ARTÍCULO

Reescribir la Transición

Debate, Barcelona
640 pp. 22,90 €
Ediciones B, Barcelona
562 pp. 21 €
 

En el lenguaje periodístico y la controversia política al uso, el término «reescribir» –sobre todo cuando se aplica a la historia– tiene unas connotaciones peyorativas que resultaría iluso y hasta contraproducente minimizar. La Real Academia Española mantiene una prudente distancia o ambigüedad en sus acepciones –«volver a escribir lo ya escrito introduciendo cambios» y «volver a escribir sobre algo dándole una nueva interpretación»–, pero a nadie se le oculta que los susodichos «cambios» o la «nueva interpretación» no son –no pueden ser– modificaciones neutrales de lo antes establecido sino, muy al contrario, valoraciones alternativas que responden a unas necesidades determinadas y que por fuerza, como innovaciones que son, tienen que chocar con otras estimaciones e intereses. Desde determinadas instancias de poder (intelectual o político) se intenta patrimonializar la interpretación canónica como si fuera intocable y se airean consignas como «no puede reescribirse la historia», ignorándose deliberadamente que no sólo se puede, sino que se debe reescribir la historia (literalmente hablando, claro) y, aún más, que cada generación no deja de representarse el pasado a la medida de sus necesidades y objetivos. Habría que añadir, incluso, que en una sociedad plural y avanzada la concepción dominante del pasado tendrá siempre que competir con la de otros sectores que discrepan frontal o parcialmente de ella. Así, con estos zarandeos, se escribe y reescribe la historia, pues, como se ha dicho tantas veces con sorna, no hay nada más tornadizo que el pasado. «El pasado cada vez cambia más –dice con sarcasmo Gregorio Morán en uno de los libros que comentamos– hasta el punto de hacerlo irreconocible a quienes lo hemos vivido» (p. 35).
Obviamente se traen esas consideraciones –bien pedestres, por lo demás– para aplicarlas a unas coordenadas precisas, en este caso el lapso que va del régimen franquista al sistema constitucional, lo que ha dado en llamarse sin más «la transición». En relación con este período, y justamente también bajo el título de «Reescribir la historia», denunciaba no hace mucho Alberto Reig Tapia, uno de los historiadores más beligerantes contra el franquismo como régimen y contra los «residuos franquistas» que, en su opinión, lastran nuestra democracia, el rompimiento del «consenso historiográfico» de la Transición. Una ruptura que implicaba, según argüía, el secuestro y manipulación de la historia «al servicio de determinados intereses políticos». Señalaba explícitamente a Aznar y la derecha española (política y mediática), empeñados todos en un «revisionismo» que suponía –siguiendo siempre a Reig– silenciar o incluso negar lo evidente («negacionismo histórico»); para decirlo sin rodeos, el carácter «genocida» del franquismo y el «crimen contra la humanidad» que se desató a partir del 18 de julio, hechos que convierten claramente a Franco y su régimen en «más criminales que Pinochet o Milosevic»Alberto Reig Tapia, «Reescribir la historia», El País, 26 de julio de 2006..
Sin embargo, por las mismas fechas, y desde unas posiciones historiográficas no excesivamente lejanas (para simplificar, la izquierda intelectual algo más moderada), Paloma Aguilar matizaba que el llamado «pacto de silencio»La autora defiende (con matizaciones) la existencia de tal «pacto de silencio» en la Transición española, posición que está lejos de ser aceptada unánimemente. En concreto, Santos Juliá se ha distinguido en múltiples ocasiones por sostener la tesis contraria, la de que hubo cualquier cosa menos «silencio» propiamente dicho. No podemos entrar aquí en más consideraciones. Remitimos al lector interesado al dosier que publicó la revista Hispania Nova, núm. 7 (2007) bajo el título de «Generaciones y memoria de la represión franquista: un balance de los movimientos por la memoria», que contiene intervenciones de los más destacados historiadores que se han ocupado de este tema y una jugosa controversia final sobre la función de la memoria histórica en la España actual. se había mantenido no sólo en la Transición sino durante bastante tiempo después –recuérdese la larga etapa de gobiernos de Felipe González–, porque de su mantenimiento todos sacaban beneficio. Ese equilibrio se rompió, dice Aguilar, no en 1996 sino en «las vísperas de los comicios electorales de 1993», cuando la izquierda vio peligrar su ya larga permanencia en el poder y «decidió romper el citado acuerdo político y hacer una campaña desesperada contra el Partido Popular mediante la instrumentalización de su pasado franquista»Paloma Aguilar Fernández, «Presencia y ausencia de la guerra civil y del franquismo en la democracia española. Reflexiones en torno a la articulación y ruptura del “pacto de silencio”», en Julio Aróstegui y François Godicheau (eds.), Guerra civil. Mito y memoria, Madrid, Marcial Pons/Casa de Velázquez, 2006, pp. 282-283. El libro fue reseñado por Michael Seidman en «El giro cultural», Revista de Libros, núm. 122 (febrero de 2007), pp. 14-15.. En una obra más reciente, la misma historiadora –una de las autoridades indiscutibles en este campo– sacaba a relucir su faceta más crítica sobre la forma en que se había llevado la Transición, lo cual no le impedía reconocer que la acuñación del pasado reciente –eso que se ha popularizado abusivamente con el marchamo de «memoria histórica»– se emplea sistemáticamente «como arma arrojadiza contra el adversario», adquiriendo en muchas ocasiones un inquietante «carácter sectario»Paloma Aguilar Fernández, Políticas de la memoria y memorias de la política, Madrid, Alianza, 2008, pp. 86 y 91..
La manipulación del pasado para deslegitimar al contrincante es un recurso político que ha contaminado el análisis histórico. En una de las obras que aquí nos ocupan, dice su coordinador, Gutmaro Gómez Bravo, que nacionalistas en clave irredenta, radicales, populistas y nostálgicos, todos a una, «apelan a una revisión de la guerra, de la dictadura y de la Transición para favorecer intereses muy dispares y distantes entre sí, pero con escaso o ningún interés científico por el tema» (p. 8). Nos situamos así en la peor vertiente de la «reescritura» de la historia, aquella que amalgama miopía partidista y zafio oportunismo para sacar tajada en el presente. Aun así, sigue siendo necesario revisar el pasado, por más que «revisionismo» sea también un término manchado. Lo reconoce inmediatamente el aludido Gómez Bravo, cuando señala (refiriéndose ya directamente a la Transición) que hay viejas preguntas sin resolver, tópicos que desechar, estudios comparados que arrojan otra luz y nuevas perspectivas que airean nuestras certezas (pp. 9-10). Precisamente por eso, y porque se ha escrito tanto sobre tan corto período, cada autor que publica un nuevo libro sobre el particular se ve impelido a argumentar que sus palabras mejoran el silencio, por decirlo en los términos del famoso proverbio. A veces esa necesidad de justificación llega al propio título, como en el volumen de Ruiz-Huerta, que alude a los «ángulos ciegos» de la Transición –aquella parte de la realidad que no se ha querido o podido ver–, y se refuerza luego con un subtítulo en el mismo sentido, la llamada «perspectiva crítica». Y ya que hablamos de títulos y de reescrituras, ¿qué mejor ejemplo que el de Gregorio Morán, que convierte la Historia de una ambición que estigmatizaba desde la portada su biografía de Adolfo Suárez (allá por el ya lejano 1979) en este más ambiguo Ambición y destino de la nueva edición, considerablemente ampliada?
En esta relectura de la Transición hay, como en todo, grados, niveles y objetivos diversos, desde quien ambiciona hacer una historia radicalmente distinta hasta quien se limita a enmendar aspectos concretos; a veces, lo que se pretende no llega a una re-visión propiamente dicha, sino a la aportación de una experiencia concreta o al análisis de una determinada parcela, sin que ello tenga que ser considerado a priori menos interesante que los planteamientos sedicentemente renovadores. Un poco de todo esto hay en el volumen titulado Conflicto y consenso en la transición española, recopilación de las ponencias presentadas en un congreso celebrado en la Universidad Complutense hace dos años.
Se trata, como suele ser usual y casi inevitable en estos casos, de un libro sin un hilo conductor –más allá de la obvia convergencia en la mutación política– en el que intervienen reputados especialistas (Santos Juliá, Gabriel Cardona, Andrés de Blas) y protagonistas del período en puestos decisivos, como Carlos García Valdés; hay estudios generales del «modelo» (Javier Ansuátegui) y pequeños ensayos que abordan facetas concretas, como el terrorismo (Julián Delgado) o la actitud del PSOE ante la monarquía (Abdón Mateos). Charles Powell contribuye con un extenso y documentado artículo que desmenuza la actitud norteamericana ante la Transición, poniendo de relieve los prejuicios, dudas y contradicciones de los principales mandatarios estadounidenses (Nixon, Ford y, sobre todo, Kissinger) ante el cambio que tenía lugar en este –para ellos– importante rincón estratégico de Europa, en unos momentos ciertamente difíciles en el tablero internacional. Chirría en este contexto la participación de la profesora británica Monica Threlfall, con un ambicioso trabajo que pretende nada menos que una «reevaluación» de las «organizaciones de la sociedad civil», y que pone de relieve una peligrosa simplificación –cuando no simple desconocimiento– de la realidad española y un maniqueísmo inaceptable en sus pautas de análisis. Frente a lo que ella denomina «visión elitista» de la Transición, defiende el protagonismo de la sociedad civil –los de abajo–, pero en unos términos tan elementales que se descalifican a sí mismos como argumentos probatorios. En este caso la reescritura de la historia se hace sobre el viejo equívoco de fundir deseos con realidad. Típico ejemplo de ese progresismo de salón que gastan algunos hispanistas cuando analizan los asuntos ibéricos, con una audacia sólo comparable a su esquematismo, la profesora Threfall ve la Constitución de 1978 no como fruto del pacto sino como un «progresista y mordaz [sic] texto» que supone la victoria plena de las fuerzas populares –obvio es decir, la izquierda política y sociológica– sobre el centro y la derecha (p. 195).
Ante ese tipo de planteamientos, hasta el lector más severo no podrá sustraerse a cierta actitud benévola respecto a cualquier otra obra que, aunque mantenga conclusiones no del todo convincentes, lo haga sobre bases firmes y un buen conocimiento de la situación. Tal es el caso de Alejandro Ruiz-Huerta, uno de los abogados supervivientes de la matanza de Atocha, que se propone resueltamente iluminar las zonas oscuras (o premeditadamente oscurecidas) de la Transición. Los planteamientos de Ruiz-Huerta serán todo lo discutibles que se quiera, y hasta habrá quien detecte una cierta ingenuidad en su designio de presentar tras millares de estudios y análisis una cara radicalmente distinta del procesoCito este aspecto no por simple prurito crítico sino porque el autor insiste en ello en diversas ocasiones, sobre todo en su declaración de propósitos: su libro, nos dice, aborda lo «que casi nunca se tiene en cuenta» (p. 18); «hay que decir que la transición no se ha explicado, sino que solamente se ha contado» (pp. 19-20); «no se conoce la transición» (p. 21), etc., pero en cambio nadie podrá negar que hace gala en todo momento de una sólida argumentación y un buen uso del material bibliográfico. Otra cosa distinta, como decía, es que al final el cuadro resultante nos resulte persuasivo, cuestión sobre la que habría que hablar mucho más de lo que dan de sí estas páginas.
En una síntesis rápida –y forzosamente esquemática–, cabría decir que Ruiz-Huerta coincide con la historiadora inglesa antes citada en el protagonismo de las organizaciones civiles (lo que él llama los «sujetos colectivos»), deliberadamente silenciados en las historias usuales («elitistas») de la TransiciónPese al aludido afán de originalidad, habría que apuntar que Los ángulos ciegos se mueve –en lo que atañe a este aspecto crucial– en una órbita similar a la de otros estudios recientes sobre la Transición española, que reivindican desde una perspectiva de izquierda el peso de los movimientos sociales. Véase, por ejemplo, el reciente libro de Nicolás Sartorius y Alberto Sabio, El final de la dictadura. La conquista de la democracia en España. Noviembre de 1975-junio de 1977, Madrid, Temas de Hoy, 2007.. Las concomitancias terminan ahí, porque donde Threfall ve el triunfo de las huestes progresistas, Ruiz-Huerta detecta por el contrario insuficiencias y lacras que podrían condensarse en aquella frase brillante que acuñó en su día Josep. M. Colomer: «Las virtudes de la transición se han convertido en vicios de la democracia»Josep M. Colomer, La transición a la democracia. El modelo español, Barcelona, Anagrama, 1998, pp. 180-181.. Ruiz-Huerta va incluso más allá cuestionando que quepa hablar de «virtudes» en una transformación que se hizo bajo el peso de las amenazas, el chantaje, el miedo, las presiones antidemocráticas, la represión de sindicatos y partidos de izquierda y, sobre todo, bajo el dictado del silencio. Una vez más, la cuestión de la memoria histórica (de su silenciamiento y su manipulación) adquiere aquí un carácter central: el «pacto de silencio» no es ya sólo una afrenta a las víctimas de la dictadura (pp. 236 y ss.) sino una losa que impide la recuperación democrática en sentido pleno, que no puede ser otro que la recuperación de la legitimidad histórica como «continuidad democrática» con la Segunda República (p. 347). En línea con el antes citado Reig y otros historiadores de la misma tendencia, Ruiz-Huerta detecta una Transición muy imperfecta (p. 38), que tendrá como consecuencia inmediata la pervivencia de un considerable lastre franquista en la democracia (pp. 119 y ss.) y que conducirá finalmente a importantes «carencias» y «desequilibrios» de nuestro régimen de libertades. Dicho en términos complementarios –que casi resumen la tesis principal–, «la derrota del antifranquismo en la transición ha condicionado la pervivencia de vicios autoritarios en la realidad española» (p. 367). Por tanto, sólo enterrando para siempre el franquismo, recuperando la memoria democrática y afrontando las reformas que en su momento no se acometieron, podremos «consolidar la democracia» (p. 374).
La distancia acusa vicios (políticos) donde antes hallaba virtudes (pacto, consenso), del mismo modo que, al introducir una nueva perspectiva, agranda o empequeñece determinadas figuras y roles. Al reescribir la biografía de Suárez (sobrevalorado, según Ruiz-Huerta, p. 100), Gregorio Morán sustituye el retrato de un figurón deleznable, al que sólo le mueve la ambición, por un personaje mucho más matizado en sus luces y sus sombras. Es obvio que Morán no puede «construir» un Suárez completamente distinto sin traicionarse en primer lugar a sí mismo, pero llega hasta donde puede y, así, donde antaño denunciaba una pasión mezquina encuentra ahora un «brifonte, dialéctico e inevitable juego de las dos fuerzas que rigen la trayectoria de un líder político, su ambición y su destino» (p. 44). La biografía de Morán –en rigor, casi un libro de nueva planta, no sólo por su enfoque sino porque abarca ahora toda la trayectoria política de Suárez– no silencia sus defectos personales y políticos (al contrario, parece que el autor, siempre vitriólico, disfruta metiendo el dedo en la llaga) pero, quizá porque el destino se sobrepone ahora a la pura ambición, el perfil resultante arroja un saldo más positivo. Ello es así hasta el punto de que a menudo da la impresión de que Morán dispara ahora sus dardos envenenados más bien contra todos los que rodean a Suárez, toda una corte de los milagros de pícaros y aprovechados (en el mejor de los casos), periodistas venales y políticos felones (¿quién no se vendía por un módico precio?) y, siempre, como una maldición de las élites dirigentes de este país, la codicia rampante aliada a la mezquindad en todos los que pululan por despachos y negocian en reservados. No queda títere con cabeza en este esperpéntico retrato con cientos de nombres propios, hasta llegar al propio rey, que no sale bien parado de distintas operaciones cortesanas, en especial las que rodean el 23-F (pp. 259-265). Por el contrario, Adolfo, pese a todos los pesares, «salió a partirse el pecho», «no se inclinó en ningún momento» y, en suma, «demostró la dignidad y el valor de un presidente» (p. 297). Por una vía distinta y hasta opuesta a los que ahora quieren hacer un mito del muñidor de la Transición, Morán termina así por rehabilitar parcialmente a Suárez.
Frente a tanta revisión, reescritura y reinterpretación, a veces constituye un soplo de aire fresco volver –con una cierta ingenuidad, no por fingida menos necesaria– a los hechos mismos, es decir, a la noticia a pie de calle, a la impresión del momento, a la sorpresa y la incertidumbre, al relato urgente, a menudo nervioso y atropellado. Frente a la historia propiamente dicha, aquí estaríamos ante el reflejo de una época al compás del pulso periodístico, con todas sus virtudes y limitaciones. Joaquín Bardavío fue uno de los grandes periodistas de la Transición, pionero en muchos aspectos y recordado sobre todo por aquellos relatos vívidos –bautizados como «grandes reportajes políticos»– que desmenuzaban todos los detalles del asesinato de Carrero Blanco, los dilemas políticos del rey o la legalización del Partido Comunista. Ahora, algunos de aquellos trabajos, con algún añadido que no desentona, sino que dota de continuidad al conjunto –la muerte de Franco–, se rescatan en un grueso volumen con el título de Crónica de la transición, 1973-1978.
Pero el reportero no es un inocente registrador de acontecimientos. De ahí la referencia anterior a una pretendida ingenuidad que nunca es tal en el fondo, sino en todo caso un recurso para iluminar otra parcela de la realidad. El libro de Bardavío no es sólo un relato trepidante de las grandes decisiones y cambios políticos que se concentraron en un lustro; sus páginas están también llenas de valoraciones personales y –¿por qué no reconocerlo?– meras especulaciones. Por seguir el hilo conductor de esta reseña, su estimación del rey como Deus ex machina (pp. 285-299) chocaría frontalmente con la interpretación de la profesora Threlfall, pero estaría en la órbita de Powell (el rey «piloto del cambio»); la continuidad paternalista y bienintencionada entre Franco y Juan Carlos (pp. 307-308) repugnaría la sensibilidad política de Ruiz-Huerta, o la entusiasta valoración de Suárez (por ejemplo, pp. 509-510) despertaría la causticidad de Morán. Pero, por encima de todo, el libro de Bardavío es fiel exponente de un momento y un contexto en los que se enjuiciaba de modo risueño el proceso que nos había sacado de la dictadura. Hoy soplan unos vientos bien distintos: la Transición se reescribe con tintas más oscuras. Desde uno y otro lado del espectro político, con más o menos fundamento, la tendencia actual atribuye las patentes insuficiencias y defectos de nuestra democracia al modo en que llegamos a ella (léase, según los casos, cesiones, cobardías, ambigüedades y componendas). No sabemos qué dirán de aquella etapa los historiadores del futuro, pero sí podemos asegurar que volverán a reescribir la Transición al hilo, probablemente, de cómo vayan rodando las cosas en los años venideros.

01/12/2009

 
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