ARTÍCULO

La ambición del sastre

Alianza, Madrid
Trad. de Catalina Martínez
322 págs. 2.725 ptas.
 

A juzgar por la lectura de Walcott, el Caribe, las Antillas, son un territorio único cuya rosa de los vientos sólo indica el Norte: Estados Unidos, previo desvío por Inglaterra. Lo cual no estaría mal como propuesta –por qué no: la literatura caribe lo ha hecho con otras muchas divertidas e iluminadoras transgresiones–, de no ser porque, en lugar de enriquecer la realidad, que es la obligación del artista, es avaro con ella: en ese mismo mar de Walcott han vivido y viven muchos más poetas y realidades de las que él nombra (y lo hace como si no existieran otros, ese es el problema), demasiado conocidos como para andar ocultándolos.

De modo que proponer un Caribe casi sólo anglosajón con un par de prestigiosas pinceladas francófonas –Saint-John Perse y Chamoiseau-no deja de resultar pintoresco. El problema es que sólo pintoresco. Buscar como busca Walcott una identidad antillana, y prescindir, para empezar, de Lezama, Carpentier y toda la nómina de cubanos que ocuparía varias páginas de esta revista, de no pocos venezolanos o, ya puestos, del mismísimo García Márquez (que más de una vez se ha definido como un escritor caribe y ha escrito unas cuantas páginas para demostrar que tal cosa existe), por no hablar de toda la literatura centroamericana y mexicana del Caribe (yucateca), sólo puede ser atribuido a un grave contagio por parte de Walcott del hoy en día espectacular provincianismo de la literatura anglosajona, que en su vertiente británica tal vez pueda ser propuesta sin demasiado ridículo como la más rica del mundo (Borges), pero que precisamente por eso se mira el ombligo como ninguna otra.

Como no lo hace la otra cultura caribe, la del dominicano Henríquez Ureña o la de Lezama y el grupo de Orígenes, cosmopolitas donde los haya. Y esto no tiene nada que ver con una especie de chovinismo hispano (no en quien suscribe, al menos) sino con lo contrario. Buscar una identidad antillana sin hablar de su principal característica, que es la apertura a todos los vientos (léase El siglo de las luces, de Carpentier, o la obra y vida de Saint-John Perse o el indo-caribe-británico V. S. Naipaul, precisamente), supone tal deformación que en sí misma constituye el diagnóstico de una miopía cultural por lo demás histórica: salvo ilustradas excepciones, las islas del Caribe han permanecido siempre de espaldas unas a otras, copiando a las metrópolis colonizadoras o practicando el crêolismo (en ocasiones interesante), hasta unos extremos de pintoresquismo como sólo puede producir la exacerbación localista. Uno de los primeros en interesarse por los otros fue Carpentier, hace muy poco, y además él era de origen francés.

Aunque quizá no quepa hablar de una intención nítida en un libro tan irregular que es de preguntarse si se trata de una obra o de una apresurada compilación editorial surgida (la edición en inglés es de 1998) al amparo del premio Nobel concedido a Walcott en 1992. Una edición por lo demás útil en España, no sólo por la alarmante parquedad en la edición de ensayo literario, sino por lo informativo que resulta este respecto a su autor y a la industria cultural de la que procede. En el consabido cajón de sastre, el volumen incorpora textos de 1970 a 1997 y de diversos géneros, si es que a estas alturas hablar de géneros todavía significa gran cosa más allá de la mercadotecnia editorial, crítica y académica. Yo no lo creo demasiado pero Walcott sí, a juzgar por sus comentarios, en alguna ocasión de una obviedad inesperada, como proponer que en los fríos inviernos de las «ciudades serias» se tiene «la ilusión de vivir en una novela rusa, en el siglo XIX ». El libro lo componen tres ensayos sobre la identidad antillana, un relato final que no es excesivamente relato, y una parte central de textos sobre ocho autores anglosajones, Chamoiseau y el poeta ruso Joseph Brodsky –amigo de Walcott, nacionalizado estadounidense, y Nobel poco antes que él–, que es a mi juicio, quizá por su conocimiento de lo que habla, el mejor texto del volumen; ahí sí que no hay obviedades, salvo en el abanico de referencias de poetas rusos, que son los de cita ineludible: Maiakovski, Pasternak, Tsvetáieva, Mandelstam, Ajmátova... (¿habrá otros poetas rusos? A juzgar por lo que se suele leer en Occidente, no).

Y ese es el otro problema del libro: no sólo se centra en el norte sino que una vez allí casi parece un catálogo de la cita obligada en el mundo anglosajón, o para ser más exactos, en el mundo anglosajón académico. Al margen de su interés, ¿existen otros poetas en inglés, aparte de Ted Hugues, Philip Larkin y Robert Lowell (y el prosista Naipaul)? Es posible e incluso probable que existan, pero no será esa una conclusión que se obtenga leyendo a la corriente central del pensamiento crítico anglosajón, a menudo generoso y previsible con algunos (4.500 textos al año produce la llamada industria Shakespeare, aunque este es un ejemplo injusto pues aquí sí se comprende el entusiasmo) y avara hasta la ceguera y la mudez con los demás. También se habla de Hemingway, Robert Frost (el vate de cabellera blanca que declamó en la coronación de John F. Kennedy), y algún amigo del autor, cronista (por lo visto excelente) de criquet. La almendra del libro no se encuentra pues ni en su temática principal, ni en su estructura, sino como a menudo sucede con los poetas, en un refinado lenguaje elegido palabra a palabra y, a su través, en la poética del autor, que se percibe de lenta sedimentación, y en ocasiones original y estimulante. Así, en un ejemplo al azar, que recuerda a Chomsky, cuando habla de la «memoria de la imaginación» que existe en la literatura «que nada tiene que ver con la experiencia real» y es «de una vida distinta» (pág. 84), o cuando estudia cómo se transfigura la poesía en Brodsky.

Y no es tanto la exactitud crítica de Walcott lo que interesa –nada tan impreciso como la exactitud crítica, de todas formas–, como el hecho de que a través de toda esa sucesión de discretos, elegantes y a veces sutiles juicios sobre sus colegas vamos poco a poco trazando su retrato. Y por una vez, pues es raro que tal cosa ocurra, se trata de alguien que responde a su imagen: un hombre negro y con los ojos claros (algo no infrecuente en el Caribe anglosajón). Esto es, un hombre que pese a la lectura unidireccional de su mirada, no puede evitar encontrarse en el centro mismo del mestizaje presente que profetiza el futuro, y que como a menudo sucede con los periféricos, aunque parezca tener vocación metropolitana –algo que él describe y critica con insistencia–, no puede dejar de reflejar lo inestable (y formidable) de una cultura situada en el centro de un mar de vientos y piratas. Cajón de sastre, pues, que como siempre ha ocurrido con los cajones de todos los sastres del mundo, si bien se mira termina desvelando el traje que le gustaría al sastre: la prenda tiene no pocos méritos y elegancias, sobre todo en los detalles, pero decepciona y hasta preocupa cuando, por ejemplo, a propósito de la poesía de Larkin, Walcott señala que el rostro, la voz y la vida de la medianía es «la vida que llevamos la mayoría de los mortales, por no decir todos, salvo las estrellas de cine y los dictadores».

Puede que sea cierto pero, aunque no quede bien decirlo, creo que hubo épocas en las que ningún sastrepoeta se hubiera resignado a escribir algo semejante. Épocas en que los poetas hubieran hecho casi cualquier cosa para escapar, no sólo de la medianía, sino de la tentación de cantarla. Resulta demasiado fácil.

01/02/2001

 
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