ARTÍCULO

Asuntos de familia

Tusquets, Barcelona, 195 págs.
 

Los libros de cuentos, ya se sabe, sólo son bien recibidos si pertenecen a un autor consagrado. Dígase lo que se diga sobre el valor de su elaboración minuciosa y difícil, el cuento no tiene el ecuánime aprecio de la novela. Su prestigio, por decirlo así, es más teórico que real, lo que explica que magníficos cuentistas no hayan podido evitar la tentación de la novela (pienso en Arreola o Monterroso), y que otros (Horacio Quiroga, Borges) se pasaran media vida justificando ante el mundo su repelencia práctica al género omnívoro por excelencia.

De Fabio Morábito (nacido en Alejandría, en 1955, de padres italianos) teníamos vagas noticias sobre su condición de escritor de cuentos, pero ningún libro suyo había llegado a nuestras manos. Con La vida ordenada, que Tusquets ya había editado en México, presenta en España sus credenciales, y hay que decir que, en efecto, Morábito es un buen escritor de cuentos; no extraordinario, como enfatiza la nota de solapa, ni «uno de los autores más originales surgidos en los últimos años».

Un buen cuentista, que no es ningún desdoro; lo extraordinario puede ser monstruoso y la originalidad es un término que, a estas alturas, ya no sabemos bien qué quiere decir. Un buen cuentista y un estilista inteligente, alguien que no se deja arrobar por la floritura de la frase, más bien seca, precisa, no recurrente y, por tanto, al servicio de la voluntad narrativa, a favor de que la historia surja por sí misma, no abrigada por ninguna idea, según declaración del propio escritor. Su tema general, como propone sesgadamente el título, es la familia con su vocación de estabilidad. Los personajes de los cuentos de Morábito sobrellevan, conscientes de su fragilidad, una secreta deuda moral que les hace sentirse desplazados y, al mismo tiempo, necesitados de una suerte de recompensa por su sometimiento a las reglas de la responsabilidad y el afecto.

En El arreglo, una familia acepta que los dueños del piso donde viven desde hace treinta años, dividan su vivienda a la mitad, dejándoles sin baño y con una habitación exenta, donde sólo cabe una cama, a la que se entra por el rellano. En La renta, un matrimonio en busca de un piso de alquiler debe aceptar asistir a una fiesta de cumpleaños de los arrendadores alemanes para llegar a un acuerdo con el precio. En La caída del árbol, un personaje que vive una crisis matrimonial visita a un amigo de la infancia, y en ausencia de éste mantiene una conversación con la madre, toca con ella el piano y le ayuda a poner el árbol de Navidad; cuando el amigo llega a la casa, descubre que la mujer vive sometida por el hijo. En Las llaves, otro personaje, también en crisis matrimonial –la condición de vivir en conflicto familiar es común a todos–, abandona la celebración de cumpleaños de su suegra, se refugia en un cine, y a la vuelta, con la suegra ingresada en el hospital, se reincorpora a la fiesta y baila alegremente con la sensación de haber recuperado la soltería. En Flores y frutos (el más flojo, se siluetea un misterio, pero su sombra se evapora), unos estudiantes de química pasan las tardes de prácticas en una casa con pecera, y cuando el chico de la casa no vuelve de vacaciones se dan cuenta de que no lo conocían. El último, La luna y lasratas, el más extenso, casi una nouvelle, bastaría para considerar a Fabio Morábito un excelente cuentista. Su trama está regida por una tensión que hace que algunas acciones ordinarias –leer cartas, limpiar un piso, visitar una residencia de ancianos– parezcan noches de niebla que debe cruzar su protagonista, recién salido de la cárcel, fiel a la promesa de no entrar en su piso hasta que no salga un compañero de celda.

Estos resúmenes someros no hacen justicia a la poética de su autor, para quien un cuento es un juego de postergaciones sobre una realidad incompleta. A los personajes les falta asumir la dosis de fiebre que oculta la apariencia de su vida ordenada: «Un poco de desorden, de vez en cuando, hace milagros», se dice en La renta, y este enunciado vale para todos los cuentos. Para que este desorden tenga carácter de salvación, Morábito sitúa a sus personajes en la falsa armonía de una casa familiar, propia o ajena. Ahí, en esa atmósfera reductora de deseos, intentan resignarse a vivir bajo control, pero su sometimiento choca frontalmente con la aspiración a otro modo de vida. Todos quieren ser de otra manera, y aunque se sienten inestables en la cotidianidad, se acomodan a su frustración, incapaces de alejarse de esa concha protectora que representa la familia. En definitiva, perpetúan su propia crisis, alimentándose de la misma tensión que la provoca; un conflicto muy contemporáneo.

El interés mayor de estos cuentos, ejecutados con una impecable finura, es haber enfocado una luz fría sobre las perturbaciones que ocasiona vivir en familia. Un tema no demasiado novedoso, por cierto, pero necesitado siempre de una nueva mirada. Morábito no emite juicios; es más prudente: revela que la familia y los parentescos se sostienen en un orden artificial.

01/02/2003

 
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