ARTÍCULO

Una escocesa en México

 

Cuando en el siglo XVIII la literatura de viajes se convirtió en un best seller, los autores que triunfaban eran hombres. El Grand Tour que, al ser considerado parte fundamental de una buena educación, tanto contribuyó a popularizar los viajes entre las clases aristocráticas, quedaba reservado para los jóvenes. Sus hermanas permanecían en casa, recibiendo una formación en la que no faltaban la música, el arte, las lenguas e incluso, si se sentían inclinadas a ello, la geografía o la botánica. Pero sus contactos con otros mundos y otras realidades, aun cuando se limitaran a los países más familiares del continente europeo, se realizaban sobre todo a través del papel. A pesar de los cambios que se habían producido en el transporte y las comunicaciones, aún se consideraba que viajar era una empresa difícil y dura y, cuando era inevitable, las mujeres se desplazaban convenientemente protegidas dentro del grupo formado por familiares o amigos cercanos. Algunas, las menos, viajaban por placer, en compañía de padres, maridos o hermanos, que solían dejarlas atrás cuando emprendían una excursión que parecía arriesgada.
Esta situación comenzó a cambiar en el siglo XIX, cuando el vapor y el ferrocarril hicieron los viajes más llevaderos. Como en épocas anteriores, los anglosajones ocuparon un lugar destacado en este desarrollo del viaje, que dio lugar a un aumento notable del número de viajeros, entre ellos los primeros turistas, que en tranquilizadores grupos pastoreados por Cook se mantenían siempre en terreno conocido. Las mujeres no quedaron al margen, especialmente en la Inglaterra victoriana, y siguiendo los caminos abiertos por el Imperio, se lanzaron a recorrer tierras remotas para satisfacer su curiosidad por lugares exóticos. Es más, ilustres victorianas no sólo dejaron constancia escrita de sus viajes en diarios o cartas que se mantenían en el ámbito privado, sino que escribieron relaciones para ser publicadas, convencidas de que contribuían con su granito de arena a la mejor comprensión del mundo por parte de sus compatriotas. Cuando muere Frances Erskine Inglis, la autora de La vida en México, aún estaba gestándose este importante cambio. Ella fue una de las precursoras que, siguiendo aún la estela de sus maridos, aportaron una nueva mirada sobre Asia, África, Australia y, por supuesto, América.
La vida de Frances Erskine Inglis merecería mucho más que unas simples líneas para enmarcar su obra. Escocesa de nacimiento (Edimburgo, 1804), dejó Europa a la muerte de su padre para, con su madre y hermanas, buscar un futuro mejor en América. Su primera travesía atlántica, largo viaje aún a vela que muy pocas mujeres hacían por placer, las llevó a Estados Unidos. Instaladas en Boston, fundaron una escuela para señoritas. La apuesta debió de ser un éxito, porque de estas fechas data su amistad con el historiador e hispanista William Prescott, quien desempeñaría un papel decisivo en su futuro. Parece ser que fue en casa de Prescott donde Frances conoció al diplomático español Ángel Calderón de la Barca. Criollo, nacido en Buenos Aires en 1790, contaba ya con una amplia trayectoria diplomática a sus espaldas, habiendo representado a la Corona española en el exterior en diversos puestos de importancia. La relación de Calderón con los moderados marcó su carrera, que evolucionó al compás de los cambios de gobierno, por lo que la vida de la escocesa se vio determinada por la convulsa política de la España isabelina. En 1838, el mismo año en que se casaron, Calderón de la Barca fue nombrado ministro plenipotenciario en México, el primer representante oficial español después de la independencia. Meses después zarpaban de Nueva York rumbo a su nuevo destino y comenzaba la correspondencia de Frances con su familia, que acabaría convirtiéndose en libro. Tras dos años en México, viajaron a la Península, pero por poco tiempo, pues en 1844 Calderón fue nombrado embajador en Washington. Una vez más Frances cruzó el Atlántico hacia la ex colonia británica, aunque esta vez como esposa de diplomático. Pasaron en Estados Unidos nueve años en los que Frances hubo de reanudar sus contactos con su círculo de amigos académicos e intelectuales. El matrimonio regresó a España en 1853, pues Calderón fue nombrado ministro de Estado, cargo que desempeñó brevemente, hasta el año siguiente, cuando se vieron obligados a exilarse en Francia ante el ascenso de los progresistas al poder. Sin duda el éxito de su Vida en México animó a Frances a tomar de nuevo la pluma, esta vez para narrar sus aventuras madrileñasEn 1856 apareció en Nueva York The Attaché in Madrid; or Sketches of the Court of Isabella II, supuestamente obra de un diplomático alemán. En 1904 vio la luz una traducción al español bajo el título Madrid hace cincuenta años a los ojos de un diplomático extranjero.. De vuelta a la Península, el matrimonio se instaló en el País Vasco, donde murió Calderón en 1861. Posiblemente cansada de su agitada vida, Frances, que como consecuencia de su matrimonio se había convertido al catolicismo, decidió retirarse a un convento cerca de Biarritz. Sin embargo, sus peripecias no habían terminado. La reina Isabel requirió su presencia en la corte para que se hiciese cargo de la educación de la infanta Isabel, su primogénita, popularmente conocida como «La Chata». Los destinos de Frances quedaron vinculados hasta el final de sus días a los de la familia real, con quien compartió el exilio en París y la restauración borbónica. La marquesa de Calderón de la Barca, el título que le había otorgado Alfonso XII en 1876, murió en el Palacio de Oriente en 1882.
La vida en México es, pues, sólo uno de los primeros episodios de una vida absolutamente fuera de lo común, siendo precisamente esos dos años el período que mejor conocemos de tan azarosa existencia. La mayor parte de los textos que podemos catalogar como literatura de viajes femenina a lo largo de los siglos XVIII y XIX son obra de mujeres que acompañaron a sus maridos a sus puestos en las colonias o en otros países. Como ellas, Frances recogió sus experiencias en largas cartas a la familia y a amigos que se había visto obligada a dejar atrás, sin ninguna intención de que se publicasen. Fue William Prescott, probablemente destinatario de alguna de dichas cartas, quien se dio cuenta de que constituían una magnífica fuente de información e insistió en que debían ser editadas. Una selección de cincuenta y cuatro cartas vio la luz en Boston en 1843 y pocos meses después en Londres, con un prefacio del historiador e hispanista, y con tan solo las iniciales para identificar a la autora, Mme. C. de la B. El puesto de sus maridos concedía a estas mujeres una posición de observadoras privilegiadas, con acceso a personas y lugares que no siempre estaban al alcance de un viajero tradicional. Sin embargo, esa misma circunstancia limitaba su capacidad de expresar libremente y por escrito sus opiniones sobre el país en que habían residido. Frances conoció personalmente a buena parte de los políticos mexicanos de la época y no dudó en opinar en sus cartas sobre sus agitadas vidas. La primera edición completa en español tuvo que esperar a 1920 y en ella sí figura por fin como autora la marquesa de Calderón de la Barca.
Mujer de gran cultura, lectora empedernida, a quien sorprendía la falta de libros en español en la biblioteca del barco que les llevaba a su destino –«¿Será que no les importa la lectura?» (p. 32)–, conoce y utiliza las obras de otros autores, como el jesuita mexicano Clavijero o el archiconocido y leído Alexander von Humboltd, cuya influencia puede rastrearse en mayor o menor medida en todos los viajes por América en el siglo XIX. En esta época en que los enfoques de género salpican todas las disciplinas, algunos buscan diferenciar entre una literatura de viajes masculina, más objetiva, científica e impersonal, y otra femenina, centrada principalmente en temas sociales, costumbristas y en aspectos domésticos. En un período en que el interés por lo exótico, lo primitivo, lo indígena, primaba en los viajeros por tierras americanas, es difícil establecer claramente estas diferencias. En todo caso, puesto que un libro de viajes siempre proporciona una doble información –sobre lo observado, sí, pero también sobre el observador–, la mirada de una mujer permite introducirse en un mundo que había permanecido fuera de las páginas de la literatura al uso. En La vida en México hay comentarios sobre la moda, la cocina, los sirvientes, pero también reflexiones sobre el atraso político y económico, las diferencias sociales, la religión o la pereza, trufadas de las justificaciones climáticas tan en boga desde el siglo anterior. Es curioso que, junto a reflexiones que traslucen un sentimiento de superioridad muy anglosajón, similar al que podemos encontrar en los viajeros británicos por España, se cuelen algunas opiniones en las que parece percibirse una cierta añoranza de un idealizado pasado colonial, fruto quizá de su nuevo estatus, aun cuando no llega a la virulencia de los comentarios de su marido, el embajador, en su correspondencia con España. Es el inestable México independiente quien sale peor parado: la inseguridad del día a día y los dos «pronunciamientos» contra Bustamante que vivió en su corta estancia contrastan con la estabilidad del período colonial, aunque no se muestra sorprendida: «De no haber sido así, México ofrecería un fenómeno desconocido hasta ahora en el mundo: que un pueblo sin preparación previa pasara de la noche a la mañana a gobernarse mediante instituciones democráticas» (p. 267).
Como suele ocurrir con las «miradas ajenas», La vida en México fue recibido con recelo y algunas críticas duras, al juzgarse injustas muchas de sus apreciaciones. Con el tiempo las aguas volvieron a su cauce y hoy en día hay acuerdo en considerar esta obra como una magnífica fuente para acercarse a México en los primeros tiempos de su independencia, sin olvidar su interés en el marco de la literatura de viajes, mucho más compleja y rica de lo que a veces se constata en una rápida lectura.

01/11/2008

 
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