ARTÍCULO

La vida, y nada menos

Alfaguara, Madrid
204 pp. 17 €
 

 Esta es una novela que me he visto obligado a leer (es un decir, mera retórica, puesto que fue en verdad un placer) dos veces seguidas, a muy pocos días de distancia entre ambas lecturas. No era para menos, porque resulta que uno de sus dos narradores en primera persona es un cacereño que emigró en febrero de 1963 a Europa –concretamente a los Países Bajos, adonde llegó el 7 de febrero de ese año–, y se casó con una neerlandesa con quien tuvo tres hijos. Es decir, que salvo por el origen español (en mi caso, Andalucía) y el destino emigratorio (en mi caso, Alemania), todos los demás datos coinciden al cien por cien con los de mi propia biografía. E ainda mais, a la narradora le sucede a sus treinta años en Ámsterdam un episodio casi homologable al cien por cien con otro donde fue protagonista mi mujer en Madrid, allá por 1990.

Se explica, pues, la necesidad de una segunda lectura ya en frío, sin la sorpresa que me invadía durante la primera, una sorpresa que hasta me paralizaba en algún momento, casi a cada página, como si estuviera asistiendo a una especie de déjà vu de mi propia vida. La vie et rien d’autre se titula una de las más bellas e intensas películas del maestro Bertrand Tavernier, y este podría ser también el de Landen, que es una palabra neerlandesa con un doble significado: tierras (lugares, países) y aterrizar.
La historia del cacereño es la que más tiene que ver con lugares y países, y la de su contraparte neerlandesa con el aterrizar, porque se pasa la vida viajando, muchas de esas veces volando, a fin de poder llegar a descubrir dónde es que vive, si es que todavía vive, la persona que le salvó la vida cuando era niña, la persona que la rescató del auto en llamas donde sus padres mueren carbonizados en un accidente de tráfico. Esa persona no aparece mencionada por su nombre en el acta policial levantada con motivo de ese accidente, pero la protagonista sabe que existió y logra hacerse con una lista de las posibles personas entre las cuales una pudiera ser su salvador: su ángel, como ella lo llama. 
En el capítulo primero (es decir, que no traiciono absolutamente nada de la apasionante trama de esta novela), los caminos de ambos narradores se cruzan al darse la fortuita circunstancia de que los dos se sientan en una misma fila durante un vuelo a Schiphol, el aeropuerto de Ámsterdam. Pero no solo es que se cruzan, sino que incluso se entrelazan en una urdimbre indisoluble, y es porque el hombre muere durante el aterrizaje (= landen), y su compañera de asiento, luego de avisar al personal de a bordo, y en un rapto irracional, desaparece llevándose una cajita de madera que el emigrante había colocado en el asiento entre los dos, y de la cual le dijo que estaba llevándola, para enseñársela, a su hijo mayor.
Lo que más me interesa destacar en esta reseña es que la autora posee una habilidad endiablada para hacer que ambos relatos discurran cada uno a su aire y sin tener nada que ver el uno con el otro a partir del segundo capítulo. Aun cuando vengan a reunirse en el último, de la manera más inesperada, y sin embargo más lógica, y sin embargo más sorprendente, que es algo así como un happy end sin happy end, y que solo se me entenderá cuando se lea la novela. Pues bastaría una sola palabra mía acerca de ese final para comportarme como el acomodador de cine que se vengó de un espectador de Muerte en el Nilo que no le dio propina, susurrándole al oído: «El asesino es Mia Farrow».
Hay mucho y bueno de trabajo de campo en torno a las condiciones en que vivían (vivíamos) los emigrantes de aquellos años sesenta, gracias a que la autora supo recurrir a una fuente extraordinaria y que recomiendo casi tanto como la propia novela: un libro titulado Me vine con una maleta de cartón y madera. Emigrantes españoles en el sureste de Holanda, 1961-2006, editado en 2009 por el Museo de Cáceres, dentro de la serie «Memorias». No descansé hasta tener en mis manos un ejemplar de esa publicación y poder sentir, leyéndola, la existencia de mejores testimonios del exilio económico que las novelas de Ángel María de Lera (Hemos perdido el sol) y de Rodrigo Rubio (Equipaje de amor para la tierra): en ese libro queda reflejado mucho de todo aquello que fue nuestro día a día en calidad de «mano de obra no cualificada» (¡bah, peones, para qué eufemismos!) de una Europa que nos atrajo como limaduras a un imán para que hiciéramos las tareas coolies de su milagro económico común.
(Las dos novelas antes mencionadas, sean cuales fuesen sus méritos, si es que acaso los tuvieran, no pasan de ser eso, novelas, invenciones, que poco o nada reflejan de la realidad que vivimos acá en aquellos años. No existen sino tres libros, además de ese de Cáceres, que valgan la pena en relación con nuestra emigración laboral a Europa: Contamos contigo (1972), Pronto sabré emigrar (1974) y Vida de un emigrante español (1979), los tres de Víctor Canicio).
Y regresando a Landen, no puedo sino recomendar su lectura, pese a ser muy poco lo que se me ocurre argüir como recomendación sin que se me enrostre que estoy demasiado comprometido con el tema. Lo que sería lógico, porque después de todo lo expuesto, en esta que es la reseña más personal que haya escrito nunca, hasta el lector más despistado debe ya saber que soy aquí juez y parte, y eso nunca es bueno, a no ser que se trate de una buena causa. Pero yo creo que sí, que se trata de una buena causa. Creanmeló, por decirlo a la manera rioplatense. 

01/10/2011

 
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