ARTÍCULO

Lujoso «Libretín de notas»

Pre-Textos, Valencia, 424 págs.
 

La portada de este libro (hermosa portada, sí señor, con un dibujo de Ramón Gaya, tan vinculado a la Editorial Pre-Textos) no se reduce a señalar que se titula La vida breve, y que es su autor Eugenio d'Ors, sino que da la relación completa: «Calendario y lunario La Vida Breve por Un Ingenio de Esta Corte, 1925-1926». La vida breve empieza a publicarse como sección fija en la revista Blanco y Negro el 11 de enero de 1925, y se prolonga, con periodicidad semanal, hasta el 15 de marzo de 1931. Aparecía dentro de las páginas que hoy se denominarían «de sociedad», pero como los de Blanco y Negro eran más finos (también las personas que ocupaban habitualmente esas páginas), las rotulaban «Gran Mundo. Crónicas de la semana. Ecos variados de sociedad».

¡Sorpresa! ¿Eugenio d'Ors ejerciendo como «cronista de sociedad», como si fuera Jaime Peñafiel? Pues más o menos, y salvando las distancias, porque Jaime Peñafiel y demás no le llegan a la suela del zapato a D'Ors, ni en sus cotilleos de peluquería de señoras o de verdulería jamás se prestaría atención a personalidades a las que ni lo hace D'Ors (a Chesterton, a James Joyce, a Arthur Hönegger, a unos descubrimientos de arte rupestre, hechos, eso sí, por el conde de Begaim, etc.). Sin embargo, queda evidenciado en estos textos que Eugenio d'Ors tenía una acusada «sensibilidad social»; y por si el testimonio de los textos fuera poco, o no fuera suficiente, se añade este otro de José Pla: «El mayor disgusto que ha tenido en su vida Eugeni d'Ors se lo ocasionó el duque de Alba un día en que invitó al señor Ortega y Gasset a una "soirée" y no le invitó a él. El autor de Religio est libertas lloró literalmente... este hombre que fue durante muchos años el mayor filósofo del país. ¿Queréis hacer el favor de decirme, pues, qué es la filosofía?». Interesante pregunta.

D'Ors, que era más bien filósofo de andar por casa, pero hombre sin duda culto y excelente escritor, fue ante todo periodista en el sentido de que escribía en los periódicos, como también lo fueron Unamuno y Ortega y Gasset, y en los periódicos ya se sabe que se puede escribir sobre muchas cosas: lo mismo sobre toros que sobre política hidráulica y, más raramente, sobre filosofía. También existen los «ecos de sociedad», lo mismo hoy, que estamos en una monarquía constitucional, que en 1925, año en que la misma dinastía estaba tutelada por el general Primo de Rivera. Cambian, eso sí, los personajes: el duque de Alba ofrecía mejor imagen que la actual duquesa, y Margarita Xirgu en el papel de santa Juana parece que no es equiparable a Ana Belén cuando intenta mostrarse bajo un aspecto pretencioso; y escribir sobre la condesa Mathieu de Noailles no es lo mismo que hacerlo sobre Yola Berrocal. En consecuencia, no se trata de denigrar los «ecos de sociedad», sino que los personajes que aparecen en ellos son por lo general perroneros y las secciones sobre ellos están miserablemente escritas. Muy por el contrario, los «ecos de sociedad» de Eugenio d'Ors daban entrada a personajes de categoría, no sólo a gentes de la cultura y de la aristocracia, sino también al general Charles Bruce, explorador del Himalaya, y a tantos otros; y es indiscutible que estos «ecos» al menos son obra de alguien que sabe qué trae entre manos. Como escribió José Pla, nuevamente a propósito de D'Ors, con alguna malevolencia, pero también procurando poner las cosas en su sitio, «manejó con naturalidad o, al menos, con una naturalidad relativa, en diarios de cinco céntimos, alguna que otra idea gratuita: quiero decir, desprovista de utilidad práctica inmediata». En una página corriente de «ecos de sociedad» es de «utilidad práctica inmediata» contar quién es quién, quién comete adulterio con la vecina o cómo iba peinada la famosa mengana, o cuánta anatomía mostraba la famosa fulana en la fiesta de otro «famoso» con jardín. D'Ors también se ocupa de que ha aparecido una versión castellana de El artista adolescente de Joyce, que el conde de Keyserling viaja a España, invitado por la Sociedad de Conferencias, o bien: «Aquí está Chesterton, que trae a Madrid, para verterla en conferencias –audibles hasta para los no escuchadores–, todo el empuje de su ortodoxia agresiva», que son noticias desprovistas de «utilidad práctica inmediata», al menos para los frecuentadores habituales de las páginas «de sociedad».

No reduzcamos La vida breve a simples «ecos de sociedad», aunque lo parezca. El libro, magnífico volumen espléndidamente impreso, como es norma en Pre-Textos, es más, e incluso mucho más. Pertenece a un género misceláneo que abarca el diario íntimo, la crónica mundana, la reflexión breve sobre asuntos de actualidad, la anotación cultural y el guiño irónico; también la ficción, ya que un personaje de ficción a quien se atribuye la escritura de estos textos, sitúa al mismísimo Eugenio d'Ors entre los personajes de la «comedia humana» de la que hace anales: «Eugenio d'Ors, examinando concisamente las características del teatro pirandelliano, se atrevió a comparar el espíritu de éste con el teatro de Calderón»; «Hay dos personajes que han conocido antes personalmente al conde Keyserling. Uno es Eugenio d'Ors». Para evitar elogiarse en primera persona o presentarse como bien relacionado, D'Ors inventa su alter ego Octavio de Romeu, «inventor de las pantallas de papel Japón, decoradas con una baraja de naipes franceses transparentes, distribuidos en filas regulares». Y no sólo se inventa al cronista, sino también al ilustrador, Miler, «el selecto y originalísimo dibujante», que no es otro que D'Ors, pues la sección, y con ella el libro, van abundantemente ilustrados con fotografías, caricaturas y dibujos. A D'Ors le gustaba calificar La vida breve de «vida ubicua». La vida, que no es sueño, sino arte, recogida al vuelo y anotadas estenográficamente en un libretín y de bolsillo. Y al cabo, la reflexión para que se note que es texto de filósofo: «La vida breve es demasiado breve».

01/11/2003

 
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