ARTÍCULO

La violencia de nuestros días: a la búsqueda de un nuevo paradigma

Balland, París
 

Una ojeada a los titulares de la prensa de un día cualquiera nos sumerge en la constelación de las variadas violencias que atraviesan nuestra sociedad. Éstas se producen en los diferentes niveles de realidad social en que vivimos: planetario, internacional, nacional, local, privado, íntimo... Pero, al final, todos los actos de esa constelación repercuten dramáticamente en la vida concreta e irrepetible de personas concretas. El libro de Michel Wieviorka aparece (febrero de este año) en un momento que nadie puede decir que no es oportuno. Poco tiempo después, el 8 de marzo, las voces feministas coreaban en nuestras ciudades consignas contra el terrible espectáculo cotidiano de la violencia de género. Y en estos días todavía estamos estremecidos por la masacre con la que despertó la ciudad de Madrid el día 11 de ese mismo mes. Tanto ha cambiado el paisaje del mundo, que se hace necesario un nuevo paradigma desde el que enfrentarse al análisis de las diferentes formas de violencia. A configurar este nuevo enfoque está dedicado el libro, que destila mucho trabajo de reflexión y de crítica de lo aportado en el campo de la violencia por las ciencias humanas.
Para dirigir a los lectores hacia ese nuevo enfoque, la obra cuenta con una sólida arquitectura. Consta de tres partes perfectamente diferenciadas. La primera es un intento de introducir al lector en los elementos más significativos de ese nuevo paisaje: del análisis profundo y documentado de estos elementos se deduce la necesidad de conqtruir un nuevo paradigma. En la segunda se dedica el análisis crítico de los enfoques clásicos de la violencia que la ciencia social nos facilita y a plantear sus insuficiencias. Y, por último, la tercera está consagrada a fundamentar el nuevo paradigma.
Para Wieviorka la violencia es lo contrario del conflicto y no su prolongación. Percibe la capacidad estructuradora de la vida social que tiene el conflicto, entendido éste como la relación desigual entre dos grupos o actores que se oponen en un mismo espacio, relación en la que cada cual trata de mejorar su posición relativa, sin tratar de destruir al otro. La sociedad contemporánea viene definida por la pérdida de centralidad de los dos grandes conflictos que estructuraban nuestras sociedades: el conflicto obrero, en el ámbito interno, y, en el ámbito internacional, la Guerra Fría. La pérdida de centralidad del conflicto obrero es un factor de violencia y, en este sentido, el autor pasa revista al terrorismo de extrema izquierda y a la violencia urbana juvenil. A veces, paradójicamente, la violencia desempeña en los jóvenes un papel tal que se constituyen en actores, a través de la experiencia de ésta, cuando algunas asociaciones son capaces de transformar la violencia en un conflicto estructurado. De manera que, como el propio autor reconoce, las relaciones entre violencia y conflicto son sutiles y no obedecen a una regla única absoluta.
La Guerra Fría, por su parte, impedía a ciertos Estados ir más lejos en su lógica de guerra o de violencia, en función de sus consecuencias en ese gran conflicto. Hoy nos encontramos enfrentados, por un lado, a continuos riesgos de desestabilización nuclear, debido al carácter parcial de los organismos de control, y, por otro, a la multiplicación de conflictos localizados de baja intensidad.
El proceso de mundialización (como los franceses siguen llamando a la globalización, expresión más usada en el mundo anglosajón) induce un decrecimiento de las guerras entre Estados en provecho de otras guerras civiles y de masacres interétnicas. En la época contemporánea, al mirar a los conflictos metapolíticos –religiosos, étnicos– ya no podemos pensar en la guerra como la simple prolongación de la política. Y las redes diaspóricas desempeñan un papel importante en la economía criminal y en el sostenimiento de algunos terrorismos. Por otro lado, a partir del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos renueva con furor inusitado su papel de Estado guerrero. Wieviorka se pregunta, al final del capítulo sobre el declinar del Estado, sobre si este declive hace que nos encontremos en una nueva Edad Media.
Es a finales del siglo XIX cuando se inicia el salto a la esfera pública de las víctimas de la violencia. En el ámbito internacional, con el incremento de víctimas civiles en las guerras, y la aparición subsiguiente de asociaciones como la Cruz Roja. Y en el ámbito interno de los Estados, con la violencia ejercida sobre los niños y sobre las mujeres y la aparición de políticas centradas exclusivamente en las víctimas. Con el tiempo nacerán asociaciones como Médicos sin Fronteras y otras defensoras y de denuncia, y se movilizarán las mujeres y las familias. Y esta entrada masiva de las víctimas en la arena pública hará que se borre, una vez más, en el mundo contemporáneo la frontera que separa lo público de lo privado. Genocidios como el de los judíos o el de los armenios prepararán el camino para que se comience a plantear el derecho de injerencia, tan controvertido en nuestros días, sobre todo en las modalidades de aplicación.
Ya en el siglo XX aparecerá como nueva disciplina la victimología, que tratará de poner en relación a la víctima con el autor, primero, y después a la sociedad con la víctima, reconociéndole a ésta un estatuto y asistencia. Este nuevo campo de interés opera una inversión: el peso de éste pasa del autor, el delincuente, el violento (la reinserción social, por ejemplo), a la víctima. La violencia es la negación del otro como sujeto. El grave peligro de la víctima es caer en el victimismo, no llegar a constituirse en un sujeto autónomo y constructivo.
El último capítulo de esta primera parte está dedicado a desentrañar las relaciones de la violencia con los medios de comunicación de masas. Es éste un gran debate que se inicia en los años sesenta del pasado siglo y que continúa en la actualidad. Pasando revista a la relación de los medios con el terrorismo, el autor desvela, en primer lugar, las diferentes posibles posiciones de los terroristas. Después se enfrenta a la cuestión de la objetividad (víctimas, universalismo) y la subjetividad (autor, particularismo) de la violencia. La distancia entre los dos puntos de vista puede hacerse enorme, como cuando el silencio se cierne de tal manera que sólo las víctimas y sus más allegados hablan de lo sucedido: la objetividad desaparece del ámbito público. Y puede reducirse al máximo, como cuando el sentimiento de inseguridad ciudadana sobrepasa la objetividad de los hechos. Tras ello, Wieviorka pasa revista a algunos de los miles de estudios que tratan de conocer la influencia de las imágenes violentas sobre el comportamiento. Es una interesante revisión que le sirve para concluir las dificultades que tiene el investigador para aclarar el paso último a la acción que da el actor. Una cuestión muy interesante que se suscita es la de las consecuencias de que, mientras que las imágenes violentas se producen en un contexto determinado que les da un cierto sentido, luego pueden ser, y a menudo lo son, descifradas en un contexto diferente, ignorando el sentido primitivo y produciendo así la sensación de ser la violencia por la violencia, de un sinsentido de la violencia. Las diferencias de edad pueden asimismo, producir un efecto de este tipo en relación con el sentido de la violencia.
En la segunda parte, mucho más corta que la primera, se pasa revista a las principales teorías de la ciencia social que tratan de dar cuenta de la violencia. Las teorías de la frustración como causa fundamental de la violencia, tanto en su versión simple como en la que se refiere a la frustración de los intelectuales, presentan para el autor un determinismo pobre y no pueden dar lugar a una teoría general de la violencia. Además pueden degenerar con relativa facilidad en una naturalización de la violencia.
El siguiente capítulo de esta parte está dedicado a establecer los límites de un enfoque, más hobbesiano, de la violencia como medio, como instrumento para conseguir un determinado objetivo. Este enfoque, siempre que no sea tomado en un sentido estrechamente economicista a la hora de establecer lo que puede ser un objetivo para el actor, tiene el mérito de no arrojar la violencia en el saco del puro sinsentido, del absurdo o de la pura reactividad. Sirve para analizar la orientación política que puede tener la violencia. Pero parece dudoso que la violencia constituya un simple medio entre otros varios de un repertorio establecido en cada cultura concreta; precisamente porque la violencia es la transgresión, y es aquello que muchas veces escapa al cálculo y que aparece como misterioso. La razón está encerrada por las fronteras del repertorio, está limitada por la cultura.
Por ello, otro capítulo está dedicado a aquellos enfoques que se rompen de la cultura y de los tipos de personalidad que una cultura concreta privilegia. Pasa revista crítica al enfoque de la personalidad autoritaria de Adorno. Tendría el mérito de hacernos posible una reflexión sobre la importancia de la familia y la escuela, pero su déficit mayor consistiría en dejar de lado la experiencia como factor determinante de la personalidad. Es muy interesante el planteamiento de lo que Michel Wieviorka llama, con Galtung, violencia cultural, noción que le sirve para rendir cuenta de aquellos aspectos de una cultura concreta que hacen legítimo el recurso a la violencia; lo cual pone de relieve el interés de la discusión de las relaciones entre disponibilidad y legitimidad de un medio, entre verosimilitud y legitimidad, en el seno de una cultura concreta. Para el autor se hace preciso conjugar el carácter natural, pulsional de la violencia con el proceso histórico que tiende a controlarla política y culturalmente. Y, en este sentido, Elías es quien mejor ha establecido el proceso a través del cual, y desde la Edad Media, los occidentales hemos aprendido a controlar y a interiorizar las pulsiones de violencia.
En el último capítulo de la revisión teórica, el autor resalta dos aspectos importantes. El primero es el interés que representa la distinción analítica entre expresividad e instrumentalidad de la violencia. Algunos ya utilizamos esta consideración al hablar del nacimiento de la violencia de ETA como «lenguaje expresivo del silencio impuesto en el espacio público por el régimen franquista», y hoy resulta de particular interés para el análisis de los diversos terrorismos que padecemos. El segundo aspecto es el que hace referencia a aquellas dimensiones que los enfoques clásicos no han tenido suficientemente en cuenta; muy particularmente, la subjetividad del actor.
A esta última está dedicada la última parte de la obra, partiendo de una concepción determinada de sujeto. La violencia no puede ser considerada un simple medio entre otros dentro del repertorio concreto de una cultura; pero tampoco puede ser relegada a la simple consideración de ser un sinsentido. A las relaciones que la violencia puede guardar con el sentido dedica el autor un capítulo. En él se analizan las situaciones en que decrece el sentido de la violencia. Para analizar la relación entre violencia y mito toma el caso de ETA, que Wieviorka conoce bien y sigue desde hace muchos años. Y para la relación entre violencia e ideología toma el caso del terrorismo italiano de extrema izquierda. Pero también analiza una modalidad de la violencia, en la que ésta alcanza la plétora del sentido: es la violencia metapolítica, que ocurre cuando la religión proporciona sentido a la violencia. El paroxismo ocurre cuando se llega a la violencia autodestructiva. Se concluye este capítulo, precisamente, con el análisis de lógicas que pueden llegar hasta el caso tristemente célebre que significa el 11 de septiembre de 2001, y que ciertamente nos permitirían hoy pensar en el que significa el 11 de marzo de 2004.
Otro capítulo está dedicado a los límites de la hipótesis de la banalidad o sinsentido de la violencia y a los de la hipótesis de la sumisión a la autoridad. Y ello lo realiza el autor a través del caso histórico del exterminio judío por el nazismo y de los conocidos experimentos de Stanley Milgram, que suponen un caso de violencia sin contexto histórico. El caso del desbordamiento de la violencia en la crueldad es tomado como objeto interesante de reflexión. Dentro de ésta se analizan, a través de casos, las diferentes lógicas posibles: la del placer y el disfrute, la del delirio y la de la utilidad pragmática de la crueldad.
Este libro contiene un catálogo razonado de útiles para analizar la violencia. Pero como dice su autor, no se limita a ser esto. Quiere proporcionar al lector una idea clave: «que la violencia se comprende mejor a partir del momento en que se hace intervenir la subjetividad del o de los autores, su o sus experiencias como sujetos, en sus experiencias vividas e imaginarias. La calidad de sujeto se refiere a la posibilidad del individuo de producir su propia existencia, de resistirse a las lógicas dominantes mediante elecciones personales; pero, ¿cómo se puede ser sujeto sin preguntarse por las posibilidades que tiene el otro con quien estamos en relación de serlo también? Wieviorka convierte este (en mi opinión) principio antropológico explicativo, cuyo antecedente lo encontramos en la sociología de Alain Touraine, en útil analítico. Para ello construye una tipología ideal de configuraciones, de situaciones problemáticas para la constitución de un individuo en sujeto y que explican el recurso de este individuo a la violencia, que es la negación del otro como sujeto. El sujeto flotante, incapaz de llevar a cabo una acción con un sentido social, cultural o político establecido, a pesar de sentir la necesidad, lo que le puede hacer desbordarse en una violencia de rabia, de destrucción o de autodestrucción. El hipersujeto, cargado de un sentido amplísimo, generalmente religioso, que impulsa su comportamiento violento. El no sujeto, el asesino que simplemente cumple órdenes, en el sentido en el que Hannah Arendt ha dicho que Eichmann era «inconsciente». El antisujeto, guiado en su violencia por su propia satisfacción, sin atribución de ningún sentido fuera de este disfrute. El sujeto en situación de supervivencia, situación en la que el individuo se encuentra amenazado en su ser mismo.
El de Michel Wieviorka es un libro muy meditado, está muy sistemáticamente construido y proporciona un instrumental analítico muy pertinente para comprender las violencias contemporáneas.

01/01/2005

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
5 + 3  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE ALFONSO PÉREZ-AGOTE
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL