo más amplio que englobe a los simpatizantes, y sería necesario extender su uso a todos los partidos. Pero esta conclusión optimista sobre las primarias –pese a todos los problemas a que dio lugar la relación del candidato Borrell con la dirección del PSOE encabezada por Almunia– no es ingenua. Roberto Blanco es plenamente consciente de los problemas a que da lugar la introducción de las primarias en partidos como los españoles –sobre todo los que afectan a «la propia capacidad competitiva del partido» (pág. 106)–, pero resalta las grandes ventajas que trae consigo en términos de una mayor permeabilidad de la organización y de una mayor cercanía de ésta hacia las demandas sociales Sin referirse directamente al mecanismo de las primarias, en su excelente «Accountability and Manipulation», José María Maravall ha señalado cómo los partidos internamente democráticos pueden constituir una arena de control sobre los gobernantes muy efectiva que, además, cuentan con la ventaja de tener una mayor capacidad de reacción ante los cambios del entorno que una organización cerrada sobre sí misma y oligárquica, como el PSOE de los años ochenta y primeros noventa. Este trabajo está publicado como Estudio/Working Paper del CEACS del Instituto Juan March (n. o 1996/92) y como capítulo en el libro de Przeworski, Stokes y Manin anteriormente citado.. No parece, sin embargo, que la experiencia norteamericana de las primarias vaya mucho en este sentido, ya que en ese país los discursos y las actividades de los líderes políticos suelen radicalizarse en época de primarias, lo cual es comprensible, dado que el universo de quienes en ellas votan es muy diferente al de las elecciones propiamente dichas y está compuesto por sectores menos moderados que el elector medio.
 

PARTIDOS Y ESTADO

Los tres capítulos que componen la última parte del libro atienden a algunas de las patologías derivadas del reforzamiento de la relación de los partidos con el Estado. Al igual que en la primera parte, vuelve a haber un capítulo –el séptimo y último– con una perspectiva más global –aunque en este caso centrado exclusivamente en el caso español– y dos que se refieren a problemas más concretos. Así, el capítulo 5 parte del convencimiento del autor de que el proceso de patrimonialización por los partidos del nombramiento de los altos cargos del Estado contribuye a ahondar en la «fortísima crisis de confianza en la forma de funcionamiento de la democracia» (pág. 139). Como resume el autor: «Los gobiernos han nombrado altos cargos con independencia de la capacidad técnica, preparación profesional o adecuación personal de los candidatos al puesto para el que eran designados [...]. Los partidos han primado, en consecuencia, la lealtad sobre cualquier otra circunstancia» (pág. 142). Para evitar las nefastas consecuencias –en términos de deslegitimación de la democracia– de estas prácticas, el autor propone un mecanismo de control parlamentario de estos nombramientos (págs. 156-164) inspirado en la institución norteamericana del sistema de advice and consent of the Senate , instrumento cuyas virtudes y defectos repasa en detalle (págs. 147-156).

El capítulo 6 propone una visión algo más general que el capítulo anterior sobre el control parlamentario en la actualidad. Frente a las frecuentes afirmaciones desesperanzadas que señalan que el control parlamentario de la actividad del gobierno está en crisis, Roberto Blanco parte del convencimiento de que, «bien al contrario, tiene ahora una vitalidad y densidad de la que casi siempre ha carecido» (pág. 168). En este capítulo el autor se detiene a describir cuáles son las características singulares que presenta en la actualidad el control parlamentario, resaltando el hecho ya conocido de que la actividad parlamentaria de las minorías se dirige a «debilitar a la correspondiente mayoría ante la opinión pública» (pág. 171) y refiriéndose brevemente a algunos fenómenos novedosos de la actividad política en estos últimos años como el papel creciente de jueces (pág. 185) y medios de comunicación (págs. 186-188).

En claro contraste con el tono optimista del capítulo 6, el balance sobre el papel de los partidos políticos en el período democrático en España con que se cierra el libro está escrito en una clave bien distinta: «La historia de nuestra experiencia partidista en el período transcurrido entre el año 1978 y 2000 resulta [...] la de la progresiva gestación de una gran desilusión» (pág. 189). Tras un rápido repaso a las distintas etapas en que el autor divide tal experiencia –los sucesivos momentos de la constitucionalización, la legalización, la consolidación y la contestación–, marcadas todas ellas por el denominador común del reforzamiento de la relación de los partidos con el Estado, Roberto Blanco muestra su preocupación una vez más por los dos fenómenos que, según él, son los principales responsables de la actual desilusión de los españoles con sus partidos: el control oligárquico de los partidos en el proceso de selección de nuestros representantes políticos ––mediante la confección de las listas de candidatos– y los escándalos de financiación ilegal. El principal efecto de estos dos fenómenos ha sido, de acuerdo con el autor, el «desprestigio de los partidos y, aún más allá, del oficio del político y la política como actividad pública, sin precedentes comparables» (págs. 207-208).

En definitiva, Las conexiones políticas es un libro imprescindible para los ciudadanos interesados en el análisis y la comprensión de algunos de los principales problemas de la política contemporánea. Es una obra muy informativa, tanto por lo que se refiere a la descripción de algunas patologías contemporáneas de la estructura y la actividad de los partidos como, sobre todo, por el análisis de algunas realidades institucionales, entre las que destacaría los sistemas de financiación pública de los partidos o el control del Senado norteamericano sobre los nombramientos presidenciales. Por último, las propuestas de solución de determinados problemas que el autor hace son siempre enormemente sugerentes y, aunque no se esté de acuerdo con algunos de sus planteamientos, es necesario tomarlas seriamente en consideración.

01/12/2003

 
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