ARTÍCULO

La vida sagrada

Abada, Madrid
39 pp. 8,22 €
 

Todos conocemos a esas personas cuya valoración de la palabra es tan alta que sólo abren la boca, y aun así tímidamente, cuando tienen algo verdaderamente importante que decir. En un mundo en que los discursos se multiplican con la única función de hacer presente a quien los sustenta, el silencio es un valor y es una denuncia, pero probablemente sea un valor aún mayor conocer el momento oportuno de tomar la palabra. Carlos Piera pertenece a ese grupo. Cada aparición de un libro suyo es un hecho poético incontestable, a pesar de lo cual se asoma siempre con cierto pudor, sin creer del todo en la importancia del gesto poético, como si se tratara más bien de una mueca: «He hablado, creo, y me arrepiento».
Su primera entrega se titulaba simplemente Versos (Visor, 1972) y los dos restantes títulos que forman su obra, aunque más originales, no dejan de hacer alusión a esa huida de lo enfático: Antología para un papagayo (Hiperión, 1985) y De lo que viene como si se fuera (Hiperión, 1990). Una trayectoria marcada por el descreimiento, el distanciamiento y el desenmascaramiento oblicuo de quienes se creen investidos por la verdad. Sus otras facetas como lingüista (es traductor de Chomsky), crítico (sus ensayos están recogidos en el volumen Contrariedades del sujeto, 1993) y director de la revista La Balsa de la Medusa, no pueden separarse de su labor poética. La preocupación por el lenguaje corre paralela a su capacidad creativa de flexibilizar la sintaxis y de mezclar registros hasta dar el ejemplo más acabado de gongorismo en la poesía contemporánea: «Alud debiera / esta inclinada procesión vertiente / sombríos verdes, antes / reparadores, ser» (Versos, p. 76). La convicción de que todo discurso, incluido el gran discurso que forma la cultura, destruye sus mismos fundamentos es lo que otorga a su poesía esa sensación de descreimiento a la que me he referido: «cuando lo sepa / no lo escribiré en verso» (Versos, p. 40). Lejos de la consideración romántica de la poesía como lugar de desvelamiento de la verdad, Carlos Piera reconoce una verdad a la poesía: la de poner de manifiesto la relatividad de toda creencia: «Pero es que decir la verdad no es bastante, / hay que decir exactamente qué es verdad» (De lo que viene..., p. 43). Esta sensación de inutilidad vital e intelectual ha ido tomando distintos matices a lo largo de su poesía, desde el tono juguetón de Versos hasta una zona de ironía más cáustica, menos lúdica, pero igual de lúcida, en los siguientes libros.
Sorprende, pues, después de quince años de silencio, encontrar en Religio una celebración entusiasta de la vida, la exaltación de un verbo hecho realmente carne, hasta el punto de que en el poema es imposible separar la palabra de su referente. Como en la mejor tradición mística, la palabra se confunde con el objeto de representación en sus múltiples apariciones y no puede separarse lo dicho de su ser dicho. Lejos del pastiche y del collage, que practicó el poeta anteriormente, las fuentes clásicas están perfectamente incorporadas y asumidas en su discurso: el Cantar de los cantares, principalmente, pero también La voz a ti debida. El arranque de Religio evoca, además, el inicio de Lolita de Nabokov, con el paladeo de las sílabas del nombre de la protagonista; y es que el autor aprovecha, aparte de toda la tradición de poesía erótico-mística, la dilogía, en nuestro idioma, de la palabra «lengua», entre la materia y el espíritu. A partir de ahí, los juegos fónicos van a ser constantes en este poema de extrema tensión sensorial y conceptual. La sílaba, que no es aún palabra, no sólo sirve para nombrar el objeto, sino que constituye su origen, lo crea: «sílaba simiente».Así, «Lu», el nombre de la protagonista, es el inicio de «luna», es casi «luz», pero también forma parte de «lugar» en la afirmación del poeta «tengo / lugar» (p. 12), incluso es la totalidad a la que se accede a través de una sinalefa: «eclipse Lu, que muestra el-universo» (p. 13).
Se trata de un poema semánticamente complejo, aunque su sintaxis es mucho más natural que la de libros anteriores. Los pequeños fragmentos son puertas de acceso a lo innombrable, a veces con un ritmo cercano al de la letanía. La profundización en este caso es simbólica, y para ello Carlos Piera no ha buscado símbolos nuevos, sino que con el repertorio de la poesía de todos los tiempos ha sabido elaborar un discurso altamente original, con constantes sorpresas para el lector. El uso moderado de la paradoja, propia de toda estética mística, contribuye también a ese intento de familiarizar lo inefable: «ningún dios sube como tú, bajando» (p. 23).
La divinización de la criatura nos muestra que toda vida es sagrada, lo cual otorga una dimensión nueva al resto de la obra de Piera, que puede leerse como el reverso de lo que expone este poema: toda degradación de la vida es un crimen.Y la idea de la gratuidad del ser, que antes podíamos ver relacionada con el azar y con la accidentalidad, aquí se llena de un nuevo sentido. Desde la cita de santo Tomás que abre el poema hasta su cierre –«A cambio, nada»– se profundiza en la noción de que lo absoluto y lo contingente son difícilmente separables y, por supuesto, inexplicable su conjunción. De hecho, el poema acaba en el sexto misterio, sin llegar al número simbólico de siete, ni cerrar la serie canónica. Con ello se muestra la provisionalidad de todo orden y se invita al lector, en una estrategia muy propia de Piera, a asistir a lo no dicho, a un silencio más elocuente que lo escrito.
El resto de los poemas del libro nos devuelve al tono más conocido del autor. En «Espectro brevemente», que ya había sido dado a conocer en el Boletín de la Fundación García Lorca (1994), una anécdota sin importancia se convierte en el símbolo de la deriva vital.Volvemos a encontrar la mezcla de lo trascendente y lo cotidiano, el quiebro que rompe lo solemne y lo relativiza: «como si hubiera tiempo y gana y gente / para colgar los cuadros» (p. 31); el uso flexible de la sintaxis, con zeugmas que dejan al lector ante una amarga verdad: «funciona, como los televisores y la vida, mal» (p. 32), y esos versos definitivos en su sencillez: «Hemos vivido para que no nos cojan vivos» (p. 33). El símbolo, que se repite como un estribillo, de las hojas que lleva el viento, encuentra renovada su vieja alcurnia gracias, de nuevo, a una dilogía: las hojas son también papeles, los que contienen versos y los que burocratizan nuestra vida. Encontramos en estos poemas las obsesiones de libros anteriores: la muerte, la soledad, la alienación. Pocos versos en la última poesía española pueden compararse al final de «Vox clamantis» (p. 35): «¿quién puede decir, si está solo, que no es el Mesías?». Plenitud de sentido, sencillez en la forma y ambigüedad en la actitud: tres características esenciales de este poeta, que al decir se escapa siempre.
En su brevedad, muestra última de la tentación del silencio que siempre ha seducido a Carlos Piera, Religio y otros poemas pone de manifiesto la vigencia de una poesía que en su cambiante manifestación nos enseña cómo salvar a la palabra de su propia depreciación.

01/02/2006

 
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