ARTÍCULO

Demencia divina

Fundación de Cultura Ciudad de Cuenca, Cuenca
Trad. de José Luis Gil Aristu
228 pp. 15 €
 

Las historias de la vida real suelen ser desordenadas, con comienzos oscuros, largos silencios, giros bruscos y desenlaces olvidados»: así arranca este libro extraordinario, basado en el proceso inquisitorial por herejía contra un individuo rescatado del anonimato y al que terminamos por conocer mejor que a la mayoría de los protagonistas de la historia oficial. Escrita en un lenguaje claro y accesible, la vida de Bartolomé Sánchez, primero labrador y después cardador de lana en un pueblo de la provincia de Cuenca a mediados del siglo XVI, nos interesa y atañe hasta el extremo de emocionarnos, y ello sin ceder ni un punto a la ficción o novelización, tan hiperutilizada en los últimos tiempos como recurso para acercar la historia a un público amplio.
Antes de que este libro apareciera por primera vez, hace ya ocho años, en su versión original en inglés (Mad for God, University of Virginia Press, 2001), dos historiadores destacados habían escrito, con gran éxito, sendos relatos de lo que entonces empezó a denominarse como «microhistoria»: El queso y los gusanos (1976) de Carlo Ginzburg, sobre la cosmovisión de un molinero del Friuli en Italia, y El regreso de Martin Guerre (1982) de Natalie Z. Davis, sobre un impostor que decidió crearse una nueva identidad en el Languedoc francés, suplantando a un marido desaparecido. Ambos libros, probablemente los mejores en su género, dieron lugar a una auténtica eclosión de relatos acerca de historias individuales, casi siempre basadas en documentos judiciales. Entre todos ellos, Loco por Dios destaca por lo innovador de su contenido, pero también por la elegancia, la sutileza y la pasión con que está escrito.
Se trata de un estilo cinematográfico que, a modo de máquina literaria del tiempo, nos lleva a contemplar a Sánchez vestido o, más bien, «disfrazado» de peregrino, entrando en la iglesia de su pueblo un día festivo de 1552, para detenerse delante del altar mayor ante la mirada atónita de los que asistían a la misa: «Aquel hombre de cincuenta y un años de edad portaba un bordón de peregrino y un sombrero rojo adornado con una vieira de Santiago. Sánchez cargaba también, a la manera de un penitente, con unas alforjas lastradas con cinco piedras en expiación por las cinco llagas de Cristo. Además se había atado una soga alrededor del torso y marchaba cojeando, calzado con sólo un zapato».
A la pregunta de uno de sus vecinos de por qué iba con un zapato puesto y el otro quitado, Sánchez respondió de forma enigmática diciendo «que el mundo se estaba volviendo del revés». Y, en efecto, desde hacía unos dos años, coincidiendo con el momento en que el labrador había tenido que dejar de trabajar la tierra por cuenta propia y reconvertirse en cardador, su perspectiva de la vida había dado un vuelco, volviéndose mucho más crítico respecto a la jerarquía eclesiástica a medida que él mismo empezaba a experimentar una relación más directa con la divinidad. No en vano, su deliberada cojera o disimetría ambulatoria, su pie descalzo en contacto con la tierra, representaban una forma ritualizada de expresar su posición de intermediario entre los vivos y los muertos, o, si se quiere, entre el mundo natural y el sobrenatural.
Precisamente, esa firme vocación de intermediario, mensajero divino o mesías era la que lo ha¬bía llevado a gritar desaforadamente en la iglesia de su pueblo en medio de la misa, tras ser interpelado varias veces por haber cerrado los ojos en el momento de la elevación del Santísimo Sacramento: «¡Déjame estar, no me hable nadie! [...] ¡Satanás y Barrabás! ¡Oh, maldito Lucifer! San Francisco, fe; y San Pedro, piedra. ¿Alguien hay que quiera debatir conmigo? ¡No me callaré!». A partir de ese día, y durante dos meses, Sánchez no dejó de proclamar entre sus parientes y vecinos todo tipo de ideas heréticas y escandalosas, hasta que el cura de la localidad acabó por denunciarlo a la Inquisición. Según Sánchez, Jesucristo no estaba presente en la hostia «ni había sacramento [...] la cruz debía ser quemada y no adorada, en vituperio de la mala justicia que en ella se hizo [...] los clérigos todos eran malditos», y el Papa «era el diablo». Por eso, en su opinión, nadie debería buscar apoyo espiritual en los sacerdotes, sino salir al campo y confesarse directamente a Dios en el cielo.
Lejos de verse a sí mismo como un peligroso agitador social y religioso, Sánchez prefería considerarse una reencarnación del profeta Elías, un segundo mesías enviado por Dios para vengar el inoportuno asesinato de su Hijo, así como las condenas injustas a muerte de muchos otros inocentes, especialmente las llevadas a cabo por la Inquisición. No es éste el lugar para extendernos sobre la enorme riqueza, la variedad y la originalidad de las ideas del reo, pero sí para encarecer la lectura de un libro inusual, felizmente traducido ahora a nuestro idioma, lo que lo acercará por fin a muchos más lectores, más allá del reducido círculo de los especialistas. Y es que, al tiempo que nos sumerge en el panorama ideológico y sentimental de la España del siglo XVI, la autora logra mantener hasta el final la intriga sobre las diferentes peripecias vitales de Sánchez. Ello se debe en gran medida a que le sigue los pasos tan de cerca como si fuera un personaje de su invención: su estancia en diferentes cárceles, sus recurrentes escapatorias, su complicada vida familiar, dada la extrema pobreza en que vivía con su mujer y sus cinco hijos, sus conversaciones con los inquisidores, sus falsos arrepentimientos, sus súplicas, sus lágrimas y sus gestos, etc.
Frente a la sensación de extrañeza que en ocasiones experimentamos al adentrarnos en la historia de casi quinientos años atrás, este libro nos introduce sin apenas esfuerzo en la cabeza de un hombre inspirado y atormentado, para hacérnoslo cercano y comprensible. ¿Acaso se trataba de un loco? ¿Hasta qué punto sus visiones y arrebatos, sus extravagancias y salidas de tono lo convertían en un demente? Uno de los detalles más significativos que reflejan el cuidado con que está planteado el libro es la lucidez con que narra el «origen» de la primera visión experimentada por Sánchez. Una tarde de 1550, al volver de segar, nada más ponerse el sol, se le aparecieron en el aire «dos hombres y una mujer». La mujer estaba en medio de los hombres, y encima de la mujer vio asimismo «un ave que con la punta de un ala tocaba del otro [sic]». Sánchez asoció la visión con la imagen de la Coronación de la Virgen incluida en su libro de horas; para él, una representación de la verdadera Trinidad: Dios Padre, el Hijo y la Madre, unidos en intención por el Espíritu Santo. Más que fruto de una mente trastornada, dicha lectura de la experiencia visionaria de Sánchez nos introduce de lleno en un determinado contexto cultural capaz de explicar otros fenómenos calificados en ocasiones de alucinaciones más o menos estrambóticas.
La insistencia del cardador en defender lo que algunos psicólogos contemporáneos han llegado a denominar la Santísima Cuaternidad, entre otras muchas ideas revolucionarias y contrarias a los dogmas de la Iglesia, nos lleva a esperar de sus jueces el peor de los castigos. No obstante, la sentencia final del tribunal inquisitorial iba a mostrar con él una paciencia y una compasión sin límites. Dada la dificultad para eximirlo de toda responsabilidad probando su condición de loco (todos los testigos, incluido el médico que lo examinó, aseguraron que estaba perfectamente cuerdo), los inquisidores acabaron por derivar la culpa hacia el diablo, calificando a Sánchez de «iluso» y «poseso». Se trataba de una forma de explicar su demencia como referida única y exclusivamente a la religión, ya que por lo que tocaba a cualquier otro tema su modo de razonar era impecable.
Gracias a dicha interpretación, Sánchez fue absuelto y enviado a uno de los mejores centros que existían por entonces para asistir a los enfermos mentales y a los pobres en general: el Hospital de Nuestra Señora de Gracia, en Zaragoza, del cual, pese a su merecida fama sobre el buen trato que dispensaba a los pacientes, también decidiría escapar ocho meses después, para volver a su casa y a sus antiguas herejías. No ha de extrañarnos que, pasado un tiempo, los notables del pueblo volvieran a denunciarlo en una carta dirigida a la Inquisición en la que se quejaban de la mala influencia que ejercía entre la gente de bien. Dicha circunstancia iba a coincidir con la presencia del visitador diocesano en la localidad, quien ordenó enviarlo de nuevo preso a Cuenca, adjuntando la carta del concejo. No obstante, como apunta la autora al final del libro, «la carta no llegó nunca», y «el destino final de Bartolomé Sánchez, cardador y Mesías secreto, sigue siendo desconocido».
Si uno de los mayores méritos de este libro es la inmediatez y la viveza con que consigue reproducir un pasado desvanecido, no resulta menos valioso el hecho de hacernos conscientes de lo mucho que nos queda por saber. Como afirma la autora, «el problema del proceso de Sánchez no reside en lo que está documentado, sino en lo que no se preguntó o registró, y que compone, por así decirlo, los espacios en negativo de su texto histórico». Efectivamente, los encargados de indagar en la vida de Sánchez no siguieron todas las pistas que tenían a su alcance, y nunca llegaremos a conocer en profundidad las ideas del reo sobre la transmigración de las almas u otros temas de indudable interés para conocer la mentalidad popular, como, por ejemplo, su convicción de que la Virgen María vivía en una palmera, lo que implicaba una peculiar lectura del culto a Nuestra Señora de la Palma. Pero es precisamente esa sensación de ausencia, de tiempo roto y de intensa curiosidad que destila el libro de principio a fin la que nos predispone a no dar nada por supuesto y a seguir interrogándonos.

01/01/2010

 
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