ARTÍCULO

Webstories y leyendas

Destino, Madrid
372 pp. 20,50 €
 

Siempre he pensado que Internet es un buen aliado de la literatura, decía Eduardo Lago en una conversación on-line con diversos internautas sostenida en 2006. Ese era el año en que este «autor tardío» ganaba el Premio Nadal con Llámame Brooklyn, su primera novela, publicada a los cincuenta y dos años. Tras las expectativas creadas, Lago vuelve ahora a cruzar el charco desde la ciudad de Nueva York, donde reside, para presentar un segundo libro que busca ser una novela, aunque es más bien un conjunto de cuentos. O, tal vez, se trata del primer libro escrito para ser leído como quien navega por la web. En cualquier caso, Ladrón de mapas es una obra que corrobora el talento narrativo de un autor singular en el panorama literario español, cuya escritura exhibe particulares rasgos de mestizaje entre el universo literario norteamericano y el español.
En su nueva entrega Lago se vale como excusa de la literatura generada en Internet para indagar en esa nueva realidad tan extrañamente parecida a lo literario. «Improbable lector: Ahora que mi texto se ha asomado a tu pantalla, te pido unos minutos de tu tiempo». Ladrón de mapas comienza con una apelación de lejano eco baudelairiano. O bien podría tratarse de uno de esos numerosos mensajes inesperados que nos llegan a través del correo electrónico. En cualquier caso, funciona como un llamamiento directo a nuestra curiosidad y una puesta a prueba de la eficacia del narrador para mantener nuestra atención. En el caso de Ladrón de mapas, es Sophie la que comienza a rastrear el origen de estos relatos que aparecen por sorpresa en la pantalla de su ordenador. Pero si los primeros capítulos siguen este mecanismo de indagación, a partir de la segunda parte, su pista se pierde y comienzan a sucederse una serie de historias independientes. Con una prosa directa y cautivadora, Eduardo Lago avanza y retrocede en el tiempo y en el espacio. De pronto es de noche y estamos en un bar de alterne en mitad del territorio ruso oyendo a un alto funcionario que le cuenta la película Noches blancas de Visconti a un círculo de prostitutas que sollozan por la fallida historia de amor que están oyendo. Si la referencia literaria inmediata alude a la novela del «padrecito Dostoievski» en la que se basa la película, en un plano más general destaca la combinación de personajes  y ambientes que Eduardo Lago maneja con la naturalidad propia de un cuento de Chéjov. 
Precisamente, la fuerza narrativa de Ladrón de mapas proviene de la acabada ambientación de los lugares en que cada cuento adquiere dimensiones propias. Con toda naturalidad, nos trasladamos desde Rusia a las calles de Bombay para encontrarnos con un anciano que conoció a Rudyard Kipling. Unas páginas más tarde, oímos al trabajador de un tanatorio en San Francisco, que durante veinte años ha guardado la urna que contiene las cenizas del asesino en serie que mató a su hija. Son episodios incluso delirantes, cuyo principal vínculo de proximidad se cifra en esa combinación entre realidad y ficción que Eduardo Lago maneja con sutileza y una pizca de nostalgia. Ahora, si algo caracteriza la narrativa de este autor es el constante juego de referencias al espacio virtual creado por la literatura. No puede olvidarse que Eduardo Lago es un consumado animal literario, traductor y entrevistador de grandes autores de las letras angloamericanas.
Ya en su premiada primera novela, el autor recurría al mecanismo de armar un libro dentro del libro, comprobando los numerosos hilos que parten o culminan en un relato. Si en Llámame Brooklyn era el periodista Néstor Oliver-Chapman quien intentaba completar y reconstruir la novela inacabada de su difunto amigo Gal Ackerman, en Ladrón de mapas ese papel de reconstrucción le corresponde a Sophie (aunque, de hecho, Néstor vuelve a aparecer brevemente como destinatario de una de las historias). Podría decirse que, mientras en su primera novela Lago organizaba la trama alrededor de la reconstitución de un libro, en esta nueva entrega el argumento gira en torno a la disgregación del autor. La consecuencia más palpable de este nuevo enfoque es que mientras Llámame Brooklyn conserva una unidad novelística, Ladrón de mapas acaba por convertirse en una unión de distintos cuentos que funcionan dentro de un espacio común.
Pese a que la palabra «cuento» suena a anatema en boca de algunos editores y lectores de la península ibérica, eso no es algo que acabe afectando al trabajo de Eduardo Lago, que tras veinte años de residencia en un país como Estados Unidos, que ha dado gran categoría al relato breve, se instala hábilmente en este género. Por lo demás, que Ladrón de mapas no sea una novela poco importa. Es, al cabo, una fabulosa pieza de literatura en la que su autor esboza un guiño a ese personaje que fue Felipe Alfau, escritor español asentado en Estados Unidos, que publicó dos novelas en inglés y que aparece tanto en Llámame Brooklyn como en Ladrón de mapas. En el prólogo a la primera de ellas, Locos, escrito en 1928, Alfau ya anunciaba lo que a ratos esboza Ladrón de mapas ochenta años más tarde: «Esta novela está escrita en cuentos con el propósito de facilitar la tarea del lector. [...] Al ser cada capítulo una historia en sí misma, el lector puede coger este libro y comenzar a leerlo por el final y acabar por el comienzo o puede comenzar por el principio y acabarlo por la mitad, dependiendo de su estado de ánimo. En otras palabras, puede leerlo de la forma que se le antoje, excepto tal vez al revés».

01/12/2008

 
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