ARTÍCULO

Las cartas de Hinojosa

Ed. e introd. de Julio Neira y Alfonso Sánchez
Fundación Genesian, Sevilla, 1997 224 págs.
 

La afición a exhumar la correspondencia privada de personajes de alcance público en los distintos ámbitos ha venido acompañando en las últimas décadas al intento de rehabilitar olvidados y ajustar la imagen de los más conocidos, tras el levantamiento de la veda franquista. Especialmente, la historia menuda de la llamada generación del 27 es hoy de dominio público en buena parte gracias a esa ya abultada lista de varia lección, a la que ahora se suma este epistolario del escritor y político José María Hinojosa (1904-1936), pulcramente editado por dos distinguidos especialistas en la obra del malagueño, los profesores Julio Neira y Alfonso Sánchez.

La obra se compone de setenta y tres misivas –que van desde un telegrama, varias tarjetas de visita y postales, hasta epístolas de mayor sustancia e incluso alguna carta abierta–, enviadas entre 1922 y 1936 a un número reducido de corresponsales, amén de las dos despachadas a la prensa malagueña con fines sindicales y electoralistas: Federico García Lorca, Jorge Guillén y Manuel de Falla son los destinatarios más ilustres; pero superan en número las expedidas a Juan Guerrero Ruiz y Rafael Porlán y Merlo, camaradas de aventuras editoriales, y sobre todo al librero León Sánchez Cuesta, abastecedor del ávido Hinojosa durante sus estancias en el extranjero. Otra se remite a sus padres, y las demás a dos cortejos malagueños fallidos. Todas son documentos inéditos hasta la fecha, salvo las dos dirigidas a García Lorca y Guillén –ya publicadas con anterioridad por el propio Neira; la primera, fragmentariamente–, así como una a Porlán (nº 28) y las dos cartas abiertas. Los textos van arropados con una semblanza de Hinojosa trazada a partir del propio epistolario, una rigurosa anotación y tres apéndices, que incluyen varios poemas del malagueño, cuatro misivas de Manuel de Falla y las entrevistas realizadas por Alfonso Sánchez, en 1993 y 1996 respectivamente, a Ana Freüller Valls y María Eugenia Gross Loring, los amores frustrados de José María y únicas corresponsales vivas en esas fechas. Cierra la edición una cumplida bibliografía.

Cuando dos investigadores dedican sus ocios a explorar cada alusión, a seguir con olfato casi detectivesco la pista de algún destinatario –como en el caso de las entrevistadas por A. Sánchez–, a documentar cada detalle en notas que con frecuencia superan en dimensiones y enjundia a las propias cartas, no se puede menos que pensar en la generosidad del erudito, que sacrifica su tiempo en tareas oscuras y no siempre recompensadas. Si se añade que ese fervor miniaturista se ha empleado en un autor de los tenidos por menores, se impone el grado de exhaustividad alcanzado por los estudios acerca del 27, del que tanto se sabe ya, aunque, paradójicamente, tanto se ignore, fuera de los cánones establecidos. Pero tal despliegue de medios tiene también su cara sombría: tras la lectura de este epistolario es posible que, con gran injusticia para el noble empeño de los editores, alguien se pregunte si no nos hallaremos ante un nuevo exceso provocado por el fetichismo que rodea a la edad de plata, y que, en nombre de la reconstrucción histórica o literaria –cuando no respondiendo a más turbios fines, lo que evidentemente no es el caso de Neira y Sánchez–, ha sacado a la luz con dudosa oportunidad tanta reliquia, en forma de borrador primerizo, carta personal u otros escritos de interés exclusivamente privado, muchas veces intrascendentes, cuya difusión tan escaso favor hace a sus autores.

Pero la licitud de publicar lo que un autor no concibió para ese fin es discusión antigua en la que no vamos a entrar. La obra que nos ocupa constituye, en todo caso, uno de esos trabajos donde la laboriosidad de los estudiosos está muy por encima de su objeto. Porque, si bien estas cartas –y no todas– pueden tener algún valor instrumental para el especialista en la medida en que contribuyen a completar la corta trayectoria del autor de La flor de Californía, o a confirmar lo ya sabido, a todas luces carecen de otra virtud. Gracias a ellas se verifica, ciertamente, la peripecia, presumiblemente ideológica y amorosa, que llevó a José María Hinojosa al abandono de la literatura, después de unos años de intensa experimentación, para consagrarse con igual celo a la abogacía, el mantenimiento de la hacienda paterna y la política desde posiciones conservadoras. Ello constituye sin duda un enigma clave para la comprensión de este escritor. De lo que en el mutismo literario de Hinojosa a partir de 1931 tuviera que ver el desprecio de Ana Freüller por las inclinaciones poéticas de su pretendiente algo se trasluce en estas cartas, en especial si se recuerda el capítulo que el paisano de ambos José Moreno Villa dedicó a aquellas aburridas niñas burguesas de su tiempo, quienes «a cualquier cosa de orden espiritual que se les comunicaba respondían con un no seasbobo» (Los autores como actores, México, 1951, pág. 14). Pero no menos cabría achacar el caso Hinojosa a la ley del péndulo: el joven pudiente de provincias deslumbrado en sus viajes por Europa, lector de novedades en lenguas extranjeras que escribe la propia con faltas de ortografía, que cambia París por Campillos, que abraza sucesivamente el surrealismo y los ejercicios espirituales, la Nouvelle Revue Française y La Unión Mercantil, puede ilustrarnos bastante acerca de lo que hubo de significar la vanguardia artística de entreguerras en un país subdesarrollado como España. Otras calidades, insistimos, estéticas o de otro tipo, no hay que buscarlas en estas cartas.

El modesto epistolario, en suma, de un autor discreto, que sólo la competencia y el encomiable esmero con que ha sido editado convierten en lectura hacedera, y aun gustosa.

01/02/1999

 
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